Lunes, 05 de julio de 2010

ZENIT publica el discurso que pronunci? Benedicto XVI en la tarde de?el martes 15 de Junio de 2010?en la Bas?lica de San Juan de Letr?n al inaugurar el congreso de la di?cesis de Roma sobre el tema: "'Se les abrieron los ojos, lo reconocieron y lo anunciaron'. La Eucarist?a dominical y el testimonio de la caridad", que se clausurar? el 17 de junio.


Queridos hermanos y hermanas:

Dice el Salmo: "Ved qu? dulzura, qu? delicia, convivir los hermanos unidos" (Salmo133, 1). Es exactamente as?: para m? es un motivo de alegr?a profunda volver a encontrarme con vosotros y compartir todo el bien que las parroquias y las dem?s realidades eclesiales de Roma han realizado en este a?o pastoral. Saludo con fraterno afecto al cardenal vicario y le doy las gracias por las corteses palabras que me ha dirigido y por su cotidiano compromiso en el gobierno de la di?cesis, en el apoyo a los sacerdotes y a las comunidades parroquiales. Saludo a los obispos auxiliares, a todo el presbiterio y a cada uno de vosotros. Dirijo un pensamiento cordial a todos los que est?n enfermos o afrontan particulares dificultades, asegur?ndoles mi oraci?n.

Como ha recordado el cardenal Vallini, nos estamos comprometiendo, desde el a?o pasado, en la verificaci?n de la pastoral ordinaria. Esta tarde reflexionamos en dos puntos de principal importancia: "Eucarist?a dominical y testimonio de la caridad". Conozco el gran trabajo que las parroquias, asociaciones y movimientos realizan, a trav?s de encuentros de formaci?n y de di?logo para profundizar y vivir mejor estos dos elementos fundamentales de la vida y de la misi?n de la Iglesia y de cada creyente. Esto tambi?n ha favorecido esa corresponsabilidad pastoral que, en la diversidad de los ministerios y carismas, debe difundirse cada vez m?s, si queremos que el Evangelio llegue realmente al coraz?n de cada habitante de Roma. Se ha hecho mucho, y damos gracias al Se?or, pero todav?a falta mucho por hacer, siempre con su ayuda.

La fe no puede darse nunca por descontada, pues cada generaci?n tiene necesidad de recibir este don a trav?s del anuncio del Evangelio y de conocer la verdad que Cristo nos ha revelado. La Iglesia, por tanto, siempre est? comprometida en proponer a todos el dep?sito de la fe; en ?l queda contenida tambi?n la doctrina sobre la Eucarist?a, misterio central que "contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua" (Concilio Ecum?nico Vaticano II, decreto?Presbyterorum ordinis, 5); doctrina que hoy, por desgracia, no es suficientemente comprendida en su valor profundo y en su importancia para la existencia de los creyentes. Por este motivo, es importante que las comunidades de nuestra di?cesis de Roma experimenten la exigencia de un conocimiento m?s profundo del misterio y del Cuerpo y de la Sangre del Se?or. Al mismo tiempo, con el esp?ritu misionero que queremos fomentar, es necesario que se difunda el compromiso de anunciar esta fe eucar?stica para que cada hombre pueda encontrarse con Jesucristo, que nos ha revelado al Dios "cercano", amigo de la humanidad, y testimoniarla con una elocuente vida de caridad.

En toda su vida p?blica, Jes?s, a trav?s de la predicaci?n del Evangelio y de los signos milagrosos, anunci? la bondad y la misericordia del Padre por el hombre. Esta misi?n alcanz? su cumbre en el G?lgota, donde Cristo crucificado revel? el rostro de Dios para que el hombre, contemplando la Cruz, pueda reconocer la plenitud del amor (enc?clica?Deus caritas est, 12). El Sacrificio del Calvario es mist?ricamente anticipado en la ?ltima Cena, cuando Jes?s, al compartir con los Doce el pan y el vino, los transforma en su Cuerpo y en su Sangre, que poco despu?s ofrecer?a como Cordero inmolado. La Eucarist?a es el memorial de la muerte y resurrecci?n de Jesucristo, de su amor hasta el final por cada uno de nosotros, memorial que ?l quiso encomendar a la Iglesia para que fuera celebrado a trav?s de los siglos. Seg?n el significado del verbo hebreo zakar, el "memorial" no es un simple recuerdo de algo que sucedi? en el pasado, sino la celebraci?n que actualiza ese acontecimiento, reproduciendo la fuerza y la eficacia salv?fica. De este modo, "hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la Cruz en favor de la humanidad" (Compendio del Catecismo de la Iglesia Cat?lica, 280). Queridos hermanos y hermanas, en nuestro tiempo la palabra sacrificio no gusta, es m?s, parece que pertenece a otras ?pocas y a otra visi?n de la vida. Ahora bien, si se entiende bien, sigue siendo fundamental, pues nos revela con qu? amor Dios nos ama en Cristo.

En el ofrecimiento que Jes?s hace de s? mismo, encontramos toda la novedad del culto cristiano. En la antig?edad, los hombres ofrec?an como sacrificio a las divinidades los animales o las primicias de la tierra. Jes?s, por el contrario, se ofrece a s? mismo, su cuerpo y toda su existencia: ?l mismo en persona se convierte en ese sacrificio que la liturgia ofrece en la santa Misa. De hecho, con la consagraci?n, el pan y el vino se convierten en su verdadero cuerpo y sangre. San Agust?n invitaba a sus fieles a no quedarse en lo que se les presentaba a la vista, sino a ir m?s all?: "Reconoced en el pan --dec?a-- ese mismo cuerpo que fue colgado sobre la cruz, y en el c?liz esa misma sangre que man? de su costado" (Disc.?228 B, 2). Para explicar esta transformaci?n, la teolog?a ha acu?ado la palabra "transubstanciaci?n", palabra que reson? por primera vez en esta bas?lica, durante el IV Concilio Lateranense, del que se celebrar? el octavo centenario dentro de cinco a?os. En esa ocasi?n, se introdujeron en la profesi?n de fe las siguientes palabras: "su cuerpo y sangre est?n contenidos verdaderamente en el sacramento del altar, bajo las especies del pan y del vino, pues el pan est? transubstanciado en el cuerpo, y la sangre en el vino por poder de Dios" (DS, 802). Por tanto, es fundamental que en los itinerarios de educaci?n en la fe de los ni?os, de los adolescentes y de los j?venes, as? como en los "centros de escucha" de la Palabra de Dios, se subraye que en el sacramento de la Eucarist?a Cristo est? verdadera, real y substancialmente presente.

La santa Misa, celebrada con respeto de las normas liturgias y con una valoraci?n adecuada de la riqueza de los signos y de los gestos, favorece y promueve el crecimiento de la fe eucar?stica. En la celebraci?n eucar?stica no nos inventamos algo, sino que entramos en una realidad que nos precede, es m?s, abarca al cielo y la tierra y, por tanto, tambi?n el pasado, el futuro y el presente. Esta apertura universal, este encuentro con todos los hijos e hijas de Dios es la grandeza de la Eucarist?a: salimos al encuentro de la realidad de Dios presente en el cuerpo y la sangre del Resucitado entre nosotros. Por tanto, las prescripciones lit?rgicas dictadas por la Iglesia no son algo exterior, sino que expresan concretamente esta realidad de la revelaci?n del cuerpo y sangre de Cristo y, de este modo, la oraci?n revela la fe seg?n el antiguo principio de?lex orandi?-?lex credendi. Por esto, podemos decir que "la mejor catequesis sobre la Eucarist?a es la misma Eucarist?a bien celebrada" (exhortaci?n apost?lica postsinodal Sacramentum caritatis, 64). Es necesario que, en la liturgia, aparezca con claridad la dimensi?n trascendente, la dimensi?n del Misterio del encuentro con el Divino, que ilumina y eleva tambi?n la dimensi?n "horizontal", es decir, el lazo de comuni?n y de solidaridad que se da entre quienes pertenecen a la Iglesia. De hecho, cuando prevalece esta ?ltima, no se comprende plenamente la belleza, la profundidad y la importancia del misterio celebrado. Queridos hermanos en el sacerdocio: a vosotros el obispo ha encomendado, en el d?a de la ordenaci?n sacerdotal, la tarea de presidir la Eucarist?a. Llevad siempre en vuestro coraz?n el ejercicio de esta misi?n: celebrad los divinos misterios con una participaci?n interior intensa para que los hombres y las mujeres de nuestra ciudad puedan santificarse, entrar en contacto con Dios, verdad absoluta y amor eterno.

Y tengamos tambi?n presente que la Eucarist?a, unida a la cruz, a la resurrecci?n del Se?or, ha abierto una nueva estructura a nuestro tiempo. El Resucitado se hab?a manifestado el d?a siguiente al s?bado, el primer d?a de la semana, d?a del sol y de la creaci?n. Desde el inicio los cristianos han celebrado su encuentro con el Resucitado, la Eucarist?a, en este primer d?a, en este nuevo d?a del verdadero sol de la historia, el Cristo Resucitado. Y de este modo, el tiempo vuelve a comenzar cada vez con el encuentro con el Resucitado y este encuentro da sentido y fuerza a la vida de cada d?a. Por este motivo, es muy importante para nosotros los cristianos seguir este nuevo ritmo del tiempo, encontrarnos con el Resucitado en el domingo y "albergar" su presencia, que nos transforme y transforme nuestro tiempo. Adem?s, invito a todos a redescubrir la fecundidad de la adoraci?n eucar?stica: ante el Sant?simo Scramento experimentamos de manera totalmente particular ese "permanecer" de Jes?s, que ?l mismo, en el Evangelio de Juan, pone como condici?n necesaria para dar mucho fruto (Cf. Juan 15, 5) y evitar que nuestra acci?n apost?lica quede reducida a un est?ril activismo, convirti?ndose m?s bien en testimonio del amor de Dios.

La comuni?n con Cristo es siempre tambi?n comuni?n con su cuerpo, que es la Iglesia, como recuerda el ap?stol Pablo diciendo: "El pan que partimos ?no es comuni?n con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan" (1 Corintios?10, 16-17). La Eucarist?a transforma un simple grupo de personas en comunidad eclesial: la Eucarist?a hace Iglesia. Por tanto, es fundamental que la celebraci?n de la santa Misa sea efectivamente la cumbre, la "columna vertebral" de la vida de cada comunidad parroquial. Exhorto a todos a prestar m?s atenci?n, entre otras cosas con grupos lit?rgicos, a la preparaci?n y celebraci?n de la Eucarist?a para que cuantos participen puedan encontrar al Se?or. Cristo resucitado se hace presente en nuestro hoy y nos re?ne a su alrededor. Al alimentarnos con ?l, nos liberamos de los v?nculos del individualismo y, a trav?s de la comuni?n con ?l, nos convertimos nosotros mismos, juntos, en una sola cosa, en su Cuerpo m?stico. De este modo se superan las diferencias debidas a la profesi?n, a la clase social, a la nacionalidad, pues nos descubrimos como miembros de una gran familia, la familia de los hijos de Dios, en la que a cada uno se le da una gracia particular para el bien com?n. El mundo y los hombres no necesitan una nueva corporaci?n social, sino que tienen necesidad de la Iglesia, que es en Cristo como un sacramento, "es decir, se?al e instrumento de la ?ntima uni?n con Dios y de la unidad de todo el g?nero humano" (Lumen gentium, 1), llamada a hacer resplandecer sobre todas las gentes la luz del Se?or resucitado.

Jes?s vino a revelarnos el amor del Padre, pues "el hombre no puede vivir sin amor (Juan Pablo II, enc?clica Redemptor hominis,?10). El amor es, de hecho, la experiencia fundamental de todo ser humano, lo que da significado a la existencia humana. Alimentados por la Eucarist?a, nosotros tambi?n, siguiendo el ejemplo de Cristo, vivimos por ?l para ser testigos del amor. Al recibir el Sacramento, entramos en comuni?n de sangre con Jesucristo. En la concepci?n jud?a, la sangre indica la vida; de este modo, podemos decir que al alimentarnos con el Cuerpo de Cristo acogemos la vida de Dios y aprendemos a ver la realidad con sus ojos, abandonando la l?gica del mundo para seguir la l?gica divina del don y de la gratuidad. San Agust?n recuerda que durante una visi?n tuvo la impresi?n de escuchar la voz del Se?or, que le dec?a: "Yo soy el alimento de los adultos. Crece, y me comer?s, sin que por ello me transforme en ti, como alimento de tu carne; pero t? te transformar?s en m?" (Cf. Confesiones?VII, 10, 16). Cuando recibimos a Cristo, el amor de Dios se expande en nuestra intimidad, modifica radicalmente nuestro coraz?n y nos hace capaces de gestos que, por la fuerza difusiva del bien, pueden transformar la vida de aquellos que est?n a nuestro lado. La caridad es capaz de generar un cambio aut?ntico y permanente en la sociedad, actuando en los corazones y en las mentes de los hombres, y cuando se vive en la verdad "es la principal fuerza impulsora del aut?ntico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad" (enc?clica Caritas in veritate, 1). El testimonio de la caridad para el disc?pulo de Jes?s no es un sentimiento pasajero, sino por el contrario es lo que plasma la vida en cada circunstancia. Aliento a todos, en particular a la C?ritas y a los di?conos a comprometerse en el delicado y fundamental campo de la educaci?n en la caridad, como dimensi?n permanente de la vida personal y comunitaria.

Nuestra ciudad pide a los disc?pulos de Cristo, con un renovado anuncio del Evangelio, un testimonio m?s claro y l?mpido de la caridad. Con en lenguaje del amor, que busca el bien integral del hombre, la Iglesia habla a los habitantes de Roma. En estos a?os de mi ministerio como vuestro obispo he podido visitar varios lugares en los que la caridad se vive de manera intensa. Doy las gracias a quienes se comprometen en las diferentes instituciones caritativas por la decisi?n y la generosidad con las que sirven a los pobres y marginados. Las necesidades y la pobreza de tantos hombres y mujeres nos interpelan profundamente: es Cristo mismo quien d?a a d?a, en los pobres, nos pide que le quitemos el hambre y la sed, que le visitemos en los hospitales y en las c?rceles, que le acojamos y vistamos. La Eucarist?a celebrada nos impone y al mismo tiempo nos hace capaces de convertirnos en pan partido para los hermanos, saliendo al paso de sus exigencias y entreg?ndonos a nosotros mismos. Por este motivo, una celebraci?n eucar?stica que no lleve a encontrar a los hombres all? donde viven, trabajan y sufren para llevarles el amor de Dios, no manifiesta la verdad que encierra. Para ser fieles al misterio que se celebra en los altares, debemos, como nos exhorta el ap?stol Pablo, ofrecer nuestros cuerpos, nosotros mismos, como sacrificio espiritual agradable a Dios (Cf.Romanos?12, 1), en esas circunstancias que exigen acabar con nuestro yo y que constituyen nuestro "altar" cotidiano. Los gestos de compartir crean comuni?n, renuevan el tejido de las relaciones interpersonales, caracteriz?ndolas por la gratuidad y el don, y permiten la edificaci?n de la civilizaci?n del amor. En un momento como el actual de crisis econ?mica y social, seamos solidarios con quienes viven en la indigencia para ofrecer a todos la esperanza de un ma?ana mejor y digno del hombre. Si realmente vivimos como disc?pulos del Dios-Caridad, ayudaremos a los habitantes de Roma a descubrirse como hermanos e hijos del ?nico Padre.

La misma naturaleza del amor exige opciones de vida definitivas e irrevocables. Me dirijo en particular a vosotros, queridos j?venes: no teng?is miedo de escoger el amor como regla suprema de vida. No teng?is miedo de amar a Cristo en el sacerdocio y, si en el coraz?n experiment?is la llamada del Se?or, seguidle en esta extraordinaria aventura de amor, poni?ndoos en sus manos con confianza. ?No teng?is miedo de formar familias cristianas que viven el amor fiel, indisoluble y abierto a la vida! Testimoniad que el amor, tal y como lo vivi? Cristo y lo ense?a el Magisterio de la Iglesia, no quita nada a nuestra felicidad, sino que por el contrario da esa alegr?a profunda que Cristo prometi? a sus disc?pulos.

Que la Virgen Mar?a acompa?e con su intercesi?n maternal el camino de nuestra Iglesia de Roma. Mar?a que, de manera totalmente singular vivi? la comuni?n con Dios y el sacrificio del propio Hijo en el Calvario, nos alcance la gracia de vivir cada vez m?s intensa, plena y conscientemente el misterio de la Eucarist?a para anunciar con la palabra y la vida el amor que Dios experimenta por cada hombre. Queridos amigos, os aseguro mi oraci?n y os imparto de coraz?n a todos la bendici?n apost?lica. Gracias.

[Traducci?n del original italiano realizada por Jes?s Colina
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:20  | Habla el Papa
 | Enviar