Jueves, 30 de diciembre de 2010

ZENIT? publica la segunda meditaci?n de Adviento que predic?el viernes, 10 de Diciembre de 2010,?el padre Raniero Cantalamessa OFM cap, predicador de la Casa Pontificia, ante Benedicto XVI y la Curia Romana para ofrecer "La respuesta cristiana al secularismo".

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap.

Segunda Predicaci?n de Adviento?

"OS ANUNCIAMOS LA VIDA ETERNA" (1 JN 1,2)

La respuesta cristiana al secularismo

1. Secularizaci?n y secularismo

En esta meditaci?n nos ocupamos del segundo escollo que encuentra la evangelizaci?n en el mundo moderno occidental, la secularizaci?n. En el Motu Proprio con el que el Papa instituy? el Consejo Pontificio para la Promoci?n de la Nueva eEvangelizaci?n, se dice que ?ste "est? al servicio de las Iglesias particulares, especialmente en aquellos territorios de antigua tradici?n cristiana donde con mayor evidencia se manifiesta el fen?meno de la secularizaci?n".

La secularizaci?n es un fen?meno complejo y ambivalente. Puede indicar la autonom?a de las realidades terrenas y la separaci?n entre reino de Dios y reino del C?sar y, en este sentido, no s?lo no est? contra el Evangelio sino que encuentra en ?l una de sus ra?ces profundas; puede, sin embargo, indicar tambi?n todo un conjunto de actitudes contrarias a la religi?n y a la fe, para el que se prefiere utilizar el t?rmino de secularismo. El secularismo es a la secularizaci?n lo que el cientificismo a la cientificidad y el racionalismo a la racionalidad.

Ocup?ndonos de los obst?culos o de los desaf?os que la fe encuentra en el mundo moderno, nos referimos exclusivamente a esta acepci?n negativa de la secularizaci?n. A pesar de delimitarlo as?, sin embargo, la secularizaci?n presenta muchas caras seg?n los campos en los que se manifiesta: la teolog?a, la ciencia, la ?tica, la hermen?utica b?blica, la cultura en general, la vida cotidiana. En la presente meditaci?n tomo el t?rmino en su significado primordial. Secularizaci?n, como secularismo, derivan de hecho de la palabra "saeculum" que en el lenguaje com?n ha acabado por indicar el tiempo presente ("el e?n actual", seg?n la Biblia), en oposici?n a la eternidad (el e?n futuro, o "los siglos de los siglos", de la Biblia). En este sentido, secularismo es un sin?nimo de temporalismo, de reducci?n de lo real a una ?nica dimensi?n terrena.

La ca?da del horizonte de la eternidad o de la vida eterna, tiene sobre la fe cristiana el efecto que tiene la arena arrojada sobre una llama: la sofoca, la apaga. La fe en la vida eterna constituye una de las condiciones de posibilidad de la evangelizaci?n: "Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, ser?amos los hombres m?s dignos de l?stima" (1 Cor 15,19).

2. Ascensi?n y ocaso de la idea de eternidad

Recordemos a grandes rasgos la historia de la creencia en una vida m?s all? de la muerte; nos ayudar? a medir la novedad tra?da por el Evangelio en este campo. En la religi?n jud?a del Antiguo Testamento esta creencia se afirma s?lo de forma tard?a. S?lo despu?s del exilio, frente al fracaso de las esperanzas temporales, se abre camino la idea de la resurrecci?n de la carne y de una recompensa ultraterrena de los justos, e incluso entonces no en todos (los Saduceos, se sabe, no compart?an esta creencia).

Esto desmiente clamorosamente la tesis de aquellos (Feuerbach, Marx, Freud) que explican la creencia en Dios con el deseo de una recompensa eterna, como proyecci?n en el m?s all? de las esperanzas terrenas defraudadas. ?Israel crey? en Dios muchos siglos antes que en una recompensa eterna en el m?s all?! No es, por tanto, el deseo de una recompensa eterna lo que produjo la fe en Dios, sino que es la fe en Dios la que produjo la creencia en una recompensa ultraterrena.

La revelaci?n plena de la vida eterna se tiene, en el mundo b?blico, con la venida de Cristo. Jes?s no funda la certeza de la vida eterna en la naturaleza del hombre, la inmortalidad del alma, sino en el "poder de Dios", que es un "Dios de vivos y no de muertos" (Lc ?20,27-38). Despu?s de la Pascua, a este fundamento?teol?gico, los ap?stoles a?adir?n el?cristol?gico: la resurrecci?n de Cristo de la muerte. Sobre ella funda el Ap?stol la fe en la resurrecci?n de la carne y en la vida eterna: "Si se anuncia que Cristo resucit? de entre los muertos, ?c?mo algunos de vosotros afirm?is que los muertos no resucitan?... Pero no, Cristo resucit? de entre los muertos, el primero de todos" (1 Cor 15, 12.20).

Tambi?n en el mundo grecorromano se asiste a una evoluci?n en la concepci?n de la ultratumba. La idea m?s antigua es que la vida verdadera termina con la muerte; tras ella hay s?lo una apariencia de vida, en un mundo de sombras. Se registra una novedad con la aparici?n de la religi?n ?rfico-pitag?rica. Seg?n ?sta, el verdadero yo del hombre es el alma que, liberada de la prisi?n (sema) del cuerpo (soma), puede finalmente vivir su verdadera vida. Plat?n dar? a este descubrimiento una dignidad filos?fica, bas?ndola en la naturaleza espiritual, y por tanto inmortal, del alma?[1].

Esta creencia permanecer?, con todo, muy minoritaria, reservada a los iniciados en los misterios y a los seguidores de escuelas filos?ficas particulares. Entre la masa persistir? la antigua convicci?n de que la verdadera vida termina con la muerte. Son conocidas las palabras que el emperador Adriano se dirige a s? mismo al acercarse a la muerte:

Peque?a alma extraviada y suave,
Compa?era y hu?sped del cuerpo,
ahora te preparas a subir a lugares
incoloros, arduos y desnudos,
donde ya no tendr?s las distracciones de costumbre.
A?n un instante
miremos juntos las orillas familiares,?
las cosas que ciertamente ya no volveremos a ver jam?s...[2].

Se comprende en este trasfondo el impacto que deb?a tener el anuncio cristiano de una vida despu?s de la muerte infinitamente m?s plena y m?s gozosa que la terrena; se comprende tambi?n por qu? la idea y los s?mbolos de la vida eterna son tan frecuentes en las sepulturas cristianas de las catacumbas.

Pero ?qu? ha sucedido con la idea cristiana de una vida eterna para el alma y para el cuerpo, despu?s de haber triunfado sobre la idea pagana de la "oscuridad despu?s de la muerte"? A diferencia del momento actual en el que el ate?smo se expresa sobre todo en la negaci?n de la existencia de un Creador, en el siglo XIX se expres? preferentemente en la negaci?n de un m?s all?. Recogiendo la afirmaci?n de Hegel, seg?n la cual "los cristianos desperdician en el cielo las energ?as destinadas a la tierra", Feuerbach y sobre todo Marx combatieron la creencia en una vida despu?s de la muerte, bajo pretexto de que esta aliena del compromiso terreno. A la idea de una supervivencia personal en Dios, se sustituye con la idea de una supervivencia en la especie y en la sociedad del futuro.

Poco a poco, con la sospecha, cay? sobre la palabra eternidad el olvido y el silencio, El materialismo y el consumismo han hecho el resto en las sociedades opulentas, haciendo incluso que parezca inconveniente que se hable a?n de eternidad entre personas cultas y acorde con su timpo. Todo esto ha tenido una clara repercusi?n en la fe de los creyentes, que se ha hecho, en esta cuesti?n, t?mida y reticente. ?Cu?ndo escuchamos la ?ltima predicaci?n sobre la vida eterna? Seguimos recitando en el Credo:?Et expecto resurrectionem mortuorum et vitam venturi saeculi: "Espero la resurrecci?n de los muertos y la vida del mundo futuro", pero sin dar demasiada importancia a estas palabras. Ten?a raz?n Kierkegaard cuando escrib?a: "El m?s all? se ha convertido en una broma, una exigencia tan incierta que no s?lo ya nadie la respeta, sino que incluso ya no la prev?, hasta el punto de que hay quien incluso se divierte pensando que hab?a una ?poca en la que esta idea transformaba toda la existencia"?[3].

?Cu?l es la consecuencia pr?ctica de esta eclipse de la idea de eternidad? San Pablo refiere el prop?sito de aquellos que no creen en la resurrecci?n de la muerte: "Comamos y bebamos que ma?ana moriremos" (l Cor 15,32). El deseo natural de vivir?siempre?, distorsionado, se convierte en deseo, o frenes?, de vivir?bien, es decir, de forma placentera, incluso a costa de los dem?s, si es necesario. La tierra entera se convierte en lo que Dante dec?a de la Italia de su tiempo: "el jardincito que nos hace tan feroces". Ca?do el horizonte de la eternidad, el sufrimiento humano parece doble e irremediablemente absurdo.

3. La eternidad: una esperanza y una presencia

Tambi?n a prop?sito del secularismo, como del cientificismo, la respuesta m?s eficaz no consiste en combatir el error contrario, sino en hacer resplandecer de nuevo ante los hombres la certeza de la vida eterna,?aprovechando la fuerza inherente que tiene la verdad?cuando es acompa?ada del testimonio de la vida. "A una idea - escrib?a un antiguo Padre -, siempre se puede oponer otra idea, y a una opini?n otra opini?n; pero qu? se puede oponer a una vida?"

Debemos aprovechar tambi?n la correspondencia de esta verdad con el deseo m?s profundo, aunque reprimido, del coraz?n humano. A un amigo que le reprochaba, como si fuese una forma de orgullo y de presunci?n, su anhelo de la eternidad, Miguel de Unamuno, que no era ciertamente un apologeta de la fe, respond?a en una carta:

"Yo no digo que merecemos un m?s all?, ni que la l?gica nos lo muestre; digo que lo necesito, mer?zcalo o no, y nada m?s. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso,??lo ne-ce-si-to!?Y sin ello ni hay alegr?a de vivir ni la alegr?a de vivir quiere decir nada. Es muy c?modo eso de decir "?Hay que vivir, hay que contentarse con la vida!". ?Y los que no nos contentamos con ella?"

"Es tanto lo que amo la vida que el perderla me parece el peor de los males. Los que gozan al d?a, sin cuidarse de si han de perderla o no?del todo, es que no la quieren"[4].

No es quien desea la eternidad, a?ad?a en la misma ocasi?n, quien muestra despreciar el mundo y la vida de aqu? abajo, sino al contrario, quien no la desea: "Es tanto lo que amo la vida que el perderla me parece el peor de los males. Los que gozan al d?a, sin cuidarse de si han de perderla o no?del todo, es que no la quieren". San Agust?n dec?a lo mismo: "Cui non datur semper vivere, quid prodest bene vivere?", "?De qu? sirve vivir, si no nos es dado vivir siempre?"[5]. "Todo, excepto lo eterno, es vano en el mundo", ha cantado un poeta nuestro?[6].

A los hombres de nuestro tiempo que cultivan en el fondo del coraz?n este anhelo de eternidad, quiz?s sin tener el valor de confesarlo a los dem?s y ni siquiera a s? mismos, podemos repetir lo que Pablo dec?a a los atenienses: "Ahora, yo vengo a anunciaros eso que ador?is sin conocer"?(cf. Hch 17,23).

La respuesta cristiana al secularismo en el sentido en que lo entendemos aqu?, no se funda, como para Plat?n, en una idea filos?fica - la inmortalidad del alma -, sino en un acontecimiento. La ilustraci?n hab?a planteado el c?lebre problema de c?mo se puede tender a la eternidad mientras se est? en el tiempo, y c?mo se puede dar un punto de partida hist?rico a una conciencia eterna?[7]. En otras palabras: c?mo se puede justificar la pretensi?n de la fe cristiana de prometer una vida eterna y de amenazar con una pena igualmente eterna, para actos realizados en el tiempo.

La ?nica respuesta v?lida a este problema es la que se funda en la fe en la encarnaci?n de Dios. En Cristo, lo eterno ha entrado en el tiempo, se ha manifestado en la carne; ante ?l es posible tomar una decisi?n para la eternidad. Es as? como el evangelista Juan habla de la vida eterna: "Os?anunciamos la Vida eterna, que exist?a junto al Padre y que se nos ha manifestado" (1 Jn 1, 2).

Para el creyente, la eternidad no es, como se ve, solo una esperanza, es tambi?n una presencia. Hacemos experiencia de ello cada vez que hacemos un verdadero acto de fe en Cristo, porque quien cree en ?l "posee ya la vida eterna" (cfr. 1Jn 5,13); cada vez que recibimos la comuni?n, en la que "se nos da la prenda de la gloria futura" (futurae gloriae nobis pignus datur); cada vez que escuchamos las palabras del Evangelio que son "palabras de vida eterna" (cfr. Jn 6,68). Tambi?n santo Tom?s de Aquino dice que "la gracia es el inicio de la gloria"?[8].

Esta presencia de la eternidad en el tiempo se llama Esp?ritu Santo. ?l es llamado "las arras de nuestra heredad" (Ef 1,14; 2 Cor 5,5), y nos ha sido dado para que, habiendo recibido las primicias, anhelemos la plenitud. "Cristo - escribe san Agust?n - nos ha dado las arras del Esp?ritu Santo con las que ?l, que nunca podr?a enga?arnos, quiso ratificarnos el cumplimiento de su promesa. ?Qu? prometi?? Pormeti? la vida eterna de la que es prenda el Esp?ritu que nos ha dado"?[9].

4. ?Qui?nes somos? ?De d?nde venimos? ?A d?nde vamos?

Entre la vida temporal de fe y la vida eterna hay una relaci?n an?loga a la que existe entre la vida del embri?n en el seno materno y la del ni?o, una vez dado a luz. Escribe el Cabasilas:

"Este mundo lleva a la gestaci?n al hombre interior, nuevo, creado seg?n Dios, hasta que ?ste, plasmado, modelado y hecho perfecto aqu?, sea engendrado a ese mundo perfecto que no envejece. Igual que el embri?n el cual, mientras est? en la existencia tenebrosa y fluida, la naturaleza le prepara a la vida en la luz, as? es de los santos [...]. Para el embri?n con todo la vida futura es absolutamente futura: a ?l no llega ning?n rayo de luz, nada de lo que existe de esta vida. No es as? para nosotros, desde el momento en que el siglo futuro ha sido como revertido y comprometido en este presente [...] Por ello ya ahora se concede a los santos no s?lo disponerse y prepararse para la vida, sino vivir y actuar en ella"?[10].

Existe una historieta que ilustra esta comparaci?n. Hab?a dos mellizos, un ni?o y una ni?a, tan inteligentes y precoces que, ya en el seno de su madre, hablaban entre s?. La ni?a preguntaba al ni?o: "Seg?n tu, ?habr? vida despu?s del nacimiento?". ?l respond?a: "No seas rid?cula. ?Qu? te hace pensar que haya algo fuera de este espacio estrecho y oscuro en el que nos encontramos?" La ni?a, reuniendo valor, insist?a: "?Qui?n sabe? Quiz?s exista una madre, alguien que nos ha puesto aqu? y que cuidar? de nosotros". Y ?l: "?Acaso ves tu una madre por alguna parte? Lo que ves s todo lo que hay". Ella de nuevo: "Pero no notas tu tambi?n a veces como una presi?n en el pecho que aumenta d?a a d?a y nos empuja adelante?". "Pens?ndolo bien, respond?a ?l, es verdad, la siento todo el rato". "Ves, conclu?a triunfante la hermanita, este dolor no puede ser para nada. Yo creo que nos est? preparando para algo m?s grande que este peque?o espacio".

Podr?amos utilizar esta simp?tica historieta cuando tengamos que anunciar la vida eterna a personas que han perdido la fe en ella, pero que conservan nostalgia de ella y quiz?s piensan que la Iglesia, como esa ni?a, les ayude a creer en ella.

Hay preguntas que los hombres no dejan de plantearse desde que el mundo es mundo, y los hombres de hoy no son una excepci?n: "?Qui?nes somos? ?De d?nde venimos? ?A d?nde vamos?". En su?Historia eclesi?stica del pueblo ingl?s,?Beda el Venerable narra c?mo la fe cristiana hizo su ingreso en el norte de Inglaterra. Cuando los misioneros venidos de Roma llegaron a?Northumbria, el rey Edwin convoc? un consejo de dignatarios para decidir su permitirles o no difundir el nuevo mensaje. Se levant? uno de ellos y dijo:

"La vida actual del hombre, oh rey, me parece, en comparaci?n con ese tiempo que nos es desconocido, como el r?pido vuelo de un gorri?n a trav?s de la sala en donde te sientas a cenar en invierno, con tus comandantes y ministros, y un buen fuego en el medio, mientras que las tormentas de lluvia y nieve dominan en el exterior, el gorri?n, digo, volando entra por una puerta, e inmediatamente sale por la otra. Mientras que est? dentro, est? a salvo de la tormenta invernal; pero despu?s de un corto espacio de buen tiempo, inmediatamente desaparece de tu vista, en el oscuro invierno de donde hab?a surgido.?As? esta vida del hombre aparece por un corto espacio, pero de lo que hab?a antes, o de lo que va a venir despu?s, somos totalmente ignorantes. Si, por lo tanto, esta nueva doctrina contiene algo m?s seguro, parece justo que merezca ser seguida".?[11].

Qui?n sabe si la fe cristiana no podr? volver a Inglaterra y al continente europeo por la misma raz?n por la que entr? en ?l: como la ?nica que tiene una respuesta segura que dar a los grandes interrogantes de la vida terrena. La ocasi?n m?s propicia para hacer llegar este mensaje son los funerales. En ellos las personas est?n menos distra?das que en otros ritos de paso (bautismo, matrimonio), se preguntan sobre su propio destino. Cuando se llora por un ser querido difunto, se llora tambi?n sobre uno mismo.

Escuch? una vez un interesante programa de la BBC inglesa sobre los llamados "funerales laicos", con la grabaci?n en directo de la celebraci?n de uno de ellos. En cierto momento se o?a al oficiante que dec?a a los presentes: "No debemos estar tristes. Vivir una buena vida, satisfactoria, durante setenta y ocho a?os (la edad de la difunta) es algo de lo que hay que estar agradecidos". ?Agradecidos a qui?n?, me preguntaba. Un funeral semejante no hace sino volver m?s evidente la derrota total del hombre frente a la muerte.

Soci?logos y hombres de cultura, llamados a explicar el fen?meno de los funerales laicos o "human?sticos", ve?an la causa de la difusi?n de esta pr?ctica en algunos pa?ses del norte de Europa, en el hecho de que los funerales religiosos implican en los presentes una fe que estos no sienten compartir. La propuesta que hac?an era esta: que la Iglesia, en los funerales, evite toda referencia a Dios, a la vida eterna, a Jesucristo muerto y resucitado, y limite su papel al de "natural y experimentado organizador de ritos de paso". ?En otras palabras, que se resigne tambi?n a la secularizaci?n de la muerte!

5. ?Iremos a la casa del Se?or!

Una renovada fe en la eternidad no nos sirve solo para la evangelizaci?n, es decir, para el anuncio que hay que hacer a los dem?s; nos sirve, antes a?n, para imprimir un nuevo empuje a nuestro camino hacia la santidad. El debilitamiento de la idea de eternidad act?a tambi?n sobre los creyentes, disminuyendo en ellos la capacidad de afrontar con valor el sufrimiento y las pruebas de la vida.

Pensemos en un hombre con una balanza en la mano: una de esas balanzas que se sostienen con una sola mano y tienen por un lado el plato en el que poner las cosas a pesar y por otro una barra graduada que aguanta el peso o la medida. Si cae a tierra, o se pierde la medida, todo lo que se ponga en el plato hace elevarse la barra e inclinar a tierra la balanza. Todo es superior, incluso un pu?ado de plumas.

As? somos nosotros cuando perdemos el peso, la medida de todo lo que es la eternidad: las cosas y los sufrimientos terrenos arrojan f?cilmente nuestra alma al suelo. Todo nos parece muy pesado, excesivo. Jes?s dec?a: "Si tu mano o tu pie son para ti ocasi?n de pecado, c?rtalos y arr?jalos lejos de ti, porque m?s te vale entrar en la Vida manco o lisiado, que ser arrojado con tus dos manos o tus dos pies en el fuego eterno. Y si tu ojo es para ti ocasi?n de pecado, arr?ncalo y t?ralo lejos, porque m?s te vale entrar con un solo ojo en la Vida, que ser arrojado con tus dos ojos en la Gehena del fuego" (cfr. Mt 18,8-9). Pero nosotros, habiendo perdido de vista la eternidad, encontramos incluso excesivo que se nos pida que cerremos los ojos ante un espect?culo inmoral.

San Pablo se atreve a escribir: "Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno" (2 Cor 4,17-18). El peso de la tribulaci?n es "ligero precisamente porque es moment?neo, el de la gloria es desmesurado porque es eterno. Por esto precisamente, el mismo Ap?stol puede decir: "Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelar? en nosotros" (Rm 8,18).

El cardenal Newman, a quien hemos elegido como maestro especial en este Adviento, nos obliga a a?adir una verdad que falta en las reflexiones expuestas hasta aqu? sobre la eternidad. Lo hace con el poema "El sue?o de Geroncio", llevado a la m?sica por el gran compositor ingl?s Edgar Elgar. Una verdadera obra maestra por la profundidad de sus pensamientos, por la inspiraci?n l?rica y por la dramaticidad coral.

Describe el sue?o de un anciano (esto significa el nombre Geroncio) que se siente pr?ximo al fin. A sus pensamientos sobre el sentido de la vida, de la muerte, sobre el abismo de la nada al que se est? precipitando, se sobreponen los comentarios de los espectadores, la voz orante de la Iglesia: "Parte de este mundo, alma cristiana" (proficiscere, anima christiana), las voces contrastantes de ?ngeles y demonios que sopesan su vida y reclaman su alma. Particularmente bella y profunda es la descripci?n del momento del fallecimiento y del despertar en otro mundo:

"Me dorm?; y ahora estoy despierto.
Un extra?o despertar: pues siento en m?
Una luz inexpresiva, y un sentimiento
De libertad, como si yo fuese finalmente yo mismo
Y nunca lo hubiera sido antes. ?Qu? tranquilidad!
Ya no escucho el sonido ajetreado del timpo,
no, ni mi respiraci?n jadeante, ni el latido del pulso;
Ning?n momento es distinto del siguiente"?[12].

Las ?ltimas palabras que el alma pronuncia en el poema son aquellas con las que se dirige serena, incluso impaciente, al Purgatorio:

"All? cantar? a mi Se?or y Amor ausente: -

Ll?vame contigo,
que cuanto antes me eleve y suba,
y Le vea en la verdad del d?a sin fin"?[13].

Para el emperador Adriano, la muerte era el paso de la realidad a las sombras, para el cristiano John Newman es el paso de las sombras a la realidad,?ex umbris et imaginibus in veritatem, como quiso que se escribiera sobre su tumba.

?Cu?l es, entonces, la verdad que falta y que Newman nos obliga a no callar? Que el paso del tiempo a la eternidad no es rectil?neo e igual para todos. Hay que afrontar un juicio, y un juicio que puede tener dos finales muy distintos, el infierno o el para?so. La de Newman es una espiritualidad austera, incluso a veces rigorista, como la del?Dies irae, pero ?qu? saludable en una ?poca proclive a tomar todo a la ligera y a bromear, como dec?a Kierkegaard, con el pensamiento de la eternidad!

Dirijamos por tanto con renovado impulso nuestros pensamientos hacia la eternidad, repit?monos a nosotros mismos con las palabras del poeta: "Todo, excepto lo eterno, es vano en el mundo". En el salterio jud?o hay un grupo de salmos, llamados "salmos de las subidas" o "c?nticos de Si?n". Eran los salmos que cantaban los peregrinos israelitas cuando "sub?an" en peregrinaci?n hacia la ciudad santa, Jerusal?n. Uno de ellos comienza: "Iremos a la casa del Se?or" (Sal 122, 1). Estos salmos de las subidas se han convertido en los salmos de aquellos que, en la Iglesia, est?n en camino hacia la Jerusal?n celeste; son nuestros salmos. Comentando esas palabras iniciales del salmo, san Agust?n dec?a a sus fieles:

"Corramos porque iremos a la casa del Se?or; corramos porque esta carrera no cansa; porque llegaremos a una meta donde no existe el cansancio. Corramos a la casa del Se?or y que nuestra alma se alegre por quienes nos repiten estas palabras. Ellos vieron la patria antes que nosotros, la vieron los ap?stoles y nos dijeron: ?Corred, daos prisa, seguidnos! "?Vamos a la casa del Se?or!"[14].

Tenemos ante nosotros, en esta capilla, una espl?ndida representaci?n mural de la Jerusal?n celeste, con Mar?a, los ap?stoles y una larga??procesi?n de los Santos de Oriente y Occidente. Ellos nos repiten silenciosamente esta invitaci?n. Acoj?mosla y llev?mosla con nosotros en esta jornada y durante toda la vida.

NOTAS

[1]?Cf. M. Pohlenz,?L'uomo greco, Florencia 1967, p. 173ss.
[2]?Animula vagula, blandula,?traducci?n de Lidia Storoni Mazzolani.
[3]?S. Kierkegaard,?Postilla conclusiva, 4, en?Opere, dirigido por C. Fabro, Florencia 1972, p. 458.
[4]?Miguel de Unamuno, "Cartas in?ditas de Miguel de Unamuno y Pedro Jim?nez Ilundain," ed. Hern?n Ben?tez,?Revista de la Universidad de Buenos Aires, vol. 3, no. 9 (Enero-Marzo 1949), pp. 135. 150.
[5]?San Agust?n,?Tratados sobre el Evangelio de Juan, 45, 2 (PL,? 35, 1720).
[6]?Antonio Fogazzaro, "A Sera," en?Le poesie,?Mil?n, Mondadori, 1935, pp. 194-197.
[7]?G.E. Lessing,??ber den Beweis des Geistes und der Kraft, ed. Lachmann, X, p.36.
[8]?S. Tom?s de Aquino,?Suma Teol?gica, II-IIae, q. 24, art.3, ad 2.
[9]?S. Agust?n, Sermo 378,1 (PL, 39, 1673).
[10]?N. Cabasilas,?Vita in Cristo, I,1-2, ed. dirigido por U. Neri, Tur?n, UTET, 1971, pp.65-67.,
[11]?Beda el Venerable,?Historia ecclesiastica Anglorum, II, 13.
[12]?Il sogno di Geronzio, en?Newman Poeta, dirigido por L. Obertello, Jaka Book, Mil?n 2010, p.124
[13]?Ib, p. 156.
[14]?S. Agust?n,?Enarrationes in Psalmos?121,2 (CCL, 40, p. 1802).


[Traducci?n del italiano por Inma ?lvarez]


Publicado por verdenaranja @ 22:26  | Espiritualidad
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