Viernes, 20 de agosto de 2010

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la celebraci?n del D?a del Ex Alumno en el Seminario Arquidiocesano (4 de agosto de 2010). (AICA)

PREDICAR A CRISTO

A m? no me cuesta nada escribir las mismas cosas, y para ustedes es una seguridad (Fil. 3, 1). As? encabezaba San Pablo una ardiente exhortaci?n a la comunidad de Filipos, a la que estaba ligado con v?nculos de un singular afecto. Me apropio de estas palabras del Ap?stol y las aplico a la circunstancia de una nueva celebraci?n del D?a del Ex Alumno en nuestro Seminario. Cada a?o nos congregamos en la fiesta del Santo Cura de Ars para dar gracias a Dios por nuestro sacerdocio y para felicitar especialmente a quienes cumplen 25, 50 o m?s a?os de ejercicio fiel del ministerio. Es l?gico que nuestra gratitud y nuestro gozo se apoyen en la contemplaci?n de lo que somos, en la com?n afirmaci?n de nuestro ser sacerdotal, sobre todo recordando la figura ejemplar de San Juan Mar?a Vianney. A m? no me cuesta nada decir, todos los a?os, aproximadamente las mismas cosas, que se refieren siempre a nuestra identidad; no es enojoso volver sobre ellas y ese retorno frecuente del esp?ritu a lo esencial confirma nuestra certeza, nos inspira confianza, nos asegura para no vacilar. San Pablo, en su carta, estaba invitando a los filipenses a alegrarse en el Se?or. Nosotros, al hacer memoria de nuestra condici?n, del sacerdocio de Cristo hecho carne en nuestra realidad personal, no podemos sino dejarnos invadir por la serena alegr?a que viene del Se?or.

Como sabemos, se trata de una realidad del orden de la fe. Benedicto XVI lo ha recordado repetidamente durante el A?o Sacerdotal, per?odo en el cual ha brindado un continuo apoyo a los sacerdotes, que son presencias preciosas en la vida de los hombres. Todo pastor ?ha dicho? es el medio a trav?s del cual Cristo mismo ama a los hombres: mediante nuestro ministerio, a trav?s de nosotros, el Se?or llega a las almas, las instruye, las custodia, las gu?a. Esta situaci?n en la que hemos sido colocados, para la cual hemos sido llamados y consagrados, conlleva la exigencia de permanecer anclados, enraizados en el orden de la fe, fuera del cual no podemos siquiera comprender cabalmente lo que somos. M?s a?n, s?lo viviendo en la fe y de la fe nuestra acci?n, el cumplimiento de nuestras funciones, del munus que nos ha sido encomendado, ser? veraz y eficazmente sacerdotal. Somos y debemos ser hombres de fe, los hombres de la fe, y en cuanto tales destinados a vivir en una vecindad creciente con el misterio de Dios, que es un fuego devorador (Hebr. 12, 29). Ese centro incandescente constituye el alma de nuestro ministerio; de all? surge la inspiraci?n que hace de la palabra sacerdotal la actualizaci?n de la Palabra divina y el fervor por el cual en la Eucarist?a cotidiana nos inmolamos con Cristo; es ?sa la fuente de la caridad pastoral en la que puede reflejarse la misericordiosa ternura de nuestro Dios (Lc. 1, 78). El centro incandescente se verifica en la comuni?n con Jes?s. Como ha dicho recientemente el Papa, se trata de un ?permanecer con ?l? que debe acompa?ar siempre el ejercicio del ministerio sacerdotal; debe ser su parte central, tambi?n y sobre todo en los momentos dif?ciles, cuando parece que las ?cosas que hay que hacer? deben tener la prioridad. Donde estemos, en cualquier cosa que hagamos, debemos ?permanecer siempre con ?l?. El activismo es un equ?voco clerical bastante frecuente, y tambi?n a menudo infructuoso, tan da?ino para la obra de la evangelizaci?n como podr?a serlo la falta de contracci?n al trabajo, la inacci?n y una p?rdida de tiempo ?llam?mosla as? que no se consume precisamente en la oraci?n contemplativa sino en ocupaciones privadas, peque?os gustos o man?as personales. El t?rmino medio virtuoso supera ambos extremos por elevaci?n, es la cima de una existencia unificada por la fe viva. Es un desliz com?n hoy d?a preocuparse por las consecuencias sociales, culturales y pol?ticas de la fe, sin interrogarse sobre la verdad y la credibilidad de la misma fe, que se da ligeramente por supuesta. Los hombres de la fe estamos en la tierra para predicar la fe, cuyo centro es la muerte y resurrecci?n de Cristo, para esclarecer sus fundamentos y hacer descubrir su armoniosa belleza; nuestra misi?n, que es una misi?n prof?tica, consiste en propagar la alegr?a de la fe.

En el Evangelio que hemos escuchado (Mt. 9, 35 ? 10, 1) se manifiesta la compasi?n del Redentor que ense?a y sana, que orienta a las muchedumbres desconcertadas que no tienen norte ni gu?a. En la primera lectura (Ez. 3, 16-21) se ubica al profeta en la arriesgada posici?n del centinela; su funci?n es advertir: al justo, para que no tropiece y se aparte del bien, al malvado para que se convierta de su conducta descarriada. Dos acentos complementarios que ilustran la figura del pastor: el pasaje del Antiguo Testamento destaca la delicada responsabilidad de quien debe aconsejar, prevenir, amonestar, avisar de parte de Dios; en la Nueva Alianza brilla m?s bien la bondadosa inclinaci?n del Coraz?n de Cristo. La liturgia de este d?a sugiere referir ambos textos al Santo Cura de Ars y a su sensibilidad pastoral en la que, no sin un trabajoso progreso, se articularon de manera excelente la seriedad y la misericordia.

Pero me gustar?a recomendar ahora otro modelo del arte pastoral que es la famosa Regla de San Gregorio Magno. La tercera parte de esta obra, que ocupa dos tercios del total, describe el ministerio del pastor como un ejercicio de la exhortaci?n. Sorprende gratamente al lector actual la sutil penetraci?n psicol?gica que se aplica a la caracterizaci?n de treinta y seis figuras distintas, que constituyen setenta y dos casos pastorales, ya que cada modelo de discurso es binario, pues enfoca dos tipos humanos opuestos entre s?. Se consigna una larga serie de situaciones espirituales, cada una de las cuales requiere una forma propia de amonestaci?n. El principio que asienta Gregorio implica consideraci?n y respeto por la dignidad de la persona, discreci?n de juicio y magnanimidad: cualquier maestro ?dice? a fin de edificar a todos en una misma virtud de caridad, debe tocar los corazones de los oyentes con la misma doctrina, pero no con la misma y ?nica exhortaci?n. Seg?n este criterio, es distinta la exhortaci?n que se ha de dirigir a pobres y a ricos, a tristes y a alegres, a sabios y a incultos, a los fieles seglares y al clero, a los humildes y a los orgullosos, y as? contin?a distinguiendo seg?n la condici?n natural o sociol?gica, el car?cter, las relaciones con el pr?jimo, las vocaciones espec?ficas, las diversidades pasionales, de virtud o de salud espiritual. Llama la atenci?n la actualidad de un planteo pastoral que tiene m?s de mil cuatrocientos a?os; su valor perenne reside en la concepci?n teol?gica que la sustenta: la Regla gregoriana se refiere a la figura mod?lica de Cristo, el Buen Pastor y fue recibida como un c?digo de santidad sacerdotal que representaba para el clero secular lo que era para los monjes la Regla de San Benito. Tambi?n nosotros podemos aprender de ella.

He citado este monumento de la patr?stica pensando en las dificultades que debe afrontar hoy la predicaci?n cristiana. M?s a?n, porque me parece que es preciso subrayar actualmente la necesidad de la predicaci?n y de una predicaci?n integral del misterio de la fe, no s?lo en orden a la salvaci?n eterna, sino tambi?n para rescatar la aut?ntica humanidad del hombre. Seg?n la tradici?n cat?lica el hombre no puede observar de forma permanente todos los preceptos de la ley natural sin la ayuda de la gracia; es decir que el contacto redentor con Jesucristo constituye el ?nico medio posible para la plena realizaci?n de la existencia humana. Desde los or?genes, la predicaci?n cristiana anunci? el mensaje de Cristo como respuesta a las esperanzas de los hombres; pon?a as? de relieve el valor humano de la gracia, que el Se?or ofrece como liberaci?n del pecado y del consiguiente menoscabo de aquella plenitud a la que estamos llamados seg?n el plan de Dios. El mismo razonamiento puede aplicarse a las posibilidades cognoscitivas del hombre. El entendimiento humano posee la capacidad de conocer cada una de las verdades religiosas y morales necesarias para vivir seg?n las exigencias de su naturaleza, pero no puede conocer todas esas verdades sin la ayuda de la gracia. Necesita que la revelaci?n le muestre la econom?a sobrenatural por la que Dios ha decidido conducir al hombre a su fin; tampoco puede, dadas las condiciones actuales, descubrir sin la luz de la fe el aut?ntico ideal moral de su vida. El influjo que la afectividad, desordenada por el pecado, ejerce sobre el entendimiento ofusca la capacidad natural de la raz?n; sin la fe, sin la gracia de la redenci?n, el hombre no alcanza su plena humanidad. Podemos aplicar a esta situaci?n hist?rica lo que Ignacio de Antioquia dec?a de s? atisbando, a trav?s de su pr?ximo martirio, la meta de la eternidad: cuando haya llegado all?, ser? hombre. Cuando llega a Cristo, cuando entra en contacto con su verdad y su gracia, el hombre es verdaderamente ?nthropos. An?logo sentido tiene la conocida afirmaci?n de la constituci?n Gaudium et spes: en realidad, el misterio del hombre s?lo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado? Cristo, el nuevo Ad?n, en la misma revelaci?n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocaci?n (GS 22).

Es preciso, pues, anunciar siempre e incansablemente a Cristo, la integridad de la fe cat?lica y su proyecci?n axiol?gica en la cultura humana como expresi?n del car?cter sanante del don de la gracia. Hace poco se?alaba Benedicto XVI: la fe corre el riesgo de extinguirse como una llama que no encuentra m?s alimento. El alimento de la fe se encuentra en una buena teolog?a, que sea genuina inteligencia del misterio y no cuestionamiento problematicista o disecci?n de los datos b?blicos e hist?ricos; en un sustancioso catecismo dispensado a los fieles, ni?os, j?venes y adultos, seg?n corresponda, no en un cent?n de vaguedades sentimentales o de consignas sociol?gicas; en una recia espiritualidad que conduzca a la contemplaci?n y no en pseudom?stica quietista o en prospecciones psicologistas de autoayuda. Algo m?s hace falta, descuidado desde hace d?cadas: una nueva apolog?tica, para poner de manifiesto la credibilidad de la fe a trav?s de una rigurosa investigaci?n, que asuma los datos seguros de las ciencias de la naturaleza y del hombre y se apoye en una sana metaf?sica.

Los reciente lances legislativos, y los que vendr?n -seg?n est? programado por los que se proponen afianzar la dictadura global del relativismo-, dejan al desnudo la pat?tica descristianizaci?n de la Argentina, y sobre todo el vac?o intelectual y moral de sus dirigencias. La falta de fe de tanta gente bautizada, la profundidad de su ignorancia religiosa y su indiferencia ante el misterio de la salvaci?n, explican que esa gente no pueda percibir el orden natural de la creaci?n y su reflejo en la conciencia; se le escapa, se le oculta la verdadera humanidad del hombre, de la que ?nicamente resta una caricatura en la religi?n secular de los derechos humanos. Es una especie de paganismo postcristiano, practicado fervorosamente por gente que se dice cristiana.

La laboriosa tarea de remontar este escollo es una misi?n espec?ficamente sacerdotal, confiada a la ciencia, el amor y la palabra del sacerdote. El sacerdote le debe la verdad y la gracia de Cristo al diputado y al cartonero, al funcionario corrupto y al hombre y la mujer honrados que trabajan y sufren con paciencia y esperanza; a los ni?os y adolescentes de nuestros colegios y de los estatales; a los nuevos ricos y a los presidiarios; al argentino medio y com?n que carga con defectos y virtudes ancestrales de nuestro pueblo; a una lista de binarios que puede emular a la de San Gregorio. Se las debe, en primer?simo lugar, a los fieles de su propia parroquia, capilla o capellan?a, a los m?s cercanos y a los reacios; a la buena gente que queda en nuestros barrios y que aunque no se d? plena cuenta de ello espera su plenitud en Cristo.

No es trabajo menor. Requiere empe?ar estudio, oraci?n, penitencia, un gran amor comprensivo y paciente, y quiz? el testimonio de un martirio moral: la incomprensi?n, la indiferencia, el repudio y la marginaci?n. Pero a todo eso nos comprometimos y nos expusimos de antemano cuando abrazamos la gloria y la cruz del sacerdocio, y si somos fieles ?lo sabemos muy bien- no seremos defraudados en nuestra esperanza.?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:39  | Homil?as
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