Jueves, 16 de diciembre de 2010

Mensaje de Mons. Mart?n de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio para el Adviento 2010. (AICA)

CELEBRAR LA NAVIDAD ES RECIBIR CON FE AL SE?OR JES?S PARA ANUNCIARLO A LOS HERMANOS??????????????

Queridos hermanos sacerdotes y di?conos,
queridos religiosos y religiosas, seminaristas,
queridos colaboradores en la tarea apost?lica,
hermanos y hermanas:?

En la celebraci?n de la Navidad tenemos una oportunidad de gracia que hemos de aprovechar. Consideramos el Misterio del nacimiento del Hijo de Dios, que es actualizado para nosotros en la fe por la Liturgia de la Iglesia; es el don infinitamente generoso de Dios, que env?a a su propio Hijo para reconciliarnos con ?l por su sacrificio, y que al entregar su vida, nos la ofrece, para transformar nuestra existencia. Dios se hace presente en ella por la Encarnaci?n del Hijo, y nosotros participamos por la comuni?n de la fe y la gracia de los sacramentos.??

Es cuanto m?s oportuno en este tiempo, en el desarrollo de la Misi?n en que estamos ahora comprometidos como iglesia diocesana, hacer una reflexi?n
sobre la fe en la Encarnaci?n del Hijo de Dios,
sobre la experiencia de ella que nos es otorgada en la Liturgia
y sobre el anuncio siempre renovado que debemos hacer del Evangelio,
para dar a conocer la vida divina.
?

Creo en un solo Se?or, Jesucristo, Hijo ?nico de Dios

En las celebraciones eucar?sticas del d?a de Navidad, la asamblea de los fieles dobla sus rodillas a las palabras del Credo: ?por obra del Esp?ritu Santo, se encarn? de Mar?a, la Virgen, y se hizo hombre?, dando su asentimiento de fe al anuncio que hemos recibido, y que creemos firmemente. Este gesto sencillo da a la recordaci?n cristiana del Nacimiento su sentido m?s pleno: hemos sido visitados por Dios; no ha llegado solamente hasta nosotros un hombre extraordinario, un maestro, consolador de los pobres y afligidos, sino Dios mismo. El relato de los evangelios que leemos en estos d?as nos ilumina por la relaci?n con las promesas hechas a los primeros padres y que reiteraron los profetas a lo largo de los siglos, y por el sentido tan profundo con que ese anuncio es trasmitido como ya cumplido, respondiendo a los anhelos de los hombres, de todos los lugares y de todos los tiempos. No es un h?roe o un tit?n; con mansedumbre y paciencia llega a los rincones m?s hondos del coraz?n, justamente porque renueva, ense?a y sana con un poder divino a quienes lo reconocen como el Hijo de Dios.?

Los cristianos debemos afirmar siempre ?y donde ello sea necesario, recuperarlo? el sentido aut?ntico de la Navidad. No es solo una ocasi?n grata por la tradicional celebraci?n familiar; nuestra cultura sigue conservando, gracias a Dios, las resonancias interiores, espirituales, de tan pura alegr?a. Estas emociones tan arraigadas en nuestras familias y comunidades, que reviven en las reuniones dom?sticas y, sobre todo, en la celebraci?n lit?rgica, nos se?alan su alcance trascendente, la aceptaci?n por la fe, la irrupci?n de la gracia. Celebrar la Navidad es, pues, proclamar nuestra fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, y por consiguiente, abrirnos a su mensaje y comprometernos en su misi?n.?

Hay una p?rdida innegable en nuestra sociedad de los valores religiosos y de la percepci?n de la presencia de Dios. Se ha producido una separaci?n, una discontinuidad, entre lo que creemos y lo que hacemos, entre la fe y la moral, entre los principios y la pr?ctica, entre la voluntad divina y la nuestra. Por eso hemos de ponernos a la escucha de la voz discreta, del silencio elocuente, del misterio de la Navidad. Desde este punto central, inicio de la vida y ministerio terrenal de Jes?s, que muestra en los milagros su poder, se va desarrollando su ense?anza, se produce la elecci?n de los disc?pulos, se les conf?a el encargo misionero ? para que los hombres tengan vida. No nos sorprende que cueste tanto abrirse a la gracia, pues es el precio de haber nacido libres, pero hoy como entonces, en el coraz?n de cada uno de nosotros, se abre camino el anuncio del Salvador, doblegando los ego?smos y descubri?ndonos las maravillas que nos promete. La Pasi?n y la Resurrecci?n, la Ascensi?n a los cielos y el env?o del Esp?ritu Santo, son la consumaci?n de la promesa: para esto vino el Hijo de Dios, para darnos vida y congregarnos en la unidad, con la esperanza de la gloria. Pero se trata de un comienzo desde la fe, no solamente como una experiencia gratificante o emotiva, y que se realiza desde cuando nos inclinamos frente el pesebre, cuando descubrimos en el Ni?o al Hijo de Dios, como los pastores de Bel?n, llamados por el ?ngel para adorarlo. Cada misterio de Cristo es un punto de partida, un encuentro que nos revoluciona y renueva, para disponernos a seguir su ense?anza y a profundizar en la comuni?n con ?l. Y ?l, Jesucristo glorioso, es la cabeza de la Iglesia.?

Participando de este altar, tengamos parte en la plenitud de tu Reino

Estas palabras se encuentran en la Plegaria eucar?stica primera, el Canon romano, despu?s de la consagraci?n, y son pronunciadas por el sacerdote celebrante. Ellas relacionan el sacrificio eucar?stico con la participaci?n en la gloria futura, ya que por la ofrenda del mismo Hijo de Dios nosotros podemos alcanzar la vida eterna. La participaci?n en el misterio sagrado nos otorga esta esperanza, pues tomar parte en la Eucarist?a hace posible que en nuestra vida y conducta respondamos a Dios, que nos invita a vivir seg?n su voluntad, y llegar as? a su presencia. El reino de Dios espera a los fieles disc?pulos del Se?or; la comuni?n de la santidad, que se alcanza en la Eucarist?a y en los dem?s sacramentos, conduce a la expresi?n de esa misma fe a trav?s de las obras, en el servicio de Dios y de los hermanos, en el anuncio misionero, en la caridad, en la colaboraci?n con la Iglesia. La Eucarist?a consagra nuestra vida y nuestros esfuerzos, haciendo que el sacrificio del altar les otorgue el valor que la misericordia divina reconoce, y con su infinita bondad, acepta como un culto espiritual, agradable a Dios.?

La Liturgia, que es comuni?n en la alabanza y reconocimiento de la presencia divina, afirma y fundamenta la pr?ctica de la vida cristiana, y da fecundidad a nuestros esfuerzos apost?licos.?

Por eso, quiero referirme en forma particular a algunos ?mbitos donde el v?nculo entre la santidad de los sacramentos, en particular la Eucarist?a, y el fruto de la acci?n apost?lica, son m?s evidentes y necesarios.?

a) La familia cristiana

En el seno de la familia cristiana comienza el camino de fe, que conduce al encuentro con Dios. As? como los padres son colaboradores suyos para la transmisi?n de la vida, ellos tambi?n, ungidos por el Esp?ritu Santo en su iniciaci?n cristiana y consagrados por el v?nculo sacramental del matrimonio, ofrecen el ?mbito donde se conoce y ama y celebra el Misterio del Hijo, para que sus propios hijos seg?n la carne sean tambi?n hijos de Dios y disc?pulos de Jesucristo. La familia es la iglesia dom?stica; ella abre el camino y ofrece el espacio para que la gracia de los sacramentos, el testimonio de los padres, la participaci?n en la comuni?n de la Iglesia y la oraci?n, incorporen a los nuevos cristianos, santific?ndolos, y se encaminen seg?n la fidelidad al Evangelio. Los padres son los primeros formadores, trasmisores de la fe, iniciadores en las pr?cticas cristianas de la oraci?n y el culto, las buenas obras y las virtudes.?

b) La catequesis

Los primeros catequistas de los hijos son sus padres, con la colaboraci?n y el ejemplo de los abuelos y de los hermanos mayores; a ellos los ayuda la organizaci?n que la Iglesia pone a su disposici?n en cada comunidad, acompa??ndolos con la catequesis, las celebraciones y otras actividades. Los catequistas asisten a los padres en su funci?n indelegable, y tienen que encontrar los caminos y el modo para hacer posible esta colaboraci?n, integrando arm?nicamente a las familias; no solo ofreci?ndoles los medios pedag?gicos y formativos, sino ayud?ndolos a que se incorporen a la vida de la comunidad, que cree y celebra. Por eso, as? como los padres trasmiten la fe que practican y ense?an, los catequistas, junto a ellos, con su esp?ritu eclesial, contribuyen a hacer de las familias? semillero de cristianos y testigos de fe, esperanza y caridad.?

La misi?n de los cristianos

Cristo env?a a sus disc?pulos a anunciar el Evangelio a todos los hombres. No los capacita con una simple preparaci?n intelectual o t?cnica, sino que por el env?o del Esp?ritu Santo otorga la gracia para semejante misi?n. El alma de la Iglesia es el Esp?ritu, que habita en ella, y que ella distribuye por el ministerio que le ha sido confiado. La formaci?n para esta misi?n consiste en identificarse con el Se?or que nos llama, en atesorar su gracia, en vivir en los lazos de la comuni?n, escuchando la Palabra que nos env?a y dej?ndonos modelar por ella.??

El misterio de la Navidad nos ofrece, en su celebraci?n lit?rgica,
se?ales importantes, necesarias,
para ser verdaderos disc?pulos que se disponen a la misi?n,
con la alabanza, que se inspira en la fe de los testigos del Nacimiento,
con la alegr?a, por conocer la Verdad,
con la disponibilidad, para acudir al llamado
y disponernos a salir para trasmitir el anuncio
.?

a) La tarea de los pastores

Los obispos y sacerdotes, con los dem?s ministros, han recibido el encargo de sostener sacramentalmente el camino del Pueblo de Dios. A ellos toca, por la triple funci?n de santificar, ense?ar y pastorear, hacer visible en el mundo al Hijo de Dios y acercar a sus hermanos la llamada a la salvaci?n. En cada celebraci?n eucar?stica, y en cada encuentro con la gracia por los sacramentos, cuanto se realiza por el ministerio de la Iglesia aqu? en la tierra, tiene su respuesta en el cielo. El ministerio ordenado alimenta y encuadra el sacerdocio bautismal, desde el sacramento que es conferido por su medio, y es el primero de los signos que acompa?an la vida del cristiano, y lo gu?a y acompa?a por los dem?s. No es una tarea que dependa solamente de la inteligencia, de la laboriosidad o de la simpat?a del ministro, pues act?a como representante de Cristo, para realizar su misi?n seg?n su voluntad. Por eso debe estar verdaderamente atento, con fidelidad ejemplar, al significado de estos signos sacramentales, sin reinterpretarlos ni empobrecerlos, para dar respuesta genuina al reclamo, a?n silencioso, de sus hermanos que desean conocer a Dios y acercarse a ?l, y que tienen derecho a recibir su presencia en los sacramentos, sin alteraciones ni abusos.??

Esto vale sobre todo para la Eucarist?a dominical, sacramento de la unidad del Pueblo de Dios, encuentro en un mismo tiempo y espacio con el Misterio que se celebra. La fidelidad a la voluntad del Se?or se expresa en la adhesi?n cordial, en la fe, a su sentido propio, verdadero, con sus contenidos y sus signos propios, instrumentos de comuni?n. La Palabra de Dios, que la Iglesia lee primeramente en la celebraci?n lit?rgica, y que presenta y explica el sacerdote, ofreci?ndola como alimento espiritual a los fieles, es inseparable de la celebraci?n de los sacramentos y del anuncio que hacen los pastores. La reciente Exhortaci?n postsinodal ?Verbum Domini? del Santo Padre Benito XVI, sobre La Palabra de Dios en la vida y en la misi?n de la Iglesia, ser? un valios?simo instrumento para ahondar en esta dimensi?n fundamental.

Mira a tu pueblo, Se?or, para que difunda en todas partes los dones de tu amor

Estas palabras provienen de una de las hermosas oraciones sobre el pueblo, que se encuentran en el Misal para ser pronunciadas en el momento de la bendici?n conclusiva en la celebraci?n eucar?stica. Nos parece que resumen bellamente el Misterio celebrado: el Amor de Dios es la Eucarist?a compartida, que nos ha renovado en la santidad, y con ella han venido los dones que nos enriquecen, con frutos espirituales y con actitudes y prop?sitos que dan testimonio ante los hombres del gran bien recibido. Es el pueblo todo el que tiene esta misi?n, y el resultado de nuestra participaci?n en la Misa es la gracia de ser mejores disc?pulos, y por el testimonio y las buenas obras anunciar, como misioneros, la riqueza del Evangelio.?

A partir, entonces, de una renovada participaci?n en la Eucarist?a, podemos esperar que se rejuvenezca y dinamice toda la acci?n evangelizadora de la Iglesia, haci?ndose m?s profunda y generosa, sostenida por la presencia del Se?or Resucitado, por la oraci?n constante y fervorosa y por la obra misionera de todos los bautizados.?

Para la Misi?n continental es necesario, pues, que todos los fieles que han sido convocados y que aceptaron esta llamada de la Iglesia por la voz del Santo Padre y de los obispos de toda Am?rica, se esfuercen en la m?s fiel participaci?n eucar?stica ? donde se encuentran los dones del amor de Dios - y sepan trasmitir con su testimonio la felicidad de este encuentro. En las visitas domiciliarias, adem?s de rezar con los hermanos y llevarles el tr?ptico, procuren dejarles un breve esquema de oraci?n y de celebraci?n (como un devocionario), para que la misma familia prolongue de ese modo la visita recibida, orient?ndose hacia la Eucarist?a y recibiendo al mismo tiempo una catequesis sencilla que afiance en ellos el conocimiento y la pr?ctica de la fe. Un desarrollo por temas anuales puede ser muy ?til, para presentar en las visitas a los hogares, as? como programas especiales para las distintas ?reas pastorales, como Caritas, catequesis, pastoral de la salud, pastoral carcelaria, colegios, etc. El A?o de la vida que el Papa Benito XVI ha proclamado para 2011 es una oportunidad para afianzar en las familias el sentido con que desde la fe se aprecia y protege la vida humana desde su comienzo. Ello est? estrechamente vinculado con el respeto y la promoci?n de la familia, constituida seg?n la misma naturaleza y elevada por la gracia del sacramento del matrimonio.??

En la catequesis y en los colegios cat?licos se procure acompa?ar la instrucci?n religiosa y la preparaci?n sacramental con la oraci?n y la participaci?n en las celebraciones, insistiendo en la Santa Misa y en los actos de piedad acostumbrados que se realizan en las comunidades parroquiales y capillas, como el Santo Rosario, las novenas y procesiones y otros. Una invitaci?n especial debe dirigirse a las familias, para que no solo asistan exteriormente con sus ni?os y j?venes, sino proponi?ndoles charlas formativas, actividades como retiros y jornadas. Tambi?n tiene que preocuparnos ofrecer una catequesis adecuada para los ni?os peque?os, a?n antes del comienzo de la preparaci?n para los sacramentos, acerc?ndoles a las familias un material sencillo, que los mismos padres podr?n emplear con sus hijos.?

A partir de estos encuentros lit?rgicos y de oraci?n se ha de insistir luego en la incorporaci?n de los cristianos en las tareas de la Iglesia, tanto las apost?licas como las de apoyo a la obra evangelizadora, previendo la necesaria formaci?n permanente, y renov?ndose en el esp?ritu de la Misi?n.??

Propongo que hagamos en nuestra di?cesis el a?o pr?ximo una evaluaci?n de la vitalidad y la orientaci?n de nuestras instituciones pastorales con una JORNADA DIOCESANA, preparada cuidadosamente, que nos ayude a conocer d?nde estamos y c?mo debemos seguir caminando. En la pr?xima reuni?n del Presbiterio haremos esta propuesta, para que a trav?s de las parroquias, colegios, instituciones y movimientos, se convoque a un mayor compromiso, m?s profundo y eficiente, rogando al mismo tiempo por los frutos de los esfuerzos generosos y dedicados de todos, sacerdotes, religiosos y fieles.?

***?

La celebraci?n de la Navidad es un encuentro actual, no un mero recuerdo. Acudamos, entonces, en estos d?as santos, en el tiempo propicio que es el Adviento, que precede la gran solemnidad del Nacimiento y nos prepara para ella, con un coraz?n puro y con la diligencia de los fieles disc?pulos, al encuentro del Se?or, y junto al Pesebre renovemos nuestra consagraci?n. De Bel?n sali? la luz que deb?a iluminar al mundo entero; busquemos al Hijo de Dios, que nos muestra al Padre y nos conduce a ?l.?

Encomendemos todo esto a la Sant?sima Virgen, primer testigo de la Encarnaci?n, rogando que lleguemos a ser como ella, adoradores en el silencio, disc?pulos en el encuentro y enviados para dar a conocer a los hermanos las maravillas de la Encarnaci?n. La experiencia de la Navidad, con fe y con amor, es el deseo que expreso para todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, y que pido a Dios les conceda con abundancia.??

Nueve de Julio, 18 de noviembre de 2010
Conmemoraci?n de la Dedicaci?n de las Bas?licas de San Pedro y de San Pablo?

Mons. Mart?n de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio, R. Argentina


Publicado por verdenaranja @ 22:50  | Hablan los obispos
 | Enviar