Martes, 06 de julio de 2010

ZENIT? publica la homil?a prounciada por monse?or Dominique Mamberti, secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados, en la catedral de La Habana el 17 de junio.

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Eminencia,
Excelent?simos Se?ores Obispos,
Distinguidas Autoridades civiles,
Estimad?simos miembros del Cuerpo Diplom?tico, Consular y de las Organizaciones Internacionales,
Queridos sacerdotes, di?conos, religiosos y religiosas,
Hermanos y hermanas en el Se?or:

Es con inmenso gusto y placer que me encuentro aqu? esta noche, hu?sped del Eminent?simo Cardenal Ortega y Alamino, en esta bella Iglesia Catedral, casa de Dios, lugar de recogimiento y oraci?n para todos los fieles habaneros. Siento el deber de agradecer a la Conferencia de los Obispos Cat?licos de Cuba la invitaci?n que me ha hecho, junto con el Gobierno nacional, para visitar esta hermosa Isla con ocasi?n de la celebraci?n de algunos eventos, que felizmente coinciden: la X Semana Social de los fieles cat?licos; el septuag?simo quinto aniversario del establecimiento de las relaciones diplom?ticas entre la Rep?blica de Cuba y la Santa Sede y, finalmente, el V Aniversario del Pontificado de Su Santidad Benedicto XVI que en este Pa?s se suele conmemorar el 24 de abril pero que, este a?o, hemos postergado un poco para darle mayor relieve y vivirla como momento espiritual que aglutina y da sentido a todos los dem?s acontecimientos de estos d?as.

Es encomiable que un sector del laicado cat?lico cubano dedique tiempo para reunirse en la Semana Social, que se clausurar? pasado ma?ana, a fin de estudiar, profundizar y debatir sobre el rol que, desde la perspectiva cristiana, le compete a cada ciudadano en el desarrollo del Pa?s. La Iglesia cat?lica tiene una largu?sima tradici?n en el campo social: el apoyo a los m?s desfavorecidos, el cuidado de los ancianos, y la asistencia espiritual y m?dica. No han faltado preclaras figuras de santos que han entregado sus vidas a estos altos ideales. Pienso, por ejemplo, en un testigo de la caridad que ha quedado grabado muy hondamente en el coraz?n de cada cubano: el Padre Jos? Olallo Vald?z, religioso de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios, nacido en La Habana en 1820, fallecido en 1889 y beatificado en Camag?ey el 29 de noviembre de 2008. La virtud de la caridad, que es el aut?ntico amor cristiano, fue vivida por ?l de modo audaz, creativo y sin l?mites. Pas? casi toda su vida trabajando en un hospital, asistiendo a enfermos y necesitados. Con gran probabilidad, el ejemplo de este humilde fraile tambi?n haya contribuido a alimentar en la sociedad cubana la sensibilidad hacia el estudio de las ciencias gal?nicas y la formaci?n de m?dicos tan apreciados en todo el mundo. De todo coraz?n, deseo a los organizadores y participantes en esta X Semana Social que sus esfuerzos produzcan abundantes frutos.

Dec?amos que la otra raz?n que me ha tra?do aqu? es el festejo de los setenta y cinco a?os de relaciones diplom?ticas ininterrumpidas entre Cuba y la Santa Sede, sin olvidar que ya desde poco despu?s de la Independencia hubo en la Isla un Delegado Apost?lico enviado por el Papa. La Santa Sede mantiene esta misma clase de relaciones con la gran mayor?a de los Pa?ses no s?lo por razones hist?ricas sino tambi?n para hacer realidad lo que el Concilio Ecum?nico Vaticano II afirma en la Constituci?n Apost?lica Gaudium et Spes a prop?sito de la relaci?n entre la Iglesia y el Estado: "La comunidad pol?tica y la Iglesia son independientes y aut?nomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso t?tulo, est?n al servicio de la vocaci?n personal y social del hombre. Este servicio lo realizar?n con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto m?s sana y mejor sea la cooperaci?n entre ellas, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo" (GS 76). Es obvio, por lo tanto, que las relaciones diplom?ticas entre la Santa Sede y un Estado son un instrumento privilegiado para que esta cooperaci?n sea posible de manera ordenada y fluida, se mantenga en el m?ximo nivel posible, progrese y pueda hacer frente a las multiformes problem?ticas que, siempre nuevas, surgen cada d?a en nuestras sociedades. Con los altibajos propios de la historia, despu?s de setenta y cinco a?os, hoy estamos aqu? para celebrar lo bueno que hasta ahora se ha podido alcanzar juntos, convencidos de que mucho m?s nos queda por hacer.

Pero no existir?an las Semanas Sociales, los laicos comprometidos ni las relaciones diplom?ticas con la Santa Sede si no existiera la Iglesia, nacida del costado abierto de Nuestro Se?or Jesucristo en la cruz, para la salvaci?n del g?nero humano y entregada al pastoreo universal de San Pedro y de sus Sucesores. La relaci?n entre el Papa y la Iglesia es algo especial, algo distinto respecto a lo que sucede en cualquier Di?cesis del mundo. Quien est? sentado en la C?tedra de Pedro no s?lo tiene a su cargo el gobierno pastoral de la Iglesia particular de Roma, sino que, por divina voluntad, es el s?mbolo y la fuente de la unidad de la Iglesia universal.

Lo acabamos de escuchar en el Evangelio seg?n San Mateo. Son palabras muy sencillas, pero a la vez muy solemnes, que hemos aprendido desde nuestra ni?ez y que no dejan de sorprendernos y maravillarnos. Jes?s decide libremente confiar su grey a uno de sus Ap?stoles para que la cuide y la oriente: "Yo te digo que t? eres Pedro y sobre esta piedra edificar? mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecer?n sobre ella. Yo te dar? las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedar? atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedar? desatado en el cielo". Seg?n nos relatan las Escrituras, Pedro no parece sobresalir por especiales virtudes respecto a los dem?s Ap?stoles; es m?s, es ?l el que tambi?n neg? tres veces al Maestro despu?s de su arresto; pero es ?l y no otro el que recibe tama?a responsabilidad. Desde entonces, cu?ntos Papas se han sucedido, cada uno con su particular personalidad, con sus debilidades humanas y sus grandes logros, pero todos fieles al mandato de regentar la Iglesia de Cristo, de presidir y servir en la Caridad a todos los bautizados.

Los Pont?fices podr?an parecer personas inalcanzables, soberanos frente a los cuales toda cabeza tiene que agacharse. Pero, ?qu? fue lo que dijo Benedicto XVI al asomarse al balc?n de la Bas?lica de San Pedro el d?a de su elecci?n? Pidi? oraciones por ?l al considerarse un humilde servidor en la vi?a del Se?or. ?l sabe que no es el due?o de la vi?a sino aquel a quien la vi?a ha sido entregada y que, desde aquel momento, tiene que trabajar intensamente para que la misma se mantenga en su mejor condici?n, y siga dando frutos abundantes y sabrosos cada oto?o.

A nosotros nos corresponde hacer sentir al Papa nuestra cercan?a y nuestra voluntad de colaborar con ?l a fin que la Iglesia, nuestra madre, siga siendo "un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando" (as? como nos hace rezar la plegaria eucar?stica V/b). Los cubanos ya han dado testimonio de esta cercan?a en 1998, cuando acogieron con cari?o deslumbrante al amad?simo Juan Pablo II, de feliz memoria.

Somos conscientes de ser distintos los unos de los otros, de ser expresi?n y fruto de diferentes culturas, de cultivar las m?s diversas costumbres, ideas y sensibilidades; pero sabemos que, en cuanto bautizados, formamos parte de una misma familia, unidos por el mismo amor de Dios. La unidad y la catolicidad (o sea la universalidad), que califican a la Iglesia, y que son aseguradas por el Romano Pont?fice, no se contraponen sino que hacen posible el axioma "e pluribus unum sit": o sea, llegar a ser una cosa sola desde muchas realidades y experiencias. Este continuo y fatigante trabajo de s?ntesis es propio del Sucesor del Pescador de Galilea a lo largo de la historia.

Con esta linda y significativa imagen del pescador quiero ir terminando mis reflexiones de esta noche y, para hacerlo, me parece adecuado volver con la memoria a la Misa solemne del 24 de abril de 2005, cuando el Papa reinante inaugur? su pontificado. En aquella ocasi?n, Benedicto XVI quiso resaltar, entre otros s?mbolos de su alto cargo, el del Anillo del Pescador que desde aquella fecha lleva en su dedo. Se trata de un anillo que evoca el episodio en el cual Jes?s le conf?a a Pedro la misi?n, asegur?ndolo con estas palabras: "No temas, desde ahora ser?s pescador de hombres" (Lc 5, 1.11). ?Qu? sentido tiene esta curiosa expresi?n? ?C?mo puede un hombre ser pescador de otros hombres? Para un pueblo isle?o como el cubano, es f?cil saber qu? es un pescador y cu?l es su tarea: sacar peces del mar para que sirvan de sustento. El Papa, apel?ndose a la antigua sabidur?a de los Padres de la Iglesia, afirm? que: "para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital a fin de convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misi?n del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera".

?Qu? grande fuerza hay en este simbolismo! ?Qui?n de nosotros no ha pasado por momentos de angustia, de agobio, hasta de desesperaci?n a lo largo de su vida, en los cuales nos sentimos inexorablemente ahogar en las aguas saladas de un inmenso mar al que hemos sido tirados? Queremos salir de estas aguas mort?feras, queremos volver a respirar aire fresco. S?lo hay una posibilidad: que alguien nos eche una red y que nosotros, al divisar una posible oportunidad de rescate, luchemos con todas nuestras fuerzas para alcanzarla, quedar atrapados en ella y dejarnos sacar. ?Qu? nunca disminuya en nosotros la fuerza para agarrarnos a esta red de salvaci?n que Dios, a trav?s de Su Vicario en la tierra, no se cansa de echar!??


Publicado por verdenaranja @ 21:42  | Homil?as
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