Lunes, 19 de julio de 2010

ZENIT? Publica la meditaci?n que pronunci? el cardenal Marc Ouellet, arzobispo de Qu?bec y primado de Canad?, el 10 de junio, en el encuentro internacional de sacerdotes con motivo de la conclusi?n del A?o Sacerdotal en la bas?lica de San Pablo Extramuros con el t?tulo "Cen?culo: invocaci?n al Esp?ritu Santo con Mar?a, en comuni?n fraterna"

"Pedro, Juan, Santiago, Andr?s, Felipe y Tom?s, Bartolom?, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Sim?n el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, ?ntimamente unidos, se dedicaban a la oraci?n, en compa??a de algunas mujeres, de Mar?a, la madre de Jes?s" (Hechos 1, 13-14)Queridos amigos,

El Santo Padre Juan Pablo II amaba particularmente esta escena de los Hechos de los Ap?stoles. Se sumerg?a literalmente en contemplaci?n, en la conciencia de pertenecer a este misterio con toda la Iglesia y de modo especial con los sacerdotes. Desde el Cen?culo de Jerusal?n, ?l les dirig?a este mensaje:

Desde este lugar santo me surge espont?neamente pensar en vosotros en las diversas partes del mundo, con vuestro rostro concreto, m?s j?venes o m?s avanzados en a?os, en vuestros diferentes estados de ?nimo: para tantos, gracias a Dios, de alegr?a y entusiasmo; y para otros, de dolor, cansancio y quiz? de desconcierto. En todos quiero venerar la imagen de Cristo que hab?is recibido con la consagraci?n, el ?car?cter? que marca indeleblemente a cada uno de vosotros. ?ste es signo del amor de predilecci?n, dirigido a todo sacerdote y con el cual puede siempre contar, para continuar adelante con alegr?a o volver a empezar con renovado entusiasmo, con la perspectiva de una fidelidad cada vez mayor" (Carta a los sacerdotes, Jueves Santo del a?o 2000).

Este mensaje formulado en el cen?culo de Jerusal?n, la ciudad santa por excelencia, nos interpela en esta primera bas?lica mariana de la cristiandad y en esta hora bendita del A?o Sacerdotal. Nos recuerda el amor de predilecci?n que nos eligi? y nos re?ne en oraci?n en el cen?culo, como los Ap?stoles permanecieron en oraci?n con Mar?a despu?s de la Resurrecci?n, en la espera de que se cumpliera la promesa del Se?or: "Recibir?is la fuerza del Esp?ritu Santo que descender? sobre vosotros, y ser?is mis testigos en Jerusal?n, en toda Judea y Samar?a, y hasta los confines de la tierra" (Hechos 1, 8).

San Ireneo de Ly?n describe esta fuerza del Esp?ritu que ha atravesado los siglos:

"El Esp?ritu de Dios descendi? sobre el Se?or, Esp?ritu de sabidur?a y de inteligencia, Esp?ritu de consejo y de fortaleza, Esp?ritu de ciencia y de piedad, Esp?ritu de temor de Dios. A su vez, el Se?or lo ha donado a la Iglesia, enviando al Par?clito sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Se?or que hab?a sido arrojado Satan?s como un rayo" (Contra las herej?as).

El d?a de mi ordenaci?n sacerdotal, despu?s de la imposici?n de manos, yo qued? impresionado por una palabra de San Pablo para el resto de mis d?as: "Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfecci?n, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jes?s" (Fil. 3, 12). Ordenado sacerdote en 1968, comenc? mi ministerio en una atm?sfera de contestaci?n general que habr?a podido hacer desviar o incluso interrumpir mi carrera, como ocurri? en aquel per?odo para muchos sacerdotes y religiosos. La experiencia misionera, la amistad sacerdotal y la cercan?a de los pobres me ayudaron a sobrevir a la agitaci?n de los a?os postconciliares.

Hoy somos testigos de la irrupci?n de una ola de contestaci?n sin precedentes sobre la Iglesia y el sacerdocio, tras la revelaci?n de esc?ndalos de los que debemos reconocer la gravedad y reparar con sinceridad las consecuencias. Pero m?s all? de las necesarias purificaciones merecidas por nuestros pecados, tambi?n hay que reconocer en el momento presente una abierta oposici?n a nuestro servicio de la verdad y tambi?n los ataques desde el exterior y desde el interior que buscan dividir a la Iglesia. Nosotros rezamos juntos por la unidad de la Iglesia y por la santificaci?n de los sacerdotes, estos heraldos de la Buena Noticia de la salvaci?n.

En el aut?ntico esp?ritu del Concilio Vaticano II, nos recogemos en la escucha de la Palabra de Dios, como los padres conciliares que nos han dado la Constituci?n?Dei Verbum: "Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifest?: lo que hemos visto y o?do os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viv?is tambi?n en comuni?n con nosotros, y esta comuni?n nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn.1, 2-3).

Queridos amigos, una gran figura sacerdotal nos acompa?a y nos gu?a en esta meditaci?n, el santo Cura de Ars, declarado patrono de todos los sacerdotes, por la gracia de Dios y la sabidur?a de la Iglesia.

San Juan Mar?a Vianney confes? a la Francia arrepentida, desgarrada y atormentada por la Revoluci?n y de lo que all? surgi?. Fue un sacerdote ejemplar y un pastor lleno de celo. Puso la oraci?n en el coraz?n de la vida sacerdotal. "Nosotros nos hab?amos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con ?l. Nuestra oraci?n es el incienso que m?s le agrada". "Oh Dios m?o, si mi lengua no pudiera decir que te amo en cada instante, quiero que mi coraz?n te lo repita tantas veces cuantas respiro".

Estamos aqu?, en gran n?mero, en esta Bas?lica, con Mar?a, madre de Jes?s y madre nuestra. Juntos "adoramos al Padre en esp?ritu y en verdad por la mediaci?n del Hijo que hace descender sobre el mundo, de parte del Padre, las bendiciones celestiales" (San Cirilo de Alejandr?a). A trav?s de la fe, estamos unidos a todos los sacerdotes del mundo en comuni?n fraterna, bajo la gu?a de nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI, a quien agradecemos desde lo profundo del coraz?n por haber convocado este A?o Sacerdotal.

El misterio del sacerdocio

La Iglesia Cat?lica cuenta hoy con 408.024 sacerdotes distribuidos en los cinco continentes. 400.000 sacerdotes: es mucho y es poco para m?s de mil millones de cat?licos. 400.000 sacedotes y, sin embargo, un solo Sacerdote, Jesucristo, el ?nico medidador de la Nueva Alianza, aquel que present? "s?plicas y plegarias, con fuertes gritos y l?grimas, a Aquel que pod?a salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisi?n" (Heb. 5, 7).

A causa de la desobediencia, el hombre pecador ha perdido desde los or?genes la gracia de la filiaci?n divina. Es por eso que los hombres nacen privados de la gracia original. Era necesario que esta gracia fuese restaurada por la obediencia de Jesucristo: "Aunque era Hijo de Dios, aprendi? por medio de sus propios sufrimientos qu? significa obedecer. De este modo, ?l alcanz? la perfecci?n y lleg? a ser causa de salvaci?n eterna para todos los que le obedecen, porque Dios lo proclam? Sumo Sacerdote seg?n el orden de Melquisedec" (Heb 5).

Este ?nico y gran Sacerdote est? en la cima del calvario como un nuevo Mois?s, sosteniendo el combate de las fuerzas del amor contra las fuerzas del mal. Con los brazos clavados a la cruz de nuestras iglesias, pero los ojos abiertos como el crucifijo de San Dami?n, ?l pronuncia sobre la Iglesia, sobre el mundo y sobre el universo entero, la gran Ep?clesis.

Luego, en cada Eucarist?a, la inmensa ep?clesis de Pentecost?s escucha y corona la invocaci?n de la cruz. Cristo, con los brazos extendidos entre cielo y tierra, recoge todas las miserias y todas las intenciones del mundo. ?l transforma en ofrenda agradable todo el dolor, todos los rechazos y todas las esperanzas del mundo. En un ?nico Acto de Amor infinito, ?l presenta al Padre el trabajo de los hombres, los sufrimientos de la humanidad y los bienes de la tierra. En ?l, "todo est? cumplido". El sacrificio de amor del Hijo satisface todas las exigencias de amor de la Nueva Alianza. Su descenso a los infiernos, hasta las profundidades extremas de la noche, hace resonar la Palabra de Dios, la Palabra del Padre, que proclama hasta los confines del universo: "T? eres mi Hijo muy amado, en ti tengo puesta toda mi predilecci?n" (Mc 1, 11).

De este modo, el Padre responde a la oraci?n del Hijo: "Padre, glorif?came junto a ti, con la gloria que yo ten?a contigo antes que el mundo existiera" (Jn 17, 5). No pudiendo negar nada a su Hijo, el Padre hace descender sobre ?l el don ?ltimo de la gloria, el don del Esp?ritu Santo, seg?n la palabra de san Juan Evangelista y la interpretaci?n que da de ella san Gregorio de Nisa.

De aqu? el Evangelio de Dios proclamado por Pablo a los Romanos, "acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Se?or, nacido de la estirpe de David seg?n la carne, y constituido Hijo de Dios con poder seg?n el Esp?ritu santificador por su resurrecci?n de entre los muertos" (Rm 1, 3-4). Resurrecci?n de Cristo: revelaci?n suprema del misterio del Padre, confirmaci?n de la gloria del Hijo, fundamento de la creaci?n y de la salvaci?n.

La Iglesia de Dios lleva este Evangelio de Dios a todo el mundo desde sus or?genes, en el poder del Esp?ritu Santo. De esto, nosotros somos testigos.

Queridos hermanos sacerdotes, la Iglesia es el sacramento de la salvaci?n. En ella, nosotros somos el sacramento de este gran Sacerdote de los bienes presentes y futuros. Hemos nacido del intercambio de amor entre las Personas divinas y el Cristo-Sacerdote ha puesto sobre nosotros su celestial y gloriosa impronta. Habitados y pose?dos por ?l, elevamos a Dios Padre la s?plica y el grito de la humanidad sufriente. Por ?l, con ?l y en ?l, en comuni?n con el pueblo de Dios, reconocemos el misterio que nos es propio y damos gracias a Dios.

400.000 sacerdotes y, sin embargo, un ?nico Sacerdote. Por el poder del Esp?ritu Santo, el Resucitado une a s? ministros de su Palabra y de su ofrenda. Por medio nuestro, ?l permanece presente como el primer d?a y a?n m?s que en el primer d?a ya que ha prometido que nosotros har?amos cosas m?s grandes. Cristo iba al encuentro de sus hermanos y sus hermanas caminando hacia la Cruz. Nosotros, sus ministros, vamos hacia nuestros hermanos y hermanas en su Nombre y en su poder de Resucitado. Nosotros estamos aferrados a Cristo, plenitud de la Palabra, y enviados por todos los caminos del mundo sobre las alas del Esp?ritu.

"Por lo tanto - escribe Benedicto XVI -, el sacerdote que act?a?in persona Christi Capitis?y en representaci?n del Se?or, no act?a nunca en nombre de un ausente, sino en la Persona misma de Cristo resucitado, que se hace presente con su acci?n realmente eficaz" (Audiencia general, 14 de abril de 2010).

El Esp?ritu Santo garantiza nuestra unidad de ser y de obrar con el ?nico Sacerdote, aunque sigamos siendo 400.000. ?l es quien hace de la multitud una sola grey, un solo Pastor. Ya que si el sacramento del sacerdocio es multiplicado, el misterio del sacerdocio permanece ?nico e id?ntico, como las hostias consagradas son m?ltiples pero ?nico e id?ntico es el Cuerpo del Hijo de Dios presente en ellas.

Benedicto XVI se?ala las consecuencias espirituales y pastorales de esta unidad: "Para el sacerdote vale lo que Cristo dijo de s? mismo: ?Mi doctrina no es m?a? (Jn?7, 16); es decir, Cristo no se propone a s? mismo, sino que, como Hijo, es la voz, la Palabra del Padre. Tambi?n el sacerdote siempre debe hablar y actuar as?: ?Mi doctrina no es m?a, no propago mis ideas o lo que me gusta, sino que soy la boca y el coraz?n de Cristo, y hago presente esta doctrina ?nica y com?n, que ha creado a la Iglesia universal y que crea vida eterna?" (Audiencia general, 14 de abril de 2010).

Que nosotros podamos, queridos amigos, conservar una conciencia viva de actuar?in persona Christi, en la unidad de la Persona de Cristo. Sin esto, el alimento que ofrecemos a los fieles pierde el gusto del misterio y la sal de nuestra vida sacerdotal se vuelve ins?pida. Que nuestra vida conserve el sabor del misterio y, por eso, sea en primer lugar una amistad con Cristo: "Pedro, ?me amas? Apacienta mis ovejas" (Jn. 21, 15). Vivida en este amor, la misi?n del sacerdote de apacentar las ovejas ser? entonces realizada en el Esp?ritu del Se?or y en la unidad con el Sucesor de Pedro.

El Esp?ritu Santo, la Virgen Mar?a y la Iglesia

Busquemos ahora el secreto y desconocido fundamento de la santidad sacerdotal all? donde convergen todos los misterios del sacerdocio: en la intimidad espiritual de la Madre del Hijo en la que reina el Esp?ritu de Dios.

Sobre las agua de la creaci?n primordial, el Esp?ritu aletea y hace surgir el orden y la vida. El salmista se hace eco de esta maravilla cantando: "Oh Se?or, nuestro Dios, ?qu? admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Sal 8, 2). A lo largo de toda la historia de la salvaci?n, el Esp?ritu desciende sobre patriarcas y profetas, reuniendo al Pueblo elegido en torno a la Promesa y a las "diez Palabras" de la Alianza. El profeta Isa?as se hace eco de esta historia santa: "?Qu? hermosos son sobre las monta?as los pasos del que trae la buena noticia!" (Is 52, 7).

En la casa de Nazareth, el Esp?ritu cubre a la Virgen con su sombra para que d? a luz al Mes?as. Mar?a adhiere con todo su ser: "H?gase en m? seg?n tu palabra" (Lc 1, 38). Ella acompa?a al Verbo encarnado en el curso de su vida terrena; camina con ?l en la fe, a menudo sin comprender, sin dejar nunca de otorgar el asentimiento sin condiciones y sin l?mites que hab?a dado de una vez para siempre al ?ngel de la Anunciaci?n.

Bajo la cruz est? de pie, en silencio, aceptando sin comprender la muerte de su Hijo, asistiendo dolorosamente a la muerte de la Palabra de vida que hab?a dado a luz.

El Esp?ritu la tiene en este s? "nupcial" que desposa el destino del Cordero inmolado. La Virgen de los dolores es la Esposa del Cordero. En ella y por ella, toda la Iglesia es asociada al sacrificio del Redentor. En ella y por ella, en la unidad del Esp?ritu, toda la Iglesia es bautizada en la muerte de Cristo y participa en su resurrecci?n.

Estamos aqu? con ella en el cen?culo, nosotros, sacerdotes de la Nueva Alianza, nacidos de su maternidad espiritual y animados por la fe en la victoria de la Palabra sobre la muerte y el infierno. Estamos aqu? para implorar con un solo coraz?n la venida del Reino de Dios, la revelaci?n de los hijos de Dios y la glorificaci?n de todas las cosas en Dios (cfr.?Rm 8, 19).

Nuestra santidad sacerdotal en y con Cristo est? envuelta en la unidad de la Madre y del Hijo, en la uni?n indisoluble del Cordero inmolado y de la Esposa del Cordero. No olvidemos que la sangre redentora del Sumo Sacerdote proviene del seno inmaculado de Mar?a que le ha dado vida y que se ofrece con ?l. Esta sangre pur?sima nos purifica, esta sangre de Cristo "que por obra del Esp?ritu eterno se ofreci? sin mancha a Dios" (Heb 9, 14).

"Todas las buenas obras juntas - escribe el Cura de Ars - no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios. El martirio no es nada en comparaci?n: es el sacrificio que el hombre hace de su vida a Dios; pero la Misa es el Sacrificio que Dios ofrece al hombre de Su Cuerpo y de Su Sangre"

La grandeza y la santidad del sacerdote derivan de esta obra divina. Nosotros no ofrecemos a Dios una obra humana; nosotros ofrecemos Dios a Dios. "?C?mo puede ser esto?", podr?amos preguntar con Mar?a, haci?ndonos eco de la pregunta que ella hizo al ?ngel. "Nada es imposible para Dios" (Lc 1, 37) fue la respuesta dada a la Virgen con el signo tangible de la fecundidad de Isabel. Recibamos y hagamos nuestra esta respuesta, con Mar?a, para que "no vivamos ya para nosotros mismos sino para ?l, que por nosotros muri? y resucit?" (Plegaria Eucar?stica IV). "Nada es imposible para Dios". El Evangelio nos dice en otro punto: "Todo es posible para el que cree" (Mc. 9, 23).

"Los sacerdotes est?n en una relaci?n de especial alianza con la sant?sima Madre de Dios - escribe San Juan Eudes -. As? como el eterno Padre la ha hecho part?cipe de su divina paternidad, del mismo modo dona a los sacerdotes formar a este mismo Jes?s en la santa Eucarist?a y en el coraz?n de los fieles. As? como el Hijo la ha hecho cooperadora en la obra de la redenci?n del mundo, as? los sacedotes son sus cooperadores en la obra de la salvaci?n de las almas. As? como el Esp?ritu Santo la ha asociado en aquella obra maestra que es el misterio de la Encarnaci?n, as? se asocia a los sacerdotes para una continuaci?n de este misterio en cada cristiano mediante el bautismo...".

Virgen Mar?a,?Mater misericordiae, vita, dulcedo et spes nostra, salve!?En tu santa compa??a, Madre de misericordia, nosotros bebemos de la fuente del amor. Nuestros corazones sedientos y nuestras almas inquietas tienen acceso, a traves de ti, a la habitaci?n nupcial de la Nueva Alianza. "He aqu? que los sacerdotes, al poseer una alianza tan estrecha y una conformidad tan maravillosa con la Madre del supremo Sacerdote - a?ade San Juan Eudes -, tienen v?nculos especial?simos de amor hacia ella, de honrarla y de revestirse de sus virtudes y sus disposiciones. Entrad en el deseo de tender a esto con todo vuestro coraz?n. Ofrec?os a ella y pedidle que os ayude con fuerza".

Ep?clesis sobre el mundo

"Si conocieras el don de Dios y qui?n es el que te dice: ?Dame de beber?, t? misma se lo hubieras pedido, y ?l te habr?a dado agua viva" (Jn. 4, 10). El Esp?ritu del Se?or es un agua viva, un soplo vital, pero es tambi?n un fuerte viento que sacude la casa, una alegre paloma portadora de paz, un fuego que arde, una luz que rompe las tinieblas, una energ?a creadora que cubre con su sombra a la Iglesia.

De un extremo al otro de las Sagradas Escrituras, el Dios de la Alianza se revela como un Esposo que quiere donar todo y donarse a s? mismo, a pesar de los l?mites y los errores de la humanidad pecadora, su Esposa. El Dios celoso y humillado no se cansa de buscar a la esposa vagabunda e id?latra hasta el d?a bendito de las bodas del Cordero. Es por eso que la esperanza del don de Dios nunca falla: "El Esp?ritu y la Esposa dicen: ? ?Ven!?, y el que escucha debe decir: ? ?Ven!?. Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida" (Ap 22, 17).

S?, Padre, nosotros te damos gracias porque T? ya derramas tu agua viva sobre la tierra en el coraz?n de los m?s pobres entre los pobres, gracias a la incansable dedicaci?n de todas estas almas consagradas que hacen de su existencia un sacramento de tu amor gratuito.

Oh, Padre de todas las gracias, por la luz inaccesible en la que habitas y en la que somos introducidos por el Esp?ritu, con Jes?s y Mar?a, nosotros te pedimos consumirnos en la unidad consagr?ndonos en la verdad.

Infunde tu Esp?ritu Santo sobre nosotros y sobre toda carne, el Esp?ritu de verdad que regenera la fe, el Esp?ritu de libertad que resucita la esperanza, el Esp?ritu de amor que hace a la Iglesia santa, cre?ble, atrayente y misionera.

?Venga tu Reino! H?gase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Tu voluntad salv?fica realizada en tu Hijo crucificado y glorificado se realice tambi?n en nosotros, sacerdotes de la Nueva Alianza, y en las almas confiadas a nuestro ministerio.

"Con el Esp?ritu Santo - escribe san Basilio el Grande - llega nuestra readmisi?n al Para?so, el retorno a la condici?n de hijos, la audacia de llamar a Dios Padre, el llegar a ser part?cipes de la gracia de Cristo, el ser llamados hijos de la luz, el compartir la gloria eterna".

"Si, por lo tanto, quer?is vivir del Esp?ritu Santo - escribe san Agust?n -, conservad la caridad, amad la verdad, desead la unidad, y alcanzar?is la eternidad".

Nosotros, pobres pecadores, llevamos dentro las heridas de la humanidad desgarrada por los cr?menes, por las guerras y por las tragedias. Nosotros confesamos los pecados del mundo en su crudeza y en su miseria con Jes?s crucificado, convencidos de que la gracia y la verdad hacen libres. Nosotros confesamos los pecados en la Iglesia, sobre todo aquellos que son motivo de esc?ndalo y de alejamiento de los fieles y de aquellos que no creen.

Por encima de todo, nosotros confesamos, Se?or, tu Amor y tu Misericordia que se irradia desde tu coraz?n eucar?stico y por la absoluci?n de los pecados que nosotros damos a los fieles.

El Santo Padre nos los ha recordado abundantemente en todo el desarrollo de este A?o Sacerdotal:

"Queridos sacerdotes, ?qu? extraordinario ministerio nos ha confiado el Se?or! Como en la celebraci?n eucar?stica ?l se pone en manos del sacerdote para seguir estando presente en medio de su pueblo, de forma an?loga en el sacramento de la Reconciliaci?n se conf?a al sacerdote para que los hombres experimenten el abrazo con el que el padre acoge al hijo pr?digo, restituy?ndole la dignidad filial y la herencia (cf.?Lc?15, 11-32)". (Discurso a los participantes en un curso sobre fuero interno, 10 de marzo de 2010).

San Juan Mar?a Vianney nos lo repite a su manera:

"El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confes?is, sabe ya que pecar?is nuevamente y sin embargo os perdona. ?Qu? grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!"

En el altar del Sacrificio, en uni?n con Mar?a, ofrecemos a Cristo al Padre y nos ofrecemos nosotros mismos con ?l. Somos conscientes, queridos amigos, de que al celebrar la Eucarist?a no realizamos una obra humana sino que ofrecemos Dios a Dios.??C?mo puede ser esto?, se podr?a objetar. Es posible mediante la fe, ya que la fe nos da a Dios. La fe nos da tambi?n a Dios. De alguna manera, nosotros disponemos de Dios como ?l dispone de nosotros. Aquel que los fil?sofos designan como el Totalmente Otro y el Inaccesible por excelencia ha querido nacer y vivir entre nosotros, hombre entre los hombres, en virtud de una Sabidur?a que es esc?ndalo para los jud?os y locura para los paganos (cfr.?1 Cor 1, 23). En su divina compa??a, nos asemejamos a veces a ni?os despreocupados y rebeldes que se acercan a tesoros, prontos a derrocharlos como si nada fuese.

?Qu? abismo es el misterio del sacerdocio! ?Qu? maravillas el sacerdocio com?n de los bautizados y el sacerdocio ministerial! Estos misterios sacramentales remiten finalmente al misterio del Dios uno y trino. La ofrenda sacrificial de Cristo redentor es, en el fondo, la eterna Eucarist?a del Hijo que responde al Amor del Padre en nombre de toda la creaci?n. Nosotros estamos asociados a este misterio por el Esp?ritu de nuestro bautismo que nos hace part?cipes de la naturaleza divina (2 Pe. 1, 4). El Esp?ritu hace que los bautizados vivan de la filiaci?n divina y que los sacerdotes resplandezcan por la paternidad divina; los dos se unen en una com?n ep?clesis que irradia sobre el mundo la alegr?a del Esp?ritu. "Para que todos sean uno: como t?, Padre, est?s en m? y yo en ti, que tambi?n ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que t? me enviaste" (Jn. 17, 21).

Reunidos en el Cen?culo, invocando al Esp?ritu Santo con Mar?a, en comuni?n fraterna, oramos por la unidad de la Iglesia. El esc?ndalo permanente de la divisi?n de los cristianos, las recurrentes tensiones entre cl?rigos, laicos y religiosos, la laboriosa armonizaci?n de los carismas, la urgencia de una nueva evangelizaci?n, todas estas realidades piden sobre la iglesia y sobre el mundo un nuevo Pentecost?s.

Un nuevo Pentecost?s, en primer lugar, sobre los obispos y sus sacerdotes para que el Esp?ritu de santidad recibido con la ordenaci?n produzca en ellos nuevos frutos, en el esp?ritu aut?ntico del Concilio Vaticano II. El decreto?Presbyterorum Ordinis?ha definido la santidad sacerdotal partiendo de la caridad pastoral y de las exigencias de unidad del?presbyterium:

"La caridad pastoral exige que los presb?teros, para no correr en vano, trabajen siempre en v?nculo de uni?n con los obispos y con otros hermanos en el sacerdocio. Obrando as? hallar?n los presb?teros la unidad de la propia vida en la misma unidad de la misi?n de la Iglesia, y de esta suerte se unir?n con su Se?or, y por El con el Padre, en el Esp?ritu Santo, a fin de llenarse de consuelo y de rebosar de gozo" (PO 14).

Actualmente, como en los or?genes de la Iglesia, los desaf?os de la evangelizaci?n est?n acompa?ados por la prueba de las persecuciones. Recordemos que la credibilidad de los disc?pulos de Cristo se mide en el amor rec?proco que les permite convencer al mundo (cfr. Jn. 13, 35; Jn. 16, 8). "M?s a?n - dice san Pablo a los Romanos -, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulaci?n produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedar? defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Esp?ritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom. 5, 3-5).

Acci?n de gracias Trinitaria

Queridos amigos, demos gracias a Dios por el don insigne del sacerdocio de la Nueva Alianza. Desde el momento en que somos asociados al sacrificio del Cordero inmolado, nosotros entramos en contacto con la plenitud de la fe que abre los misterios de la vida eterna. Junto con Mar?a dej?monos llevar por el Esp?ritu con el coro de los ?ngeles en la alabanza de la gloria del Dios tres veces santo. "Que ?l nos transforme en ofrenda permanente" (Plegaria Eucar?stica III).

"Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios, y prefiero morir am?ndote que vivir un instante sin Ti". San Juan Mar?a Vianney, patrono de todos los sacerdotes, nos gu?e en el seguimiento de Cristo por el camino de la intimidad con el Padre en el gozo del Esp?ritu Santo, nos conserve en la alegr?a del servicio de Dios.

Siguiendo su ejemplo, amemos a Dios con todo nuestro coraz?n en la unidad del Esp?ritu Santo y amemos tambi?n a la Iglesia que es su morada en la tierra:

"Recibimos tambi?n nosotros - escribe san Agust?n - el Esp?ritu Santo si amamos a la Iglesia, si somos compa?eros en la caridad, si nos alegramos de poseer el nombre de cat?lico y la fe cat?lica. Creedlo, hermanos: en la medida en que uno ama a la Iglesia, posee el Esp?ritu Santo".

El Siervo de Dios Juan Pablo II resum?a en dos palabras su existencia sacerdotal en el seguimiento de Cristo:?Don y Misterio. Don de Dios, Misterio de comuni?n. Sus grandes brazos abiertos para abrazar al mundo entero permanecen grabados en nuestra memoria. Son para nosotros el ?cono de Cristo, Sacerdote y Pastor, remitiendo sin cesar nuestro esp?ritu a lo esencial, el Cen?culo, donde los Ap?stoles con Mar?a esperan y reciben el Esp?ritu Santo, en la alegr?a y en la alabanza, en nombre de la humanidad entera. ?Am?n!?

[Traducci?n del original italiano por ?La Buhardilla de Jer?nimo]


Publicado por verdenaranja @ 23:11  | Espiritualidad
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