Viernes, 19 de noviembre de 2010

Ponencia de monse?or Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata, en el panel inagural del III Congreso de Constructores del Bien Com?n, que el autor comparti? junto a las senadoras nacionesl Josefina Meabe -Corrientes- y Liliana Negre de Alonso -San Luis- (Facultad de Derecho de la UBA, Buenos Aires, 22 de octubre de 2010). (AICA)

IGLESIA Y SOCIEDAD EN TIEMPOS DE LAICISMO Y RELATIVISMO

Quiero agradecer al Dr. Guillermo Cartasso, presidente de la Fundaci?n Latina, la invitaci?n a participar de este panel inaugural del III Congreso de Constructores del Bien Com?n, que se propone discernir algunas ?Claves para comprender la cultura contempor?nea?.?

1. CIENCIA, RELIGI?N Y MORAL?

Puedo comenzar mi exposici?n con una pregunta ret?rica: ?qui?n de nosotros podr? negar los beneficios aportados a la humanidad por el proyecto cultural que iniciado en el siglo XVII, con el auge de la ciencia emp?rica y el racionalismo de la edad moderna, se prolonga en la Ilustraci?n del siglo XVIII y en la revoluci?n industrial y tecnol?gica que llega hasta nuestros d?as??

Nuestra capacidad para el asombro se va difuminando ante el ritmo imparable de los adelantos que la ciencia y la t?cnica no cesan de aportar. Cada d?a vamos incorporando novedades y recursos de los cuales nos beneficiamos y que van cambiando nuestros h?bitos y el modo de solucionar problemas o alcanzar objetivos.?

Por ilustrar con sencillez lo que decimos, baste pensar que en materia de telefon?a como de inform?tica, aparatos o equipos que superen los cinco a?os, comienzan a parecernos piezas de museo.?

El optimismo en el poder de la raz?n para conocer la Naturaleza y sus leyes, y alcanzar as? un dominio efectivo sobre ella, ha sido un rasgo inconfundible que ha caracterizado este movimiento cultural. El conocimiento cient?fico y el dominio tecnol?gico del mundo pasaron a ser la tarea cultural por excelencia. Lo que sabe la ciencia, lo puede la t?cnica. Surgieron as? la revoluci?n industrial y la revoluci?n tecnol?gica, las conquistas sociales, las transformaciones pol?ticas y econ?micas, y los reclamos por los derechos de los individuos.?

Dentro de este cuadro, sin embargo, se perfila un rasgo inquietante, cuando descubrimos que la racionalidad pr?cticamente qued? identificada con la ciencia y desde entonces tiende a desvincularse m?s y m?s de la moral y de la religi?n.?

Esta ?ltima queda, seg?n esta mentalidad, relegada al interior de los templos o de las conciencias, pero no encuentra lugar en la vida p?blica, que es considerada como el campo donde tiene vigencia la sola raz?n, la cual juzga a la fe religiosa como irracional, y como una amenaza para la igualdad y la libertad.?

En los pa?ses occidentales, una minor?a muy influyente, ejerce fuerte presi?n para quitar los s?mbolos religiosos de las instituciones civiles y de los espacios p?blicos. En nuestro medio o?mos argumentar contra la presencia del crucifijo sea en el ?mbito de la magistratura, sea en el escudo de la ciudad de Buenos Aires, o bien se ha llegado a proponer el retiro de los restos del general San Mart?n de la Catedral de Buenos Aires.??

En cuanto a la moral, ?sta es considerada como resultado de una construcci?n cultural, relativa a una ?poca y esencialmente cambiante. De este modo, los innegables beneficios aportados por la modernidad, a trav?s de los adelantos cient?ficos y t?cnicos, quedan privados de una regulaci?n proveniente de los principios de una ?tica objetiva. Los deseos se convierten en derechos. Todo lo que es t?cnicamente posible, podr? ser tambi?n social y jur?dicamente aceptable, m?s all? de las costumbres establecidas, o de pretendidas exigencias morales, o de las ense?anzas de cualquier religi?n.?

Un solo ejemplo bastar? para dar concreci?n a cuanto venimos diciendo, respecto de esta desvinculaci?n entre ciencia y moral. Por recurso a la biotecnolog?a, el mundo actual conoce el fen?meno de bancos de embriones congelados, en espera de saber qu? hacer con ellos; al mismo tiempo, otros son descartados. Esto mismo se vincula con el mercado de compra y venta de ovocitos; o bien el caso de abuelas que gestan en su vientre a un nieto concebido por la fecundaci?n de un ?vulo de su hija, fecundaci?n que, a su vez, pudo ser hom?loga, con semen de su esposo, o heter?loga, con donante an?nimo. La casu?stica en la materia se vuelve cada vez m?s compleja.?

2. PROGRESO DE LA RACIONALIDAD Y RETROCESO DEL SENTIDO?

Varias d?cadas atr?s, el fil?sofo Paul Ricoeur escrib?a unas reflexiones que siguen teniendo plena vigencia, y que ahora me complazco en citar:?

Comprender nuestro tiempo es poner juntos en relaci?n directa los dos fen?menos: el progreso de la racionalidad y lo que yo llamar?a de buena gana el retroceso del sentido? Estamos tocando aqu? el car?cter de insignificancia que afecta a un proyecto simplemente instrumental. Al entrar en el mundo de la planificaci?n y de la perspectiva desarrollamos una inteligencia de los medios, una inteligencia de la instrumentalidad ?all? es donde verdaderamente hay progreso?, pero al mismo tiempo asistimos a una especie de difuminaci?n o disoluci?n de los fines. La falta cada vez mayor de fines en una sociedad que aumenta sus medios es sin duda la fuente m?s profunda de nuestro descontento. En el momento en que proliferan lo manejable y lo disponible, a medida que se satisfacen las necesidades elementales de comida, de vivienda, de ocio, entramos en el mundo del capricho, de la arbitrariedad, en eso que podr?amos llamar el mundo del gesto cualquiera. Descubrimos que lo que m?s le falta a los hombres es la justicia, ciertamente, el amor, sin duda alguna, pero m?s a?n la significaci?n. La insignificancia del trabajo, la insignificancia del ocio, la insignificancia de la sexualidad, esos son los problemas en los que acabamos desembocando .?

3. LOS VALORES Y SU FUNDAMENTO?

Si por un lado la ciencia y la t?cnica buscan emanciparse de toda limitaci?n externa, y reivindican una libertad irrestricta y no condicionada, por otro, la cultura actual nos ha acostumbrado a hablar de los valores. Afirmamos la libertad como un supremo valor. Tambi?n hablamos de los derechos humanos, y aspiramos a una justicia social que remedie la exclusi?n de quienes no acceden a la educaci?n, al sistema de salud, ni gozan de alimentaci?n o de vivienda adecuadas. Nos interesamos por la defensa del medio ambiente, nos preocupa la difusi?n de la droga, y clamamos por la seguridad personal de los ciudadanos. Nos referimos a todas estas realidades consider?ndolas valores.?

Es aqu? donde podemos detectar una incoherencia conceptual en nuestra cultura globalizada. Por un lado, la reivindicaci?n de una autonom?a absoluta que privilegia la libre decisi?n de las personas, y declara relativas y cambiantes las normas morales que antes eran consideradas absolutas. Esas normas no ser?an m?s que pautas culturales, relativas a un tiempo y una geograf?a. Por otro lado, nos encontramos con la necesidad sentida de promover valores, sin los cuales la vida social se experimenta como inhumana.?

?Pero qu? son los valores para una cultura marcada por un relativismo ?tico y que no admite ninguna norma o compromiso previo a nuestra propia y libre decisi?n? Aqu? el relativismo moral se vale de una explicaci?n constructivista, que se ve reflejada, a modo de ejemplo, en programas y textos redactados por el Ministerio de Educaci?n de la Naci?n, en los conocidos Cuadernos de Educaci?n Sexual Integral.?

Es claro que, si todo es relativo y no existen verdades objetivas de validez universal, y si cada individuo act?a seg?n su propia subjetividad, pronto la convivencia social se convertir?a en un caos y reinar?a la anarqu?a. El culto a un polite?smo de los valores volver?a irrespirable la vida en com?n.?

Para ello, la base de sustentaci?n de los valores no se buscar? ya en el derecho natural sino en el consenso de la mayor?a de la sociedad. No son una realidad previa, en armon?a con la naturaleza del hombre, que descubrimos mediante nuestra inteligencia, sino que resultan de nuestros deseos subjetivos, son reconocidos por el consenso de voluntades y quedan sancionados por las leyes. Esto equivale a decir que son una construcci?n cultural.?

La tr?gica historia de los totalitarismos del siglo XX, puede ayudarnos a reconocer los l?mites de la sola raz?n que se postula como autosuficiente y se cierra a la trascendencia, negando a la religi?n todo espacio en la vida p?blica.?

El marxismo, en su concreci?n hist?rica del comunismo sovi?tico, pretendi? fundar cient?ficamente la transformaci?n de la sociedad. Pero la esperanza puesta en una escatolog?a intramundana, donde los deseos del hombre quedar?an satisfechos, se ha desmoronado hace m?s de veinte a?os, con los acontecimientos del a?o 1989 y la ca?da del muro de Berl?n. En lugar del para?so terrestre prometido, el mundo conoci? la cruda realidad de los Gulags y el fracaso de un sistema que cay? por su propio peso.?

Cuando o?mos hablar del consenso social como sustento de los valores, deber?amos recordar la fragilidad manifiesta de esta base de sustentaci?n. El triunfo del r?gimen nacionalsocialista en Alemania ?no ha surgido acaso del consenso popular? La barbarie del r?gimen nazi deber?a alertarnos acerca de la base de sustentaci?n que se busca para los valores. Hay consensos que conducen a la negaci?n m?s estridente de la dignidad humana. Hay consensos para el mal.?

4. LA DICTADURA DEL RELATIVISMO??

La Ilustraci?n hab?a encendido una esperanza casi ilimitada en la capacidad de la sola raz?n. Tend?a como ideal a la liberaci?n del hombre por la raz?n cient?fica y la praxis cient?ficamente fundada y pod?a prescindir de la religi?n en la esfera p?blica. Los acontecimientos b?licos del siglo XX y la experiencia de los totalitarismos contribuyeron a introducir un aire de escepticismo en los ideales racionalistas de la Ilustraci?n. Nace la era posmoderna.?

La atm?sfera cultural se fue ti?endo de un escepticismo absoluto, de un nihilismo o bien de un relativismo total. La televisi?n, en primer lugar, junto con la radio y el periodismo gr?fico, constituyen la c?tedra cotidiana donde esta mentalidad relativista se difunde de m?ltiples maneras. O?mos hablar de ?mi verdad?, ?tu verdad?, ?su verdad?. En cuestiones morales, se evita hablar de ?la verdad?.?

Imposible hablar de verdades y derechos absolutos. Ni siquiera es absoluto el derecho a la vida del ni?o por nacer, del cual se negar? su condici?n de persona.?

Pero este relativismo ?tico es, a su vez, un absoluto. Todo es relativo menos el dogma relativista, al cual se lo considera como el fundamento de la tolerancia, del di?logo, de la libertad de expresi?n, valores todos estos que posibilitan la democracia. De este modo, el principio relativista aparece como el fundamento filos?fico y la condici?n de existencia de la democracia.?

En efecto, ?qui?n podr? tener la pretensi?n de poseer toda la verdad y todas las respuestas al buscar caminos de soluci?n ante las circunstancias variables de la econom?a, de la salud p?blica, de la seguridad social y todo lo que implica la vida pol?tica? En una sociedad democr?tica, s?lo podemos pensar en propuestas a modo de soluciones provisorias, como fragmentos de un esfuerzo hacia lo mejor. Cabe admitir un pluralismo de posiciones que se conciben como relativas y siempre abiertas a modificaciones.?

Un cierto relativismo, por tanto, puede ser expresi?n de un sano realismo en el ?mbito de la vida pol?tica, pues no podemos hablar de una ?nica opini?n pol?tica correcta, si no queremos caer en el totalitarismo. En el campo sociopol?tico, terreno de las decisiones prudenciales, un relativismo, as? entendido, podr?amos considerarlo aceptable.?

La presentaci?n que hacemos nos conduce al planteo de la pregunta inevitable: ?cu?les son los l?mites del relativismo? ?No hay acaso valores que est?n en otro orden? ?No hay ?valores no negociables?? Debemos precavernos para no caer en un relativismo absoluto, porque hay cosas que son moralmente malas y lo son intr?nsecamente, y nunca se convertir?n en buenas por ninguna circunstancia o finalidad intentada, como por ejemplo matar a un ser inocente en el seno de su madre; o imponer al ni?o y al joven una ense?anza que contradice los principios morales de sus padres, negando as? el derecho inalienable a la patria potestad; o bien, llamar matrimonio a una realidad que no lo es.?

5. IGLESIA Y SOCIEDAD, AUTONOM?A Y COLABORACI?N?

Si tom?ramos en serio la propuesta de erradicar los s?mbolos religiosos de las instituciones civiles y de los espacios p?blicos, esto nos llevar?a muy lejos. La aplicaci?n coherente y sistem?tica de este principio impulsado por una minor?a, parece creer que en la organizaci?n de la sociedad se puede ignorar su pasado y su identidad hist?rica y cultural. Esto equivaldr?a a pretender fundar nuevamente la patria sobre fundamentos diversos de los ya puestos. Ser?a preciso cambiar el pre?mbulo de la Constituci?n Nacional donde invocamos a Dios como ?fuente de toda raz?n y justicia?. Habr?a tambi?n que eliminar el art?culo 2 de la misma, conforme al cual la Iglesia Cat?lica es considerada como una instituci?n de derecho p?blico.?

Deber?amos notar que seg?n la misma l?nea argumentativa, que ve en los s?mbolos religiosos una amenaza para la democracia y la libertad, deber?amos entonces cambiar los nombres de innumerables ciudades, provincias y calles que llevan la marca de lo cristiano y cat?lico. Por no hablar de los resabios del lenguaje b?blico que han quedado impresos en las lenguas romances y en la lengua castellana en que nos expresamos, y que ser?a largo ilustrar.?

Subyace en esta postura el temor de una indebida injerencia de la autoridad eclesi?stica en las instituciones civiles de la Rep?blica. La tensi?n no es de ahora. Pero una mirada serena y objetiva sobre la historia de la cultura occidental, nos llevar?a a descubrir que es precisamente el cristianismo la fuerza espiritual que ha llevado a distinguir, sin oponer, el ?mbito del poder espiritual y el ?mbito del poder pol?tico. ?Dad al C?sar lo que es del C?sar, y a Dios lo que es de Dios? (Mt 22,21). Rectamente entendida la laicidad del Estado se origina con la fe cristiana. Otra cosa distinta es el laicismo, que intenta marginar a Dios de la vida p?blica.?

En su reciente visita a Gran Breta?a, el Papa Benedicto XVI, pronunci? un memorable discurso en Westminster Hall, la hist?rica sede del Parlamento. Resultan muy al caso sus palabras, con las cuales deseo concluir este modesto aporte:?

?Qu? exigencias pueden imponer los gobiernos a los ciudadanos de manera razonable? Y ?qu? alcance pueden tener? ?En nombre de qu? autoridad pueden resolverse los dilemas morales? Estas cuestiones nos conducen directamente a la fundamentaci?n ?tica de la vida civil. Si los principios ?ticos que sostienen el proceso democr?tico no se rigen por nada m?s s?lido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente fr?gil. Aqu? reside el verdadero desaf?o para la democracia (?).

La tradici?n cat?lica mantiene que las normas objetivas para una acci?n justa de gobierno son accesibles a la raz?n, prescindiendo del contenido de la revelaci?n. En este sentido, el papel de la religi?n en el debate pol?tico no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos a?n proponer soluciones pol?ticas concretas, algo que est? totalmente fuera de la competencia de la religi?n. Su papel consiste m?s bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicaci?n de la raz?n al descubrimiento de principios morales objetivos. Este papel ?corrector? de la religi?n respecto a la raz?n no siempre ha sido bienvenido, en parte debido a expresiones deformadas de la religi?n, tales como el sectarismo y el fundamentalismo, que pueden ser percibidas como generadoras de serios problemas sociales. Y a su vez, dichas distorsiones de la religi?n surgen cuando se presta una atenci?n insuficiente al papel purificador y vertebrador de la raz?n respecto a la religi?n. Se trata de un proceso en doble sentido. Sin la ayuda correctora de la religi?n, la raz?n puede ser tambi?n presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideolog?as o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideraci?n plena de la dignidad de la persona humana (?). Por eso deseo indicar que el mundo de la raz?n y el mundo de la fe -el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas- necesitan uno de otro y no deber?an tener miedo de entablar un di?logo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilizaci?n.

En otras palabras, la religi?n no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribuci?n vital al debate nacional .?

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata?

P.Ricoeur, Pr?visi?n ?conomique et choix ?tique, en Esprit 346(1966)188-189. Citado seg?n B.Sesbo??, Jesucristo, el ?nico Mediador I. Salamanca, Secret. Trinitario, 1990, p.31. Benedicto XVI, Discurso en Westminster Hall, 17 de septiembre de 2010. Fuente ZENIT.org?


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