Lunes, 04 de octubre de 2010

Homil?a de monse?or Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo, en ocasi?n de las ordenaciones diaconales y presbiterales y el cierre del A?o Jubilar (Atrio de la Iglesia Catedral, 18 de septiembre de 2010) (AICA)

CULMINACI?N DEL A?O JUBILAR DE LA ARQUIDI?CESIS DE SAN JUAN DE CUYO

En este Domingo, D?a del Se?or, y en su v?spera, culmina el A?o Jubilar para agradecer a Dios por los primeros 175 a?os de la Iglesia Diocesana de San Juan de Cuyo. Hoy lo hacemos como familia diocesana, y ma?ana lo haremos en nuestras comunidades parroquiales.

En este tiempo de gracia jubilar dese?bamos hacer memoria de una historia de fe que comenz? con la misma Fundaci?n de San Juan de la Frontera, hace casi 450 a?os, y se convirti? en Iglesia diocesana en 1834. Una fe que se fue transmitiendo en la familia y fue forjando comunidades cristianas y emprendimientos apost?licos de caridad, de servicio y de cultura, como un rico aporte de amor y de fe a toda la vida cuyana y sanjuanina. ?Qu? bien ha hecho en cada comunidad cristiana conocer mejor su propia historia de fe!

Tambi?n quer?amos convertir esta rica historia en un profundo agradecimiento a Dios por sus misericordias con sus hijos de esta tierra cuyana.

Al mismo tiempo, queremos expresar nuestra fe en Jesucristo a trav?s de un renovado y generoso compromiso evangelizador en la familia, en nuestros barrios y en todo el quehacer de la vida humana.

Hemos tenido como tel?n de fondo el inicio de los grandes Bicentenarios de la libertad e independencia de nuestra Patria Argentina, tan rica en valores humanos y en riquezas naturales, pero tan sufrida y vapuleada en sus ra?ces m?s profundas y genuinas, como la paz social, el bien de la familia y la dignidad de la vida.

Este A?o Jubilar se vio enriquecido por el A?o sacerdotal promulgado por el Santo Padre para fortalecer y purificar en la Iglesia el inmenso don del sacerdocio al servicio de los cristianos y de toda la humanidad.

En este marco culmina el A?o Jubilar con la ordenaci?n de tres hermanos nuestros como sacerdotes y la ordenaci?n de cinco Di?conos, camino hacia el sacerdocio ministerial. Al mismo tiempo, pedimos a Dios la gracia de un nuevo despertar vocacional en nuestra Iglesia, que ya empieza a manifestarse.

El impulso del A?o Jubilar que culminamos empalma con una iniciativa de sumo inter?s para transmitir mejor la fe y el amor de Jesucristo hacia todas las familias, fundamento de toda sociedad. Hoy comenzamos ?el A?o de la Familia? para fortalecer el servicio pastoral de la Iglesia diocesana hacia todas las familias.?

La ordenaci?n presbiteral y diaconal

Contemplando a estos 8 j?venes que hoy reciben su ordenaci?n ministerial, y a tantos sacerdotes y di?conos que en este tiempo y a lo largo de la historia, han llevado y llevan sobre sus hombros el gozoso peso ?del d?a y del calor?, quisiera traer una luminosa ense?anza del Papa Benedicto XVI, al que me atrevo a llamar ?el Papa de la verdad?.

Hace poco recordaba a toda la Iglesia [1] que el sacerdocio no es simplemente un oficio, como los que necesita la sociedad para cumplir ciertas funciones o tareas. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ning?n ser humano puede hacer por s? mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absoluci?n de nuestros pecados, cambiando as?, a partir de Dios, la situaci?n de nuestra vida. El sacerdote de la Iglesia pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acci?n de gracias de Cristo en la ?ltima Cena, que son palabras de transustanciaci?n, palabras que lo hacen presente a ?l mismo, al Se?or Resucitado, con su Cuerpo y su Sangre, bajo la humilde apariencia del pan y del vino. Son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a ?l.

El sacerdocio es sacramento instituido por Jesucristo. Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a trav?s de ?l, presente entre los hombres, para servirlo en nombre de Dios y actuar en su favor. ?Qu? audacia la de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar! Esta audacia de Dios es la mayor grandeza que se expresa en la palabra ?sacerdocio?.

El Papa tambi?n ha querido recordar de nuevo a los j?venes que esta vocaci?n, esta comuni?n de servicio profundo, grande y generoso, por Dios y con Dios, existe. M?s a?n, Dios est? esperando nuestro ?s?. Junto con toda la Iglesia, tenemos que pedir a Dios esta gracia. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al coraz?n de j?venes que se consideren capaces de aquello para lo que Dios los cree capaces y le da las gracias oportunas.

La iniciativa es siempre de Dios, y as? lo han recordado las palabras de Jerem?as (Cf. 1,4-9): antes de formarte en el seno materno, Yo te conoc?a, te hab?a consagrado. Hab?a pensado en ti para enviarte a servir en mi nombre a tus hermanos. Si no me dejas, Yo estar? siempre contigo a tu lado.

El ?Papa de la verdad? tambi?n ha se?alado que era de esperar que al ?enemigo? no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; ?l hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y as? ha ocurrido que, precisamente en este a?o de alegr?a por el sacerdocio, han salido a la luz los pecados de algunos ?mbitos de sacerdotes. Tambi?n el Papa ha pedido perd?n a Dios y a las personas afectadas, y nosotros tambi?n lo hacemos, mientras nos comprometemos a que semejante abuso no pueda suceder jam?s.

Si el A?o Sacerdotal hubiera sido una glorificaci?n de nuestros logros humanos, habr?a sido destruido por estos hechos, ha se?alado el Papa. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en ?vasijas de barro?, como se?ala San Pablo, y que una y otra vez, a trav?s de la debilidad humana, Dios hace visible su amor en el mundo. As?, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificaci?n, un quehacer que nos acompa?a hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar m?s a?n el gran don de Dios.

Somos sacerdotes para servir en nombre de Jes?s, nunca para ?servirnos? ni para llevar una vida c?moda y aburguesada, que nunca sacia las ansias de felicidad de nadie. Al contrario, los sacerdotes de la Iglesia sabemos de la experiencia sumamente gozosa de seguir muy de cerca a Jes?s, de anunciar su Evangelio (no el nuestro), de hacer presente su sacerdocio en la tierra gastando la vida d?a a d?a en bien de nuestros hermanos.

Hoy damos gracias a Dios por la ordenaci?n sacerdotal y diaconal de estos hermanos nuestros y deseamos que su sacerdocio sea fecundo a los ojos de Dios y de la Iglesia.

La ?memoria agradecida? a Dios nos lleva al profundo reconocimiento y agradecimiento hacia el querido Mons. ?talo Severino Di Stefano por su esfuerzo y empe?o en hacer renacer y levantar el nuevo Seminario de San Juan, reducido a escombros en el terremoto de 1944. Tanto Mons. Di Stefano como los anteriores obispos, sacerdotes, religiosos son parte del agradecimiento por los ministros del Se?or, y por tantas familias y fieles cristianos que a lo largo de los siglos sembraron y alentaron la fe cristiana de este pueblo.

Asimismo, damos gracias de todo coraz?n a Dios por los buenos instrumentos de los que se ha servido el Se?or para formar y consolidar la vocaci?n de estos hermanos nuestros: sus familias, sus comunidades cristianas, otros pastores y, especialmente, los formadores, profesores y dem?s compa?eros del Seminario.?

El A?o de la Familia

El compromiso evangelizador que se ha ido profundizando en este Jubileo quiere expresarse en horizontes cada vez m?s amplios; nos alienta a continuar el camino hacia cumbres m?s altas para llevar el tesoro de la fe cristiana a tantos hermanos.

Esa mirada de fe trata de contemplar la realidad con los ojos de Jes?s, y nos hace ver la necesidad de iluminar con su amor y su luz una realidad humana maravillosa, absolutamente fundamental en la vida de los hombres y de la humanidad, una realidad que siempre necesita del cuidado, la protecci?n y la ayuda de toda la sociedad y, especialmente, de los cristianos. Esta realidad tan gozosa y fundamental es la familia, la familia real, la de cada uno de ustedes ?nuestras familias?, las familias todas de San Juan y de Argentina.

El querido Juan Pablo II se empe?aba en recordar [2] que el hombre ?todo hombre: todo var?n o mujer que pisa la tierra? es ?el camino de la Iglesia?. Se refer?a a los m?ltiples senderos por los que el hombre camina, y cu?n vivo y profundo es el deseo de la Iglesia de acompa?arlo en recorrer su existencia terrena. Por eso la Iglesia asume los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de ese camino cotidiano de los hombres, profundamente persuadida de es el mismo Cristo quien la conduce por estos senderos: es ?l quien ha confiado el hombre a la Iglesia; lo ha confiado como ?camino? de su misi?n y de su ministerio.

Entre esos caminos del hombre, el primero y el m?s importante es la familia. Es un camino com?n, ?nico e irrepetible, como es irrepetible cada ser humano. ?l viene al mundo en el seno de una familia, debe a ella el hecho mismo de existir. Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesar? posteriormente durante toda la vida.

La Iglesia, con afectuosa solicitud, est? junto a quienes viven semejantes situaciones, porque conoce bien el papel fundamental que la familia est? llamada a desempe?ar. Sabe, adem?s, que normalmente el hombre sale de la familia para realizar, a su vez, la propia vocaci?n de vida en un nuevo n?cleo familiar. Incluso cuando decide permanecer solo, la familia contin?a siendo, por as? decirlo, su horizonte como comunidad fundamental, sobre la que se apoya toda la gama de sus relaciones sociales. Por eso podemos hablar de ?familia humana? al referirnos al conjunto de los hombres que viven en el mundo.

La familia tiene su origen en el mismo amor con que el Creador abraza al mundo: ?Tanto am? Dios al mundo que dio a su Hijo ?nico? (Jn 3, 16). El Hijo unig?nito, ?Dios de Dios, Luz de Luz?, entr? en la historia de los hombres a trav?s de una familia: el Hijo de Dios, con su encarnaci?n, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabaj? con manos de hombre,... am? con coraz?n de hombre.

Nacido de la Virgen Mar?a, se hizo verdaderamente uno de nosotros, semejante en todo menos en el pecado. Cristo manifiesta plenamente lo que es el hombre al propio hombre, y lo hace empezando por la familia en la que eligi? nacer y crecer. El Redentor pas? gran parte de su vida en Nazaret: ?sujeto? (Lc 2, 51) como ?Hijo del hombre? a Mar?a, su Madre, y a Jos?, el carpintero. Esta obediencia filial, ?no es ya la primera expresi?n de aquella obediencia suya al Padre hasta la muerte (Flp 2, 8), mediante la cual redimi? al mundo?

La encarnaci?n del Hijo de Dios vivo est?, por lo tanto, en estrecha relaci?n con la familia humana. No s?lo con una, la de Nazaret sino, de alguna manera, con cada familia. En la Encarnaci?n se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Siguiendo a Cristo, que vino al mundo para servir (Mt 20, 28), la Iglesia considera el servicio a la familia una de sus tareas esenciales.

En este sentido, tanto el hombre como la familia constituyen ?el camino de la Iglesia?.?

Agresiones a la familia

La familia surge de la uni?n tan profunda entre un hombre y una mujer para un proyecto de amor que quiere perdurar para siempre. Esa complementariedad tan especial del matrimonio, que incluye desde lo biol?gico hasta lo m?s espiritual, es capaz de crear otra vida humana, y hacerse responsable de ella. Son los hijos, fruto del amor humano y del poder creador de Dios.

As? est? escrito en la naturaleza misma de las cosas, en la naturaleza humana. El matrimonio real s?lo puede darse entre un hombre y una mujer. Si las leyes que hacen los hombres llegan a decir otra cosa, ese papel escrito no cambia la verdadera naturaleza humana.

Por poner un ejemplo mu trivial, podr?a decirse que si alguna ley humana dijera que este libro es un ?jam?n?, el libro seguir?a siendo libro para leer, y no un jam?n para comer. Algo as? ocurre con el matrimonio. Lo digo con el m?s profundo respeto hacia toda persona y sus leg?timos derechos, y tambi?n con todo respeto hacia la propia naturaleza humana, del mismo modo que procuramos respetar la ley de la gravedad.

Hace poco tiempo se debati? esta cuesti?n en la sociedad argentina y en el Congreso nacional. Quien all? gan? fue el pueblo argentino, que se anim? a expresar mayoritariamente y de un modo ciudadano, en un marco federal y democr?tico, sus convicciones sobre la familia y el matrimonio y sobre los ni?os. All? ganaron los legisladores que supieron y se animaron a representar al pueblo que los eligi?.

Quienes perdieron ante la sociedad fueron quienes ama?aron su voto violentando su conciencia y su representatividad, y los pol?ticos y gobernantes que le acompa?aron en semejante propuesta. As? se pusieron en contra del pueblo que los eligi?, en contra de la familia argentina y en contra de la naturaleza de las cosas. Creo que el pueblo sabr? tener memoria de esta agresi?n cuando llegue el momento.

Las agresiones a la familia y a la vida no terminan aqu?. Ya aparecieron otros proyectos de ley que legalizar?an la matanza de ni?os reci?n nacidos o por nacer. El mismo Jes?s pas? por ese riesgo y por eso debi? huir a Egipto. De ello da testimonio el martirio de los ?santos inocentes?. Pareciera que nuevos Herodes pretenden repetir esa crueldad. Los ni?os son tan seres humanos como cada uno de ustedes, los m?s vulnerables e indefensos, los que merecen el mayor cuidado y protecci?n de toda la sociedad y de sus gobernantes.

Este ?permiso para matar?, aunque se lo quiera maquillar con palabras mentirosas, esas muertes de ni?os, ?no ser?an verdaderos ?cr?menes de lesa humanidad?, promovidos e impulsados por mismo el Estado? ?D?nde quedan los derechos humanos, a veces tan ?cacareados? por m?s de uno que propugna estas matanzas? ?En qu? tacho de basura de la conciencia se tira el primero de los derechos humanos: ?el derecho a vivir??

En San Juan solemos escuchar que ?no sobra ning?n sanjuanino?. Lo mismo se puede decir del pa?s: en Argentina no sobra ning?n argentino. Pero parece que a unos cuantos pol?ticos, legisladores y gobernantes les sobran esos seres humanos que todav?a no votan ni pueden formar parte de su clientela.

No tengan miedo a ejercer con valent?a su propia ciudadan?a. Como buenos ciudadanos, alienten a los legisladores que defienden la vida, y hagan lo imposible para que los otros representantes del pueblo no se conviertan en impulsores o c?mplices de una nueva y horrible matanza de seres humanos, de un nuevo genocidio en tierra argentina. Ya lo sufrimos bastante en su momento y fuimos capaces de decir, con toda fuerza y convicci?n: ?NUNCA M?S! Que ?nunca m?s? en este bendito pa?s volvamos a repetir esos sucesos tan dolorosos de nuestra historia reciente.

Si, por un absurdo, hubiera tanto inter?s en ?despenalizar? delitos, hasta ser?a mejor que legalizaran, por ejemplo, las ?coimas?, tan frecuentes en ?mbitos de poder pol?tico. Pero, por favor, que no jueguen con la muerte de seres humanos.

Otros dictadores de la historia llegaron a legalizar el exterminio de seres humanos inocentes. Entre otros, recordamos con horror la gran tragedia del Holocausto del pueblo jud?o, impulsado por el nazismo de Hitler. Este no puede ser el camino de Argentina ni de los argentinos. Ni tampoco el camino de una persona con un m?nimo de respeto por la dignidad y los derechos humanos. Menos a?n, puede ser la conducta de alguien que se diga ?representante? del pueblo.

Como ven, los ataques a la familia, a la vida, a la patria potestad son fuertes. Tambi?n en otros ?mbitos se percibe el impulso de un retroceso y degradaci?n moral y social. Quiz? esas personas no han tenido la experiencia del amor de familia en sus vidas, o no han sabido apreciarlo y cuidarlo. Quiz? por eso piensan que todo da lo mismo. Algunos ?mbitos pol?ticos, a veces tan poco tan poco representativo de su pueblo y, otras, tan poco entusiastas de ?poder servir? al bien de los ciudadanos, puede llevarnos a estas tremendas aberraciones.?

Ahogar el mal en abundancia de bien

El cristiano procura ?ahogar el mal en abundancia de bien?, en sobreabundancia de amor y de luz. Todos podemos hacer mucho por el bien de la familia. Dios es la fuente de esta apertura universal a los hombres como hermanos y hermanas.

En este A?o de la Familia pensemos en la familia real, no en la familia ?en abstracto?, en cada familia de cualquier lugar de San Juan, sea cual sea la complejidad de su historia. El amor con que ?tanto am? Dios al mundo? (Jn 3, 16) hace posible contemplar con ese amor a cada familia, fundamento de la grande y universal familia humana.

?Qu? necesaria es la oraci?n para recrear, fortalecer y aumentar el amor, el afecto, la fidelidad y el cari?o en cada hogar, para ayudar a los hijos en el camino de la verdad, para superar los problemas y para quererse cada d?a m?s! La oraci?n hace que Jes?s habite en medio de nosotros: ?Donde est?n dos o tres reunidos en mi nombre, all? estoy yo en medio de ellos? (Mt 18, 20). Este A?o de la Familia quiere ser, ante todo, una s?plica a Cristo para que permanezca en cada familia humana, una invitaci?n a trav?s de cada peque?a familia para que ?l est? presente en la gran familia humana, a fin de que todos, junto con ?l, podamos decir de verdad: ??Padre nuestro!?. Es necesario que la oraci?n est? en primer lugar en nuestro A?o de la Familia: oraci?n de la familia, por la familia y con la familia. La oraci?n del ?Padre nuestro? nos habla de la hermandad universal de la que todos formamos parte y que la Iglesia y todos los cristianos debemos servir y ayudar.

Que esta oraci?n llegue tambi?n a las familias en dificultad o en peligro, las desesperanzadas o divididas, y las que se encuentran en situaciones que podr?amos llamar de irregulares. Que llegue a toda mujer a la que, en situaciones humanamente dif?ciles, se las empuja hacia el aborto. ?Que todas las familias y todas las personas puedan sentirse abrazadas por el amor, por nuestra solicitud y la de toda la Iglesia!

Son much?simas las familias que forman una familia sencilla y normal. La experiencia muestra cu?n importante es una familia coherente con las normas morales que aseguran su felicidad, para que el hijo que nace y se forma en ella emprenda sin incertidumbres el camino del bien, que siempre est? inscrito en su coraz?n.

?Ahogar el mal en abundancia de bien? significa para nosotros que toda la acci?n pastoral y apost?lica de la Iglesia pueda expresarse ?en clave? de servicio a las familias:

As?, entre tantas necesidades y posibilidades, quisiera hacer hincapi? en algunas m?s importantes:

En primer lugar, fortalecer el amor sincero en cada uno de nuestros hogares, haciendo lugar al amor de Jes?s en cada n?cleo familiar.

Compartir ese amor en la amable visita a las familias cercanas, con esp?ritu de fe, y la fecunda misi?n de la comunidad cristiana a las dem?s familias de su ?mbito pastoral, para ayudarlas en nombre del Se?or. El ofrecimiento de la comunidad cristiana de una buena preparaci?n remota e inmediata a quienes se preparan a celebrar su matrimonio.

El impulso de la catequesis familiar, tan fecunda donde se hace bien, ya que son los padres y las familias los primeros y mejores transmisores de la fe y de la formaci?n cristiana a sus hijos.

El amplio campo de la juventud, que asiste a las instituciones educativas, sean religiosas o no, que requiere un esfuerzo evangelizador grande por parte de todas nuestras instituciones y comunidades.

Y as? podr?amos seguir? Quisiera agradecer especialmente a todas las instituciones que hace pocos d?as han preparado el Jubileo de la Familia y se han comprometido a ser como la levadura que nos impulsa a todos en este servicio tan querido por Dios.

Fue en Can? de Galilea donde Jes?s fue invitado a un banquete de bodas, y su Madre se dirige a los sirvientes dici?ndoles: Hagan lo que Jes?s les diga (Jn 2, 5). Tambi?n a nosotros, en el inicio de este A?o de la familia, Mar?a dirige esas palabras. Y lo que Cristo nos dice es una invitaci?n a una gran oraci?n por las familias y con las familias, acompa?ada de un generoso servicio de amor de cada uno de nosotros, de cada familia, de cada comunidad cristiana y de cada una de las instituciones de la Iglesia.

La ordenaci?n presbiteral y diaconal de estos hermanos nuestros, ya inminente, nos recuerda que cada uno de ellos procede de una familia y que sus vidas y su ministerio sacerdotal o diaconal tendr? siempre como principal destinatario a las familias de San Juan o all? donde el Se?or quiera llevarnos.

Gracias, de todo coraz?n, por este A?o Jubilar que termina, y por el A?o de la Familia que comienza. Gracias a cada comunidad o instituci?n cristiana que ha vivido el A?o Jubilar y ahora se dispone con mayor fe y entusiasmo a servir m?s y mejor a las familias. Gracias a todos ustedes, que asisten y participan de esta celebraci?n, y a tantos hermanos nuestros que rezan por nosotros y, muy especialmente, por estos ocho hermanos nuestros que ponen sus vidas en las manos del Se?or.

Que la Sagrada Familia de Nazaret, la familia de Jes?s, Mar?a y Jos?, no lleven de la mano para aumentar el amor en nuestros hogares y llevar ese amor de Cristo a tantas familias de esta tierra sanjuanina. Que as? sea.?

Mons. Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo
18 de septiembre de 2010?

Notas:

[1] Cf. Homil?a del Papa Benedicto XVI en la Clausura del A?o Sacerdotal, el 11.6.2010.

[2] Cf. Juan Pablo II, Carta a las Familias, 1994.

?


Publicado por verdenaranja @ 22:46  | Homil?as
 | Enviar