Jueves, 11 de noviembre de 2010

Homil?a de monse?or Ra?l Martorell, obispo de Puerto Iguaz?, para el 30? domingo durante el a?o (24 de octubre de 2010). (AICA)

SE?OR, ESCUCHA NUESTRA ORACI?N Y L?BRANOS DE LA AFLICCI?N

En este domingo el libro del Eclesi?stico 35,12.16-18 nos ense?a que ?los gritos del pobre atraviesan las nubes? obtienen la gracia de Dios y que tambi?n que Dios ?pagar? a cada uno seg?n sus acciones?. Este es el centro de la liturgia dominical. El hombre debe hacer obras buenas y ofrecer a Dios sacrificios, pero esto no le da derechos ante Dios. ?l examina el coraz?n de aquel que lo invoca con confianza, esperanza y amor. ?Dios escucha al que sirve de buen grado La primera lectura es un elogio a la Justicia de Dios que no se fija en el rostro de nadie ni es parcial con ninguno, sino que escucha la oraci?n del pobre, del indefenso, del hu?rfano y de la viuda. Es un elogio tambi?n a la oraci?n del humilde que conoce sus l?mites y recurre a Dios en su necesidad de auxilio y de salvaci?n. Esta es la oraci?n que atraviesa las nubes y obtienen la gracia y la justicia divina.

Es una introducci?n maravillosa a la par?bola del fariseo y el publicano que fueron al Templo para orar (Lc.18, 9-14). All? Jes?s compara y confronta la oraci?n de ambos. Sus actitudes y sus comportamientos son distintos y opuestos. Para el fariseo la oraci?n es un simple pretexto para jactarse de su justicia a expensas de los pobres a los que ?l ayuda: ?Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los dem?s: ladrones, injustos y ad?lteros, ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Este fariseo se siente sin pecado, cumplidor de la ley. Es arrogante, juzga, critica, difama y condena a los dem?s. ?Qui?n m?s digno que ?l para recibir la gracia como recompensa por su justicia? Pero su coraz?n est? lejos de Dios porque est? lleno de soberbia y de desprecio por el pr?jimo: ?yo no soy como los dem?s?.

Por el contrario, el publicano -al fondo del Templo- se confiesa pecador e indigno y quiz? con raz?n porque su conducta no es conforme a la Ley de Dios. El no es un cumplidor de la Ley, sin embargo est? arrepentido, reconoce su miseria moral y se da cuenta de que es indigno del favor de Dios. Dice el evangelio: ?no se atrev?a a levantar sus ojos al cielo, s?lo se golpeaba el pecho diciendo: ??Oh Dios, ten compasi?n de este pecador? (Ib. 13). La conclusi?n de la par?bola nos desconcierta: el fariseo sali? del templo sin justificaci?n y el publicano sali? justificado. Esto no quiere decir que Dios prefiera al libertino, pecador o estafador antes que al hombre honesto; sino que prefiere la humildad del hombre arrepentido, de aquel que reconoce la verdad de su situaci?n y que no cree que tener frente a Dios derechos, como cree el Fariseo. El publicano desde su realidad se abre a Dios con confianza y pone su esperanza en ?l. Adem?s el mismo Jes?s nos ense?a que todo el que se humilla ser? enaltecido y todo el que se enaltece ser? humillado. En realidad los dos ten?an raz?n para humillarse, pues ?qui?n puede decir que es justo y perfecto delante de Dios?

De alguna manera -como estos dos personajes- todos los cristianos tenemos suficientes motivos para humillarnos y pedir perd?n. No somos perfectos en el cumplimiento del mandato del ?amor al pr?jimo?, no siempre somos justos ni ayudamos a la viuda ni al hu?rfano, no siempre trabajamos por la verdad del ser humano o por el valor de la vida humana. Muchas veces somos ego?stas y cerrados en nosotros mismos, sin tener en cuenta al hermano necesitado. Es entonces que tenemos necesidad de reconocer nuestras faltas y de arrepentirnos de ellas y pedir al Se?or de la Misericordia su perd?n y su gracia para no pecar y ser fieles seguidores del evangelio.

San Pablo, en la segunda lectura de este domingo, reconoce haber corrido hasta la meta, haber mantenido la fe. Reconoce el bien realizado, pero con un esp?ritu diferente. Afirma que el Se?or? dar? ?la corona merecida? no solamente a ?l sino a todos los que aguarden con amor su venida. En lugar de jactarse del bien realizado, confiesa que es Dios quien le ha sostenido y dado fuerzas. Lejos de contar con sus m?ritos, conf?a en Dios para ser salvado y le da por ello gracias: ?El Se?or seguir? libr?ndome de todo mal, me salvar? y me llevar? a su reino del cielo. ?A ?l la gloria por los siglos de los siglos! Am?n?.

Que la Virgen, Madre del Amor, nos ense?e a orar por las dificultades de este tiempo y nos ayude a ser servidores de Jes?s y seguidores fieles del Evangelio.?

Mons. Marcelo Ra?l Martorell, obispo de Puerto Iguaz??


Publicado por verdenaranja @ 23:04  | Homil?as
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