Viernes, 10 de septiembre de 2010

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de ordenaci?n de di?conos (Iglesia del Seminario, 28 de agosto de 2010). (AICA)

SERVICIO DE LA VERDAD Y LA CARIDAD

Celebramos hoy la memoria lit?rgica de nuestro padre San Agust?n. Esta expresi?n puede resultar sorprendente, pero se la puede sostener sin incurrir en una arbitraria exageraci?n. Entre los Padres de la Iglesia ?l sobresale como el maestro por excelencia de Occidente, con una universalidad que no ha sido igualada: maestro de la teolog?a, la espiritualidad, la filosof?a, la cultura cristiana. Su aporte se ha difundido capilarmente en la Iglesia latina y ha impregnado el pensamiento de los siglos sucesivos, aun el pensamiento secular de la modernidad. Su disc?pulo y amigo Posidio dec?a que a Agust?n lo encontramos siempre vivo en sus escritos; sin embargo, uno puede ser, uno es, de alg?n modo agustiniano sin haberlo le?do nunca, ya que su obra y su influjo han configurado la tradici?n cultural en la cual hemos nacido. Esto puede afirmarse todav?a, aunque Occidente se haya desviado tanto de su origen y haya sufrido una mudanza tan profunda que permita dudar de su identidad y de su porvenir.?

Nosotros podemos llamarlo nuestro padre porque ?l se nos presenta como modelo eximio, siempre v?lido, de la sapientia christiana, de la vocaci?n a la santidad y a la vita beata que se alcanza en ella y por ella. Un gran estudioso de la vida y la obra agustiniana, el Padre Agostino Trap?, nos ofrece este precioso retrato: San Agust?n fue un sediento de Dios y nos ayuda a buscarlo, conocerlo, amarlo; fue un enamorado de Cristo, y nos ayuda a escrutar los tesoros de ciencia y de sabidur?a escondidos en ?l; fue un amante de la Iglesia, y nos ense?a a servirla con generosidad, sacrificio, inteligencia; fue un gran m?stico, y nos ense?a a subir a lo alto, muy alto, en la ascensi?n interior; am?, estudi?, medit? sin pausa la Escritura, y nos ayuda a entenderla, a amarla, a nutrirnos de ella. Fue un enamorado de la sabidur?a. Para ?l, la sabidur?a no es s?lo una verdad a conocer, sino un bien a poseer, el bien supremo; es una luz que es amor, amor que es bien, bien que es alegr?a m?s grande que la m?s grande dulzura.?

La actualidad de San Agust?n, del testimonio que nos ha dejado en la aventura de su vida y en su magisterio intelectual y espiritual, se manifiesta de modo singular y en contraste con el desquicio posmoderno, en la significaci?n cabal y en la vivencia de la verdad y del amor que ?l nos ha transmitido. El obispo de Hipona nos recuerda que la verdad es accesible al hombre, m?s todav?a, que el alma est? hecha para la verdad, pero que la verdad no es una creaci?n de la mente sino un don que nos supera: se la percibe como un horizonte que se eleva sobre la actividad normal de la raz?n y que precede a su empe?o reflexivo; no se la construye, se la encuentra, se la acoge, se la acepta. Ella se yergue como algo aut?nomo, objetivo, universal, absoluto por lo cual se hace verdadero el pensamiento. Entrando en su interior, volvi?ndose a s? mismo, Agust?n advirti? que el hombre est? ?normado? por la presencia de Dios, que su realidad es teon?mica. En las Confesiones reconoce: all? donde hall? la verdad, all? encontr? a mi Dios, que es la verdad misma, y no la he olvidado desde que la aprend?. El constructivismo que se impone actualmente en las ciencias del hombre niega la verdad, la rebaja al nivel de un mosaico de parcialidades relativas, fabricado por consenso, a contrapelo de la realidad y de la naturaleza del alma; impl?cita o expl?citamente, niega a Dios. Agust?n, en cambio, nos cuenta con fervorosa admiraci?n que en su proceso interior contempl?, con el ojo de su alma y sobre ?l, una luz inconmutable que brillaba poderosamente y lo llenaba todo con su magnitud. Quien conoce la verdad ?a?ade? conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad; la caridad conoce esta luz. Dios, que es luz, es la fuente de la verdad y del amor, por eso puede exclamar: ?Oh, eterna verdad, y verdadera caridad, y cara eternidad!: t? eres mi Dios, por ti suspiro d?a y noche??

San Agust?n ha sido llamado ?el doctor de la gracia?, y tambi?n ?el doctor de la caridad?. Muchas veces, en la iconograf?a del barroco se lo ha representado con el coraz?n traspasado por una flecha. Para ?l, la vida cristiana es sobre todo gracia de la caridad. ?l ha comentado admirablemente la primera Carta de San Juan, de la que en la lectura lit?rgica de hoy hemos escuchado un pasaje fundamental. Se detiene en la revelaci?n culminante del Nuevo Testamento: Dios es amor (1 Jn. 4, 8.16). ?Qu? m?s pudo decir, hermanos? Si nada se dijese en alabanza del amor en todas las p?ginas de esta ep?stola, si nada en absoluto se dijese en las dem?s p?ginas de la Escritura, y solamente oy?semos de la voz del Esp?ritu de Dios que Dios es amor, nada m?s deber?amos buscar. Tanto vale el amor que ?l solo permite discernir las acciones de los hombres y juzgar su bondad. Dice, al respecto Agust?n: Pueden hacerse muchas cosas que en apariencia son buenas, pero no proceden de la ra?z del amor. Las flores tienen tambi?n espinas: hay cosas que parecen ?speras, atroces, pero sirven para instruir cuando las dicta el amor. Un breve precepto se te impone de una vez: ama y haz lo que quieras: si callas, que calles por amor; si clamas, que clames por amor; si corriges, que corrijas por amor; si perdonas, que perdones por amor: que est? en el interior la ra?z de la caridad; de esta ra?z s?lo puede brotar el bien.?

Nosotros empleamos el sustantivo amor para designar el ejercicio de la caridad. Agust?n utiliza en lat?n el verbo amare, pero al amor, a la caridad en acto, la llama dilectio; de este modo traduce el nombre ag?pe que figura en la Carta de San Juan y que expresa la originalidad cristiana del amor. Dilecci?n significa en castellano voluntad honesta, amor reflexivo, con una clara alusi?n a la libertad. Es el amor, la gracia de la caridad, la que purifica y transforma nuestra libertad, la hace libertad liberada del pecado, libertad seg?n Dios; entonces, con esa libertad el hombre s?lo puede querer lo que quiere Dios. ?Ama y haz lo que quieras!?

Otro aspecto destacado de la doctrina agustiniana de la caridad es la inclusi?n del amor al pr?jimo en el ?mbito del amor de Dios. El doble precepto de la caridad se refiere a un solo amor: el que recibimos de Dios como un don y que a trav?s del pr?jimo, de nuestro amor al pr?jimo, vuelve a Dios. El amor al pr?jimo es aut?ntico cuando le ayuda a alcanzar su fin, cuando es servicio rendido a aquel de quien nos hacemos hermanos, compa?eros, amigos en la b?squeda de la felicidad verdadera que est? en el gozo de la Trinidad. En una de sus cartas escribe Agust?n: En realidad, nosotros nos amamos a nosotros mismos si amamos a Dios, y cumpliendo el segundo precepto amaremos en verdad a nuestros pr?jimos como a nosotros mismos si los guiamos al mismo amor de Dios que hay en nosotros. Se puede pensar as? si se considera que, en realidad, existe un ?nico sujeto de la caridad: la Iglesia; la caridad es caridad eclesial. La Iglesia es Cristo y nosotros, la Cabeza y los miembros, el Cristo ?ntegro y completo, el Cristo total.?

Vamos a celebrar ahora el antiqu?simo rito de la ordenaci?n de los di?conos, que procede de los Ap?stoles del Se?or y que manifiesta la estructura sacramental de la Iglesia. Por la imposici?n de las manos del obispo, sucesor de los Ap?stoles, se transmite un don espiritual de consagraci?n y se atribuye a los elegidos un ministerio en la comuni?n jer?rquica del Cuerpo m?stico de Cristo. El Pontifical Romano enumera las m?ltiples funciones que pueden encomendarse a los di?conos: administrar solemnemente el Bautismo, reservar y distribuir la Eucarist?a, asistir al Matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el Vi?tico a los moribundos, leer la sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y la oraci?n de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y de la sepultura. Junto a estos oficios lit?rgicos se destaca su ocupaci?n primigenia: el servicio de asistencia a los pobres en sus variadas formas, como signo del amor de Cristo y de la Iglesia. Se les encomienda esta misi?n en virtud de una gracia de elecci?n ratificada por el Esp?ritu Santo; por la gracia de los siete dones que se derrama sobre ellos quedar?n habilitados para desempe?ar con fidelidad el ministerio.?

La tradici?n apost?lica nos ha legado una f?rmula que expresa el esp?ritu de la funci?n diaconal: que conserven el misterio de la fe con una conciencia pura (1 Tim. 3, 9). Dicho de otro modo, en t?rminos agustinianos: que sirvan a Cristo y a su Iglesia rindiendo testimonio de la verdad y de la caridad, que se encuentran precisamente en Cristo y en la Iglesia. El ejercicio del ministerio de los di?conos, cualquiera sea la actividad que les toque desarrollar, es iluminado y animado por el principio de la verdad en la caridad, de la caridad en la verdad. El mundo de hoy necesita de este doble y ?nico testimonio. Sin la verdad, la que se alcanza por la luz de la raz?n y de la fe, el amor ?como ense?a Benedicto XVI? se convierte en un envoltorio vac?o que se rellena arbitrariamente? es presa f?cil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona? Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo (Caritas in veritate, 3). Por otra parte, es la caridad, el amor divino, la fuerza que nos permite mantenernos en la verdad, instruir y aceptar la naturaleza de las cosas y el orden que las religa, comprender que no bastan las meras relaciones de justicia entre los hombres, sino que es preciso establecer v?nculos fundados en la gratuidad, la misericordia, la comuni?n.?

Queridos hijos que van a ser ordenados di?conos: en la inteligencia y el coraz?n de ustedes deben reinar la verdad y la caridad. Debe reinar Cristo, que es la fuente de la verdad y de la caridad. ?l es el misterio de la fe que ustedes deben conservar, vivir y transmitir con alma limpia; por eso ahora, el elegir libremente este dichoso destino, se comprometer?n a observar la castidad perfecta y a entregarse asiduamente a la oraci?n. As? estar?n mejor dispuestos para la uni?n ?ntima con el Se?or y para recibir de ?l, en el contacto sacramental y en el servicio a la comunidad cristiana, la comunicaci?n constante de la verdad y la caridad.?

San Agust?n nos muestra otro camino, el de la imitaci?n; ?l reconoce a Cristo tambi?n como pedagogo, como el maestro de la humildad. Lo llama el Dios humilde, y le complace contemplar con veneraci?n su debilidad, su paciencia en el sufrimiento, su pobreza, sus tentaciones, su oraci?n, rasgos todos ?stos de su perfecta humanidad. Dice, comentando un salmo: El doctor de la humildad, part?cipe de nuestra debilidad, el que nos otorga una participaci?n de su divinidad, que descendi? para ense?arnos el camino y para ser ?l nuestro camino, nos ha recomendado sobre todo imitar su humildad.?

El ?cono m?s bello del diaconado lo pinta San Juan en su Evangelio al describir el lavatorio de los pies en la ?ltima Cena; all? se manifest? en Cristo la verdad de Dios y del hombre y el amor hasta el fin (cf. Jn. 13, 1-15). Les he dado el ejemplo ?dice el Se?or? para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. La humildad nos torna conscientes de nuestra propia flaqueza, nos impulsa a trabajar con ?nimo servicial, sin aspavientos ni ambiciones, buscando descubrir y cumplir en las circunstancias cotidianas del ministerio la voluntad del Padre. Gracias a la humildad podemos vivir en la obediencia eclesial, aceptando y ejecutando con esp?ritu de fe lo que se nos manda, lo que ordena la Iglesia nuestra Madre y Maestra; gracias a la humildad que disipa los humos de nuestro rid?culo apetito de superioridad es posible la caridad fraterna y la edificaci?n de la comunidad. No hagan nada por esp?ritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. As? lo aconseja el Ap?stol, que al evocar la humillaci?n de Cristo, causa de su glorificaci?n, remata su exhortaci?n diciendo: tengan los mismos sentimientos de Cristo Jes?s (Fil. 2, 3.5).?

Tengan ustedes, queridos hijos, los mismos sentimientos de Cristo Jes?s, y vivan con sencillez y alegr?a, en la verdad y en la caridad, el per?odo del diaconado en el cual hoy son iniciados. Que los asista la intercesi?n de San Agust?n y de la Virgen Sant?sima, diaconisa eximia, humilde Servidora del Se?or.?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:47  | Homil?as
 | Enviar