Lunes, 05 de julio de 2010

ZENIT? publica la ponencia que pronunci? el arzobispo Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados de la Santa Sede, el mi?rcoles 16 de Junio de 2010 en la apertura de la X Semana social de la Iglesia cubana sobre "La laicidad del Estado: algunas consideraciones" en el aula magna del Colegio Universitario San Ger?nimo.


1. INTRODUCCI?N
La cort?s invitaci?n para abrir los trabajos de esta X Semana Social me ofrece la agradable ocasi?n de encontrarme con ustedes: Autoridades de la Rep?blica de Cuba, Embajadores acreditados en La Habana, Autoridades de la Iglesia Cat?lica en Cuba y fieles laicos que participan en estas sesiones. A cada uno les llegue mi m?s cordial saludo.

Pienso de manera especial en ustedes, queridos fieles aqu? presentes, que representan los diversos y m?s capacitados sectores de la Iglesia en la Isla. Un encuentro como ?ste tiene entre sus finalidades principales corroborar la vocaci?n y la misi?n del laicado. En efecto, las Semanas Sociales que se desarrollan tambi?n en otros Pa?ses, "constituyen un lugar cualificado de expresi?n y crecimiento de los fieles laicos, capaz de promover, a alto nivel, su contribuci?n espec?fica a la renovaci?n del orden temporal"[1].

Pero sobre todo, deseo hacerles llegar la cercan?a paterna del Papa y la afectuosa bendici?n que Su Santidad Benedicto XVI me ha confiado para ustedes. Come ?l mismo escribi? hace ya dos a?os a los Obispos de Cuba: "ustedes saben bien que pueden contar con la cercan?a del Papa, y con la fraterna oraci?n y colaboraci?n de las otras Iglesias Particulares diseminadas por todo el mundo"[2].

Estoy seguro que mi presencia en estos d?as podr? contribuir a reforzar los v?nculos de comuni?n entre los Obispos y los fieles de las Di?cesis cubanas con el Sucesor del Ap?stol San Pedro, principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia Cat?lica.

Agradezco al Episcopado cubano y a los organizadores de esta Semana Social por haberme dado tambi?n la posibilidad de compartir algunas reflexiones sobre el tema de la laicidad del Estado. Se trata de un argumento sumamente amplio y de gran actualidad con el cual se encuentran relacionados temas muy importantes. Adem?s, requiere tomar en consideraci?n el plurisecular recorrido de la comunidad humana y de la Iglesia Cat?lica.

Tampoco se puede dejar de lado que a trav?s de las distintas ?pocas de la historia y tambi?n en diversos Pa?ses y ?reas culturales la cuesti?n de la laicidad del Estado ha sido tratada, tambi?n hoy, con contenidos y modalidades diferentes. Esto resulta suficiente para comprender que ser?a ilusorio pensar agotar el argumento en el breve espacio de una prolusi?n. Me limitar?, por tanto, a algunas consideraciones que me parecen significativas en el contexto de una Semana Social con la esperanza de que puedan servirles de est?mulo para la reflexi?n que llevar?n a cabo y, luego, para la acci?n.

2. LAICIDAD Y CRISTIANISMO
Se ha de observar que, aunque el t?rmino "laicidad" tanto en el pasado como en el presente se refiere ante todo a la realidad del Estado y asume no pocas veces un matiz o acepci?n en contraposici?n a la Iglesia y al cristianismo, no existir?a si no fuera por el mismo cristianismo.

Y esto vale tanto para la realidad en s? misma como para el t?rmino en cuesti?n.

En efecto, sin el Evangelio de Cristo no habr?a entrado en la historia de la humanidad la distinci?n fundamental entre lo que el hombre debe a Dios y aquello que debe al C?sar; es decir, a la sociedad civil (cfr. Lc. 20, 25). Si pensamos en el contexto hist?rico en el cual tuvo lugar la Encarnaci?n del Hijo de Dios, sea en lo que se refiere al imperio romano como a la misma comunidad de Israel, no se puede dejar de evidenciar cuanto era lejana de la mentalidad com?n de la ?poca el nuevo planteamiento que Jesucristo hace del rol de la autoridad del Estado en relaci?n a la conciencia del hombre, especialmente en lo que se refiere a su relaci?n con el Trascendente. Por ello, se puede afirmar -como lo ha se?alado el Papa Benedicto XVI-, que "la laicidad, de por s?, no est? en contradicci?n con la fe. Es m?s, dir?a que es un fruto de la fe, porque el cristianismo fue, desde sus comienzos, una religi?n universal y, por tanto, no identificable con un Estado; presente en todos los Estados y distinta de cada uno de ellos. Para los cristianos ha sido siempre claro que la religi?n y la fe no est?n en la esfera pol?tica sino en otra esfera de la realidad humana... La pol?tica, el Estado no es una religi?n sino una realidad profana con una misi?n espec?fica. Las dos realidades deben estar abiertas una a la otra"[3].

A?n el mismo t?rmino "laicidad", derivado de la palabra "laico", tiene su primer origen en el ?mbito eclesial. En efecto, "naci? como una indicaci?n de la condici?n del simple fiel cristiano, no perteneciente al clero ni al estado religioso"[4]. Tambi?n hoy en la Iglesia nosotros reconocemos esta bipartici?n fundamental creada por el Sacramento del Orden entre los bautizados, por el cual los que lo han recibido son cl?rigos y los dem?s laicos; de estos dos estados provienen quienes profesan los tres consejos evang?licos en los Institutos de Vida Consagrada[5].

El laico es, entonces, aquel "que no es cl?rigo"; aunque, obviamente, esto no agota el contenido de la vocaci?n espec?fica de esta categor?a de bautizados. ?sta es la primera acepci?n, que resulta totalmente intraeclesial, del t?rmino "laicidad".

Tambi?n la segunda etapa de la evoluci?n de su significado permanece en el ?mbito interno de la Iglesia. En este nuevo significado el t?rmino no designa m?s una categor?a de fieles sino que describe el tipo de relaci?n que se instaura entre las Autoridades de la Iglesia y aquellas civiles: en efecto, "durante la Edad Media revisti? el significado de oposici?n entre los poderes civiles y las jerarqu?as eclesi?sticas"[6]. Observemos, sin embargo, que en esta ?poca hubo s? una confrontaci?n y contraste entre estas dos Autoridades, pero siempre al interno de una realidad social que se reconoc?a totalmente cristiana. "El ?Regnum' (el Sacro imperio), inserido en la ?Ecclesia' [Iglesia], marcado por la sacralidad, ejercitaba un papel no s?lo de protecci?n; la Iglesia, a su vez, estaba llamada a tareas tambi?n temporales y fuertemente inserida en las estructuras mismas del ?Regnum'"[7]. Los soberanos, que reivindicaban una no sujeci?n al Papa, no por esto se consideraban fuera de la Iglesia; cuanto m?s, deseaban ejercer un rol de control y de organizaci?n de la misma Iglesia, pero no hab?a ninguna voluntad de separarse de ella o su exclusi?n de la sociedad.

Es a partir del Iluminismo y luego de manera dram?tica durante la Revoluci?n francesa que el t?rmino "laicidad" llega a designar su contrario: una completa alteridad; es m?s, una oposici?n neta entre el ?mbito de la vida civil y aquel religioso y eclesial. Como hac?a ver Benedicto XVI, "en los tiempos modernos ha tenido el significado de exclusi?n de la religi?n y de sus s?mbolos de la vida p?blica mediante su confinamiento al ?mbito privado y de la conciencia individual"[8]. Y observaba: "As?, ha sucedido que al t?rmino ?laicidad' se le ha atribuido una acepci?n ideol?gica opuesta a la que ten?a en su origen"[9].

Este breve esbozo sobre la evoluci?n del t?rmino "laicidad" nos permite observar que cada uno de los significados asumidos en las etapas fundamentales de tal desarrollo no ha sido superado y anulado por la etapa sucesiva: en efecto, "laicidad" todav?a designa:
a) tanto la condici?n eclesial de los bautizados que no son cl?rigos ni religiosos,
b) como la distinci?n entre la Autoridad eclesial y aquella civil,
c) como el comportamiento que lleva a excluir la dimensi?n religiosa del conjunto de la vida social.

Adem?s, podemos observar que estas tres diversas acepciones del t?rmino "laicidad" se encuentran estrechamente emparentadas e interdependientes, y ello aparecer? a?n m?s claramente al final de nuestra exposici?n.

Pero sobre todo comprendemos que, aunque la laicidad es invocada hoy y utilizada no raras veces para obstaculizar la vida y la actividad de la Iglesia, en su realidad profunda y positiva ella no se hubiera ni siquiera dado sin el cristianismo. Es lo que ha sucedido tambi?n con otros valores que hoy son considerados t?picos de la modernidad y frecuentemente invocados para criticar a la Iglesia o, en general, a la religi?n, como el respeto de la dignidad de la persona, el derecho a la libertad, la igualdad, etc.: que son en gran parte fruto de la profunda influencia del Evangelio en diversas culturas, a?n cuando m?s tarde fueron separados y hasta contrapuestos a sus or?genes cristianos.

3. LAICIDAD Y LIBERTAD RELIGIOSA
A esta primera consideraci?n de car?cter m?s bien hist?rico quisiera agregar una segunda, que nos coloca m?s en el presente. Me refiero al hecho de que en muchas legislaciones estatales se afirma que la laicidad es uno de sus principios fundamentales; obviamente, sobre todo en lo que se refiere a la relaci?n del Estado con la dimensi?n religiosa del hombre.

Podemos preguntarnos si es totalmente aceptable un enfoque que coloca en primer lugar la laicidad y, a partir de ?l, plantea la actitud que el Estado debe asumir frente al credo religioso de sus ciudadanos. Al respecto, no se puede olvidar que de hecho, en nombre de esta concepci?n, algunas veces son tomadas decisiones o emanadas normas que objetivamente afectan el ejercicio personal y comunitario del derecho fundamental a la libertad religiosa.

Si partimos de un concepto adecuado del derecho a la libertad religiosa, que se funda en la inviolable dignidad de la persona, tenemos que decir que "la neutralidad, la laicidad o la separaci?n no pueden ser los principios que definen en modo fundamental la posici?n del Estado frente a la religi?n"[10]. Principios como el de la laicidad, "tienen una valencia pr?ctica puramente negativa, de no interferencia... del Estado en las opciones religiosas de los ciudadanos; la libertad religiosa, en cambio, aunque se exprese como incompetencia del Estado en estas opciones, le exige -adem?s- una actividad positiva a fin de defender, tutelar y promover con justicia los contenidos concretos, no de la religi?n sino de sus manifestaciones con relevancia social"[11].

La laicidad, la neutralidad o la separaci?n son, entonces, por s? mismos insuficientes para definir de modo completo la actitud que el Estado debe tener en relaci?n con el credo de sus ciudadanos. M?s bien, los Estados "tienen que actuar como garant?a de la libertad religiosa y si no se refieren a ella dejan de tener sentido o se transforman en manifestaci?n de estatismo" [12].

Podemos notar que la falta de una subordinaci?n l?gica y ontol?gica de la laicidad respecto al pleno respeto de la libertad religiosa constituye para esta ?ltima una posible y tambi?n real amenaza. En efecto, "cuando se pretende subordinar la libertad religiosa a cualquier otro principio, la laicidad tiende a transformarse en laicismo, la neutralidad en agnosticismo y la separaci?n en hostilidad"[13]. En tal caso, parad?jicamente el Estado pasa a ser un Estado confesional y no m?s aut?nticamente laico, porque har?a de la laicidad su valor supremo, la ideolog?a determinante; justamente una especie de religi?n, hasta con sus ritos y liturgias civiles.

Para un Estado el decirse laico no puede significar querer marginar o rechazar la dimensi?n religiosa o la presencia social de las confesiones religiosas. Al contrario, deber?a ser tarea del Estado reconocer el rol central de la libertad religiosa y promoverlo positivamente. Fue precisamente en Cuba donde Juan Pablo II confirm? que "el Estado, lejos de todo fanatismo o secularismo extremo, debe promover un clima social sereno y una legislaci?n adecuada, que permita a toda persona y a toda confesi?n religiosa vivir libremente su propia fe, expresarla en los ?mbitos de la vida p?blica y poder contar con los medios y espacios suficientes para ofrecer a la vida de la Naci?n sus propias riquezas espirituales, morales y c?vicas"[14].

Al respecto, ha de reafirmarse la concepci?n plena del derecho a la libertad religiosa. Ya que, respetarlo no significa simplemente no ejercer coacci?n o permitir la adhesi?n personal e interior a la fe. Retomando la ense?anza del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa, Su Santidad Benedicto XVI ha recordado que el "cuidado de la comunidad civil en relaci?n al bien de los ciudadanos no puede limitarse a algunas dimensiones de la persona, como la salud f?sica, el bienestar econ?mico, la formaci?n intelectual o las relaciones sociales. El hombre se presenta frente al Estado tambi?n con su dimensi?n religiosa, que ?consiste ante todo en actos internos voluntarios y libres, por los cuales el hombre se ordena directamente a Dios' (Dignitatis humanae, 3)[15]. Esto implica que el Estado principalmente no procure impedir este movimiento de la persona hacia su Creador: "Esos actos ?no pueden ser mandados ni prohibidos' por la autoridad humana; la cual, por el contrario, tiene el deber de respetar y promover esta dimensi?n: como ense?? con autoridad el Concilio Vaticano II a prop?sito del derecho a la libertad religiosa, nadie puede ser obligado ?a actuar contra su conciencia' y no se le puede ?impedir que act?e seg?n su conciencia, sobre todo en materia religiosa' (Ibid.)"[16]. Si bien el respeto del acto personal de fe es fundamental, no agota la actitud del Estado en relaci?n a la dimensi?n religiosa, porque ?sta -como la persona humana- tiene necesidad de exteriorizarse en el mundo y de ser vivida no s?lo personalmente, sino tambi?n comunitariamente. "Ahora bien, ser?a reductivo -contin?a el Santo Padre- considerar suficientemente garantizado el derecho a la libertad religiosa cuando no se hace violencia, no se interviene sobre las convicciones personales o se limita a respetar la manifestaci?n de la fe en el ?mbito del lugar de culto. En efecto, no se debe olvidar que ?la misma naturaleza social del hombre exige que ?ste exprese externamente los actos internos de religi?n, que se comunique con otros en materia religiosa y que profese de modo comunitario su religi?n' (Ibid.). As? pues, la libertad religiosa no s?lo es un derecho del individuo, sino tambi?n de la familia, de los grupos religiosos y de la Iglesia misma (cfr. Dignitatis humanae, 4-5. 13), y el ejercicio de este derecho influye en los m?ltiples ?mbitos y situaciones donde el creyente se encuentra y act?a"[17].

Se trata, entonces, de coordinar rectamente laicidad y libertad religiosa, tomando la primera como un medio importante pero no exhaustivo para respetar la segunda; la cual, a su vez, va asumida con todas sus dimensiones, sin reduccionismos que terminan traduci?ndose en su negaci?n.

Perm?tanme abrir brevemente un par?ntesis. Un discurso an?logo al de la laicidad en relaci?n con el derecho a la libertad religiosa se podr?a hacer sobre la relaci?n existente entre el principio de la igualdad y el de la libertad. No se puede en nombre de una igualdad te?rica, que no percibe las diversas realidades, equiparar todas las situaciones jur?dicas sin tener cuenta de sus diferencias de hecho. En efecto, "tratar... en modo igual relaciones jur?dicas distintas es tan injusto cuanto el tratar de modo desigual relaciones jur?dicas id?nticas"[18]. Tambi?n sobre este particular concierne el derecho a la libertad religiosa; justicia no es dar a todos lo mismo, sino lo que a cada uno le corresponde. Es contrario al principio de igualdad tanto discriminar o privilegiar cuanto uniformar e impedir aquel pluralismo que de hecho existe entre las confesiones religiosas en sus manifestaciones vitales en la sociedad.

4. ?QU? COSA LA LAICIDAD REQUIERE DE LOS CRISTIANOS?
Normalmente cuando se trata el tema de la laicidad, la atenci?n se concentra en aquello que comporta para el Estado, sus Autoridades, sus estructuras y normas. Sin embargo, no se debe olvidar que aquella que ya P?o XII defini? como "leg?tima y sana laicidad"[19] sirve a tutelar y a promover la libertad religiosa pero tambi?n interpela a los creyentes. Trat?ndose ?sta de una Semana Social, pienso que es oportuno detenerme un poco m?s ampliamente sobre este aspecto.

a) Leg?tima autonom?a del Estado
Ante todo, el respeto del principio de laicidad exige a los cat?licos reconocer la justa autonom?a de las realidades temporales, entre las cuales se encuentra la comunidad pol?tica. Se trata de una doctrina expuesta en la Constituci?n pastoral "Gaudium et Spes" del Concilio Vaticano II y recordada por Benedicto XVI, por la cual "las realidades temporales se rigen seg?n sus normas propias, pero sin excluir las referencias ?ticas que tienen su fundamento ?ltimo en la religi?n. La autonom?a de la esfera temporal no excluye una ?ntima armon?a con las exigencias superiores y complejas que derivan de una visi?n integral del hombre y de su destino eterno"[20]. Una de las "normas propias" de esta realidad temporal que es el Estado es justamente la laicidad; que, sin embargo, se debe siempre comprender y practicar a la luz de una visi?n integral de la persona humana, de la cual descienden precisamente claras exigencias ?ticas.

De esto deriva que para los creyentes "la promoci?n seg?n conciencia del bien com?n de la sociedad pol?tica" -como lo afirma un documento de la Congregaci?n para la Doctrina de la Fe sobre el compromiso y el comportamiento de los cat?licos en la vida pol?tica- "nada tiene que ver con el ?confesionalismo' o con la intolerancia religiosa"[21]. Estas dos ?ltimas maneras de pensar y de actuar no s?lo son incompatibles con la justa laicidad, sino que pueden llegar a ser una amenaza para la libertad religiosa. Juan Pablo II, al respecto, ha advertido que: "identificar la ley religiosa con aquella civil puede efectivamente sofocar la libertad religiosa y, hasta limitar o negar otros derechos humanos inalienables"[22].

Podemos, entonces, decir de modo negativo que la laicidad requiere del creyente que evite cualquier tipo de confusi?n entre la esfera religiosa y aquella pol?tica.

b) Orden justo y purificaci?n de la raz?n
Pero, como hemos dicho, el respeto de la autonom?a de la realidad temporal "Estado", en la visi?n cristiana, no significa una autonom?a ?tica, por la cual estar?a desconectado e independiente de cualquier norma moral. La historia da testimonio, lamentablemente con abundantes ejemplos, de las consecuencias nefastas de formas de gobierno y de estado que se han considerado superiores a las leyes y a los valores morales; es decir, que no han buscado la justicia, que es el respeto de los derechos y de cada uno. "Una atenci?n inadecuada a la dimensi?n moral conduce a la deshumanizaci?n de la vida asociada y de las instituciones sociales y pol?ticas, consolidando las ?estructuras de pecado'"[23].

Pero ?d?nde encuentra el Estado las instancias ?ticas a las cuales puede hacer referencia? Reprendiendo la visi?n cat?lica de las relaciones entre fe y raz?n, Su Santidad Benedicto XVI en la enc?clica "Deus caritas est" afirma que la raz?n humana por s? misma puede reconocer las instancias morales de referencia. Pero aclara que si para realizar esta tarea la raz?n cuenta solamente con sus fuerzas le resultar? sumamente dif?cil lograrlo: "la raz?n ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ?tica, que deriva de la preponderancia del inter?s y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente"[24]. Consecuentemente, por un lado, en el terreno del uso recto de la raz?n los cristianos pueden encontrar amplias convergencias tambi?n con quienes pertenecen a otras religiones y con todos los hombres de buena voluntad a fin de comprometerse en favor de la dignidad de la persona humana. Por otro lado, la presencia de los cristianos en las cuestiones temporales mantiene alto el impulso de la sociedad en su b?squeda del aut?ntico bien com?n. Se coloca aqu?, por ejemplo, la obra de formaci?n que realiza la Iglesia sobre todo de los j?venes.

Concretamente, esta purificaci?n de la raz?n humana, que es el servicio que la Iglesia y sus miembros ofrecen a la sociedad, se da a trav?s de la propuesta de su Doctrina social. En efecto, "la Doctrina social de la Iglesia argumenta desde la raz?n y el derecho natural; es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano" y "quiere servir a la formaci?n de las conciencias en la pol?tica as? como contribuir a que crezca la percepci?n de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales"[25].

Por lo tanto, las recurrentes acusaciones de injerencia que se esgrimen hoy son todo un pretexto cuando los Pastores de la Iglesia recuerdan a los fieles y a todos los hombres de buena voluntad aquellos "valores y principios antropol?gicos y ?ticos radicados en la naturaleza del ser humano, reconocibles a trav?s del recto uso de la raz?n"[26]. Como recuerda el Santo Padre:"La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa pol?tica de realizar la sociedad m?s justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a trav?s de la argumentaci?n racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige tambi?n renuncias, no puede afirmarse ni prosperar"[27].

c) La misi?n de los laicos
En el Cuerpo M?stico de Cristo que es la Iglesia los diversos miembros tienen vocaciones y misiones distintas en la Iglesia y en la sociedad, y esto vale tambi?n en relaci?n con la realizaci?n de cuanto la laicidad del Estado exige de los cristianos. De este modo, al Magisterio le compete un rol distinto de aquel que le corresponde a los laicos: mientras a los Pastores de la Iglesia les toca iluminar las conciencias con la ense?anza, "el deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad" -como afirma Benedicto XVI en su enc?clica sobre la caridad- "es .... propio de los fieles laicos", que lo realizan "cooperando con los dem?s ciudadanos"[28].

Esto es una consecuencia de la especificidad de la vocaci?n laical, que el Concilio Vaticano II ha individuado en el "car?cter secular": "A los laicos pertenece por propia vocaci?n buscar el Reino de Dios tratando y ordenando, seg?n Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y en cada una de las actividades y profesiones, as? como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia est? como entretejida. All? est?n llamados por Dios a cumplir su propio cometido, gui?ndose por el esp?ritu evang?lico; de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificaci?n del mundo y de este modo descubran a Cristo a los dem?s, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que est?n estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente seg?n el esp?ritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor"[29].

La misi?n de los laicos, entonces, es de compromiso, de testimonio, de di?logo, de animaci?n dentro de la sociedad y de sus articulaciones, y en contacto con todos los dem?s ciudadanos. Lo recordaba Juan Pablo II a los j?venes cubanos durante su memorable visita en esta Isla: "No hay verdadero compromiso con la Patria sin el cumplimiento de los propios deberes y obligaciones en la familia, en la universidad, en la f?brica o en el campo, en el mundo de la cultura y el deporte, en los diversos ambientes donde la Naci?n se hace realidad y la sociedad civil entreteje la progresiva creatividad de la persona humana. No puede haber compromiso con la fe sin una presencia activa y audaz en todos los ambientes de la sociedad en los que Cristo y la Iglesia se encarnan"[30].
Se trata de una misi?n, la que le aguarda a los fieles laicos, que requiere fundarse sobre una profunda vida espiritual y sobre una s?lida formaci?n doctrinal, especialmente en lo que se refiere a la Doctrina social de la Iglesia, y no menos sobre la adquisici?n de las capacidades que el rol, la posici?n y la profesi?n exigen.

5. CONCLUSI?N
Con estas consideraciones sobre la vocaci?n laical hemos regresado a la primera y originaria acepci?n, del todo intraeclesial, del t?rmino "laico/laicidad", a la que he hecho referencia anteriormente. Me parece que ahora puede resultar m?s claro c?mo este significado de "laicidad" se encuentre por s? mismo conectado con los otros dos que ha asumido a lo largo de la bimilenaria historia de la Iglesia en su relaci?n con la sociedad: laicidad del Estado, que, lejos de ser marginaci?n de la dimensi?n religiosa y de la comunidad de los creyentes de la vida social en todas sus componentes (laicidad en el sentido de laicismo) pasa a ser respeto y colaboraci?n entre la sociedad civil y aquella eclesial para el verdadero bien del hombre y de la familia humana (sana laicidad o laicidad positiva).

Hemos as? trazado a grandes rasgos las l?neas generales de la visi?n cristiana del tema de la laicidad del Estado. Como antes les dec?a, en la vida de toda comunidad estatal estas l?neas deben encontrar su correspondiente actuaci?n en la historia, la cultura, la organizaci?n del Pa?s y, sobre todo, deben tener una concretizaci?n pr?ctica concreta y cotidiana.

No me queda, entonces, que confiarles estas fragmentarias consideraciones m?as a la reflexi?n de esta Semana Social que entra en el vivo de sus trabajos y a la cual le deseo que llegue a ofrecer impulsos positivos sobre cuestiones tan importantes -como las que se tratar?n- para el compromiso de la Iglesia en Cuba.

?Much?simas gracias!


[1] COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, n. 532.
[2] BENEDICTO XVI, Mensaje a los Obispos de Cuba con ocasi?n del X aniversario de la visita de Juan Pablo II, el 20 de febrero de 2008.
[3] BENEDICTO XVI, Entrevista concedida a los periodistas durante el vuelo rumbo a Francia, el 12 de septiembre de 2008.
[4] BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el 56? Congreso nacional de la Uni?n de Juristas Cat?licos italianos, el 9 de diciembre de 2006.
[5] Cfr. C?DIGO DE DERECHO CAN?NICO, c. 207.
[6] BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el 56? Congreso nacional de la Uni?n de Juristas Cat?licos italianos, el 9 de diciembre de 2006.
[7] JUAN PABLO II, Homil?a durante la visita pastoral a Salerno, el 26 de mayo de 1985, n. 3.
[8] BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el 56? Congreso nacional de la Uni?n de Juristas Cat?licos italianos, el 9 de diciembre 2006.
[9] Ibid.
[10] J. T. MART?N DE AGAR, Libert? religiosa, uguaglianza e laicit?, en ?Ius Ecclesiae?, (1995) pp. 199-215.
[11] Ibid.
[12] Ibid.
[13] Ibid.
[14] JUAN PABLO II, Homil?a en la Plaza ?Jos? Mart?? de La Habana, el 25 de enero de 1998, n. 4.
[15] BENEDICTO XVI, Discurso pronunciado en la visita al Presidente de la Rep?blica italiana, el 20 de noviembre de 2006.
[16] Ibid.
[17] Ibid.
[18] F. RUFFINI, Libert? religiosa e separazione tra Chiesa e Stato, en Scritti dedicati a G. Chiodini, Torino 1975, p. 272.
[19] P?O XII, Alocuci?n a la colonia de Marcas en Roma, el 23 marzo de 1958.
[20] BENEDICTO XVI, Discurso con ocasi?n de la visita al Presidente de la Rep?blica italiana, el 24 de junio de 2005.
[21] CONGREGACI?N PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones concernientes el compromiso y el comportamiento de los cat?licos en la vida p?blica, n. 6.
[22] JUAN PABLO II, Mensaje para la celebraci?n de la Jornada Mundial de la Paz 1991: "Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre", IV.
[23] COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, n. 566.
[24] BENEDICTO XVI, Enc?clica Deus Caritas est, n. 28.
[25] Ibid.
[26] BENEDICTO XVI, Discurso con ocasi?n de la visita del Presidente de la Rep?blica italiana, el 20 de noviembre de 2006.
[27] BENEDICTO XVI, Enc?clica Deus Caritas est, n. 28.
[28] Ibid., n. 29.
[29] CONCILIO ECUM?NICO VATICANO II, Constituci?n dogm?tica Lumen Gentium, n. 31.
[30] JUAN PABLO II, Mensaje a los j?venes de Cuba, el 23 de enero de 1998, n. 4.


Publicado por verdenaranja @ 22:35  | Hablan los obispos
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