Viernes, 31 de diciembre de 2010

ZENIT? publica la carta que ha enviado el arzobispo de Valencia, monse?or Carlos Osoro, con el t?tulo "La misi?n de transfigurar el mundo".

Cuando estamos en plena celebraci?n del Adviento, cuando acabamos de escuchar este domingo pasado c?mo Juan Bautista nos dec?a, "convert?os, porque est? cerca el Reino de Dios", hagamos la misi?n de transfigurar el mundo. Cuando la Palabra del Se?or nos invitaba a una "metanoia", a un cambio de mentalidad, de orientaci?n, a una transfiguraci?n de nuestra vida, descubrimos que la invitaci?n era a cambiar nuestra manera de pensar, a abrirnos a la posibilidad de que nuestras ideas, convicciones y seguridades, que a veces no coinciden con las de Dios, se vayan transfigurando. ?Qu? fondo de belleza aparece en el horizonte de nuestra existencia, al ver con suma claridad que nuestra misi?n de cristianos es la de transfigurar el mundo! Y el fondo es de tal belleza porque descubrimos que la tarea del cristiano no es revolucionar el mundo, sino transfigurarlo tomando la fuerza de Jesucristo que nos convoca a la mesa de su Palabra y de la Eucarist?a, para gustar el don de su presencia, formarnos en su escucha y vivir cada vez m?s conscientemente unidos a ?l, Maestro y Se?or.

Si cuando nos referimos a la Transfiguraci?n del Se?or, hablamos del cambio de aspecto de Jes?s en presencia de sus tres disc?pulos predilectos, cuando nos referimos a la transfiguraci?n del mundo, tendremos que tener presente el cambio que este mundo experimenta con la presencia en ?l de los cristianos, con la "metanaoia" producida en sus vidas fruto del encuentro con Jesucristo. ?Qu? belleza tiene un texto de la Carta a Diogneto para explicar esta misi?n de transfigurar el mundo! Describe a los cristianos as?: "lo que el alma es en el cuerpo, los cristianos son al mundo" (Carta a Diogneto, 6). ?Qu? fuerza y qu? belleza tiene la descripci?n que hace de los cristianos en el mundo!: "los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad por su pa?s, su lenguaje o sus costumbres. Tampoco porque vivan en ciudades exclusivas, hablen un dialecto peculiar o practiquen un exc?ntrico estilo de vida... Antes bien, viven en Grecia o en ciudades b?rbaras, cada uno en el lugar que decide o le corresponde, y siguen las costumbres locales en el vestir y el comer y en cualquier otro aspecto de vida, demostrando al tiempo un inusual car?cter de su propia ciudadan?a. Viven en las mismas tierras pero siempre como extra?os; participan en todo como ciudadanos, permaneciendo en todo como extranjeros. Todo pa?s extranjero es su patria, y su descendencia, pero no exponen a sus v?stagos. Comparten sus comidas pero no sus esposas. Ellos est?n en la carne pero no viven de acuerdo a la carne. Viven en la tierra pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las leyes establecidas, pero en su vida privada transcienden las leyes" (Carta a Diogneto, 5, 1-10).

Asumamos la misi?n de transfigurar este mundo que, desde la ?ptica cristiana, es tanto lugar de acci?n de Dios en la historia, como antesala de nuestro verdadero hogar que es la ciudad del Dios vivo, como nos dice la carta a los Hebreos (cf. Heb 12, 22). Transfigura el mundo quien sabe hacer con todas las consecuencias la confesi?n cristol?gica b?sica de la Iglesia, "Jesucristo es el Se?or" (Flp 2, 11), que es quien le da el ?nico fundamento para la esperanza cristiana. Porque una cosa es el optimismo y otra la esperanza cristiana, dado que ?sta est? construida sobre la transformadora convicci?n de que Jes?s es Se?or. ?D?nde los cristianos obtienen el valor para comprometerse con el mundo hasta llegar a su transfiguraci?n? Nos lo ha dicho Hans Urs von Baltasar cuando encuentra el origen de lo que llama "la valent?a para proseguir por el sendero de la historia" en la convicci?n de que el Verbo se har? carne y habitar? entre nosotros, lleno de gracia y de verdad. Solamente el cristiano tiene la valent?a de afirmar el presente porque Dios lo ha afirmado. ?l se hizo hombre como nosotros. ?l vivi? nuestra alienaci?n y muri? en nuestro valle de l?grimas. ?l nos ense?? la plenitud de la gracia y la verdad aqu? y ahora.

Hay que transfigurar este mundo y para ello la Iglesia no tiene una agenda, pero esto no quiere decir que no tenga nada que decir al mundo. Entre otras cosas, le quiere decir que le d? espacio legal, social y psicol?gico para su ministerio de la palabra, del sacramento y de la caridad. El mundo debe de dejar a la Iglesia ser la Iglesia, es decir, una realidad en la naturaleza de un sacramento, un signo e instrumento de la comuni?n con Dios en la unidad de todos los hombres. En el fondo y en la forma, la Iglesia requiere del mundo que le permita ser ella misma. Por otra parte, tambi?n el mundo debe de considerar la posibilidad de su redenci?n. Sabemos que el mundo no siempre acepta agradecidamente el mensaje de la Iglesia, que le est? recordando que podr?a necesitar redenci?n y que esa redenci?n que necesita ha sido realizada por Cristo y en Cristo. La proclamaci?n de esta verdad y la invitaci?n a considerar esta posibilidad en nuestro mundo occidental encuentra, no tanto un rechazo directo, sino una especie de indiferencia social. Pero esto mismo es un riesgo tremendo, pues un mundo que renuncia a su posibilidad de redenci?n se abandona a un vac?o tal que ni siquiera puede asegurar el fundamento cultural en el que construir y mantener la sociedad civil y democr?tica.

Tenemos la misi?n de transfigurar el mundo. Aprovechemos un signo de nuestro tiempo: el anhelo de vida eterna, de permanencia, de infinitud que el ser humano necesita, s?lo puede provenir de Dios. Por tanto, Dios es de primera necesidad para resistir las tribulaciones de este tiempo. Fijemos nuestra atenci?n en algo muy importante que se da en nuestro mundo y entre todos los hombres: una necesidad de sanaci?n que nos da la posibilidad de explicar de nuevo lo que significa salvaci?n. Si Dios est? ausente, la existencia humana enferma y no puede subsistir. El ser humano necesita hoy, m?s que nunca, respuestas que ?l mismo no puede darse. Por eso, nuestro tiempo lo es de Adviento. Sigue siendo necesario decir con Juan Bautista, "convert?os", pues hay necesidad de un cambio que nunca se producir? sin un cambio interior, sin una conversi?n interior. Este cambio supone que coloquemos a Dios nuevamente en primer t?rmino. Y esto no se consigue con palabras, se logra "haciendo ver" con nuestras propias vidas. Hagamos esta propuesta a todos los hombres de nuestro tiempo sin complejos: arriesguemos nuestras vidas a presentar, a trav?s de ellas, el rostro bello del Dios que se nos ha revelado en Jesucristo Nuestro Se?or.


Publicado por verdenaranja @ 15:31  | Hablan los obispos
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