Domingo, 21 de noviembre de 2010

ZENIT? nos ofrece?la homil?a que el Papa Benedicto XVI pronunci? hoy en la Misa de sufragio por los cardenales y obispos muertos durante este a?o, en el Altar de la C?tedra de la Bas?lica de San Pedro.

Se?ores cardenales,
queridos hermanos y hermanas,

?Si hab?is resucitado con Cristo, buscad las cosas de all? arriba?. Las palabras que hemos escuchado hace poco en la segunda lectura (Col 3,1-4) nos invitan a elevar la mirada a las realidades celestes. De hecho, con la expresi?n ?las cosas de arriba? san Pablo entiende el Cielo, porque a?ade: ?donde se encuentra Cristo sentado a la derecha de Dios?. El Ap?stol pretende referirse a la condici?n de los creyentes, de aquellos que est?n ?muertos? al pecado y cuya vida ?est? escondida con Dios en Cristo?. Estos son llamados a vivir diariamente en el se?or?o de Cristo, principio y cumplimiento de cada una de sus acciones, dando testimonio la vida nueva que les fue dada en el Bautismo. Esta renovaci?n en Cristo tiene lugar en lo ?ntimo de la persona: mientras continua la lucha contra el pecado, es posible progresar en la virtud, intentando dar una respuesta plena y dispuesta a la Gracia de Dios.

Como ant?tesis, el Ap?stol se?ala despu?s a ?las cosas de la tierra?, poniendo de manifiesto as? que la vida en Cristo comporta una ?elecci?n de campo?, una renuncia radical a todo aquello que ? como lastre ? tiene atado al hombre a la tierra, corrompiendo su alma. La b?squeda de las ?cosas de arriba? no quiere decir que el cristiano tenga que descuidar sus propias obligaciones y deberes terrenos, s?lo que no debe extraviarse en ellos, como si tuvieran un valor definitivo. El recuerdo de las realidades del Cielo es una invitaci?n a reconocer la relatividad de lo que est? destinado a pasar, frente a esos valores que no conocen el deterioro del tiempo. Se trata de trabajar, de comprometerse, de concederse el justo descanso, pero con el sereno desapego de quien sabe que es s?lo un viandante en camino hacia la Patria celeste; un peregrino; en un cierto sentido, un extranjero hacia la eternidad.

A este fin ?ltimo han llegado ya los llorados cardenales Peter Seiichi Shirayanagi, Cahal Brendan Daly, Armand Ga?tan Razafindratandra, Thom? ?pidlik, Paul Augustin Mayer, Luigi Poggi; como tambi?n los numerosos arzobispos y obispos que nos han dejado en el transcurso de este ?ltimo a?o. Queremos recordarles con sentimientos de afecto, dando gracias a Dios por sus dones distribuidos a la Iglesia precisamente a trav?s de estos Hermanos nuestros que nos han precedido en el signo de la fe y ahora duermen el sue?o de la paz. Nuestro agradecimiento se convierte en oraci?n de sufragio por ellos, para que el Se?or les acoja en la bienaventuranza del Para?so. Ofrecemos esta Santa Eucarist?a por sus almas elegidas, reuni?ndonos en torno al Altar, sobre el que se hace presente el Sacrificio que proclama la victoria de la Vida sobre a muerte, de la Gracia sobre el pecado, del Para?so sobre el infierno.

A estos venerados Hermanos nuestros queremos recordarles como Pastores celosos, cuyo ministerio estuvo siempre marcado por el horizonte escatol?gico que anima la esperanza en la felicidad sin sombras que se nos ha prometido despu?s de esta vida; como testigos del Evangelio llamados a vivir las ?cosas de arriba?, que son fruto del Esp?ritu: ?amor, alegr?a, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de si? (Gal5,22); como cristianos y Pastores animados por fe profunda, por el vivo deseo de conformarse a Jes?s y de adherirse ?ntimamente a su Persona, contemplando incesantemente su rostro en la oraci?n. Por esto ellos pudieron pregustar la ?vida eterna?, de la que habla la p?gina del Evangelio de hoy (Jn 3,13-17) y que Cristo mismo prometi? a ?el que crea en ?l?. La expresi?n ?vida eterna?, de hecho, designa el don divino concedido a la humanidad: la comuni?n con Dios en este mundo y su plenitud en el futuro.

La vida eterna se nos abri? por el Misterio Pascual de Cristo y la fe es la v?a para alcanzarla. Es cuando se desprende de las palabras de Jes?s a Nicodemo y recogidas por el evangelista Juan: ?De la misma manera que Mois?s levant? en alto la serpiente en el desierto, tambi?n es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en ?l tengan Vida eterna? (Jn 3,14-15). Aqu? est? la referencia expl?cita al episodio narrado en el libro de los N?meros (21,1-9), que pone de relieve la fuerza salv?fica de la fe en la palabra divina. Durante el ?xodo, el pueblo hebreo se hab?a rebelado contra Mois?s y contra Dios, y fue castigado con la plaga de las serpientes venenosas. Mois?s pidi? perd?n, y Dios, aceptando el arrepentimiento de los israelitas, les orden?: ?Fabrica una serpiente abrasadora y col?cala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedar? curado?. Y as? sucedi?. Jes?s, en la conversaci?n con Nicodemo, revela el sentido m?s profundo de ese acontecimiento de salvaci?n, remiti?ndolo a su propia muerte y resurrecci?n: el Hijo del hombre debe ser levantado en el le?o de la Cruz para que quien crea en ?l tenga la vida. San Juan ve precisamente en el misterio de la Cruz el momento en el que se revela la gloria real de Jes?s, la gloria de un amor que se entrega totalmente en la pasi?n y muerte. As? la Cruz, parad?jicamente, de signo de condenaci?n, de muerte, de fracaso, se convierte en signo de redenci?n, de vida, de victoria, en el que, con mirada de fe, se pueden recoger los frutos de la salvaci?n.

Continuando el di?logo con Nicodemo, Jes?s profundiza ulteriormente el sentido salv?fico de la Cruz, revelando con cada vez mayor claridad que ?ste consiste en el inmenso amor de Dios y en el don del Hijo unig?nito: ?Tanto am? Dios al mundo que le entreg? a su Hijo unig?nito?. Esta es una de las palabras centrales del Evangelio. El sujeto es Dios Padre, origen de todo el misterio creador y redentor. Los verbos "amar" y "entregar" indican un acto decisivo y definitivo que expresa la radicalidad con que Dios se acerc? al hombre en el amor, hasta el don total, hasta el umbral de nuestra soledad ?ltima, arroj?ndose en el abismo de nuestro extremo abandono, atravesando la puerta de la muerte. El objeto y el beneficiario del amor divino es el mundo, es decir, la humanidad. Es una palabra que borra completamente la idea de un Dios lejano y extra?o al camino del hombre, y revela, m?s bien, su verdadero rostro: ?l nos entreg? a su Hijo por amor, para ser el Dios cercano, para hacernos sentir su presencia, para venir a nuestro encuentro y llevarnos en su amor, de manera que toda la vida sea animada por este amor divino. El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y entregar la vida. Dios no se adue?a, sino que ama sin medida. No manifiesta su omnipotencia en el castigo, sino en la misericordia y en el perd?n. Comprender todo esto significa entrar en el misterio de la salvaci?n: Jes?s vino para salvar y no para condenar; con el Sacrificio de la Cruz ?l revela el rostro de amor de Dios. Y precisamente por la fe en el amor sobreabundante que se nos ha dado en Cristo Jes?s, sabemos que incluso la m?s peque?a fuerza de amor es m?s grande que la mayor fuerza destructora y puede transformar el mundo, y por esta misma fe podemos tener una ?esperanza fiable?, en la vida eterna y en la resurrecci?n de la carne.

Queridos hermanos y hermanas, con las palabras de la primera lectura, tomada del libro de las Lamentaciones, pedimos que los cardenales, los arzobispos y los obispos, a quienes hoy recordamos, generosos servidores del Evangelio y de la Iglesia, puedan ahora conocer plenamente ?qu? bueno es el Se?or con quien espera en ?l, con el alma que le busca?y experimentar que ?porque en ?l se encuentra la misericordia y la redenci?n en abundancia? (Sal 129). Y nosotros, peregrinos en camino hacia la Jerusal?n celeste, esperamos en silencio, con firme esperanza, la salvaci?n del Se?or (cfr Lam 3,26), intentando caminar en el camino del bien, sostenidos por la gracia de Dios, recordando siempre que ?no tenemos aqu? una ciudad estable, sino que vamos en busca de la futura? (Hb?13,14). Am?n.

[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 19:18  | Habla el Papa
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