Mi?rcoles, 08 de diciembre de 2010

ZENIT? nos ofrece la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunci?el mi?rcoles 24?de Noviembre de 2010?durante la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI con peregrinos procedentes de todo el mundo.

Queridos hermanos y hermanas,

hoy quisiera hablaros de una mujer que ha tenido un papel eminente en la historia de la Iglesia. Se trata de santa Catalina de Siena. El siglo en que vivi? ? el decimocuarto ? fue una ?poca dif?cil para la vida de la Iglesia y para todo el tejido social en Italia y en Europa. Con todo, incluso en los momentos de mayor dificultad, el Se?or no cesa de bendecir a su Pueblo, suscitando Santos y Santas que sacudan las mentes y los corazones provocando conversi?n y renovaci?n. Catalina es una de estas y a?n hoy nos habla y nos empuja a caminar con valor hacia la santidad para ser de forma cada vez m?s plena disc?pulos del Se?or.

Nacida en Siena, en 1347, en una familia muy numerosa, muri? en su ciudad natal en 1380. A la edad de 16 a?os, impulsada por una visi?n de santo Domingo, entr? en la Orden Terciaria Dominica, en la rama femenina llamada Mantellate [llamadas as? por llevar un manto negro, n.d.t.]. Permaneciendo con la familia, confirm? el voto de virginidad que hab?a hecho de forma privada cuando era a?n adolescente, se dedic? a la oraci?n, a la penitencia, a las obras de caridad, sobre todo en beneficio de los enfermos.

Cuando la fama de su santidad se difundi?, fue protagonista de una intensa actividad de consejo espiritual hacia toda categor?a de personas: nobles y hombres pol?ticos, artistas y gente del pueblo, personas consagradas, eclesi?sticos, incluido el papa Gregorio XI, que en aquel periodo resid?a en Avi??n y a quien Catalina exhort? en?rgica y eficazmente a volver a Roma. Viaj? mucho para solicitar la reforma interior de la Iglesia y para favorecer la paz entre los Estados: tambi?n por este motivo el Venerable Juan Pablo II la quiso declarar Copatrona de Europa: para que el Viejo Continente no olvide nunca las ra?ces cristianas que est?n en la base de su camino y siga tomando del Evangelio los valores fundamentales que aseguran la justicia y la concordia.

Catalina sufri? mucho, como muchos Santos. Alguno pens? incluso que hab?a que desconfiar de ella hasta el punto de que en 1374, seis a?os antes de su muerte, el cap?tulo general de los Dominicos la convoc? a Florencia para interrogarla. Le pusieron al lado a un fraile docto y humilde, Raimundo de Capua, futuro Maestro General de la Orden. Convertido en su confesor y tambi?n en su ?hijo espiritual?, escribi? una primera biograf?a completa de la Santa. Fue canonizada en 1461.

La doctrina de Catalina, que aprendi? a leer con dificultad y a escribir cuando era ya adulta, est? contenida en el Di?logo de la Divina Providencia o bien Libro de la Divina Doctrina, una obra maestra de la literatura espiritual, en su Epistolario y en la colecci?n de las Oraciones. Su ense?anza est? dotada de una riqueza tal que el Siervo de Dios Pablo VI, en 1970, la declar? Doctora de la Iglesia, t?tulo que se a?ad?a al de Copatrona de la Ciudad de Roma, por voluntad del Beato P?o IX, y de Patrona de Italia, por decisi?n del Venerable P?o XII.

En una visi?n que nunca se borr? del coraz?n y de la mente de Catalina, la Virgen la present? a Jes?s, que le dio un espl?ndido anillo, dici?ndole: "Yo, tu Creador y Salvador, te desposo en la fe, que conservar?s siempre pura hasta cuando celebres conmigo en el cielo tus bodas eternas? (Raimundo de Capua, S. Catalina de Siena, Legenda maior, n. 115, Siena 1998). Ese anillo le era visible solo a ella. En este episodio extraordinario advertimos el centro vital de la religiosidad de Catalina y de toda aut?ntica espiritualidad: el cristocentrismo. Cristo es para ella como el esposo, con el que hay una relaci?n de intimidad, de comuni?n y de fidelidad; es el bien amado sobre cualquier otro bien.

Esta uni?n profunda con el Se?or est? ilustrada por otro de la vida de esta insigne m?stica: el intercambio del coraz?n. Seg?n Raimundo de Capua, que transmite las confidencias recibidas de Catalina, el Se?or Jes?s se le apareci? con un coraz?n humano rojo resplandeciente en la mano, le abri? el pecho, se lo introdujo y dijo: ?Querid?sima hija, como el otro d?a tom? el coraz?n tuyo que me ofrec?as, he aqu? que ahora te doy el m?o, y de ahora en adelante estar? en el lugar que ocupaba el tuyo? (ibid.). Catalina vivi? verdaderamente las palabras de san Pablo, ?...no vivo yo, sino que Cristo vive en mi" (Gal 2,20).

Como la santa de Siena, todo creyente siente la necesidad de conformarse a los sentimientos del Coraz?n de Cristo para amar a Dios y al pr?jimo como el mismo Cristo ama. Y todos nosotros podemos dejarnos transformar el coraz?n y aprender a amar como Cristo, en una familiaridad con ?l nutrida por la oraci?n, por la meditaci?n sobre la Palabra de Dios y por los Sacramentos, sobre todo recibiendo frecuentemente y con devoci?n la santa Comuni?n. Tambi?n Catalina pertenece a este grupo de santos eucar?sticos con la que quise concluir mi Exhortaci?n Apost?lica Sacramentum Caritatis (cfr n. 94). Queridos hermanos y hermanas, la Eucarist?a es un extraordinario don de amor que Dios nos renueva continuamente para nutrir nuestro camino de fe, revigorizar nuestra esperanza, inflamar nuestra caridad, para hacernos cada vez m?s semejantes a ?l.

Alrededor de una personalidad tan fuerte y aut?ntica se fue construyendo una verdadera y aut?ntica familia espiritual. Se trataba de personas fascinadas por la autoridad moral de esta joven mujer de elevad?simo nivel de vida, y quiz?s impresionadas tambi?n por los fen?menos m?sticos a los que asist?an, como los frecuentes ?xtasis. Muchos se pusieron a su servicio y sobre todo consideraron un privilegio ser guiados espiritualmente por Catalina. La llamaban ?mam?, pues como hijos espirituales tomaban de ella la nutrici?n del esp?ritu.

Tambi?n hoy la Iglesia recibe un gran beneficio del ejercicio de la maternidad espiritual de tantas mujeres, consagradas y laicas, que alimentan en las almas el pensamiento de Dios, refuerzan la fe de la gente y orientan la vida cristiana hacia cimas cada vez m?s elevadas. ?Hijo os digo y os llamo ? escribe Catalina dirigi?ndose a uno de sus hijos espirituales, el cartujo Giovanni Sabatini -, en cuanto que os doy a luz a trav?s de continuas oraciones y deseo en presencia de Dios, as? como una madre da a luz a su hijo" (Epistolario, Carta n. 141: A don Giovanni de? Sabbatini). Al fraile dominico Bartolomeo de Dominici sol?a dirigirse con estas palabras: "Dilect?simo y querid?simo hermano e hijo en el dulce Jesucristo".

Otro rasgo de la espiritualidad de Catalina est? ligado al don de las l?grimas. Estas expresan una sensibilidad exquisita y profunda, capacidad de conmoci?n y de ternura. No pocos santos tuvieron el don de las l?grimas, renovando la emoci?n del mismo Jes?s, que no reprimi? ni escondi? su llanto ante el sepulcro del amigo L?zaro y al dolor de Mar?a y de Marta, y a la vista de Jerusal?n, en sus ?ltimos d?as terrenos. Seg?n Catalina, las l?grimas de los Santos se mezclan con la Sangre de Cristo, de la que ella habl? con tonos vibrantes y con im?genes simb?licas muy eficaces: ?Tened memoria de Cristo crucificado, Dios y hombre (?). Poneos por objetivo a Cristo crucificado, escondeos en las llagas de Cristo crucificado, ahogaos en la sangre de Cristo crucificado" (Epistolario, Carta n. 16: A uno cuyo nombre se calla).

Aqu? podemos comprender por qu? Catalina, a?n consciente de las debilidades humanas de los sacerdotes, hubiese tenido siempre una grand?sima reverencia por ellos: ellos dispensan, a trav?s de los Sacramentos y la Palabra, la fuerza salv?fica de la Sangre de Cristo. La Santa de Siena invit? siempre a los sagrados ministros, tambi?n al Papa, a quien llamaba ?dulce Cristo en la tierra", a ser fieles a sus responsabilidades, movida siempre y solo por su amor profundo y constante por la Iglesia. Antes de morir dijo: ?Partiendo del cuerpo yo, en verdad, he consumido y dado la vida en la Iglesia y por la Iglesia Santa, lo cual me es de singular?sima gracia" (Raimundo de Capua,?S. Caterina da Siena, Legenda maior, n. 363).

De santa Catalina, por tanto, aprendemos la ciencia m?s sublime: conocer y amar a Jesucristo y a su Iglesia. En el Di?logo de la Divina Providencia, ella, con una imagen singular, describe a Cristo como un puente lanzado entre el cielo y la tierra. Est? formado por tres escalones constituidos por los pies, el costado y la boca de Jes?s. Elev?ndose a trav?s de estos escalones, el alma pasa a trav?s de las tres etapas de todo camino de santificaci?n: el desapego del pecado, la pr?ctica de las virtudes y del amor, la uni?n dulce y afectuosa con Dios.

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos de santa Catalina a amar con valor, de forma intensa y sincera, a Cristo y la Iglesia. Hagamos nuestras para ello las palabras de santa Catalina que leemos en el Di?logo de la Divina Providencia, en la conclusi?n del cap?tulo que habla de Cristo-puente: "Por misericordia nos has lavado en la Sangre, por misericordia quisiste conversar con las criaturas. ?Oh Loco de amor! ?No te bast? encarnarte, sino que quisiste tambi?n morir! (...) ?Oh misericordia! El coraz?n se me ahoga al pensar en ti: a dondequiera que me vuelva a pensar, no encuentro sino misericordia" (cap. 30, pp. 79-80). Gracias.

[En espa?ol dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua espa?ola, en particular a los venidos de Chile, Espa?a, M?xico, Rep?blica Dominicana y otros pa?ses latinoamericanos. Siguiendo el ejemplo y la ense?anza de Santa Catalina de Siena, os invito a todos a amar a Cristo y a la Iglesia con un amor cada vez m?s intenso y sincero. Muchas gracias.

[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 19:28  | Habla el Papa
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