Martes, 02 de noviembre de 2010

ZENIT? nos ofrece la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunci?el mi?rcoles 20 de Octubre de 2010?durante la Audiencia General, ante los miles de peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas

hoy quisiera hablaros de una de las mujeres de la Edad Media que suscit? mayor admiraci?n; se trata de santa Isabel de Hungr?a, llamada tambi?n Isabel de Turingia. Naci? en 1207 en Hungr?a. Los historiadores discuten d?nde. Su padre era Andr?s II, rico y poderoso rey de Hungr?a, el cual, para reforzar sus v?nculos pol?ticos, se hab?a casado con la condesa alemana Gertrudis de Andechs-Merania, hermana de santa Eduvigis, la cual era esposa del duque de Silesia. Isabel vivi? en la Corte h?ngara s?lo los primeros cuatro a?os de su infancia, junto a una hermana y tres hermanos. Le gustaba el juego, la m?sica y la danza; recitaba con fidelidad sus oraciones y mostraba atenci?n particular hacia los pobres, a quienes ayudaba con una buena palabra o con un gesto afectuoso.

Su infancia feliz fue bruscamente interrumpida cuando, desde la lejana Turingia, llegaron unos caballeros para llevarla a su nueva sede en Alemania central. Seg?n las costumbres de aquel tiempo, de hecho, su padre hab?a establecido que Isabel se convirtiera en princesa de Turingia. El landgrave o conde de aquella regi?n era uno de los soberanos m?s ricos e influyentes de Europa a principios del siglo XIII, y su castillo era centro de magnificencia y de cultura. Pero detr?s de las fiestas y de la gloria aparente se escond?an las ambiciones de los pr?ncipes feudales, a menudo en guerra entre ellos y en conflicto con las autoridades reales e imperiales. En este contexto, el landgrave Hermann acogi? de buen grado el noviazgo entre su hijo Ludovico y la princesa h?ngara. Isabel parti? de su patria con una rica dote y un gran s?quito, incluyendo sus doncellas personales, dos de las cuales permanecer?n amigas fieles hasta el final. Son ellas las que han dejado preciosas informaciones sobre la infancia y sobre la vida de la Santa.

Tras un largo viaje llegaron a Eisenach, para subir despu?s a la fortaleza de Wartburg, el macizo castillo sobre la ciudad. Aqu? se celebr? el compromiso entre Ludovico e Isabel. En los a?os sucesivos, mientras Ludovico aprend?a el oficio de caballero, Isabel y sus compa?eras estudiaban alem?n, franc?s, lat?n, m?sica, literatura y bordado. A pesar del hecho de que el compromiso se hubiese decidido por motivos pol?ticos, entre ambos j?venes naci? un amor sincero, animado por la fe y por el deseo de hacer la voluntad de Dios. A la edad de 18 a?os, Ludovico, tras la muerte de su padre, comenz? a reinar sobre Turingia. Pero Isabel se convirti? en objeto de silenciosas cr?ticas, porque su modo de comportarse no correspond?a a la vida de la corte. As? tambi?n la celebraci?n del matrimonio no fue fastuosa, y los gastos del banquete fueron devueltos en parte a los pobres. En su profunda sensibilidad Isabel ve?a las contradicciones entre la fe profesada y la pr?ctica cristiana. No soportaba los compromisos. Una vez, entrando en la iglesia en la fiesta de la Asunci?n, se quit? la corona, la deposit? ante la cruz y permaneci? postrada en el suelo con el rostro cubierto. Cuando una monja la desaprob? por ese gesto, ella respondi?: ??C?mo puedo yo, criatura miserable, seguir llevando una corona de dignidad terrena, cuando veo a mi Rey Jesucristo coronado de espinas??. Como se comportaba ante Dios, de la misma forma se comportaba con sus s?bditos. Entre los Dichos de las cuatro doncellas encontramos este testimonio: ?No consum?a alimentos si antes no estaba segura de que procedieran de las propiedades y de los bienes leg?timos de su marido. Mientras se absten?a de los bienes procurados il?citamente, se preocupaba tambi?n por resarcir a aquellos que hubiesen sufrido violencia? (nn. 25 y 37). Un verdadero ejemplo para todos aquellos que desempe?an cargos: el ejercicio de la autoridad, a todo nivel, debe vivirse como servicio a la justicia y a la caridad, en la b?squeda constante del bien com?n.

Isabel practicaba asiduamente las obras de misericordia: daba de beber y de comer a quien llamaba a su puerta, procuraba vestidos, pagaba las deudas, cuidaba enfermos y sepultaba a los muertos. Bajando de su castillo, se dirig?a a menudo con sus doncellas a las casas de los pobres, llevando pan, carne, harina y otros alimentos. Entregaba los alimentos personalmente y controlaba con atenci?n los vestidos y los lechos de los pobres. Este comportamiento fue referido a su marido, el cual no s?lo no se disgust?, sino que respondi? a sus acusadores: ??Mientras que no venda el castillo, estoy contento!?. En este contexto se coloca el milagro de pan transformado en rosas: mientras Isabel iba por la calle con su delantal lleno de pan para los pobres, se encontr? con el marido, que le pregunt? qu? estaba llevando. Ella abri? el delantal y, en lugar del pan, aparecieron magn?ficas rosas. Este s?mbolo de caridad est? presente muchas veces en las representaciones de santa Isabel.

El suyo fue un matrimonio profundamente feliz: Isabel ayudaba a su esposo a elevar sus cualidades humanas a nivel sobrenatural, y ?l, a cambio, proteg?a a su mujer en su generosidad hacia los pobres y en sus pr?cticas religiosas. Cada vez m?s admirado por la gran fe de su esposa, Ludovico, refiri?ndose a su atenci?n hacia los pobres, le dijo: ?Querida Isabel, es a Cristo a quien has lavado, alimentado y cuidado?. Un claro testimonio de c?mo la fe y el amor hacia Dios y hacia el pr?jimo refuerzan y hacen a?n m?s profunda la uni?n matrimonial.

La joven pareja encontr? apoyo espiritual en los Frailes Menores que, desde 1222, se difundieron en Turingia. Entre ellos Isabel eligi? a fray Ruggero (R?diger) como director espiritual. Cuando ?l le narr? las circunstancias de la conversi?n del joven y rico mercader Francisco de As?s, Isabel se entusiasm? a?n m?s en su camino de vida cristiana. Desde aquel momento, se decidi? a?n m?s a seguir a Cristo pobre y crucificado, presente en los pobres. Incluso cuando naci? su primer hijo, seguido de otros dos, nuestra Santa no descuid? nunca sus obras de caridad. Ayud? adem?s a los Frailes Menores a construir en Halberstadt un convento, del que fray Ruggero se convirti? en superior. La direcci?n espiritual de Isabel pas?, as?, a Conrado de Marburgo.

Una dura prueba fue el adi?s al marido, a finales de junio de 1227, cuando Ludovico IV se asoci? a la cruzada del emperador Federico II, recordando a su esposa que esa era una tradici?n para los soberanos de Turingia. Isabel respondi?: ?No te retendr?. Me d? toda entera a Dios y ahora debo darte tambi?n a ti?. Sin embargo, la fiebre diezm? las tropas y Ludovico mismo cay? enfermo y muri? en Otranto, antes de embarcar, en septiembre de 1227, a la edad de veintisiete a?os. Isabel, al saber la noticia, tuvo tal dolor que se retir? en soledad, pero despu?s, fortificada por la oraci?n y consolada por la esperanza de volver a verle en el Cielo, volvi? a interesarse en los asuntos del reino. La esperaba, sin embargo, otra prueba: su cu?ado usurp? el gobierno de Turingia, declar?ndose verdadero heredero de Ludovico y acusando a Isabel de ser una mujer piadosa incompetente para gobernar. La joven viuda, con sus tres hijos, fue expulsada del castillo de Wartburg y se puso a la b?squeda de un lugar donde refugiarse. Solo dos de sus doncellas permanecieron junto a ella, la acompa?aron y confiaron a los tres ni?os a los cuidados de amigos de Ludovico. Peregrinando por los pueblos, Isabel trabajaba all? donde se la acog?a, asist?a a los enfermos, hilaba y cos?a. Durante este calvario, soportado con gran fe, con paciencia y dedicaci?n a Dios, algunos parientes, que le hab?an permanecido fieles y consideraban ileg?timo el gobierno de su cu?ado, rehabilitaron su nombre. As? Isabel, a principios de 1228, pudo recibir una renta apropiada para retirarse al castillo familiar en Marburgo, donde viv?a tambi?n su director espiritual fray Conrado. Fue ?l quien refiri? al papa Gregorio IX el siguiente hecho: el viernes santo de 1228, puestas las manos sobre el altar en la capilla de su ciudad Eisenach, donde hab?a acogido a los Frailes Menores, en presencia de algunos frailes y familiares, Isabel renunci? a su propia voluntad y a todas las vanidades del mundo. Ella quer?a renunciar a todas sus posesiones, pero yo la disuad? por amor a los pobres. Poco despu?s construy? un hospital, recogi? a enfermos e inv?lidos y sirvi? en su propia mesa a los m?s miserables y los m?s abandonados. Habi?ndola yo re?ido por estas cosas, Isabel respondi? que de los pobres recib?a una especial gracia y humildad? (Epistula magistri Conradi, 14-17).

Podemos ver en esta afirmaci?n una cierta experiencia m?stica parecida a la vivida por san Francisco: el Pobrecillo de As?s declar?, de hecho, en su testamento que, sirviendo a los leprosos, lo que antes era amargo se le cambi? en dulzura del alma y del cuerpo (Testamentum, 1-3). Isabel transcurri? sus ?ltimos tres a?os en el hospital fundado por ella, sirviendo a los enfermos, velando con los moribundos. Intentaba siempre llevar a cabo los servicios m?s humildes y los trabajos repugnantes. Ella se convirti? en lo que podr?amos llamar una mujer consagrada en medio del mundo (soror in saeculo) y form?, con otras amigas suyas, vestidas en h?bito gris, una comunidad religiosa. No es casualidad que sea patrona de la Orden Terciaria Regular de san Francisco y de la Orden Franciscana Seglar.

En noviembre de 1231 fue afectada por fuertes fiebres. Cuando la noticia de su enfermedad se propag?, much?sima gente acudi? a verla. Tras unos diez d?as, pidi? que se cerraran las puertas, para quedarse a solas con Dios. En la noche del 17 de noviembre se durmi? dulcemente en el Se?or. Los testimonios sobre su santidad fueron tantos y tales que, s?lo cuatro a?os m?s tarde, el papa Gregorio IX la proclam? Santa y, en el mismo a?o, se consagr? la hermosa iglesia construida en su honor en Marburgo.

Queridos hermanos y hermanas, en la figura de santa Isabel vemos c?mo la fe, la amistad con Cristo crean el sentido de la justicia, de la igualdad de todos, de los derechos de los dem?s y crean el amor, la caridad. Y de esta caridad nace la esperanza, la certeza de que somos amados por Cristo y de que el amor de Cristo nos espera y nos hace as? capaces de imitar a Cristo y de ver a Cristo en los dem?s. Santa Isabel nos invita a redescubrir a Cristo, a amarlo, a tener fe y as? a encontrar la verdadera justicia y el amor, como tambi?n la alegr?a de que un d?a estaremos inmersos en el amor divino, en el gozo de la eternidad con Dios. Gracias.

[En espa?ol dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua espa?ola, en particular a los miembros de la Cofrad?a escolapia del Sant?simo Cristo de la Expiraci?n y Mar?a Sant?sima del mayor dolor, de Granada; a los fieles de Alcobendas, a los Oficiales del curso de Estado Mayor de la Academia A?rea de Ecuador, as? como a los dem?s grupos provenientes de Espa?a, M?xico y otros pa?ses latinoamericanos. Que la figura de Santa Isabel de Hungr?a, modelo de caridad, nos inspire tambi?n a nosotros a un amor intenso hacia Dios y hacia el pr?jimo.

[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:04  | Habla el Papa
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