S?bado, 02 de octubre de 2010

Homil?a de monse?or Ra?l Martorell, obispo de Puerto Iguaz?, para el 24? domingo durante el a?o (12 de septiembre de 2010). (AICA)

?CRISTO JES?S, VINISTE AL MUNDO PARA SALVAR A LOS PECADORES, Y YO SOY EL PRIMERO?

El pueblo elegido en ausencia de Mois?s se ha construido un becerro de oro. Dios indignado por esa infidelidad piensa castigarlo destruy?ndolo, tal como lo hizo con Sodoma y Gomorra, en tiempos de Abrah?n. Ahora el pueblo tiene a Mois?s. Dios le dice: ?veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz, por eso d?jame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos; pero de ti har? un gran pueblo? (Ex. 32, 9-10). Mois?s no interviene como lo hizo Abrah?n por diez justos para salvar de la destrucci?n a Sodoma y Gomorra. Mois?s no piensa en la promesa que Dios le hizo, no piensa en s? mismo, sino que quiere salvar a todo el pueblo que ama y -como un d?a hiciera Abrah?n- eleva a Dios una s?plica llena de audacia. No puede apoyarse para su defensa en un determinado n?mero de justos porque todo el pueblo ha pecado, pero apunta osadamente al amor que Dios tiene por Israel. Mois?s le recuerda a Dios los prodigios con los que lo ha sacado de Egipto, le recuerda las promesas hechas a los patriarcas le dice que debe indultar a su pueblo por la reputaci?n de su nombre. En este episodio Mois?s se yergue como un gigante en lucha con Dios para obtener la salvaci?n de su pueblo. Mois?s act?a como mediador y Dios le escucha.

Pero hay un mediador infinitamente m?s poderoso que Abrah?n o Mois?s y es Jesucristo, el cual no necesita luchar con Dios para obtener misericordia para con la humanidad pecadora porque ?l mismo es el precio que salda el pecado con su sangre en la cruz. Jes?s viene, m?s bien, a manifestar al mundo el gozo de Dios por la conversi?n de los pecadores y lo manifiesta de un modo muy especial con las deliciosas par?bolas de la misericordia (Lc. 15, 1-32) que nos ofrece el evangelio de hoy. En todas ellas se pone de manifiesto la alegr?a por la conversi?n, porque lo que estaba perdido ha sido hallado. El pastor cuando encuentra la oveja perdida ?se la carga sobre sus hombros muy contento? (Ib. 5), vuelve a su casa y llama a sus amigos y vecinos para que se alegren con ?l. La mujer que hab?a perdido su moneda, despu?s de haber buscado en todos los rincones hasta hallar la moneda, hace algo parecido y expresa: ?Felicitadme, he encontrado la moneda que se me hab?a perdido? (Ib. 9). Mucho m?s hace el padre de la par?bola cuando ve que regresa el hijo que lo hab?a abandonado hace tiempo. El padre no piensa en reprenderle, sino en hacer una fiesta: ?celebremos un banquete, porque este hijo m?o estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado? (Ib. 23-24). Hizo una fiesta tan grande que suscita la indignaci?n de su hijo mayor. Jes?s mismo ense?a: ?Os aseguro que habr? m?s fiesta en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversi?n? (Ib. 7). Entonces podemos preguntarnos ?ama Dios m?s a? los pecadores convertidos que a los hijos que siempre han permanecido fieles a El? La respuesta es la que da el padre al hijo mayor, celoso por el recibimiento hecho a su hermano: ?hijo, t? est?s siempre conmigo y todo lo m?o es tuyo? (Ib. 31). ?Acaso no es grand?sima fiesta estar siempre con Dios y gozar de todos sus beneficios y sus bienes? Estas par?bolas no quieren decir que Dios ame m?s a los pecadores que a los justos, sino que intenta manifestar el gozo con que se acoge a los pecadores arrepentidos y pretende ense?ar a los hombres c?mo deben alegrarse por el retorno de los hermanos pecadores, abri?ndoles el coraz?n con una bondad semejante a la de Dios.

San Pablo, recordando su pasado, proclama la misericordia de Dios y con un entusiasmo parejo a su humildad proclama: ?Jes?s vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el primero? (1 Tim.1, 15). ?Qu? gran fiesta hubo de haber en el cielo por la conversi?n de este hombre que correspondi? con tanta grandeza a la gracia divina! ?Y quien puede decir que no necesita convertirse? La conversi?n es un don de Dios que nos hace mirar en nuestro coraz?n y en nuestras acciones el infinito amor de Dios para con nosotros que nos impulsa a responder tambi?n con amor comprometido.

Pidamos a la Virgen Madre que nos lleve por el camino de la conversi?n a todos los que humildemente nos sentimos pecadores.?

Mons. Marcelo Ra?l Martorell, obispo de Puerto Iguaz??


Publicado por verdenaranja @ 23:49  | Homil?as
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