S?bado, 21 de agosto de 2010

Homilía de Monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la Festividad de San Cayetano (7 de agosto de 2010). (AICA)

SAN CAYETANO         

Estamos aquí porque Dios nos escucha. Y San Cayetano intercede y escucha nuestras súplicas. Hace un momento leímos  en la primera lectura: ¿Quién confió en el Señor, y quedó confundido?;¿Quién lo invocó y no fue tenido en cuenta?; ¿Quién perseveró y fue abandonado?

Sabemos que Dios nos escucha y no nos abandona. Él oye las súplicas que le hacemos, y nos salva en el momento de la aflicción. Y por eso también dice el salmo: en la casa de quien lo invoca habrá abundancia, porque su generosidad permanecerá para siempre. Para los buenos brilla una luz en las tinieblas: el es bondadoso, el es compasivo y el justo” (salmo 111)

Esto mismo lo aprendieron los santos; y de un modo especial lo vivió San Cayetano. Él en su tiempo invocó a Dios, y pidió por los demás; se compadeció y dio prestado, su corazón estuvo firme y confiado en el Señor (cfr. ibídem).  Él fue escuchado por Dios; y también escuchó a sus hermanos.

Por ello, como nos enseña el Papa Benedicto XVI : si bien " por un lado, de nuestro obrar brota esperanza para nosotros y para los demás; al mismo tiempo, lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios" ( Spes salvbi, nº 35).

En cambio entre nosotros, sobre todo en el mundo de hoy, necesitamos escuchar y que nos escuchen. Cada uno podría contar cuántas experiencias tiene de no haber sido  escuchado, a veces en casa, en la calle. Mucha gente sencilla necesita y espera una respuesta de consuelo, o de justicia; y no la recibe. Hoy no nos escuchamos; y menos aún se escucha a los pobres, a los pequeños y a los que más necesitan. 

¿Cómo puede ser también que  no nos escuchen cuando  hablamos?. ¿Que no nos escuchemos entre nosotros?. La respuesta que recibimos muchas veces es como la de los ídolos de barro”… tienen ojos y no ven, tienen oídos y no escuchan”.

Los Santos en cambio nos escuchan; y San Cayetano, lo sabemos todos, también  nos escucha, con un oído atento, y con su mano pródiga para ayudarnos conforme a la voluntad de Dios. La prueba de que nos escucha es que hoy ustedes están aquí. Esto es lo que experimentamos,  lo que nos dicen, lo que se repite de boca en boca entre los fieles: San Cayetano nos escucha para interceder ante Dios, San Cayetano me ayudó, él me  alivió en las pruebas, me dió lo que más  necesitaba, y además nos bendice y nos invita a buscar  el Reino de los Dios.

Para pedir necesitamos la fe. La fe en Dios, la fe Jesucristo y en la Iglesia, una y santa,  que Él  vino a fundar.  Una fe como una de semilla, que es capaz de mover montañas. La fe que ustedes tuvieron para pedir; hoy avala que ustedes estén aquí para agradecer.

Pero nuestra esperanza, nos dice el Papa " es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal" (cfr ibidem, nº 48).

San Cayetano fue escuchado por Dios y experimentó de muchas maneras la misericordia; y por eso también la vivió y ejerció, escuchando a sus hermanos. Y desde el cielo intercede por esa misericordia, que se manifiesta en múltiples gracias de parte de Dios.

Ustedes también experimentaron de muchas maneras la misericordia de Dios y deben vivirla con sus hermanos. Cada acto de amor hacia los demás hace crecer  la misericordia que recibimos.

Por esto es una obra de misericordia  “dar un buen consejo al que lo necesita” y  “corregir al que se equivoca y perdonar las ofensas”, no solo siete veces, sino setenta veces siete (Mateo 18, 21-22).

Y también, recordando una de las bienaventuranzas del sermón de la Montaña, podemos decir: “Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados” (Mt 5, 5), por lo cual también es un acto de misericordia " escuchar al hermano que sufre, consolarlo y sufrir con paciencia”.

“Dios - dice San Pablo - nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que nosotros mismos podamos consolar a  los atribulados y afligidos" (2Cor 1, 4). Todo ello con mansedumbre, paciencia, humildad y caridad (cf. Ef 4, 2).

De este modo, en estos días de tanto frío,  pensamos particularmente y recordamos a  nuestros ancianos. La ancianidad y la enfermedad deben mover nuestros corazones a escuchar y a ser solidarios; que cada uno debe ejercer adecuadamente según le corresponde.

Qué difícil es ser anciano y estar enfermo. Pero aún más difícil cuando  deben esperar, cuando no reciben atención, cuando no tienen para comprar un medicamento, cuando parece que padecen más frío que nunca.

Si cada uno no escucha y ayuda adecuadamente, como nos enseña silenciosamente San Cayetano, se desmorona uno de los derechos fundamentales de los enfermos y de los abuelos; uno de los derechos que se pierde en el presente con la cultura de la muerte.

Pero también pensamos  en la vida humana. En esta cultura, percibimos que la llamada a la vida está en riesgo, la vida preciamente , que es un don de  Dios, y que nos ha regalado en Jesucristo.  Tener un hijo, por ejemplo,   siempre  es una fuente de vida; y como cristianos queremos defender la vida.

Tal vez nos preguntemos qué podemos hacer para valorar y defender la vida? Seguramente   podemos rezar, y pedir; como esta tarde, lo hacemos por la intercesión de un querido Santo;  pero también podemos defender la vida con nuestra participación, hablando y actuando  como ciudadanos; ¿O acaso pensamos que por ser católicos ya estamos anticipadamente excluidos de hablar, de difundir  nuestra visión cristiana, de formar conciencias, de transmitir la verdad?

Como cristianos debemos  profundizar  la fe y conocer la Doctrina Social de la Iglesia, para que la formación de la  conciencia nos permita  descubrir y reconocer  el atractivo de la Vida desde la concepción, y nos pongamos al servicio de esa Vida; pero también necesitamos transmitir estas verdades a los demás.

Como ciudadanos, ustedes queridos laicos, están llamados a participar en primera persona en la vida pública. Y por tanto no pueden eximirse de actuar, ni pueden ser discriminados por ser cristianos (cfr. Benedicto XVI, “Dios es caridad”, n º 29). Al respecto, también Juan Pablo II nos señalaba como una urgencia y una  responsabilidad que los fieles laicos den testimonio de los valores humanos y evangélicos que están íntimamente relacionados con la  actividad social,  y política, como son la vida, libertad y la justicia,  la solidaridad, la dedicación leal y desinteresada al bien de todos ( cfr. Ch. laici, nº 42); y los invitaba al mismo tiempo a llevar adelante  la misión de animar cristianamente la vida en la sociedad.

Para ello debemos formarnos, y no aceptar sin más que se pueda arremeter contra los valores de la conciencia. Ustedes queridos laicos tienen como misión promover el bien en la sociedad temporal; sin temor a mostrar  públicamente la defensa de los valores que sostienen y que viven.

Lo que más nos cuesta entender es que una sociedad que quiere crecer en el respeto por  los derechos del otro, no tenga en cuenta y sea insensible ante la existencia de estos valores, como por ejemplo que “el niño por nacer es un ser vivo”, que se gesta en el seno de su madre, y que nunca es “un injusto agresor”.

Ojala podemos valorar y profundizar la vida de todos los niños, los nacidos y los que están por nacer, en esta víspera del día del niño, cuando los queremos honrar y felicitar.

Como nos dijo Jesús “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá” (Mt 7, 7-9); hoy le pedimos por nuestros abuelos, y por la vida del niño por nacer; y lo hacemos con la intercesión de nuestro querido Santo. Queremos renovar este camino de solidaridad y misericordia que brota del Evangelio; y queremos pasar como Jesús en medio nuestro, haciendo el bien.

Que la amistad con San Cayetano revitalice nuestra fe en Dios, y también  la sensibilidad por el “otro” ser humano, en la indefensión de la vejez, o del que va a nacer, al comenzar su vida en el vientre materno.

Se lo pedimos también a la Santísima Virgen, Madre y Reina del Rosario, que siempre nos acompaña, que Ella nos indique el camino que conduce al Reino de su Hijo Jesucristo.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario 


Publicado por verdenaranja @ 22:31  | Homil?as
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