S?bado, 24 de julio de 2010

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la fiesta de San Josemar?a Escriv? de Balaguer (Iglesia Catedral, 26 de? junio de 2010). (AICA)

LA LIBERTAD Y LA EXIGENCIA DEL EVANGELIO

En la vida de los santos se manifiesta plenamente la libertad de la gracia y la respuesta del cristiano a las exigencias del discipulado, a las condiciones evang?licas del seguimiento de Cristo. Estos dos valores se destacan en la figura de San Josemar?a Escriv? de Balaguer y constituyen cap?tulos esenciales de su mensaje. La lectura de la Carta a los G?latas y el pasaje del Evangelio de San Lucas que providencialmente nos presenta la liturgia en estas v?speras de domingo versan sobre ambos temas y nos sugieren una breve meditaci?n sobre ellos (cf. G?l. 5, 1.13-18; Lc. 9, 51-62).?

San Pablo hab?a recordado a aquellos cristianos de Galacia que estaban llamados a recibir la salvaci?n como un don de Dios que se alcanza por la fe en Jesucristo y no mediante la observancia de la ley mosaica, es decir, no por sus propias obras y merecimientos. S?lo la gracia hace posible la superaci?n del pecado y de la esclavitud a la que ?ste somete al hombre; por eso el Ap?stol pondera la libertad de los redimidos obtenida por la cruz del Salvador. Es ?sta la verdadera gloria del cristiano: ?sta es la libertad que nos ha dado Cristo; mant?nganse firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud (G?l. 5, 1). El don de la libertad cristiana lleva a su plena realizaci?n en el hombre la imagen divina impresa en ?l por el Creador, imagen que consiste en la inteligencia, el libre albedr?o y el consiguiente dominio de sus propios actos. En el orden de la creaci?n, las fuentes de la libertad humana son las inclinaciones naturales del esp?ritu a la verdad y al bien, pero han sido enturbiadas por las secuelas del pecado original, de tal manera que necesitamos de la ayuda interior de la gracia para superar nuestra debilidad, para reconocer y adherir totalmente a la verdad y al bien. La limitaci?n propia de la libertad creada y el desorden introducido en nuestra naturaleza por el pecado, hacen lamentablemente posible elegir mal, al margen de la verdad y del bien, en una parad?jica opci?n por la esclavitud. La gracia de Cristo es el regalo de una nueva libertad, un principio ?ntimo de realizaci?n del bien que nos identifica con la voluntad de Dios y se manifiesta como amor. Es el amor de Dios, infundido en nosotros por el Esp?ritu Santo, la fuerza que nos libera de la esclavitud del pecado que divide, opone y destruye; es el don que nos sujeta a la dichosa servidumbre del amor fraterno, que edifica la comuni?n y nos abre al gozo de la aut?ntica felicidad. Esta realidad propia de la nueva alianza es lo que San Pablo llama la ley de Cristo, el Evangelio. San Josemar?a apreciaba con una espont?nea alegr?a esa libertad plena que elige dichosamente a Dios. En su homil?a titulada ?La libertad, don de Dios?, dec?a: La libertad adquiere su aut?ntico sentido cuando se ejercita en el servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres. Quiz? es todav?a m?s significativa una expresi?n que ?l repet?a con frecuencia: porque se me da la gana; esas ganas son las de la caridad que asimila al cristiano a la verdad y el amor de Dios. El dicho equivale a la c?lebre exclamaci?n de San Agust?n: ama y haz lo que quieras.?

En la cultura moderna se ha ido perfilando una idea equivocada de la libertad; se la exalta hasta el extremo de considerarla como un absoluto, como la fuente de los valores, que ser?an construidos arbitrariamente mediante elecciones subjetivas. Esta concepci?n subjetivista, individualista, ignora o incluso elimina el v?nculo necesario entre la libertad y la verdad que la fundamenta y le da sentido, que la orienta. En este contexto antropol?gico y ?tico, a la conciencia individual se le atribuye el privilegio de decidir infaliblemente sobre lo que est? bien y lo que est? mal, como si fuera la instancia suprema del juicio moral. Se afirma la libertad en contraposici?n dial?ctica con las normas objetivas y universales que expresan y tutelan los aut?nticos valores humanos. ?stos pueden ser reconocidos por la raz?n y asumidos por la voluntad, potencias mediante las cuales el hombre participa de la sabidur?a y del amor sol?cito de Dios nuestro Creador y Legislador. Actualmente se ha difundido mucho, sobre todo en las llamadas ?ciencias humanas?, la negaci?n impl?cita o expl?cita de la naturaleza de la persona humana y de sus actos; tanto el conocimiento como la conducta del hombre ser?an una construcci?n, obra de su propio invento, del contexto cultural o de un laborioso consenso, presuntamente democr?tico. Estas ideas se han configurado como una ideolog?a que aspira a imponer, mediante el poder pol?tico, la dictadura del relativismo, que es en realidad la tiran?a de un pensamiento ?nico, negador de la verdad. No me refiero a cuestiones puramente acad?micas: esta pseudo-cultura destructiva del hombre circula ampliamente entre los formadores de opini?n y en los ?mbitos legislativos; puede verse reflejada en los proyectos de ley que amenazan alterar en profundidad la vida de la sociedad. Conceptos entra?ables del mensaje cristiano como la libertad y la felicidad son vaciados de su sentido y esgrimidos para fundamentar la negaci?n de valores esenciales del orden familiar y social; seg?n una diputada, que sincer? hasta el extremo esa l?nea argumental, porque somos libres y tenemos derecho a ser felices, una se?ora podr?a casarse con su perro.?

San Josemar?a inculc? repetidamente a sus hijos la radical dependencia de la libertad respecto de la Verdad que es Cristo: ?De d?nde nos viene esta libertad? ?ha dicho? de Cristo, Se?or nuestro. ?sta es la libertad con que ?l nos ha redimido. Por eso ense?a: ?si el Hijo os alcanza la libertad, ser?is verdaderamente libres? (Juan 8, 36). Los cristianos no tenemos que pedir prestado a nadie el verdadero sentido de este don, porque la ?nica libertad que salva al hombre es cristiana. No s?lo no tenemos que pedir prestado; podemos y debemos ofrecer a los hombres y mujeres de hoy el verdadero sentido del don de la libertad. En realidad, sin la luz de la fe, sin la gu?a del Esp?ritu Santo, es dif?cil ?por no decir imposible? comprender y vivir la aut?ntica dignidad que Dios, nuestro Creador y Padre, quiso que fuera nuestro distintivo y nuestra gloria al plasmarnos libres y al dejarnos en manos de nuestro albedr?o.?

En el Evangelio hemos escuchado la proclamaci?n, concisa, comprometedora, de las exigencias de la vocaci?n apost?lica. Exigencias a la vez graves y exaltantes, que es preciso leer en referencia al contexto religioso-cultural del tiempo en que fueron impuestas y teniendo en cuenta los casos singulares, concret?simos, de aquellos disc?pulos que, atra?dos por la persona y el mensaje del Se?or, recibieron la gracia del llamado. Pero esos requisitos tienen un valor universal; intiman al cristiano de todos los tiempos a ser de verdad lo que es por su vocaci?n bautismal. Lo invitan a una reflexi?n seria si hasta ahora su seguimiento de Cristo fue m?s bien convencional, acomodaticio, sin voluntad de correr riesgos. Le sugieren permanecer alerta para no responder con dilaciones a la siempre posible irrupci?n de un nuevo benepl?cito divino que le cambie los planes y le solicite dejar de lado escr?pulos y preocupaciones banales. Adem?s, esas palabras del Se?or valen como est?mulo para todo aquel que ha cobrado conciencia del honor recibido con la vocaci?n cristiana y por lo tanto barrunta el horizonte inmenso de sus posibilidades de servicio y apostolado. Esa p?gina del Evangelio debe leerse como un peque?o c?digo de santidad.?

San Josemar?a es uno de los modernos precursores de la espiritualidad del laicado entendida como santificaci?n en el mundo; se trata, en la actualidad, de una verdad que integra el patrimonio de la doctrina cat?lica. Juan Pablo II ense?aba al respecto: la vocaci?n de los fieles laicos a la santidad implica que la vida seg?n el Esp?ritu se exprese particularmente en su inserci?n en las realidades temporales y en su participaci?n en las actividades terrenas (Christifideles laici, 17). He recogido tres citas de San Josemar?a que destacan que la fe, el gran tesoro del cristiano, no se debe recluir en el estrecho ?mbito de lo individual, sino que ha de ser manifestada, ofrecida en el espacio p?blico. La primera parece m?s gen?rica, pero tiene el aire de la urgencia evang?lica: El Se?or necesita almas recias y audaces, que no pacten con la mediocridad y penetren con paso seguro en todos los ambientes. Sigue el enunciado de un deber social: Como cristiano tienes el deber de actuar, y con libertad personal, de no abstenerte, de prestar tu propia colaboraci?n para servir con lealtad, y con libertad personal, al bien com?n. Pero el fundador del Opus Dei se ha referido tambi?n, y muchas veces, a la honrosa condici?n de ciudadano, que al disc?pulo de Cristo no le es l?cito descuidar: ?sta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la econom?a, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social.?

Las actividades implicadas en estos deberes ?que son otros tantos medios de santificaci?n? tienen un evidente sentido pol?tico, en la acepci?n nobil?sima del t?rmino, y est?n referidas siempre, como a su fuente y principio de inspiraci?n, a la fe, a la moral cristiana, al magisterio de la Iglesia. En una rep?blica, la funci?n pol?tica no puede ser monopolizada por los que se dedican profesionalmente a ella ?a veces con escaso profesionalismo? en el coto cerrado de la pol?tica partidaria, sino que ha de ser asumida por todos los ciudadanos, a los que corresponde ejercer sus derechos y honrar sus deberes. La profesi?n de ciudadan?a otorga el dinamismo que corresponde a la vida social y es particularmente necesaria cuando los instrumentos y mecanismos de representaci?n est?n debilitados por la incuria o alterados por corruptelas cr?nicas, que perduran merced a la pasividad general y son toleradas con excesiva paciencia. ?C?mo podr?n surgir dirigentes l?cidos e ?ntegros para renovar la vida pol?tica nacional sin una amplia participaci?n ciudadana, sobre todo de los cristianos? Benedicto XVI ha dicho recientemente: Hacen falta pol?ticos aut?nticamente cristianos, pero antes todav?a fieles laicos que sean testigos de Cristo? Corresponde a los fieles laicos mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y pol?tica, que la fe permite leer de modo nuevo y profundo la realidad y transformarla.?

Hablar de pol?ticos cristianos resulta pat?tico en los d?as que corren; pensar en ellos suscita sentimientos de profunda pena y aun de leg?tima aunque contenida indignaci?n. Podr?an aplicarse a la actualidad nacional las palabras que pronunci? el Santo Padre el mes pasado: A menudo nos preocupamos afanosamente de las consecuencias sociales, culturales y pol?ticas de la fe, dando por descontado que esta fe exista, lo cual, lamentablemente, es cada vez menos realista. Pol?ticos que se declaran cat?licos y que quiz? subjetivamente est?n convencidos de que lo son, se disponen a votar leyes inicuas que menoscaban la dignidad de la persona humana y su aut?ntica libertad o alteran las estructuras naturales de la familia y la vida social. Lo hacen movidos por intereses subalternos, algunos de ellos inconfesables, por disciplina partidaria u obediencia debida, por su desordenada afici?n a lo pol?ticamente correcto, por confusi?n intelectual y moral. El magisterio de la Iglesia llama coherencia eucar?stica al testimonio p?blico de la propia fe, que vale sobre todo, con una importancia particular, para quienes por la posici?n social o pol?tica que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales. Se enumeran cuatro de estos valores que seg?n Benedicto XVI no son negociables: el respeto y la defensa de la vida humana desde su concepci?n hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educaci?n de los hijos y la promoci?n del bien com?n en todas sus formas (Sacramentum caritatis, 83). Como dec?a el Papa, no podemos dar por descontado que exista la fe, sobre todo en un pa?s como el nuestro, donde lo que llaman fe tiene, para la mayor?a, tan poco que ver con la Eucarist?a.?

Cada a?o, la celebraci?n de la memoria lit?rgica de San Josemar?a nos ofrece la oportunidad de destacar alg?n aspecto de su mensaje, centrado en el seguimiento de Cristo, en la alegr?a de la fe y en la necesaria verificaci?n de la fe en la vida. Un mensaje siempre actual, que nos estimula a ejercer la libertad cristiana y a no mirar hacia atr?s cuando ya hemos puesto la mano en el arado. ?l nos sigue diciendo, con las palabras iniciales de Camino: Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor? Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el coraz?n. Que nos valga, ahora y siempre, su intercesi?n ante el Se?or.?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:59  | Homil?as
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