S?bado, 27 de noviembre de 2010

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de clausura del V? Encuentro Nacional de Docentes Universitarios Cat?licos (7 de noviembre de 2010). (AICA)

CRISTIANIZAR LA CULTURA MIRANDO A LA ETERNIDAD

La fe en la resurrecci?n de los muertos hab?a alcanzado ya una amplia difusi?n en el juda?smo contempor?neo de Jes?s; la sosten?an de manera un?nime los fariseos y probablemente tambi?n los esenios. Tal doctrina se desarroll? progresivamente ?en el largo per?odo de composici?n del Antiguo Testamento. La primera lectura de la liturgia de hoy nos ha presentado un bello testimonio del segundo Libro de los Macabeos (7, 1-2. 9-14), testimonio que es uno de los m?s claros de la Biblia pre-cristiana. Un joven m?rtir proclama en ese pasaje su convicci?n de que el Rey del universo lo resucitar? a una vida eterna; pone en Dios su esperanza y sabe que ?sta no quedar? defraudada.?

El evangelio que acabamos de escuchar registra una discusi?n de Jes?s con los saduceos sobre el tema de la resurrecci?n de los muertos. Los saduceos se reclutaban sobre todo en la casta sacerdotal; se aten?an al texto de las Escrituras, especialmente a la Tor?, y rechazaban los comentarios rab?nicos. Seg?n el historiador Flavio Josefo, negaban la soberan?a de la Providencia y hasta la intervenci?n de Dios en el mundo y en los asuntos humanos; no cre?an en la supervivencia de las almas, las cuales desaparecer?an con los cuerpos, y en consecuencia negaban las recompensas y las penas en el m?s all?. El Nuevo Testamento confirma en buena medida esa descripci?n de la primitiva teolog?a saducea; se le atribuye a la secta no admitir la resurrecci?n, ni la existencia de ?ngeles y demonios (cf. Lc. 20, 27; Hech. 23,8). Los saduceos eran gente acomodada, satisfechos de su suerte aqu? abajo, que no se preocupaban demasiado por escrutar los misterios del mundo futuro y se acantonaban en una especie de conformismo y de agnosticismo prudente. No se los encuentra ya despu?s de la destrucci?n del templo en el a?o 70, pero no hay que empe?arse mucho para reconocer contempor?neos nuestros ?aun sedicentes cristianos- que piensan o viven como saduceos.?

En la escena evang?lica (Lc. 20, 27-38) los objetores le plantean al Se?or un caso, para nosotros curioso, de aplicaci?n de la ley del levirato, por la cual un hombre deb?a casarse con la viuda de su hermano para suscitar descendencia a su linaje. Era ?sta una costumbre muy extendida en el Medio Oriente antiguo, que entr? a formar parte de la legislaci?n mosaica. Jes?s, en su respuesta, afirma que el matrimonio es una realidad del mundo presente y se orienta a asegurar la permanencia de la especie humana en el tiempo, cuando la existencia del hombre se encamina inexorablemente a la muerte. Pero las instituciones terrenas no se prolongar?n inmutables en el m?s all?. Los resucitados no pueden morir y por lo tanto no necesitan asegurarse una posteridad que los reemplace; la procreaci?n, finalidad esencial del matrimonio, resultar? in?til en la otra vida, vida nueva y gloriosa, diversa de la de esta tierra. Ya que los saduceos citaban a Mois?s, el Se?or apela a esa misma autoridad para afirmar la resurrecci?n de los muertos y la vida eterna: el Dios revelado en el misterio de la zarza ardiente es el Dios viviente, fuente de la vida y de la inmortalidad.?

La fe cristiana en la resurrecci?n de los muertos encuentra su pleno y decisivo fundamento en el acontecimiento real de la resurrecci?n de Cristo, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificaci?n (cf. Rom. 4, 25). En ese acontecimiento se anticipa como fuente y prenda el acontecimiento metahist?rico de la resurrecci?n universal que es objeto de nuestra esperanza. Con la resurrecci?n de Cristo comienza el tiempo final, y nosotros vivimos ya en esa dimensi?n. El para nosotros de la resurrecci?n de Cristo tiene vigencia, con toda su actualidad, a partir de nuestro bautismo. Nuestra carne, dice Tertuliano, es hermana de Cristo; Dios la ama como pr?jimo suyo y no puede abandonarla a una destrucci?n eterna. Tambi?n la historia humana, en cuyo seno crece silenciosamente el Reino, est? destinada a ser recogida en la eternidad de Dios. La dial?ctica de la historia despliega el escenario en el cual se va completando el n?mero de los elegidos; ella se mueve el servicio del Cuerpo M?stico de Cristo. Para comprender en profundidad el sentido de los sucesos hist?ricos es preciso dirigir la mirada hacia su desenlace final, levantarla hacia el horizonte de la resurrecci?n y de la eternidad. ?sta es la perspectiva que nos brinda la fe. La referencia a la eternidad permite que demos lugar en nuestra vida ordinaria a la extraordinaria primac?a de la gracia, a la adoraci?n de Dios y al servicio de su gloria como dichosa finalidad de la existencia.?

Con esta celebraci?n eucar?stica damos una digna conclusi?n al V? Encuentro Nacional de Docentes Universitarios Cat?licos que se ha reunido en nuestra ciudad, organizado conjuntamente por la Comisi?n Episcopal de Pastoral Universitaria y la Universidad Cat?lica de La Plata. Esta iniciativa pone de manifiesto la importancia que la Iglesia otorga al papel del universitario, singularmente del profesor, del maestro, del investigador, en el proceso de evangelizaci?n de la cultura. Juan Pablo II ha ense?ado repetidas veces que la fe no arraiga con hondura en un pueblo si no se hace cultura, es decir, si no impregna la concepci?n de la vida, los criterios con que se juzgan los hechos cotidianos y las grandes coyunturas hist?ricas, las costumbres y las relaciones sociales. Desde los inicios de la evangelizaci?n, la fe ha entrado en contacto con las diversas culturas del mundo, se ha acercado a ellas con empat?a, ha operado un discernimiento cr?tico y una lenta transformaci?n de las mismas: este proceso describe el origen de una cultura que puesta en sinton?a con el Evangelio merece ser llamada cristiana. Evangelizaci?n de la cultura e inculturaci?n del Evangelio son movimientos que se entrelazan y de alg?n modo se identifican.?

La cultura cristiana favorece, por su parte, la acci?n evangelizadora de la Iglesia, hace operantes en el mundo los signos de la presencia de Dios, facilita la conversi?n de los hombres a la gracia de la salvaci?n y rescata los aut?nticos valores del orden natural. Cuando la cultura se descristianiza, la sociedad queda a merced de las fuerzas disolventes desencadenadas por las ideolog?as; la predicaci?n de la fe parece perderse en el desierto de la indiferencia, cuando su voz no es sofocada por el coro desentonado de la hostilidad anticristiana, y se acelera la deshumanizaci?n del hombre y de sus articulaciones familiares y sociales. En la actualidad se registra una tendencia alarmante: el Estado, en algunas de sus estructuras, en algunos de sus representantes, parece deslizarse de la neutralidad a la persecuci?n. Benedicto XVI, en su discurso pronunciado el 17 de septiembre pasado en el Parlamento brit?nico, dec?a: No puedo menos que manifestar mi preocupaci?n por la creciente marginaci?n de la religi?n, especialmente del cristianismo, en algunas partes, incluso en naciones que otorgan gran ?nfasis a la tolerancia. Hay algunos que desean que la voz de la religi?n se silencie, o al menos que se relegue a la esfera meramente privada. Hay quienes esgrimen que la celebraci?n p?blica de fiestas como la Navidad deber?an suprimirse seg?n la discutible convicci?n de que ?sta ofende a los miembros de otras religiones o de ninguna. Y hay otros que sostienen ?parad?jicamente con la intenci?n de suprimir la discriminaci?n? que a los cristianos que desempe?an un papel p?blico se les deber?a pedir a veces que actuaran contra su conciencia. Estos son signos preocupantes de un fracaso en el aprecio no s?lo de los derechos de los creyentes a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, sino tambi?n del leg?timo papel de la religi?n en la vida p?blica.?

En algunas partes, ha dicho el Papa; tambi?n en la Argentina de hoy, podr?amos nosotros se?alar. En nombre de la neutralidad del Estado, como un reciclaje del viejo laicismo, se propone suprimir los signos sagrados del cristianismo de los lugares p?blicos y en nombre de la no discriminaci?n se intenta prohibir que proclamemos abiertamente verdades fundamentales del orden natural que, esclarecidas por la Revelaci?n, integran el patrimonio de la doctrina cat?lica. En las universidades nacionales hay plena libertad para transmitir ideolog?as subversivas y para burlarse del cristianismo, pero el cat?lico debe ocultar pudorosamente su convicci?n de la verdad, so pena de ser marginado y perseguido. Durante el debate parlamentario que acab? en la sanci?n de la ley inicua de alteraci?n del matrimonio, algunos legisladores que se consideran cat?licos se plegaron cobardemente a la iniquidad y otros desfogaron sin tapujos su odio anticat?lico. Esta es la gente a la cual votamos, con insalvable inconsciencia, en la peri?dica gimnasia electoral que practicamos.?

Uno de los problemas m?s graves de la Argentina actual es la ausencia de los cat?licos ?de los verdaderos, digo, no de los mistongos? en la vida p?blica y en aquellos centros donde se gestan las nuevas vigencias culturales, que van reemplazando lo que resta de humanismo cristiano por los paradigmas devastadores del Nuevo Orden Mundial. El Santo Padre Benedicto XVI ha se?alado repetidamente la centralidad de la antropolog?a, de la recta concepci?n de lo que es el hombre, para asegurar el aut?ntico desarrollo de los pueblos y el orden justo de la sociedad. A los cat?licos empe?ados en pol?tica ?quiz? haya unos pocos?, a todo ciudadano cat?lico ?habr?a que decir? a los universitarios y profesionales, a los hombres y mujeres de la cultura, corresponde sostener con lucidez y valent?a, iluminados por la Verdad e impulsados por la Caridad, los principios no negociables de los que depende el futuro de la sociedad argentina. Ellos deben ejercer y reclamar el derecho que asiste a la religi?n cat?lica, en raz?n de su verdad intr?nseca y de su peso en la tradici?n nacional, a una serena presencia en todos los ?mbitos de la vida p?blica, al servicio de la justicia, de la concordia, de la solidaridad. Ser?a inconcebible que en nombre de la neutralidad religiosa del Estado ?una postura contradictoria y en realidad antirreligiosa? se coh?ba la libertad de los cat?licos. Si se desplaza la fe religiosa del espacio p?blico, ?ste se empobrece y la raz?n pol?tica pierde la referencia a aquellos principios ?ticos absolutos que marcan sus propios l?mites y le permiten ejercitar su competencia y cumplir con sus fines en el ordenamiento de la sociedad. Los cat?licos ?me refiero especialmente al laicado? deben hacer presentes esos principios: la defensa de la vida desde la concepci?n hasta su fin natural; la protecci?n y valoraci?n de la familia fundada sobre la uni?n estable del var?n y la mujer ?que eso es el matrimonio?; la libertad de las familias para educar a sus hijos seg?n sus convicciones religiosas y morales, aun y sobre todo en la escuela estatal; la reforma del Estado en vista del bien com?n, de la primac?a del trabajo y de la lucha contra la pobreza. La doctrina social de la Iglesia espera todav?a ser conocida en su integridad y aplicada, con la ayuda de las mediaciones t?cnicas necesarias, a trav?s de programas concretos que puedan ser definidos y ejecutados por las autoridades p?blicas.?

El aporte de los universitarios cat?licos no se reduce, claro est?, al terreno pol?tico y social sino que se extiende a todo el campo de la cultura. Ya sea en nuestras propias instituciones, ya en otros espacios acad?micos, ellos pueden brindar una colaboraci?n espec?fica al avance de la ciencia y al desarrollo tecnol?gico. La raz?n iluminada por la fe ayuda a la investigaci?n cient?fica a no clausurarse en los l?mites del cientificismo positivista, para descubrir la continuidad real del conocimiento y reconocer la dimensi?n metaf?sica de la realidad y sus consecuencias ?ticas: las ciencias f?sico-matem?ticas, la biolog?a, las as? llamadas ciencias del hombre y las ciencias sociales, conservando su propio estatuto epistemol?gico, pueden abrirse a la totalidad del saber e integrarse, de acuerdo a su dignidad acad?mica, en el totum fruitivo de la sabidur?a.?

El arte, por su lado, cuando es asumido en la vocaci?n cristiana, alcanza a reflejar la aut?ntica belleza y se constituye entonces en una especie de Escala de Jacob, aquella que vio el patriarca en sue?os, apoyada sobre la tierra y cuyo extremo superior tocaba el cielo (cf. G?n. 28, 12); por ella sub?an y bajaban ?ngeles de Dios. Por virtud del arte verdadero, los hombres se elevan hacia Dios, y Dios desciende hacia ellos.?

Nuestra fe en Cristo resucitado, nuestra esperanza en la resurrecci?n universal, nuestra mirada dirigida a la eternidad, truecan el posible y tentador pesimismo natural en un optimismo sobrenatural. Tambi?n nos infunden arrojo de amor y libertad para mantenernos firmes y no desertar de la misi?n. Que nuestro Se?or Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos am? y nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, nos reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena (2 Tes. 2, 16 s.). Am?n.?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:53  | Homil?as
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