Viernes, 27 de agosto de 2010

Homil?a de monse?or Agust?n Radrizzani, arzobispo de Mercedes-Luj?n, en la misa de acci?n de gracias por el D?a del Seminario arquidiocesano (12 de agosto de 2010). (AICA)

DIA DEL SEMINARIO SANTO CURA DE ARS?? ?????

Queridos hermanos:

En esta jornada,? nos reunimos para celebrar el d?a del Seminario. Y es una ocasi?n propicia para meditar en nuestro ser sacerdotal. El momento hist?rico y eclesial que vivimos nos hace ver uno de los m?s grandes dolores de la Iglesia de los ?ltimos tiempos: la acusaci?n existente hacia sacerdotes y religiosos por las faltas contra la pureza.

Al menos dos causas han favorecido esta situaci?n: una, dentro de nosotros mismos, que no hemos internalizado un estilo de vida propio del consagrado o lo que antiguamente era un valor, hoy ha dejado de serlo. Otra, fuera de nosotros mismos: El contexto hedonista del mundo actual en el cual estamos insertos.

Cuando analizamos este dolor de la Iglesia que pide de nosotros un acto de profunda humildad, creo que no es necesario incurrir en actos graves para arruinar la luminosidad de nuestro ser consagrados, basta que nos tomemos determinadas licencias para que empa?ar nuestra vida de testimonio. La forma de hablar, las palabras, los chistes de doble sentido, las sospechas hacia los hermanos, los comentarios negativos, todo sirve para engangrenar el cuerpo.

Ante esta penosa situaci?n ?Qu? podemos hacer?. Creo que la primera cosa es pedir perd?n a Dios y a los hermanos por no vivir con plenitud aquello a lo cual Dios nos ha llamado. Pedir perd?n tambi?n por las faltas de nuestros hermanos sacerdotes.

Se puede deducir de este pedido de perd?n el deseo de cuidar la propia vocaci?n. Recuerdo la experiencia de un sacerdote compa?ero y amigo dotado de buena inteligencia y que hab?a desempe?ado diversos cargos de responsabilidad, cuando en el ?ltimo encuentro que tuve con ?l en v?speras de abandonar el ministerio hizo esta dolorosa confesi?n: ?Yo he perdido la fe?. Qued? sorprendido pero desde entonces le pido al Se?or que me ayude para no perder la fe.

Pero m?s que el temor del peligro, lo m?s importante de nuestra vida, sobre todo cuando llevamos vividos algunos a?os de ministerio, es volver al primer amor. Siempre nos han impactado los textos del Apocalipsis del cap?tulo 2. Al ?ngel de la Iglesia de Efeso escribe: ?tengo contra ti que has perdido el primer amor? (Ap. 2,4) y al ?ngel de la Laodicea ?Dices que no te falta nada pero no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasi?n, pobre, ciego y desnudo? (Ap. 2,17)

Viene a mi memoria lo aprendido hace a?os en un acto ecum?nico en el que participaba el prior de Taize Roger Shutz. Le preguntaron qui?n era para ?l Jesucristo y respondi? en modo simple y vital: ?Para mi Jes?s es mi primer amor y mi alegr?a sustancial?

Y si queremos ir m?s en profundidad para saber ?Por qu? hago lo que hago como seminarista o c?mo sacerdote? Escuchamos al Maestro que nos dice: ?No son ustedes los que me eligieron a mi sino yo que los eleg? a ustedes? (Jn. 15,16) y en esto difiere mucho Jes?s de los maestros de su tiempo que eran elegidos por los disc?pulos. Y ?para qu? nos ha elegido? Para que estuvi?ramos con ?l y para enviarnos a predicar ( Cf. Mc 3,13).

Esta ha sido la motivaci?n de fondo de la vida de los santos. As? llega a decir el Papa en el di?logo con los sacerdotes en la vigilia de oraci?n: ?El sacerdote es un hombre apasionado por Cristo, que lleva dentro el fuego del amor de Cristo. El p?rroco se siente una persona llamada por el Se?or, est? lleno de amor por el Se?or y por los suyos? Por tanto, la primera condici?n es estar lleno de la alegr?a del Evangelio con todo nuestro ser..? (L?Osservatore Romano edici?n en lengua espa?ola, 20 de junio de 2010, p?g. 8).

Este es nuestro ideal de vida: Dios. Cu?nto m?s vivamos este ideal: El amor a Jes?s y a Mar?a Sant?sima, mayor ser? el amor a los dem?s, a la iglesia y a todos nuestros hermanos. Y esa felicidad que Dios nos regala la deseamos transmitir a quienes nos rodean. M?s vivimos esta vida sobrenatural y m?s disminuyen los apegos a las personas, a las cosas, al dinero, a nuestras cosas, a los cargos, etc. Pero tambi?n disminuyen los celos y las envidias hacia los dem?s.

Hay un pasaje en la vida de san Francisco de As?s en el que se ve claro lo que deseo transmitirles. Est? el santo caminando con el hermano Le?n y ve que Le?n se detiene observando una cascada, Francisco le pregunta que le sucede y Le?n responde: ?Francisco si pudi?ramos tener la pureza de esta agua cristalina?. Francisco le pregunta y ?Qu? es la pureza?, a lo que Le?n le dice: ?No tener nada de que reprocharnos?. Francisco, a su vez, le comenta: ?Ahora comprendo tu tristeza, porque siempre hay algo que reprocharse. Hermano Le?n, cr?eme ? le contest? Francisco- no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Adm?rale. Al?grate de lo que El es, El, todo santidad. Dale gracias por El mismo. Es eso mismo, hermanito, tener puro el coraz?n. Y cuando te hayas vuelto as? hacia Dios, no vuelvas m?s sobre ti mismo. El coraz?n puro es el que no cesa de adorar al Se?or vivo y verdadero. Toma un inter?s profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio a todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegr?a de Dios. Un coraz?n as? est? a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegr?a y Dios mismo es entonces su santidad? Descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, m?s all? de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que El es? darle gracias por s? mismo, a causa de su gran misericordia? ? (La sabidur?a de un pobre, p?g. 113 y ss.)

En el di?logo ya citado, a un sacerdote australiano, el Papa le dice: ?Pienso que ninguno de nosotros se hubiera hecho sacerdote, si ni hubiera conocido sacerdotes convencidos en los cuales ard?a el fuego del amor de Cristo? (L?Osservatore Romano?, p?g. 11).

Por eso creo que esta todo unido: la vida superficial en nuestro modo de pensar, juzgar y hablar genera hast?o, frustraci?n y tristeza y terminamos siendo funcionarios de la religi?n. M?s que mostrar plenitud, mostramos desgano y es muy dif?cil que surjan vocaciones. Por el contario, si vivimos para Dios, estamos vac?os de nosotros mismos y despu?s de haber amado durante todo el d?a experimentamos al final de la jornada, su presencia en nosotros que se manifiesta en una paz permanente y una felicidad contagiosa.

La Sant?sima Virgen que cuid? a Jes?s y a los ap?stoles, nos ayude a volver a entusiasmarnos por Cristo que es, tambi?n para nosotros, nuestro primer amor y nuestra alegr?a sustancial. Que as? sea. "?

Mons. Agust?n Radrizzani, obispo de Mercedes-Luj?n?


Publicado por verdenaranja @ 23:02  | Homil?as
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