Martes, 24 de agosto de 2010

Homil?a de monse?or Luis T. St?ckler, obispo de Quilmes, para el 19? domingo durante el a?os (8 de agosto de 2010). (AICA)

UN COM?N ACUERDO

Para comprender el evangelio de hoy, la liturgia nos remite al libro de la Sabidur?a donde habla de ?un com?n acuerdo como ley divina?, que los hebreos establecieron cuando sal?an de la esclavitud de Egipto: el acuerdo de compartir igualmente los mismos bienes y los mismos peligros. El pueblo elegido de Dios, pobre e indefenso entre las naciones poderosas, ten?a este designio: iniciar un orden nuevo en la convivencia de los hombres. Un orden que Jes?s llamar?a Reino de Dios. ?l, el Mes?as esperado, iba a dar continuidad y cumplimiento a esta misi?n. Y el peque?o reba?o de sus disc?pulos era su comienzo. Junto a Jes?s, ellos estaban llamados a renovar aquel acuerdo del ?xodo: de compartir los mismos bienes y los mismos peligros.? Por eso, Jes?s los exhorta a no acumular bienes sino venderlos y darlos a los pobres; y que los responsables de la comunidad no exploten a nadie, sino se preocupen de distribuir con justicia lo que la gente necesita. Los Hechos de los Ap?stoles son un testimonio de este orden nuevo de las primeras comunidades que pon?an en pr?ctica la ense?anza de Jes?s. En cada ?poca de la historia esta praxis ha sido modelo y est?mulo para la renovaci?n de la Iglesia. Es el espejo en el cual tambi?n nosotros hemos de mirarnos.

Con la par?bola de los servidores, que est?n a cargo de la casa mientras su due?o se ha ido a la fiesta de una boda, el evangelio nos se?ala que es en los momentos en que no se siente la cercan?a del Se?or, cuando los disc?pulos tienen que dar la prueba de su fidelidad. Cuando Jes?s dice: ?Est?n preparados, ce?idas las vestiduras?, alude a aquella noche de Pascua, cuando los hebreos establecieron el acuerdo de compartirlo todo. Porque en cada instante debemos estar listos para partir. ?El Se?or no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan? nos advierte la segunda carta de San Pedro, ?sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. El D?a del Se?or llegar? como un ladr?n? (2 P 3, 9-10).

De todos modos, aunque este D?a no llegue durante los pocos a?os de nuestra estad?a en la tierra, conociendo la voluntad del Se?or, debemos procurar de tener las cosas preparadas y obrar conforme a lo que ?l ha dispuesto. Los que creen realmente en el Reino saben que el mismo no se limita a esta nuestra corta vida. ?Todo lo que compartimos ahora con generosidad, se acumula como un tesoro y nos aguarda en el cielo. Como los patriarcas de nuestra fe que murieron sin alcanzar el cumplimiento de las promesas, nosotros tambi?n, ahora ya, las saludamos de lejos, y reconocemos que somos extranjeros y peregrinos en la tierra.

A veces, gracias a Dios, podemos ver de cerca, ya aqu?,? algo de este cielo prometido, donde hay cristianos que buscan en serio la comuni?n y comparten las alegr?as y las penurias de la vida: En comunidades religiosas, en la bondad de los enfermeros en los Cotolengos, en la dedicaci?n amorosa a los ni?os en los campamentos de Cura Brochero, en las convivencias alegres de nuestros hermanos discapacitados, en la atenci?n delicada a los pobres en muchas comunidades. Estos ambientes son verdaderas escuelas de comuni?n. Busquemos multiplicarlos y tratemos de llegar a tales acuerdos comunes tambi?n en los lugares donde se desenvuelve nuestra vida de todos los d?as.?

Luis T. St?ckler, obispo de Quilmes?


Publicado por verdenaranja @ 22:48  | Homil?as
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