Mi?rcoles, 15 de diciembre de 2010

ZENIT? nos ofrece el texto de la homil?a que el Papa Benedicto XVI pronunci? el pasado s?bado, 27 de Noviembre?de 2010, por la tarde, durante la Vigilia por la Vida Naciente, antes de comenzar las Primeras V?speras del primer domingo de Adviento, con el que se inauguraba este tiempo lit?rgico.

Queridos hermanos y hermanas,

con esta celebraci?n vespertina, el Se?or nos da la gracia y la alegr?a de abrir un nuevo A?o Lit?rgico comenzando por su primera etapa: el Adviento, el periodo que hace memoria de la venida de Dios entre nosotros. Todo inicio trae consigo una gracia particular, porque est? bendecido por el Se?or. En este Adviento se nos conceder?, una vez m?s, hacer experiencia de la cercan?a de Aquel que cre? el mundo, que orienta la historia y que se ha cuidado de nosotros llegando hasta el culmen de su condescendencia con el hacerse hombre. Precisamente el misterio grande y fascinante del Dios con nosotros, es m?s, del Dios que se hace uno de nosotros, es cuanto celebraremos en las pr?ximas semanas caminando hacia la santa Navidad. Durante el tiempo de Adviento sentiremos a la Iglesia que nos toma de la mano y, a imagen de Mar?a Sant?sima, expresa su maternidad haci?ndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Se?or, que nos abraza a todos en su amor y nos consuela. Mientras nuestros corazones se dirigen hacia la celebraci?n anual del nacimiento de Cristo, la liturgia de la Iglesia orienta nuestra mirada a la meta definitiva: el encuentro con el Se?or que vendr? en el esplendor de la gloria. Por esto nosotros, que en cada Eucaristia, "anunciamos su muerte, proclamamos su resurrecci?n, en espera de su venida?, vigilamos en oraci?n. La liturgia no se cansa de animarnos y de sostenernos, poniendo en nuestros labios, en los d?as del Adviento, el grito con el que se cierra toda la Sagrada Escritura, en la ?ltima p?gina del Apocalipsis de san Juan: ??Ven, Se?or Jes?s!" (22, 20).

Queridos hermanos y hermanas, nuestra reuni?n esta tarde para comenzar el camino del Adviento se enriquece con otro importante motivo: con toda la Iglesia, queremos celebrar solemnemente una vigilia de oraci?n por la vida naciente. Deseo expresar mi agradecimiento a todos aquellos que se han adherido a esta invitaci?n y a cuantos se dedican de modo espec?fico a acoger y custodiar la vida humana en las diversas situaciones de fragilidad, en particular en sus inicios y en sus primeros pasos. Precisamente el inicio del A?o Lit?rgico nos hace vivir nuevamente la espera de Dios que se hace carne en el seno de la Virgen Mar?a, de Dios que se hace peque?o, se convierte en ni?o; nos habla dela venida de un Dios cercano, que ha querido recorrer la vida del hombre, desde el comienzo, y esto para salvarla totalmente, en plenitud. Y as? el misterio de la Encarnaci?n del Se?or y el inicio de la vida humana est?n ?ntima y arm?nicamente conectados entre s? en el ?nico designio salv?fico de Dios, Se?or de la vida de todos y cada uno. La encarnaci?n nos revela con intensa luz y de modo sorprendente que toda vida humana tiene una dignidad alt?sima, incomparable.

El hombre presenta una originalidad inconfundible respecto a todos los dem?s seres vivientes que pueblan la tierra. Se presenta como sujeto ?nico y singular, dotado de inteligencia y voluntad libre, adem?s de estar compuesto de realidad material. Vive simultanea e inescindiblemente en la dimensi?n espiritual y en la dimensi?n corp?rea. Lo sugiere tambi?n el texto de la Primera Carta a los Tesalonicenses que ha sido proclamado: ?Que el Dios de la paz ? escribe san Pablo ? os santifique plenamente, para que os conserv?is irreprochables en todo vuestro ser ?esp?ritu, alma y cuerpo? hasta la Venida de nuestro Se?or Jesucristo" (5,23). Somos por tanto esp?ritu, alma y cuerpo. Somos parte de este mundo, ligados a las posibilidades y a los l?mites de la condici?n material; al mismo tiempo estamos abiertos a un horizonte infinito, capaces de dialogar con Dios y de acogerlo en nosotros. Actuamos en las realidades terrenas y a trav?s de ellas podemos percibir la presencia de Dios y tender a ?l, verdad, bondad y belleza absoluta. Saboreamos fragmentos de vida y de felicidad y anhelamos la plenitud total.

Dios nos ama de modo profundo, total, sin distinciones; nos llama a la amistad con ?l; nos hace part?cipes de una realidad por encima de toda imaginaci?n y de todo pensamiento y palabra: su misma vida divina. Con conmoci?n y gratitud tomemos conciencia del valor, de la dignidad incomparable de toda persona humana y de la gran responsabilidad que tenemos hacia todos. ?Cristo, el nuevo Ad?n ? afirma el Concilio Vaticano II ?, en la misma revelaci?n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocaci?n... con su encarnaci?n se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Const. Gaudium et spes, 22).

Creer en Jesucristo comporta tambi?n tener una mirada nueva sobre el hombre, una mirada de confianza, de esperanza. Por lo dem?s la misma experiencia y la recta raz?n atestiguan que el ser humano es un sujeto capaz de entender y de querer, autoconsciente y libre, irrepetible e insustituible, cumbre de todas las realidades terrenas, que exige ser reconocido como valor en s? mismo y que merece ser acogido siempre con respeto y amor. ?l tiene derecho a no ser tratado como un objeto que poseer o como una cosa que se pueda manipular a voluntad, de no ser reducido a puro instrumento a ventaja de otros y de sus intereses. La persona es un bien en s? misma y es necesario buscar siempre su desarrollo integral. El amor hacia todos, adem?s, si es sincero, tiende espont?neamente a convertirse en atenci?n preferencial por los m?s d?biles y los m?s pobres. En esta l?nea se coloca la solicitud de la Iglesia por la vida naciente, la m?s fr?gil, la m?s amenazada por el ego?smo de los adultos y por el oscurecimiento de las conciencias. La Iglesia continuamente reafirma cuanto declar? el Concilio Vaticano II contra el aborto y toda violaci?n de la vida naciente: ?La vida, una vez concebida, debe ser protegida con el m?ximo cuidado" (ibid., n. 51).

Hay tendencias culturales que intentan anestesiar las conciencias con motivos pretextuosos. Respecto al embri?n en el seno materno, la ciencia misma pone en evidencia su autonom?a capaz de interacci?n con la madre, la coordinaci?n de sus procesos biol?gicos, la continuidad del desarrollo, la creciente complejidad del organismo. No se trata de un c?mulo de material biol?gico, sino de un nuevo ser vivo, din?mico y maravillosamente ordenado, un nuevo individuo de la especie humana. As? lo fue para Jes?s en el seno de Mar?a; as? lo ha sido para cada uno de nosotros, en el seno de la madre. Con el antiguo autor cristiano Tertuliano podemos afirmar: ?Es ya un hombre aquel que lo ser?" (Apolog?tico, IX, 8); no hay ninguna raz?n para no considerarlo persona desde la concepci?n.

Por desgracia, tambi?n despu?s del nacimiento, la vida de los ni?os sigue estando expuesta al abandono, al hambre, a la miseria, a la enfermedad, a los abusos, a la violencia, a la explotaci?n. Las m?ltiples violaciones de sus derechos que se cometen en el mundo hieren dolorosamente la conciencia de todo hombre de buena voluntad. Ante el triste panorama de las injusticias cometidas contra la vida del hombre, antes y despu?s del nacimiento, hago m?o el apasionado llamamiento del Papa Juan Pablo II a la responsabilidad de todos y de cada uno: ??Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana ?S?lo siguiendo este camino encontrar?s justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!? (Enc. Evangelium vitae, 5). Exhorto a los protagonistas de la pol?tica, de la econom?a y de la comunicaci?n social a hacer cuanto est? en sus posibilidades para promover una cultura siempre respetuosa de la vida humana, para procurar condiciones favorables y redes de apoyo a la acogida y al desarrollo de esta.

A la Virgen Mar?a, que acogi? al Hijo de Dios hecho hombre con su fe, con su seno materno, con el cuidado sol?cito, con el acompa?amiento solidario y vibrante de amor, confiamos la oraci?n y el compromiso a favor de la vida naciente. Lo hacemos en la liturgia ? que es el lugar donde vivimos la verdad y donde la verdad vive con nosotros ? adorando la divina Eucarist?a, en la que contemplamos el Cuerpo de Cristo, ese Cuerpo que tom? carne de Mar?a por obra del Esp?ritu Santo, y que naci? de ella en Bel?n, para nuestra salvaci?n. Ave, verum Corpus, natum de Maria Virgine!

[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]