S?bado, 20 de noviembre de 2010

ZENIT? nos ofrece el mensaje que el Papa envi? al arzobispo de Mil?n, el cardenal Dionigi Tettamanzi, con motivo de la celebraci?n del IV centenario de la canonizaci?n de san Carlos Borromeo, hecho p?blico el jueves, 4 de Noviembre?de 2010, ?por la Oficina de Informaci?n de la Santa Sede.

Al venerado Hermano
Cardenal DIONIGI TETTAMANZI
Arzobispo de Mil?n

Lumen caritatis. La luz de la caridad de san Carlos Borromeo ha iluminado a toda la Iglesia y, renovando los prodigios del amor de Cristo, nuestro Sumo y Eterno Pastor, ha tra?do nueva vida y nueva juventud al reba?o de Dios, que atravesaba tiempos dolorosos y dif?ciles. Por eso me uno de todo coraz?n a la alegr?a de la Arquidi?cesis ambrosiana al conmemorar el cuarto centenario de la canonizaci?n de este gran Pastor, acaecida el 1 de noviembre de 1610.

1. La ?poca en la que vivi? Carlos Borromeo fue tambi?n delicada para la Cristiandad. En ella el Arzobispo de Mil?n dio un ejemplo espl?ndido de lo que significa trabajar por la reforma de la Iglesia. Muchos eran los des?rdenes por sancionar, muchos los errores por corregir, muchas las estructuras por renovar; y sin embargo san Carlos hizo todo lo posible por una profunda reforma de la Iglesia, empezando por su propia vida. Es consigo mismo, de hecho, como el joven Borromeo promueve la primera y m?s radical obra de renovaci?n. Su carrera hab?a empezado de una manera prometedora seg?n los c?nones del momento: para el hijo peque?o de la noble familia Borromeo se proyectaba un futuro de bienestar y de ?xito, una vida eclesi?stica rica en honores, pero privada de tareas ministeriales; a ello se a?ad?a tambi?n la posibilidad de asumir la gu?a de la familia tras la muerte imprevista del hermano Federico.

Sin embargo, Carlos Borromeo, iluminado por la Gracia, estuvo atento a la llamada con la que el Se?or lo atra?a para s? y lo quer?a consagrar al servicio de su pueblo. As? fue capaz de obrar un cambio radical y heroico de los estilos de vida caracter?sticos de su dignidad mundana y de dedicarse por entero al servicio de Dios y de la Iglesia. En tiempos oscurecidos por numerosas pruebas para la Comunidad cristiana, con divisiones y confusiones doctrinales, con el empa?amiento de la pureza de la fe y de las costumbres y con el mal ejemplo de varios ministros sagrados, Carlos Borromeo no se limit? a deplorar o a condenar, ni simplemente a auspiciar el cambio en los dem?s, sino que empez? a reformar su propia vida, que, una vez abandonadas las riquezas y las comodidades, se llen? de oraci?n, de penitencia y de dedicaci?n amorosa a su pueblo. San Carlos vivi? de manera heroica las virtudes evang?licas de la pobreza, la humildad y la castidad, en un continuo camino de purificaci?n asc?tica y de perfecci?n cristiana.

?l era consciente de que una reforma seria y cre?ble deb?a empezar precisamente por los Pastores, para que tuviera efectos beneficiosos y duraderos en todos el Pueblo de Dios. En esa acci?n de reforma supo recurrir a las fuentes tradicionales y siempre vivas de la santidad de la Iglesia cat?lica: la centralidad de la Eucarist?a, en la que reconoc?a y propon?a de nuevo la presencia adorable del Se?or Jes?s y de su Sacrificio de amor por nuestra salvaci?n; la espiritualidad de la Cruz, como fuerza renovadora, capaz de inspirar el ejercicio cotidiano de las virtudes evang?licas; la frecuencia asidua de los Sacramentos, en los que acoger con fe la acci?n misma de Cristo que salva y purifica a su Iglesia; la Palabra de Dios, meditada, le?da e interpretada en el cauce de la Tradici?n; el amor y la devoci?n al Sumo Pont?fice, en la obediencia pronta y filial a sus indicaciones, como garant?a de verdadera y plena comuni?n eclesial.

De su vida santa y conformada cada vez m?s a Cristo nace tambi?n la extraordinaria obra de reforma que san Carlos realiz? en las estructuras de la Iglesia, en total fidelidad al mandato del Concilio de Trento. Admirable fue su obra de gu?a del Pueblo de Dios, de meticuloso legislador, de genial organizador. Todo esto, sin embargo, sacaba fuerza y fecundidad del compromiso personal de penitencia y de santidad. En todas las ?pocas, de hecho, es ?sta la exigencia primera y m?s urgente en la Iglesia: que cada uno de sus miembros se convierta a Dios. Tampoco le faltan en nuestros d?as a la Comunidad eclesial pruebas ni sufrimientos, y ella se muestra necesitada de purificaci?n y de reforma. Que el ejemplo de san Carlos nos impulse a empezar siempre desde un serio compromiso de conversi?n personal y comunitaria, a transformar los corazones, creyendo con firme certeza en el poder de la oraci?n y de la penitencia. Aliento particularmente a los ministros sagrados, presb?teros y di?conos, a hacer de su vida un valiente camino de santidad, a no temer la exaltaci?n de ese amor confiado en Cristo por el que el Obispo Carlos estuvo dispuesto a olvidarse a s? mismo y a dejarlo todo. Queridos hermanos en el ministerio, ?que la Iglesia ambrosiana pueda encontrar siempre en vosotros una fe limpia y una vida sobria y pura, que renueven el ardor apost?lico que perteneci? a san Ambrosio, a san Carlos y a tantos santos Pastores vuestros!

2. Durante el episcopado de san Carlos, toda su vasta Di?cesis se sinti? contagiada por una corriente de santidad que se propag? a todo el pueblo. ?C?mo este Obispo, tan exigente y riguroso, logr? fascinar y conquistar al pueblo cristiano? Es f?cil responder: san Carlos lo ilumin? y lo arrastr? con el ardor de su caridad. ?Deus caritas est?, y donde existe la experiencia viva del amor, se revela el rostro profundo de Dios que nos atrae y nos hace suyos.

La de san Carlos Borromeo fue sobre todo la caridad del Buen Pastor, que est? dispuesto a dar totalmente su vida por el reba?o confiado a su cuidado, anteponiendo las exigencias y los deberes del ministerio a cualquier forma de inter?s personal, comodidad o ventaja. As? el Arzobispo de Mil?n, fiel a las indicaciones tridentinas, visit? varias veces la inmensa Di?cesis hasta los lugares m?s remotos, cuid? de su pueblo nutri?ndolo continuamente con los Sacramentos y con la Palabra de Dios, mediante una rica y eficaz predicaci?n; nunca tuvo miedo de afrontar adversidades ni peligros para defender la fe de los sencillos y los derechos de los pobres.

San Carlos fue reconocido, luego, como verdadero padre amoroso de los pobres. La caridad le empuj? a despojarse de su casa misma y a dar sus mismos bienes para proveer a los indigentes, para sostener a los hambrientos, para vestir y confortar a los enfermos. Fund? instituciones encaminadas a la asistencia y a la recuperaci?n de las personas necesitadas; pero su caridad con los pobres y los que sufren brill? de manera extraordinaria durante la peste del 1576, cuando el santo Arzobispo quiso permanecer en medio de su pueblo, para alentarlo, para servirlo y para defenderlo con las armas de la oraci?n, de la penitencia y del amor.

La caridad, adem?s, empuj? al Borromeo a hacerse educador aut?ntico e ingenioso. Lo fue para su pueblo con las escuelas de la doctrina cristiana. Lo fue para el clero con la instituci?n de los seminarios. Lo fue para los ni?os y los j?venes con particulares iniciativas dirigidas a ellos y con el aliento para fundar congregaciones religiosas y cofrad?as laicales dedicadas a la formaci?n de la infancia y de la juventud.

La caridad siempre fue la motivaci?n profunda de la dureza con la que san Carlos viv?a el ayuno, la penitencia y la mortificaci?n. Para el santo Obispo no se trataba s?lo de pr?cticas asc?ticas dirigidas a la propia perfecci?n espiritual, sino de un verdadero instrumento de ministerio para expiar las culpas, invocar la conversi?n de los pecadores e interceder por las necesidades de sus hijos.

En toda su existencia podemos por tanto contemplar la luz de la caridad evang?lica, la caridad paciente y fuerte que ?todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta? (1Cor 13,7). Doy gracias a Dios porque la Iglesia de Mil?n ha sido siempre rica en vocaciones particularmente consagradas a la caridad; alabo al Se?or por los espl?ndidos frutos de amor a los pobres, de servicio a los que sufren y de atenci?n a los j?venes de los que puede estar orgullosa. Que el ejemplo y la oraci?n de san Carlos os conceda ser fieles a esta herencia, de manera que cada bautizado sepa vivir en la sociedad de hoy esa profec?a fascinante que es, en toda ?poca, la caridad de Cristo viviente en nosotros.

3. No se podr?a comprender, sin embargo, la caridad de san Carlos Borromeo si no se conoce su relaci?n de amor apasionado con el Se?or Jes?s. Este amor ?l lo contempl? en los santos misterios de la Eucarist?a y de la Cruz, venerados en uni?n muy estrecha con el misterio de la Iglesia. La Eucarist?a y el Crucifijo sumergieron a san Carlos en la caridad de Cristo, y ?sta transfigur? y encendi? de ardor toda su vida, llen? las noches pasadas en oraci?n, anim? toda su acci?n, inspir? la solemnes liturgias celebradas con el pueblo, conmovi? su fino ?nimo hasta llevarlo a menudo a las l?grimas.

La mirada contemplativa al santo Misterio del Altar y al Crucifijo despertaba en ?l sentimientos de compasi?n por las miserias de los hombres y encend?a en su coraz?n el celo apost?lico de llevar a todos el anuncio evang?lico. Por otra parte, sabemos bien que no hay misi?n en la Iglesia que no se derive del ?permanecer? en el amor del Se?or Jes?s, que se nos ha hecho presente en el Sacrificio eucar?stico. ?Entremos en la escuela de este gran Misterio! Hagamos de la Eucarist?a el verdadero centro de nuestras comunidades y dej?monos educar y plasmar por este abismo de caridad! ?Toda obra apost?lica y caritativa tomar? vigor y fecundidad de esta fuente!

4. La espl?ndida figura de san Carlos me sugiere una ?ltima reflexi?n dirigida, en particular, a los j?venes. La historia de este gran Obispo, de hecho, est? toda decidida por algunos valientes ?s? pronunciados cuando todav?a era muy joven. Con s?lo 24 a?os tom? la decisi?n de renunciar a guiar a la familia para responder con generosidad a la llamada del Se?or; al a?o siguiente recibi? como una verdadera misi?n divina la ordenaci?n sacerdotal y la episcopal. A los 27 a?os tom? posesi?n de la Di?cesis ambrosiana y se dedic? por entero al ministerio pastoral. En los a?os de su juventud, san Carlos comprendi? que la santidad era posible y que la conversi?n de su vida pod?a vencer a cualquier h?bito adverso. As? ?l hizo de su juventud un don de amor a Cristo y a la Iglesia, convirti?ndose en un gigante de la santidad de todos los tiempos.

Queridos j?venes, dejad que os renueve esta llamada que llevo en el coraz?n: Dios os quiere santos, porque os conoce en lo profundo y os ama con un amor que supera toda comprensi?n humana. Dios sabe lo que hay en vuestro coraz?n y espera ver florecer y fructificar ese don maravilloso que ha puesto en vosotros. Como san Carlos, tambi?n vosotros pod?is hacer de vuestra juventud una ofrenda a Cristo y a los hermanos. Como ?l, pod?is decidir, en esta etapa de vuestra vida, ?apostar? por Dios y por el Evangelio. Vosotros, queridos j?venes, no sois s?lo la esperanza de la Iglesia; ?vosotros ya form?is parte de su presente! Y si ten?is la audacia de creer en la santidad, ser?is el tesoro m?s grande de vuestra Iglesia ambrosiana, que se ha edificado sobre Santos.

Con alegr?a Le conf?o, venerado Hermano, estas reflexiones, y, mientras invoco la celeste intercesi?n de san Carlos Borromeo y la constante protecci?n de Mar?a Sant?sima, de coraz?n Le imparto a Usted y a toda la Arquidi?cesis una especial Bendici?n Apost?lica.

En el Vaticano, 1 de noviembre de 2010, IV Centenario de la Canonizaci?n de san Carlos Borromeo.

BENEDICTUS PP. XVI

[Traducci?n del original italiano por Patricia Navas
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:52
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