Jueves, 09 de diciembre de 2010

ZENIT? nnos ofrece la homil?a que el Papa Benedicto XVI pronunci? el?domingo, 20 de Noviembre de 2010, Solemnidad de Cristo Rey, durante la concelebraci?n eucar?stica con los 24 nuevos cardenales en la Bas?lica de San Pedro.

Se?ores cardenales,
venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas

En la solemnidad de Cristo Rey del Universo, tenemos la alegr?a de reunirnos aqu? en torno al Altar del Se?or junto con los 24 nuevos cardenales, que ayer agregu? al Colegio Cardenalicio. A ellos, ante todo, dirijo mi cordial saludo, que extiendo a los dem?s Purpurados y a todos los Prelados presentes; como tambi?n a las distinguidas autoridades, a los se?ores Embajadores, a los sacerdotes, a los religiosos y a todos los fieles, llegados de diversas partes del mundo para esta feliz circunstancia, que reviste un marcado car?cter de universalidad.

Muchos de vosotros habr?is notado que tambi?n el Consistorio P?blico precedente para la creaci?n de cardenales, celebrado en noviembre de 2007, fue celebrado en la vigilia de la Solemnidad de Cristo Rey. Han pasado tres a?os y, por tanto, seg?n el ciclo lit?rgico dominical, la Palabra de Dios nos sale al encuentro a trav?s de las mismas lecturas b?blicas, propias de esta importante festividad. Esta se coloca en el ?ltimo domingo del a?o lit?rgico y nos presenta, al t?rmino del itinerario de la fe, el rostro real de Cristo, como el Pantocrator en el ?bside de una antigua bas?lica. Esta coincidencia nos invita a meditar profundamente sobre el ministerio del Obispo de Roma y sobre el de los cardenales, ligado a ?ste, a la luz de la singular Realeza de Jes?s, nuestro Se?or.

El primer servicio del Sucesor de Pedro es el de la fe. En el Nuevo Testamento, Pedro se convirti? en la ?piedra? de la Iglesia en cuanto portador del Credo: el "nosotros" de la Iglesia comienza con el nombre de aquel que profes? en primer lugar la fe en Cristo, inicia con su fe; una fe al principio inmadura y a?n ?demasiado humana", pero despu?s, tras la Pascua, madura y capaz de seguir a Cristo hasta el don de s?; madura en creer que Jes?s es verdaderamente el Rey; que lo es precisamente porque permaneci? en la Cruz, y de esa forma dio la vida por los pecadores. En el Evangelio se ve que todos piden a Jes?s que baje de la cruz. Se r?en de ?l, pero es tambi?n un modo de disculparse, como diciendo: no es culpa nuestra si tu est?s all? en la cruz; es solo culpa tuya, porque si tu fueses verdaderamente el Hijo de Dios, el Rey de los Jud?os, tu no estar?as all? sino que te salvar?as bajando de ese pat?bulo infame. Por tanto, si te quedas all?, quiere decir que tu est?s equivocado y que nosotros tenemos raz?n. El drama que se desarrolla bajo la cruz de Jes?s es un drama universal; afecta a todos los hombres frente a Dios que se revela por lo que es, es decir, Amor. En Jes?s crucificado la divinidad est? desfigurada, despojada de toda gloria visible, pero presente y real. S?lo la fe sabe reconocerla: la fe de Mar?a, que une en su coraz?n tambi?n esta ?ltima tesela del mosaico de la vida de su Hijo; Ella no ve a?n el conjunto, pero sigue confiando en Dios, repitiendo una vez m?s con el mismo abandono "He aqu? la esclava del Se?or" (Lc 1,38). Y despu?s est? la fe del buen ladr?n: una fe apenas esbozada, pero suficiente para asegurarle la salvaci?n ?Hoy estar?s conmigo en el para?so". Decisivo es ese ?conmigo?. S?, es esto lo que lo salva. Cierto, el buen ladr?n est? en la cruz como Jes?s, pero sobre todo est? en la cruz con Jes?s. Y a diferencia del otro malhechor, y de todos los dem?s que lo escarnecen, no pide a Jes?s que descienda de la cruz ni que le haga descender. Dice en cambio: ?Acu?rdate de mi cuando llegues a tu reino?. Lo ve en la cruz, desfigurado, irreconocible, y sin embargo se conf?a a ?l como a un rey, es m?s, como al Rey. El buen ladr?n cree en lo que est? escrito en esta tabla sobre la cabeza de Jes?s: ?El rey de los jud?os": cree en ?l, y se conf?a. Por esto est? ya, en seguida, en el ?hoy? de Dios, en el para?so, porque el para?so es esto: estar con Jes?s, estar con Dios.

Aqu? entonces, queridos hermanos, surge claramente el primer y fundamental mensaje que la Palabra de Dios hoy nos dice: a m?, Sucesor de Pedro, y a vosotros, cardenales. Nos llama a estar con Jes?s, como Mar?a, y a no pedirle bajar de la cruz, sino quedarnos con ?l. Y esto, con motivo de nuestro ministerio, debemos hacerlo no s?lo por nosotros mismos, sino por toda la Iglesia, por todo el pueblo de Dios. Sabemos por los Evangelios que la cruz fue el punto cr?tico de la fe de Sim?n Pedro y de los dem?s Ap?stoles. Est? claro que no pod?a ser de otra manera: eran hombres y pensaban ?seg?n los hombres?, no pod?an tolerar la idea de un Mes?as crucificado. La ?conversi?n? de Pedro se realiza plenamente cuando renuncia a querer "salvar" a Jes?s y acepta ser salvado por ?l. Renuncia a querer salvar a Jes?s de la cruz y acepta ser salvado por su cruz. "Yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y t?, despu?s que hayas vuelto, confirma a tus hermanos " (Lc 22,32), dice el Se?or. El ministerio de Pedro consiste todo en su fe, una fe que Jes?s reconoci? en seguida, desde el principio, como genuina, como don del Padre celeste; pero una fe que debe pasar a trav?s del esc?ndalo de la cruz, para convertirse en aut?ntica, verdaderamente "cristiana", para llegar a ser ?roca? sobre la que Jes?s podr? construir su Iglesia. La participaci?n en el se?or?o de Cristo se verifica concretamente solo al compartir en su abajamiento, en la Cruz. Tambi?n mi ministerio, queridos Hermanos, es en consecuencia tambi?n el vuestro, consiste todo en la fe. Jes?s puede construir en nosotros su Iglesia en la medida en que encuentra en nosotros esa fe verdadera, pascual, esa fe que no quiere hacer bajar a Jes?s de la Cruz, sino que se conf?a a ?l en la Cruz. En este sentido el lugar aut?ntico del Vicario de Cristo es la Cruz, persistir en la obediencia de la Cruz.

Es dif?cil este ministerio, porque no se alinea a la forma de pensar de los hombres ? a esa l?gica natural que por otro lado permanece siempre activa tambi?n en nosotros mismos. Pero este es y seguir? siendo siempre nuestro primer servicio, el servicio de la fe, que transforma toda la vida: creer que Jes?s es Dios, que es el Rey precisamente porque lleg? a ese punto, porque nos am? hasta el extremo. Y esta realeza parad?jica, debemos testimoniarla y anunciarla como lo hizo ?l, el Rey, es decir siguiendo su mismo camino y esforz?ndonos en adoptar su misma l?gica, la l?gica de la humildad y del servicio, del grano de trigo que muere para dar fruto. El Papa y los cardenales est?n llamados a estar profundamente unidos ante todo en esto: todos juntos, bajo la gu?a del Sucesor de Pedro, deben permanecer en la realeza de Cristo, pensando y actuando seg?n la l?gica de la Cruz ? y esto nunca es f?cil ni se da por descontado. En esto debemos ser compactos, y lo somos porque no nos une una idea, una estrategia, sino porque nos unen el amor de Cristo y su Santo Esp?ritu. La eficacia de nuestro servicio a la Iglesia, la Esposa de Cristo, depende esencialmente de esto, de nuestra fidelidad a la realeza divina del Amor crucificado. Por esto, en el anillo que hoy os entrego, sello de vuestro pacto nupcial con la Iglesia, est? representada la imagen de la Crucifixi?n. Y por el mismo motivo el color de vuestro vestido alude a la sangre, s?mbolo de la vida y del amor. La Sangre de Cristo que, seg?n una antigua iconograf?a, Mar?a recoge del costado del Hijo muerto en la cruz; y que el ap?stol Juan contempla mientras brota junto con el agua, seg?n las Escrituras prof?ticas.

Queridos hermanos, de aqu? deriva nuestra sabidur?a: sapientia Crucis. Sobre esto reflexion? a fondo san Pablo, el primero en trazar un pensamiento cristiano org?nico, centrado precisamente n la paradoja de la Cruz (cfr 1Cor 1,18-25; 2,1-8). En la Carta a los Colosenses ? de la que la Liturgia de hoy propone el himno cristol?gico ? la reflexi?n paulina, fecundada por la gracia del Esp?ritu, alcanza ya un nivel impresionante de s?ntesis al expresar una aut?ntica concepci?n cristiana de Dios y del mundo, de la salvaci?n personal y universal; todo est? centrado en Cristo, Se?or de los corazones, de la historia y del cosmos: ?Porque Dios quiso que en ?l residiera toda la Plenitud. Por ?l quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz" (Col1,19-20). Esto, queridos hermanos, es lo que somos llamados siempre a anunciar al mundo: Cristo "imagen del Dios invisible", Cristo "primog?nito de toda la creaci?n" y "de los que resucitan de entre los muertos?, para que ? come escribe el Ap?stol ? "sea ?l el que tenga la primac?a sobre todas las cosas? (Col 1,15.18). El primado de Pedro y de sus Sucesores est? totalmente al servicio de este primado de Jesucristo, ?nico Se?or; al servicio de su Reino, es decir, de su Se?or?o de amor, para que ?ste venga y se difunda, renueve a los hombres y a las cosas, transforme la tierra y haga germinar en ella la paz y la justicia.

Dentro de este dise?o, que trasciende la historia y, al mismo tiempo, se revela y se realiza en ella, encuentra su lugar la Iglesia, ?cuerpo? del que Cristo es "la cabeza" (cfr Col1,18). En la Carta a los Efesios, san Pablo habla expl?citamente del se?or?o de Cristo y lo pone en relaci?n con la Iglesia. Formula una oraci?n de alabanza a la ?grandeza del poder de Dios?, que resucit? a Cristo y lo constituy? Se?or universal, y concluye: "El puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituy?, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas? (Ef?1,22-23). La misma palabra ?plenitud?, que corresponde a Cristo, Pablo la atribuye aqu? a la Iglesia, por participaci?n: el cuerpo, de hecho, participa de la plenitud de la Cabeza. He aqu?, venerados hermanos cardenales ? y me dirijo tambi?n a todos vosotros, que compart?s con nosotros la gracia de ser cristianos ? he aqu? cu?l es nuestra alegr?a: la de participar, en la Iglesia, en la plenitud de Cristo a trav?s de la obediencia de la Cruz, de ?participar en la suerte de los santos en la luz?, de haber sido ?transferidos? en el reino del Hijo d Dios (cfr Col 1,12-13). Por esto vivimos en perenne acci?n de gracias, y tambi?n a trav?s de las pruebas no disminuyen la alegr?a y la paz que Cristo nos dej?, como arra de su Reino, que ya est? en medio de nosotros, que esperamos con fe y esperanza, y pregustamos en la caridad. Amen.

[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana


Publicado por verdenaranja @ 22:59  | Habla el Papa
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