Mi?rcoles, 10 de noviembre de 2010

ZENIT nos ofrece el Mensaje que el Papa Benedicto XVI ha escrito con motivo de la pr?xima Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado (16 de enero de 2011) con el t?tulo?Una sola familia humana, y que ha sido dado a conocer hoy en rueda de prensa por monse?or Antonio M? Vegli?, presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de Migrantes e Itinerantes.

Queridos hermanos y hermanas:

La Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado brinda a toda la Iglesia la oportunidad de reflexionar sobre un tema vinculado al creciente fen?meno de la emigraci?n, de orar para que los corazones se abran a la acogida cristiana y de trabajar para que crezcan en el mundo la justicia y la caridad, columnas para la construcci?n de una paz aut?ntica y duradera. ?Como yo os he amado, que tambi?n os am?is unos a otros? (Jn 13, 34) es la invitaci?n que el Se?or nos dirige con fuerza y nos renueva constantemente: si el Padre nos llama a ser hijos amados en su Hijo predilecto, nos llama tambi?n a reconocernos todos como hermanos en Cristo.

De este v?nculo profundo entre todos los seres humanos nace el tema que he elegido este a?o para nuestra reflexi?n: ?Una sola familia humana?, una sola familia de hermanos y hermanas en sociedades que son cada vez m?s multi?tnicas e interculturales, donde tambi?n las personas de diversas religiones se ven impulsadas al di?logo, para que se pueda encontrar una convivencia serena y provechosa en el respeto de las leg?timas diferencias. El Concilio Vaticano II afirma que ?todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el g?nero humano sobre la faz de la tierra (cf. Hch 17, 26), y tienen tambi?n un fin ?ltimo, que es Dios, cuya providencia, manifestaci?n de bondad y designios de salvaci?n se extienden a todos? (Decl. Nostra aetate, 1). As?, ?no vivimos unos al lado de otros por casualidad; todos estamos recorriendo un mismo camino como hombres y, por tanto, como hermanos y hermanas? (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 6).

El camino es el mismo, el de la vida, pero las situaciones que atravesamos en ese recorrido son distintas: muchos deben afrontar la dif?cil experiencia de la emigraci?n, en sus diferentes expresiones: internas o internacionales, permanentes o estacionales, econ?micas o pol?ticas, voluntarias o forzadas. En algunos casos las personas se ven forzadas a abandonar el propio pa?s impulsadas por diversas formas de persecuci?n, por lo que la huida aparece como necesaria. Adem?s, el fen?meno mismo de la globalizaci?n, caracter?stico de nuestra ?poca, no es s?lo un proceso socioecon?mico, sino que conlleva tambi?n ?una humanidad cada vez m?s interrelacionada?, que supera fronteras geogr?ficas y culturales. Al respecto, la Iglesia no cesa de recordar que el sentido profundo de este proceso hist?rico y su criterio ?tico fundamental vienen dados precisamente por la unidad de la familia humana y su desarrollo en el bien (cf. Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, 42). Por tanto, todos, tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinaci?n es universal, como ense?a la doctrina social de la Iglesia. Aqu? encuentran fundamento la solidaridad y el compartir.

?En una sociedad en v?as de globalizaci?n, el bien com?n y el esfuerzo por ?l han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando as? forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haci?ndola en cierta medida una anticipaci?n que prefigura la ciudad de Dios sin barreras? (Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, 7). Desde esta perspectiva hay que mirar tambi?n la realidad de las migraciones. De hecho, como ya observaba el Siervo de Dios Pablo VI, ?la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos? es causa profunda del subdesarrollo (Enc. Populorum progressio, 66) y -podr?amos a?adir- incide fuertemente en el fen?meno migratorio. La fraternidad humana es la experiencia, a veces sorprendente, de una relaci?n que une, de un v?nculo profundo con el otro, diferente de m?, basado en el simple hecho de ser hombres. Asumida y vivida responsablemente, alimenta una vida de comuni?n y de compartir con todos, de modo especial con los emigrantes; sostiene la entrega de s? mismo a los dem?s, a su bien, al bien de todos, en la comunidad pol?tica local, nacional y mundial.

El Venerable Juan Pablo II, con ocasi?n de esta misma Jornada celebrada en 2001, subray? que ?[el bien com?n universal] abarca toda la familia de los pueblos, por encima de cualquier ego?smo nacionalista. En este contexto, precisamente, se debe considerar el derecho a emigrar. La Iglesia lo reconoce a todo hombre, en el doble aspecto de la posibilidad de salir del propio pa?s y la posibilidad de entrar en otro, en busca de mejores condiciones de vida? (Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones 2001, 3; cf. Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, 30; Pablo VI, Enc. Octogesima adveniens, 17). Al mismo tiempo, los Estados tienen el derecho de regular los flujos migratorios y defender sus fronteras, asegurando siempre el respeto debido a la dignidad de toda persona humana. Los inmigrantes, adem?s, tienen el deber de integrarse en el pa?s de acogida, respetando sus leyes y la identidad nacional. ?Se trata, pues, de conjugar la acogida que se debe a todos los seres humanos, en especial si son indigentes, con la consideraci?n sobre las condiciones indispensables para una vida decorosa y pac?fica, tanto para los habitantes originarios como para los nuevos llegado? (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2001, 13).

En este contexto, la presencia de la Iglesia, en cuanto pueblo de Dios que camina en la historia en medio de todos los dem?s pueblos, es fuente de confianza y de esperanza. De hecho, la Iglesia es ?en Cristo com un sacramento o sea signo e instrumento de la uni?n ?ntima con Dios y de la unidad de todo el g?nero humano? (Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, 1); y, gracias a la acci?n del Esp?ritu Santo en ella, ?esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas in?tiles? (Idem, Const. past. Gaudium et spes, 38). De un modo especial la sagrada Eucarist?a constituye, en el coraz?n de la Iglesia, una fuente inagotable de comuni?n para toda la humanidad. Gracias a ella, el Pueblo de Dios abraza a ?toda naci?n, razas, pueblos y lenguas? (Ap 7, 9) no con una especie de poder sagrado, sino con el servicio superior de la caridad. En efecto, el ejercicio de la caridad, especialmente para con los m?s pobres y d?biles, es criterio que prueba la autenticidad de las celebraciones eucar?sticas (cf. Juan Pablo II, Carta ap. Mane nobiscum Domine, 28).

A la luz del tema ?Una sola familia humana? es preciso considerar espec?ficamente la situaci?n de los refugiados y de los dem?s emigrantes forzados, que son una parte relevante del fen?meno migratorio. Respecto a estas personas, que huyen de violencias y persecuciones, la comunidad internacional ha asumido compromisos precisos. El respeto de sus derechos, as? como las justas preocupaciones por la seguridad y la cohesi?n social, favorecen una convivencia estable y armoniosa.

Tambi?n en el caso de los emigrantes forzados la solidaridad se alimenta en la ?reserva? de amor que nace de considerarnos una sola familia humana y, para los fieles cat?licos, miembros del Cuerpo M?stico de Cristo: de hecho nos encontramos dependiendo los unos de los otros, todos responsables de los hermanos y hermanas en humanidad y, para quien cree, en la fe. Como ya dije en otra ocasi?n, ?acoger a los refugiados y darles hospitalidad es para todos un gesto obligado de solidaridad humana, a fin de que no se sientan aislados a causa de la intolerancia y el desinter?s? (Audiencia general del 20 de junio de 2007: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 22 de junio de 2007, p. 15). Esto significa que a quienes se ven forzados a dejar sus casas o su tierra se les debe ayudar a encontrar un lugar donde puedan vivir en paz y seguridad, donde puedan trabajar y asumir los derechos y deberes existentes en el pa?s que los acoge, contribuyendo al bien com?n, sin olvidar la dimensi?n religiosa de la vida.

Por ?ltimo, quiero dirigir una palavra especial, acompa?ada de la oraci?n, a los estudiantes extranjeros e internacionales, que son tambi?n una realidad en crecimiento dentro del gran fen?meno migratorio. Se trata de una categor?a tambi?n socialmente relevante en la perspectiva de su regreso, como futuros dirigentes, a sus pa?ses de origen. Constituyen ?puentes? culturales y econ?micos entre estos pa?ses y los de acogida, lo que va precisamente en la direcci?n de formar ?una sola familia humana?. Esta convicci?n es la que debe sostener el compromiso en favor de los estudiantes extranjeros, estando atentos a sus problemas concretos, como las estrecheces econ?micas o la aflicci?n de sentirse solos a la hora de afrontar un ambiente social y universitario muy distinto, al igual que las dificultades de inserci?n. A este prop?sito, me complace recordar que ?pertenecer a una comunidad universitaria significa estar en la encrucijada de las culturas que han formado el mundo moderno? (Juan Pablo II, A los obispos estadounidenses de las provincias eclesi?sticas de Chicago, Indian?polis y Milwaukee en visita ad limina, 30 de mayo de 1998: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 19 de junio de 2010, p. 7). En la escuela y en la universidad se forma la cultura de las nuevas generaciones: de estas instituciones depende en gran medida su capacidad de mirar a la humanidad como a una familia llamada a estar unida en la diversidad.

Queridos hermanos y hermanas, el mundo de los emigrantes es vasto y diversificado. Conoce experiencias maravillosas y prometedoras, y, lamentablemente, tambi?n muchas otras dram?ticas e indignas del hombre y de sociedades que se consideran civilizadas. Para la Iglesia, esta realidad constituye un signo elocuente de nuestro tiempo, que avidencia a?n m?s la vocaci?n de la humanidad a formar una sola familia y, al mismo tiempo, las dificultades que, en lugar de unirla, la dividen y la laceran. No perdamos la esperanza, y oremos juntos a Dios, Padre de todos, para que nos ayude a ser, a cada uno en primera persona, hombres y mujeres capaces de relaciones fraternas; y para que, en el ?mbito social, pol?tico e institucional, crezcan la comprensi?n y la estima rec?proca entre los pueblos y las culturas. Con estos deseos, invocando la intercesi?n de Mar?a Sant?sima Stella maris, env?o de coraz?n a todos la Bendici?n Apost?lica, de modo especial a los emigrantes y a los refugiados, as? como a cuantos trabajan en este importante ?mbito.

Castel Gandolfo, 27 de septiembre de 2010

BENEDICTUS PP. XVI

[?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:44  | Habla el Papa
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