Viernes, 29 de octubre de 2010

Homil?a de monse?or Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata, en el L aniversario de la promoci?n de Bachilleres del Colegio Nacional de Buenos Aires (parroquia San Ignacio, 1960 - 13 de octubre - 2010). (AICA)

PARA QUE NUESTRO CORAZ?N ALCANCE LA SABIDUR?A

Queridos hermanos, compa?eros y amigos:

Cincuenta a?os han transcurrido desde el d?a en que dej?bamos definitivamente las aulas de nuestro querido Colegio Nacional de Buenos Aires, con los br?os, sue?os y esperanzas de nuestra juventud. Hoy nuestros pasos vuelven a coincidir, congregados en este templo, que por muchos motivos, adem?s de su contig?idad f?sica en esta ?manzana de las luces?, estuvo asociado a la vida del Colegio en las distintas etapas de su historia. La ciudad capital lo considera venerable sea por su antig?edad, ya que, en su forma actual, termin? de construirse en 1734, y es el m?s antiguo de los que conserva esta ciudad; sea tambi?n por su rica historia. Ha sido, en efecto, el recinto donde en 1831 qued? fundada la Universidad Nacional de Buenos Aires.

En la letra de una conocida canci?n ciudadana, nos dice su autor ?que veinte a?os no es nada?. Pero nos parece que no se atrever?a a extender su generosa afirmaci?n hasta los cincuenta a?os. Aunque a?n dispongamos de energ?as f?sicas y mentales, y conservemos capacidad de iniciativas y proyectos, se trata de una cifra muy grande en la existencia de un hombre. Podemos decir ?toda una vida! Al menos en su zona central.

Los adolescentes y j?venes de ayer, volvemos a encontrarnos, con la espont?nea admiraci?n ante lo ins?lito, y la natural simpat?a propia de quienes hemos compartido un tramo entra?able de la vida, acotado al tiempo de seis a?os, pero sumamente intenso y constitutivo de nuestra identidad.

Les habla un compa?ero de aula, uno entre muchos que, igualados por la edad, hemos recorrido los mismos claustros y nos hemos beneficiado con la sabidur?a de notables maestros. Mi condici?n de sacerdote y obispo no me ha alejado de ustedes.

Nos acompa?a en esta celebraci?n un querido profesor nuestro de historia del arte, H?ctor Schenone, quien acaba de proclamar el Evangelio, pues desde hace a?os es di?cono permanente, en la iglesia del Pilar. Autor de numerosos libros sobre su especialidad, que es el arte religioso hispanoamericano, y miembro de varias academias nacionales e internacionales. ?C?mo no alegrarnos por su presencia! Honramos tambi?n en ?l a todos los que dejaron en nosotros una huella.

Celebrar la Santa Misa es un acto religioso de acci?n de gracias a Dios por los beneficios recibidos. Quienes gozamos del don de la fe, sabemos que en la Eucarist?a se hace presente Cristo en el mayor acto de amor a Dios y al pr?jimo. Es memoria sacramental de su cruz y de su resurrecci?n. Para los cristianos, aqu? se revela el valor de la vida humana, aqu? se proclama muy alto la dignidad de todo hombre, aqu? se anuncia el sentido del tiempo y de la historia.

La lectura b?blica que hemos escuchado en primer lugar, est? tomada del libro del Eclesiast?s, escrito probablemente entre el siglo IV y el III antes de Cristo. A trav?s del autor humano, Dios se interna en la conciencia del sabio, y se expresa en las cavilaciones de un hombre que va en busca del sentido de la vida sin encontrarlo. Su mensaje nos parece pesimista, pues o?mos repetir a lo largo del libro: ??Vanidad de vanidades, todo es vanidad! ?Qu? provecho saca el hombre de todo el esfuerzo que realiza bajo el sol?? (1,2-3). El Eclesiast?s habla desde su experiencia personal. La finitud de las cosas tras las cuales corremos y el vac?o que sentimos por la caducidad de la vida, lo llenan de perplejidad.

Con este libro, al igual que con el libro de Job, la sabidur?a tradicional de Israel, parece entrar en profunda crisis. ?C?mo armonizar este escepticismo existencial con la visi?n religiosa del fiel israelita? Job se debat?a ante el enigma indescifrable del sufrimiento del inocente y tampoco hallaba respuesta, hasta que Dios le hace entender que existe una Sabidur?a increada y trascendente y que es vana pretensi?n del hombre tratar de encerrarla en los mezquinos moldes de la mente humana.

La revelaci?n b?blica tiene un car?cter progresivo. El Eclesiast?s ?palabra griega que traduce la hebrea qohelet y significa ?predicador?? a?n no hab?a recibido la revelaci?n plena de una retribuci?n ultraterrena. En ?l conviven el sabio desilusionado con el creyente sincero que reconoce a Dios sin poder penetrar en el sentido ?ltimo de la vida. Por eso sus reflexiones apelan a un sentido ulterior oculto a los humanos.

Tanto en este breve libro, como en el m?s extenso de Job, estamos ante planteos universales e insoslayables pues se trata de la pregunta sobre nosotros mismos y por el sentido de nuestros pasos, entre la nada previa a nuestra existencia y el enigma de nuestra muerte y nuestro destino. Unos versos de Antonio Machado parecen inspirados en las p?ginas que nos ocupan: ??D?nde est? la utilidad/ de nuestras utilidades?/ Volvamos a la verdad:/ vanidad de vanidades?.

Hemos aludido a dos obras b?blicas de intensa resonancia existencial. Joyas religiosas y literarias que son parte del legado espiritual imperecedero que el pueblo de Israel bajo la inspiraci?n divina ha dado a la humanidad de todos los tiempos.

Tambi?n a nosotros en el siglo XXI, en este tramo de nuestro camino, puede decirnos algo el sano escepticismo del Eclesiast?s. Ante todo, ayudarnos a robustecer el sentido com?n. ?Nada nuevo hay bajo el sol? (1,9), nos dice como invit?ndonos a salir de nuestra prisa y de nuestra fiebre posesiva. ?Cu?ntas veces la causa de nuestro malestar est? en la actitud interior con que encaramos las cosas, antes que en las cosas mismas y en las circunstancias externas! El Eclesiast?s, bien le?do, puede ense?arnos a recuperar serenidad y humor. Esto se conecta con la oraci?n del salmo que hemos escuchado a continuaci?n: ?Ens??anos a calcular nuestros a?os, para que nuestro coraz?n alcance la sabidur?a? (Sal 89[90], 12).

Pero junto con esta sabidur?a del vivir, el Eclesiast?s, apela a un sentido ulterior y trascendente. As? como la sed nos habla del agua, sus perplejidades e interrogantes nos remiten a Dios. ?Qu? hombre no aspira a una plenitud de su existencia? ?Nuestra situaci?n no nos causar?a sufrimiento, ?nos dice un autor contempor?neo? si no tuvi?ramos al menos la idea latente de una existencia deteriorada y de una existencia lograda y plena, si no busc?ramos al menos la salvaci?n y la redenci?n. Porque aspiramos como hombres a la salvaci?n, sufrimos en nuestra situaci?n de desgracia y s?lo por eso nos rebelamos contra ella. Si no hubiera una ?nostalgia hacia lo totalmente otro?, nos contentar?amos con lo existente y no aspirar?amos a lo que no es?.

En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado, tomado del ?serm?n de la monta?a? (Mt 6,25-34), Jes?s nos invita a la contemplaci?n de los p?jaros del cielo y de los lirios del campo, para sacar de all? remedio para nuestra angustia, mediante el abandono confiado en la Providencia de Dios. ?l los alimenta y los viste con esplendor. Jes?s nos dice que nosotros valemos m?s que ellos. Y concluye: ?A cada d?a le basta su aflicci?n? (6,34).

Ser?a lectura equivocada interpretar el pasaje como invitaci?n a la imprevisi?n o al descuido por las cosas temporales. Entre lo temporal e inmanente, y lo trascendente y eterno, no se da contradicci?n. Relativizar lo temporal no significa negarlo. Por eso nos dice Jes?s: ?Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo dem?s se les dar? por a?adidura? (Mt 6,33). Hay en el tiempo anticipo de eternidad; perdura en la eternidad la siembra del tiempo.

Queridos amigos ??hermanos en el aula y en la vida?, seg?n la verdad del lema de la Asociaci?n de exalumnos?, es hoy m?s necesario que nunca tener un recuerdo impregnado de gratitud hacia profesores y autoridades, y hacia cuantos han contribuido a formarnos, y han dejado una riqueza en nuestro esp?ritu. El tiempo purifica la memoria, y la mirada del hombre maduro penetra mejor el sentido de lo vivido. El paso de los a?os nos habr? conducido, sin duda, a la experiencia de nosotros mismos, y al conocimiento del l?mite inherente a todo hombre, con su capacidad para lo sublime y tambi?n para la bajeza.

Egresamos del Colegio en el a?o en que la patria celebraba sus ciento cincuenta a?os de existencia aut?noma. Ahora, la celebraci?n del bicentenario nos convoca a seguir trabajando todav?a por su grandeza, necesariamente vinculada con la calidad de nuestra convivencia, cada cual desde su vocaci?n propia.

Asumo en esta Eucarist?a los anhelos y esperanzas, las luchas y problemas de presentes y ausentes. Que a todos conceda Dios abundantes bendiciones. Tengamos un recuerdo religioso y fraterno hacia quienes ya han partido.

Deseo concluir esta sencilla reflexi?n recordando la sabidur?a de la copla castellana: ?Vivir se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte?.?

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:49  | Homil?as
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