Viernes, 07 de enero de 2011

Homil?a de monse?or Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata, en la solemnidad de la Inmaculada Concepci?n de la Sant?sima Virgen Mar?a (Iglesia del Seminario, 8 de diciembre de 2010). (AICA)

?SUBLIME IMAGEN M?STICA DE LAS BODAS DE LA IGLESIA CON CRISTO?????????

La solemnidad de la Concepci?n Inmaculada de la Sant?sima Virgen Mar?a nos llena el alma de alegr?a espiritual, al contemplar con los ojos de la fe la ?graciosa belleza? con que el Dios uno y trino ha querido dotar, desde el primer instante, la existencia de esta criatura, humilde y sublime a la vez, ?predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnaci?n del Verbo?, como nos dice la Constituci?n Lumen gentium (LG 61).

La fe de la Iglesia Cat?lica confiesa que Mar?a no s?lo no ha cometido nunca ning?n pecado, sino que incluso ha sido preservada de la herencia com?n de todo el g?nero humano, que es el pecado original. Esto se vincula con su vocaci?n de ser la Madre del Redentor. De este modo, la misma gracia de su Hijo, que en todos los tiempos, por obra del Esp?ritu, salva y redime a los hombres, actu? en ella de la forma m?s radical posible: no purific?ndola de la herencia del pecado, como a nosotros, sino preserv?ndola de contraerlo.

El Esp?ritu Santo que Jes?s nos dej?, fue conduciendo a la Iglesia a la comprensi?n cada vez m?s profunda y expl?cita del lugar que la Madre de Cristo ocupa en la obra de nuestra redenci?n, y de las prerrogativas de gracia con que, en orden a esa misi?n, quiso Dios dotarla, a fin de ser para su Hijo ?compa?era singularmente generosa entre todas las dem?s criaturas y humilde esclava del Se?or? (LG 61).

Bajo la acci?n suave e iluminante del Esp?ritu, ya desde el siglo II los Padres de la Iglesia otorgaron a la Madre de Jes?s el t?tulo de ?nueva Eva?, virtualmente contenido en las Sagradas Escrituras (cf. Jn 2,4; 19,26) y con el paso del tiempo se detendr?n en el significado del saludo del ?ngel en la Anunciaci?n, quien la llama ?llena de gracia? (Lc 1,28).

Antes de ser objeto de especulaci?n teol?gica, ella fue ocupando un lugar de privilegio en la mente y el coraz?n de los fieles y de los pastores, quienes primero entender?n su ?ntima asociaci?n a Cristo en la obra de nuestra redenci?n y luego, m?s lenta y laboriosamente, los efectos que sobre ella misma produjo la gracia redentora de su Hijo.

Antes que el concepto est? la vida. Por eso, la experiencia interior de las realidades sobrenaturales se anticip? al razonamiento. Antes que la f?rmula dogm?tica estuvo la intuici?n de la fe. No esper? la Iglesia diecinueve siglos para celebrar la plenitud de gracia de Mar?a. Lo sab?a desde siempre, aunque este saber encontrar? su expresi?n conceptual m?s acabada s?lo con un fatigoso esfuerzo de siglos. La percepci?n de su deslumbrante belleza y del fulgor de su santidad aconteci? antes que el discurso intelectual. El amor y la alabanza se anticiparon a la comprensi?n teol?gica. El canto jubiloso de la Iglesia estuvo primero, la palabra exacta vino despu?s.

Ella hizo las delicias de la contemplaci?n de los fieles y, en clima de alabanza a la Trinidad y a su obra salvadora, ser? llamada en oriente ?toda santa?, panag?a. Por doquier la Iglesia, en lenguaje despojado de tecnicismo, comenzar? a celebrar en ella una santidad que se remonta a los or?genes de su existencia. Se trataba de celebrar a aquella a quien el Esp?ritu Santo preparaba desde el principio para ser la digna Madre de Dios, morada sant?sima del Hijo eterno, su m?stica esposa y compa?era asociada a su obra salvadora.

Si nos propusi?ramos hacer un elenco de los textos de la tradici?n eclesial sobre la santidad intacta de la Madre de Dios, escuchar?amos un extenso himno de alabanza incomparable a lo largo de los siglos, desde oriente a occidente. Para nuestra com?n edificaci?n me complazco en espigar algunos, seleccionados casi al azar. Es parte de nuestro homenaje hacia la Pur?sima hacer resonar en este d?a la voz de la Tradici?n.

En occidente, a finales del siglo IV y comienzos del V, San M?ximo de Tur?n, en una homil?a sobre la Navidad del Se?or, hablar? de la ?gracia original? de Mar?a (ML 57,235). El patriarca San Proclo de Constantinopla, en el siglo V la saludaba con estas palabras: ?Santuario de impecabilidad, templo santificado por Dios, para?so verdeante e incorruptible? (Hom.). En Palestina, hacia fines del siglo VI, el obispo Teotecno de Livias, afirmaba: ?Nace como los querubines, aquella que es de una arcilla pura e inmaculada?. Entre el siglo VII y el VIII San Andr?s de Creta dir? que estuvo ?dotada del don de la primera creaci?n de parte de Dios? (MG 97,812).

La gran familiaridad con las Escrituras, pronto llev? a los Padres a decir de Mar?a lo que San Pablo dice de la Iglesia, esposa santa e inmaculada (cf. Ef 5,27). En una homil?a sobre la Anunciaci?n, San Gregorio de Nisa en el siglo IV exclamaba: ??Salve, por tanto, llena de gracia! Eres grata a aquel que te ha creado (?). Eres grata a quien goza de la belleza de las almas; has encontrado un esposo que custodia y no corrompe tu virginidad; has encontrado un esposo que, con gran amor, ha querido convertirse en tu hijo?.

Entre el siglo IV y el V, San Paulino de Nola se expresaba en forma an?loga: ??Sublime imagen m?stica de las bodas de la Iglesia con Cristo! Tambi?n ella es hermana del Se?or y esposa cari?osa. Como madre recibe la semilla de la Palabra eterna, lleva al pueblo en su seno y lo conduce a la luz. La esposa que nadie ha tocado, permanece verdaderamente hermana en el amor; su abrazo es el Esp?ritu, porque quien la ama es Dios?.

Eco de la misma tradici?n, en el Prefacio de la Misa de hoy oiremos decir de Mar?a que es ?comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura?. Esta mujer ?plasmada y hecha una nueva creatura por el Esp?ritu Santo? ha sido dotada de este resplandor de santidad en orden a colaborar ?ntimamente con Cristo abrazando ?de todo coraz?n y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salv?fica de Dios? (LG 56).

Una hermosa oraci?n del ?mbito de la Iglesia de Ravena, entre los siglos IV y V, celebra a Mar?a como morada o templo de Dios por su papel en la Encarnaci?n: ?Oh Dios, majestad eterna, tu inexpresable Palabra anunciada por el ?ngel fue acogida y la Virgen inmaculada se convirti? en habitaci?n del Dios viviente, llena de la luz del Esp?ritu Santo? (Rollo de Ravena).

Citemos, por ?ltimo, la divina liturgia llamada de San Basilio, donde el oriente bizantino eleva esta plegaria, despu?s de la consagraci?n y de la ep?clesis: ?En ti se alegra, oh llena de gracia, toda la creaci?n, el coro de los ?ngeles y el g?nero humano; en ti, templo santificado y para?so racional, gloria de la virginidad de la que Dios tom? carne y se hizo ni?o, aquel que es nuestro Dios antes de los siglos. ?l form? tu vientre e hizo de ?l su trono, lo ha hecho m?s amplio que los cielos?.

A la luz de estos testimonios, se entiende mejor la oraci?n inicial de esta Misa de la Inmaculada, redactada en el siglo XV: ?Dios nuestro que por la Concepci?n Inmaculada de la Virgen Mar?a preservada de todo pecado, preparaste a tu Hijo una digna morada en atenci?n a los m?ritos de la muerte redentora de Cristo??. Esto significa que el misterio de la Inmaculada consiste en poner los cimientos de un templo o morada magn?fica donde habitar? Cristo. Por eso, la Iglesia en este d?a celebra tambi?n su propio misterio, conforme a las palabras del Ap?stol: ?En ?l, tambi?n ustedes son incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de Dios en el Esp?ritu? (Ef 2,22).

Nueva Eva, m?stica esposa y, a la vez, madre y compa?era inseparable del Redentor, digna morada o templo sant?simo del Hijo de Dios, figuran entre los principales t?tulos con que la liturgia celebra hoy a la Madre de Cristo en las oraciones, lecturas b?blicas y el Prefacio de la Misa. Son estas alabanzas las que fueron preparando el paso de la invocaci?n a Mar?a como Virgen inmaculada a la proclamaci?n de la Inmaculada Concepci?n de la Virgen Mar?a.

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Al contemplarla en la plenitud de su gracia, nos dejamos fascinar por aquella que ?brilla como signo de segura esperanza y consolaci?n para el pueblo de Dios en camino? (LG 68).

De su contemplaci?n sacamos fuerzas para iluminar la realidad de nuestro mundo. El contraste no puede ser mayor cuando pensamos en tantos j?venes que en nuestra sociedad viven envueltos en permanentes mensajes que orientan hacia modelos de vida que no pueden dar lo que prometen, con el resultado del vac?o y la p?rdida del sentido de la vida. No s?lo los j?venes, sino los adolescentes y hasta los ni?os, son hoy con frecuencia v?ctimas de una activa propaganda que corrompe la verdadera concepci?n del amor y profana el cuerpo, templo del Esp?ritu.

Frente a esto, la belleza inmaculada de nuestra Madre es garant?a de que la gracia es m?s potente que el pecado y nos autoriza a esperar la redenci?n de cualquier esclavitud. No se libera el hombre por su propio esfuerzo, sino correspondiendo a la gracia de Cristo, que nos precede y acompa?a.

Pensamos tambi?n hoy en las luchas de nuestra Iglesia, que siente la desproporci?n de sus fuerzas ante la magnitud de los desaf?os culturales del momento. La Inmaculada nos invita a entrar en su misma l?gica de peque?ez y gratuidad, de asociaci?n ?ntima a su Hijo sin m?s armas que la fe y los valores del Evangelio. En la Virgen Inmaculada, la Iglesia se mira como en un espejo y se deja reformar sin cesar seg?n su imagen.

Como disc?pulos y misioneros de Jesucristo, no podemos ser ajenos a las esperanzas, crisis y angustias de nuestra patria. Diversos debates p?blicos sobre temas esenciales para la dignidad del hombre, reclaman de los hijos de la Iglesia gran claridad de ideas, fortaleza y mansedumbre en el testimonio, y una invencible esperanza en la victoria final de la verdad y del amor, en el tiempo fijado por Dios.

A igual distancia del desaliento humano y de un f?cil triunfalismo, sabemos que la palabra final de la historia consiste en el triunfo de Cristo nuevo Ad?n, quien asocia a Mar?a nueva Eva. En ellos se revela el misterio de la Iglesia, como primicia de la humanidad redimida.

Hacia el t?rmino de las actividades comunes del Seminario durante este a?o, ponemos en su coraz?n inmaculado las alegr?as y logros, las dificultades y tristezas de la labor realizada, con la esperanza de que se transformen en semillas del Reino de su Hijo.

Cerramos esta meditaci?n en honor de la Virgen cediendo la palabra a la poes?a de un c?lebre himno bizantino: ?Salve, oh tienda del Verbo divino;/ Salve, m?s grande que el grande santuario./ Salve, oh arca que el Esp?ritu dora;/ Salve, tesoro inexhausto de vida? (Ak?thistos, estr.23).?

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:30  | Homil?as
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