Domingo, 05 de septiembre de 2010

ZENIT?? publica el art?culo que ha escrito Giovanni Maria Vian, director de "L'Osservatore Romano", a los setenta a?os de la llegada del hermano Roger Schutz a la Colina de Taiz?.

La colina de Taiz?


Era el 20 de agosto de 1940, hace setenta a?os, cuando Roger Schutz lleg? por primera vez a Taiz?. En aquel verano de guerra en la Francia sometida por el invasor, ciertamente el joven pastor calvinista suizo no pod?a imaginar que en un futuro no tan lejano -ya durante la d?cada de 1950- otros j?venes europeos, muchos y despu?s much?simos, iban a subir a esa colina en el coraz?n de Borgo?a, en una regi?n rural ondulada y dulce en cuyo horizonte corren a menudo grandes nubes. Al principio llegaban espont?neamente, como ?l, quiz? en autostop, luego de todo el continente en grupos organizados, sobre todo durante el verano o en Pascua.

En el calendario lit?rgico el 20 de agosto es la fiesta de san Bernardo, que vivi? en C?teaux, no muy distante de Taiz?, que a su vez se encuentra a pocos kil?metros de Cluny: bajo el signo de reformas mon?sticas que han marcado la historia de la Iglesia. Y ya en 1940 el joven Schutz comenz? a acoger a refugiados y jud?os, pensando en un proyecto de vida com?n con algunos amigos, que inici? dos a?os m?s tarde en Ginebra por la imposibilidad de quedarse en Francia. Regres? a Taiz? durante la guerra, y reanud? la acogida, esta vez de prisioneros alemanes y de ni?os hu?rfanos. Quien llega hoy encuentra un peque?o bungalow, un poco m?s all? de las antiguas casas y la peque?a iglesia rom?nica, rodeada por un min?sculo cementerio, y una acogida que encarna la antigua hospitalidad en el nombre de Cristo inscrita en la Regla de san Benito.

Precisamente la vocaci?n mon?stica hab?a atra?do siempre a Roger y a sus compa?eros, todos de origen protestante, pero sensibles a la riqueza de las distintas corrientes cristianas y que se comprometieron ya en 1949 a una forma de vida com?n en el surco de la espiritualidad benedictina y de la ignaciana, delineada algunos a?os m?s tarde en la Regla de Taiz?. En ese mismo a?o el hermano Roger fue recibido por P?o XII junto con uno de sus primeros compa?eros, Max Thurian, mientras que desde 1958 sus encuentros con el Papa -Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II, que en 1986 estuvo en la colina- se convirtieron en una costumbre anual, expresando una cercan?a que llev?, desde finales de la d?cada de 1960, a la entrada en la comunidad de un n?mero creciente de cat?licos. Y el hermano Roger, ya varios a?os antes de su asesinato a manos de una desequilibrada el 16 de agosto de 2005, design? a un joven cat?lico alem?n, Alois L?ser, como su sucesor en la gu?a de la comunidad.

En 1962 el prior, con algunos hermanos, comenz? en el m?s absoluto secreto una serie de visitas a algunos pa?ses del Este europeo, mientras que en agosto se inaugur? en Taiz? una moderna Iglesia de la Reconciliaci?n. Un espacio muy grande -pero que pronto hubo que ampliar, al principio con carpas, para hospedar a las miles de personas que acud?an en las semanas de verano- predispuesto para la oraci?n tres veces al d?a en varios idiomas. Con los largos momentos de silencio y cantos meditativos ahora muy difundidos, estas tres citas diarias eran lo que impresionaba profundamente a quienes llegaban por primera vez a la colina.

Para la apertura de un "concilio de los j?venes" en agosto de 1974 llegaron a Taiz? m?s de cuarenta mil de toda Europa, alojados en un campamento de tiendas, en una precariedad agravada por una lluvia torrencial. Entre ellos pasaba imperturbable el cardenal Johannes Willebrands, enviado por Pablo VI, hablando con amabilidad a los j?venes de poco m?s de veinte a?os que se le acercaban, manchados de barro y cansados, pero impresionados por la apuesta ecum?nica de la comunidad. A ellos, durante d?cadas, en el surco de la grande tradici?n cristiana, el hermano Roger dirig?a cada tarde una breve meditaci?n, y despu?s de la oraci?n se deten?a a acoger y escuchar a quienes quer?an hablarle o s?lo acercarse a ?l.
Esta fue, en los a?os de la contestaci?n juvenil y del alejamiento de muchos de la fe, la revoluci?n de Taiz?. Lucha y contemplaci?n hab?a decidido titular el diario de aquellos a?os el prior, mientras la comunidad comenzaba una "peregrinaci?n de confianza" en los distintos continentes. Buscando la reconciliaci?n y compartir las pobrezas del mundo, reavivando la fe casi apagada en numerosos contextos de Europa central, sosteniendo su llamita en los pa?ses sofocados por el comunismo, acostumbrando a muchos j?venes cat?licos a una apertura todav?a m?s amplia.

Taiz? nunca quiso constituir un movimiento, pero siempre impuls? a comprometerse en las parroquias y en las realidades locales: practicando la acogida, alentando a los pac?ficos de la bienaventuranza evang?lica, trabajando para la uni?n entre las Iglesias y las comunidades de los creyentes en Cristo, mostrando la vitalidad y la eficacia de un camino ecum?nico espiritual. Que sepa reconciliar en s? mismo -el hermano Roger, notre fr?re, lo hab?a aprendido de joven y lo testimoni? durante toda la vida, aut?ntico pionero de un "ecumenismo de la santidad" como ha escrito el cardenal Bertone en nombre de Benedicto XVI- las riquezas de las distintas confesiones cristianas: la atenci?n a la Biblia subrayada en el protestantismo, el esplendor de la liturgia ortodoxa, la centralidad de la Eucarist?a cat?lica. Delante de la cual en Taiz? brilla siempre una lucecita que significa la adoraci?n del ?nico Se?or.


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