Jueves, 16 de diciembre de 2010

Alocuci?n en la Celebraci?n de Acci?n de Gracias en el 128? aniversario de la fundaci?n de La Plata (Iglesia Catedral, 19 de noviembre de 2010). (AICA)

CUIDAR LA CIUDAD

La ciudad, tal como la encontramos en la historia, es el punto de concentraci?n m?xima del poder?o y de la cultura de una comunidad. Es el lugar donde los rayos luminosos pero divergentes de la vida se unen formando un haz m?s eficiente y m?s rico en significado social. La ciudad es la forma y el s?mbolo de una relaci?n social integrada: en ella se encuentra el templo, el mercado, el palacio de justicia y la academia del conocimiento. Aqu?, en la ciudad, los beneficios de la civilizaci?n son m?ltiples y variados; aqu? es donde la experiencia humana se transforma en signos visibles, s?mbolos, normas de conducta y sistemas de orden. Aqu? es donde se concentran los destinos de la civilizaci?n y donde, en ciertas ocasiones, el ceremonial se transforma en el drama activo de una sociedad totalmente diferenciada y consciente de ella misma. Con este elogio de la vida urbana se abre la obra cl?sica de Lewis Mumford La cultura de las ciudades, en la cual el ilustre autor abarca un per?odo hist?rico de mil a?os y lo somete a un riguroso an?lisis sociol?gico para describir el apogeo y la eventual y temible degradaci?n de la p?lis. En su reflexi?n aparece con claridad el car?cter eminentemente humano del fen?meno de la ciudad y la dimensi?n moral de su organizaci?n y de la vida en ella. La posible decadencia de una ciudad es una derrota del esfuerzo civilizado que ocurre cuando la estructura urbana deja de servir a los fines elevados del hombre y se convierte en un instrumento para sujetarlo a formas de barbarie. En v?speras de la segunda guerra mundial, Mumford describ?a la escena de un fracaso general, los resultados f?sicos de un descenso;? de la p?lis rumbo a la necr?polis: paisajes mutilados, distritos urbanos desordenados, focos de enfermedad, grandes zonas recubiertas de holl?n, kil?metros y m?s kil?metros de barrios miserables estandarizados alrededor de las grandes ciudades. El ritmo de la decadencia lo establece el progresivo embotellamiento del sentido moral.?

Al celebrar un nuevo aniversario de la fundaci?n de La Plata, ciudad reconocidamente bella y para nosotros tan querida, conviene registrar como advertencia y acicate los peligros que pueden amenazar su presente y su futuro pr?ximo y la necesidad de cuidarla con dedicaci?n y amor. Los problemas propios de una urbe moderna requieren la aplicaci?n de medios cient?ficos y tecnol?gicos adecuados, la visi?n prudencial del pol?tico y la responsable participaci?n de los vecinos, con los cambios de actitud que sean menester, pero sobre todo exigen la recreaci?n incesante de un ambiente, de un clima espiritual. Deseo subrayar la dimensi?n fundamentalmente ?tica de los problemas que nos afligen hoy a los argentinos, que pueden irse resolviendo quiz? con mayores probabilidades de ?xito en el ?mbito de la vida municipal.?

Las lecturas b?blicas que iluminan y motivan nuestra acci?n de gracias y nuestra plegaria en esta celebraci?n nos hacen presentes rasgos caracter?sticos de la sabidur?a cristiana en los cuales se pueden reconocer aut?nticos valores de humanidad.?

El ap?stol Santiago en su Carta (3, 13-18) nos previene contra un falso saber y un afecto torcido, un artificio irracional y mal?fico, expresi?n de amargura interior, de resentimiento, que enmascara la verdad y destila enga?o; donde hay rivalidad y discordia, hay tambi?n desorden y toda clase de maldad. La discordia, el partidismo exacerbado, es uno de los defectos principales de nuestra vida social, que se agrava cuando las posturas ideol?gicas y los alineamientos pol?ticos de orden nacional interfieren en la soluci?n de los problemas locales y dilatan o impiden la satisfacci?n de las necesidades inmediatas de los vecinos. Tambi?n los defectos del federalismo argentino y la violaci?n del principio de subsidiariedad que afecta muchas veces a la leg?tima autonom?a de los municipios, tiene una base moral, aunque podr?amos decir que constituye asimismo un error garrafal y un signo de mezquindad. La palabra de Dios nos exhorta, en cambio, a cultivar criterios l?mpidos y un ?nimo apacible; a tratarnos con sinceridad, porque estamos llamados a vivir en la verdad y a cumplir nuestros deberes con honradez. Es esta una sabidur?a pura, pac?fica, ben?vola y conciliadora; con ella se edifica la amistad social.?

El Evangelio ( Lc. 22, 24-30) nos transmite uno de los acentos principales puestos por Jes?s en la formaci?n de sus disc?pulos: el car?cter servicial de la autoridad. Hay un dejo de desafecto en la evocaci?n que hace el Se?or: Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Este desliz autoritario que parece exclusivo de las viejas monarqu?as puede darse tambi?n en las democracias, sobre todo cuando ?stas son m?s bien sedicentes que reales. Jes?s establece enseguida la distancia: entre ustedes no debe ser as?. La doctrina social de la Iglesia propone como componentes morales de la representaci?n pol?tica aquellas virtudes que favorecen la pr?ctica del poder con esp?ritu de servicio: paciencia, moderaci?n, modestia, caridad, intenci?n y esfuerzo de compartir. S?lo as? se puede asumir como finalidad del ejercicio de la autoridad el bien com?n y no la b?squeda de prestigio o la adquisici?n de ventajas personales. En realidad, estos criterios, este esp?ritu, no s?lo legitiman ?ticamente a los que gobiernan, sino que humanizan la vida de relaci?n cuando reinan tambi?n entre los ciudadanos, entre los miembros de una instituci?n, en el barrio o en el seno de la familia. Todos ejercemos alg?n grado, aunque sea ?nfimo, de autoridad. La actitud de servicio nos mueve a preocuparnos por los dem?s y a trav?s de gestos de cuidado rec?proco, a cuidar la ciudad. Cito otra vez a Mumford, quien refiri?ndose a los cuidados ecol?gicos, escrib?a: Lo que hace falta es que la gente cambie su actitud para consigo misma. La mayor?a de los cambios verdaderamente importantes, verdaderamente decisivos, tendr?n que ser cambios humanos, no cambios tecnol?gicos. Tenemos que modificar nuestros h?bitos de vida, nuestras expectativas. Es un cambio que nada tiene que ver con la tecnolog?a, pues de lo que se trata es de una actitud fundamentalmente moral.?

El templo ocupa un lugar central en la geograf?a urbana; aqu? en La Plata, este templo mayor se alza en el centro de su perfecto cuadril?tero como un signo insoslayable de la referencia a Dios. Hemos escuchado en el Salmo responsorial una afirmaci?n sorprendente, expresada con hip?rbole: Si el Se?or no edifica la casa, en vano trabajan los alba?iles; si el Se?or no custodia la ciudad en vano vigila el centinela (Sal. 126, 1). Le hacen eco otros refranes b?blicos que, en t?rminos al parecer exagerados quieren invitarnos a depositar en Dios una confianza total: la bendici?n del Se?or es la que enriquece, y nada le a?ade nuestro esfuerzo (Prov. 10, 22); hay muchos proyectos en el coraz?n del hombre, pero s?lo se realiza el designio del Se?or (ib. 19, 21); se equipa el caballo para el d?a del combate, pero la victoria pertenece al Se?or (ib. 21, 31). El pensamiento b?blico contrasta con un elemento caracter?stico de la cultura actual: la tendencia a prescindir de Dios y a confiar exclusivamente en su propio arbitrio, en su capacidad, en su esfuerzo y en la eficacia de los medios cient?ficos y tecnol?gicos. Con el olvido de Dios se torna brumoso el horizonte moral, se borronea la frontera entre el bien y el mal. Crey?ndose un peque?o dios, el hombre pierde su rumbo y escamotea su aut?ntica humanidad. El mismo da?o que se produce en el ?mbito de la existencia personal se traslada a la comunidad cuando se ofusca en la cultura el sentido religioso y cuando el Estado intenta marginar a la religi?n como si se tratara de un fen?meno privado y no tuviera nada que decir acerca del orden justo de la sociedad. No podemos desertar de nuestra responsabilidad en el cuidado de la comunidad a la que pertenecemos; cada uno de nosotros es a su manera, en su medida, centinela de la ciudad. Pero como si no valiera nada lo que hacemos, le confiamos al Se?or la vigilancia suprema y descansamos en su bondad y en su poder; apoyamos en la s?plica humilde nuestros mejores esfuerzos.?

Es muy significativo como expresi?n de fe que, en cumplimiento de una bella tradici?n que se remonta a los or?genes de nuestra Patria, la autoridad civil solicite al pastor de la Iglesia la celebraci?n de este rito de acci?n de gracias en el aniversario de la fundaci?n de la ciudad. As? reconocemos nuestra necesidad de Dios y manifestamos nuestra esperanza: Api?date de nosotros, Se?or, api?date de nosotros; venga su misericordia sobre nosotros, como lo esperamos de ti. Elevamos esta plegaria en nombre de la ciudad implorando su bien y encomendamos la necesidad com?n a la intercesi?n de su patrono San Ponciano, Papa y M?rtir.?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:42  | Hablan los obispos
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