S?bado, 08 de enero de 2011

ZENIT? nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigi?el viernes 17 de Diciembre de 2010?al nuevo embajador de Italia ante la Santa Sede, Francesco Maria Greco, al recibir de este sus Cartas Credenciales.

Se?or embajador,

estoy contento de acoger las Cartas con las que el presidente de la Rep?blica Italiana le acredita como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante la Santa Sede. Al agradecerle por la nobles expresiones que me ha dirigido, mi pensamiento se extiende al Jefe de Estado, a las dem?s Autoridades y a todo el querido pueblo italiano. Continuamente tengo la ocasi?n de constatar qu? fuerte es la conciencia de los v?nculos particulares entre la Sede de Pedro e Italia, que encuentran expresi?n significativa tanto en la atenci?n que las autoridades civiles tienen por el Sucesor del Pr?ncipe de los Ap?stoles y por la Santa Sede, como en el afecto que la gente de Italia me demuestra con tanto entusiasmo aqu? en Roma y durante los viajes que realizo en el pa?s, como ha sucedido tambi?n recientemente con ocasi?n de mi visita a Palermo. Quisiera asegurar que mi oraci?n acompa?a de cerca las vicisitudes alegres y tristes de Italia, por la que pido al Dador de todo bien que le conserve el tesoro precioso de la fe cristiana y que le conceda los dones de la concordia y de la prosperidad.

En esta feliz circunstancia Le dirijo, con mi cordial bienvenida, un ferviente augurio por la comprometida misi?n que usted asume oficialmente hoy. De hecho, la Embajada de Italia ante la Santa Sede ? cuya prestigiosa sede, ligada tambi?n a la memoria de san Carlos Borromeo, pude visitar hace ya dos a?os ? constituye un importante punto de conexi?n para las relaciones de intensa colaboraci?n que existen entre la Santa Sede e Italia, no solo desde el punto de vista bilateral, sino tambi?n en el m?s amplio contexto de la vida internacional. Adem?s, la Representaci?n diplom?tica, cuya gu?a usted asume, ofrece una contribuci?n v?lida al desarrollo de relaciones armoniosas entre la comunidad civil y la eclesial en el pa?s, y presta tambi?n preciosos servicios al Cuerpo Diplom?tico acreditado ante la Santa Sede. Estoy seguro de que bajo su gu?a, esta intensa actividad proseguir? con renovado empuje, y ya desde ahora le expreso a usted y a sus colaboradores mi vivo reconocimiento.

Como usted ha recordado, han comenzado las celebraciones del 150? aniversario de la unidad de Italia, ocasi?n para una reflexi?n no s?lo de tipo conmemorativo, sino tambi?n de car?cter proyectual, muy oportuna en la dif?cil fase hist?rica actual, nacional e internacional. Estoy contento de que tambi?n los pastores y los diversos componentes de la comunidad eclesial est?n implicados activamente en la conmemoraci?n del proceso de unificaci?n de la Naci?n iniciado en 1861.

Ahora, uno de los aspectos m?s relevantes de ese largo, a veces fatigoso y controvertido, camino, que ha llevado a la actual fisionom?a del Estado italiano, est? constituido por la b?squeda de una correcta distinci?n y de formas justas de colaboraci?n entre la comunidad civil y la religiosa, exigencia tanto m?s sentida en un pa?s como Italia, cuya historia y cultura est?n tan profundamente marcadas por la Iglesia cat?lica y en cuya capital tiene su sede episcopal el Jefe visible de esta Comunidad, difundida en todo el mundo. Estas caracter?sticas, que desde hace siglos forman parte del patrimonio hist?rico y cultural de Italia no pueden ser negadas, olvidadas o marginadas; la experiencia de estos 150 a?os ense?a que cuando se ha intentado hacerlo, se han causado peligrosos desequilibrios y dolorosas fracturas en la vida social del pa?s.

A este respecto, vuestra Excelencia ha recordado oportunamente la importancia de los Pactos de Letr?n y del Acuerdo de Villa Madama, que fijan las coordenadas de un justo equilibrio de relaciones, del que se benefician tanto la Sede Apost?lica como el Estado y la Iglesia en Italia. De hecho, el Tratado de Letr?n, configurando el Estado de la Ciudad del Vaticano y previendo una serie de inmunidades personales y reales, ha puesto las condiciones para asegurar al Pont?fice y a la Santa Sede plena soberan?a e independencia, en tutela de su misi?n universal. A su vez, el Acuerdo de modificaci?n del Concordato mira fundamentalmente a garantizar el pleno ejercicio de la libertad religiosa, es decir, de ese derecho, que es hist?rica y objetivamente el primero entre los fundamentales de la persona humana. Es por ello de gran importancia observar y, al mismo tiempo, desarrollar la letra y el esp?ritu de esos Acuerdos y de los que derivan de ellos, recordando que ?stos han garantizado y pueden a?n garantizar una serena convivencia de la sociedad italiana.

Aquellos pactos internacionales no son expresi?n de una voluntad de la Iglesia o de la Santa Sede de obtener poder, privilegios o posiciones de ventaja econ?mica y social, ni con ellos se pretende sobrepasar el ?mbito que es propio de la misi?n asignada por el Divino Fundador a Su comunidad en la tierra. Al contrario, estos acuerdos tienen su fundamento en la justa voluntad por parte del Estado de garantizar a los individuos y a la Iglesia el pleno ejercicio de la libertad religiosa, derecho que tiene una dimensi?n no s?lo personal, pues ?la misma naturaleza social del hombre exige que ?ste manifieste externamente los actos internos de religi?n, que se comunique con otros en materia religiosa, que profese su religi?n de forma comunitaria" (CONC. VAT. II, Decl. Dignitatis humanae, 3). La libertad religiosa es, por tanto, un derecho, adem?s de individual, de la familia, de los grupos religiosos y de la Iglesia (cfr?ibid., 4-5.13), y el Estado est? llamado a tutelar no s?lo los derechos de los creyentes a la libertad de conciencia y de religi?n, sino tambi?n el papel leg?timo de la religi?n y de las comunidades religiosas en la esfera p?blica.

El recto ejercicio y el correspondiente reconocimiento de este derecho permiten a la sociedad valerse de los recursos morales y de la generosa actividad de los creyentes. Por esto no se puede pensar en conseguir el aut?ntico progreso social, recorriendo el camino de la marginaci?n o incluso del rechazo expl?cito del factor religioso, como en nuestros tiempos se tiende a hacer con diversas modalidades. Una de estas es, por ejemplo, el intento de eliminar de los lugares p?blicos la exposici?n de los s?mbolos religiosos, el primero de ellos el Crucifijo, que es ciertamente el emblema por excelencia de la fe cristiana, pero que, al mismo tiempo, habla a todos los hombres de buena voluntad y, como tal, no es factor que discrimina. Deseo expresar mi vivo aprecio al Gobierno italiano que a este respecto se ha movido en conformidad con una correcta visi?n de la laicidad y a la luz de su historia, cultura y tradici?n, encontrando en ello el apoyo positivo tambi?n de otras Naciones europeas.

Mientras en algunas sociedades hay intentos de marginar la dimensi?n religiosa, las noticias recientes nos dan testimonio de c?mo en nuestros d?as se llevan a cabo tambi?n abiertas violaciones de la libertad religiosa. Frente a esta dolorosa realidad, la sociedad italiana y sus Autoridades han demostrado una particular sensibilidad por la suerte de esas minor?as cristianas, que, con motivo de su fe, sufren violencias, son discriminadas o obligadas a una emigraci?n forzosa de su patria. Auguro que pueda crecer en todas partes la conciencia de esta problem?tica y que, en consecuencia, se intensifiquen los esfuerzos por ver realizado, en todas partes y por todos, el pleno respeto de la libertad religiosa. Estoy seguro de que al compromiso en este sentido por parte de la Santa Sede no faltar? el apoyo de Italia en el ?mbito internacional.

Se?or embajador, concluyendo mis reflexiones, deseo asegurarle que, en el cumplimiento de la alta misi?n a usted confiada, podr? contar con mi apoyo y el de mis colaboradores. Sobre todo invoco sobre estos comienzos la protecci?n de la Madre de Dios, tan amada y venerada en toda la Pen?nsula, y de los patronos de la naci?n, los santos Francisco de As?s y Catalina de Siena, y le imparto de coraz?n a usted, a su familia, a sus colaboradores y al querido pueblo italiano la Bendici?n Apost?lica.

[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:21  | Habla el Papa
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