Jueves, 13 de enero de 2011

ZENIT? nos ofrece el discurso de felicitaci?n de Navidad a los cardenales y miembros de la Curia Roma, a a quienes recibi? el lunes, 20 e Diciembre de 2010,?en la Sala Regia del Palacio Apost?lico.

Se?ores cardenales,
venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas

Me encuentro con vosotros con vivo agrado, queridos Miembros del Colegio Cardenalicio, representantes de la Curia Romana y de la Gobernaci?n, para esta cita tradicional. Os dirijo a cada uno un cordial saludo, empezando por el cardenal Angelo Sodano, a quien doy las gracias por las expresiones de devoci?n y de comuni?n, y por los fervientes augurios que me ha dirigido en nombre de todos. Prope est jam Dominus, venite, adoremus! Contemplamos como una ?nica familia el misterio del Emmanuel, del Dios-con-nosotros, como dijo el cardenal decano. Os devuelvo de buen grado vuestras felicitaciones y deseo agradeceros vivamente a todos, incluyendo a los representantes pontificios diseminados por el mundo, la aportaci?n competente y generosa que cada uno presta al Vicario de Cristo y a la Iglesia.

"Excita, Domine, potentiam tuam, et veni" ? con estas palabras y otras similares, la liturgia de la Iglesia reza repetidamente en los d?as del Adviento. Son invocaciones formuladas probablemente en el periodo de decadencia del Imperio Romano. La descomposici?n de los ordenamientos que sosten?an el derecho y de las actitudes morales de fondo, que daban fuerza a aquellos, causaban la ruptura de los m?rgenes que hasta aquel momento hab?an protegido la convivencia pac?fica entre los hombres. Un mundo estaba desapareciendo. Frecuentes cataclismos naturales aumentaban a?n m?s esta experiencia de inseguridad. No se ve?a fuerza alguna que pudiese frenar aquel ocaso. Tanto m?s insistente era la invocaci?n del poder propio de Dios: que ?l viniera y protegiera a los hombres de todas estas amenazas.

"Excita, Domine, potentiam tuam, et veni". Tambi?n hoy tenemos nosotros muchos motivos para asociarnos a esta oraci?n de Adviento de la Iglesia. El mundo, con todas sus nuevas esperanzas y posibilidades, est? al mismo tiempo angustiado por la impresi?n de que el consenso moral se est? disolviendo, un consenso sin el cual las estructuras jur?dicas y pol?ticas no funcionan; en consecuencia, las fuerzas movilizadas para la defensa de estas estructuras parecen estar destinadas al fracaso.

Excita ? la oraci?n recuerda el grito dirigido al Se?or, que estaba durmiendo en la barca de los disc?pulos zarandeada por la tempestad y a punto de hundirse. Cuando su palabra poderosa hubo aplacado la tempestad, ?l reproch? a los disc?pulos por su poca fe (cfr Mt 8,26 y par.). Quer?a decir: en vosotros mismos, la fe se ha dormido. Lo mismo quiere decirnos tambi?n a nosotros. Tambi?n en nosotros la fe a menudo se duerme. Pid?mosle por tanto que nos despierte del sue?o de una fe que se ha vuelto cansada y que vuelva a dar a nuestra fe el poder de mover las monta?as -es decir, de dar el orden justo a las cosas del mundo.

"Excita, Domine, potentiam tuam, et veni": en las grandes angustias, a la que hemos sido expuestos este a?o, esta oraci?n de Adviento me ha vuelto siempre al coraz?n y a los labios. Con gran alegr?a hab?amos comenzado el A?o sacerdotal y, gracias a Dios, pudimos concluirlo tambi?n con gran agradecimiento, a pesar de que se llevara a cabo de forma tan distinta a como esper?bamos. En nosotros los sacerdotes, y en los laicos, y precisamente tambi?n en los j?venes, se ha renovado la conciencia de qu? don representa el sacerdocio de la Iglesia cat?lica, que el Se?or nos ha confiado. Nos hemos dado cuenta nuevamente de qu? bello es que los seres humanos hayamos sido autorizados a pronunciar, en nombre de Dios y con pleno poder, la palabra del perd?n, y seamos as? capaces de cambiar el mundo, la vida; qu? hermoso es que los seres humanos hayamos sido autorizados a pronunciar las palabras de la consagraci?n, con las que el Se?or atrae hacia s? un trozo de mundo, y en cierta forma lo transforme en su sustancia; qu? hermoso es poder estar, con la fuerza del Se?or, cerca de los hombres en sus alegr?as y sufrimientos, tanto en las horas importantes como en las horas oscuras de la existencia; qu? hermoso es tener en la vida como tarea no esto o lo otro, sino sencillamente el ser mismo del hombre ? para ayudarle a que se abra a Dios y que viva a partir de Dios. Por eso hemos sido turbados cuando, precisamente en este a?o y en una dimensi?n inimaginable para nosotros, hemos tenido conocimiento de abusos contra menores cometidos por sacerdotes, que trabucan el Sacramento en su contrario: bajo el manto de lo sagrado hieren profundamente a la persona humana en su infancia y le acarrean un da?o para toda la vida.

En este contexto, me ven?a a la mente una visi?n de santa Hildegarda de Bingen que describe de forma conmovedora lo que hemos vivido este a?o: ?En el a?o 1170 despu?s del nacimiento de Cristo estuve durante largo tiempo enferma en la cama. Entonces, f?sica y mentalmente despierta, vi a una mujer de una belleza tal que la mente humana no era capaz de comprender. Su figura se ergu?a desde la tierra hasta el cielo. Su rostro brillaba con un resplandor sublime. Su mirada estaba dirigida al cielo. Estaba vestida con una t?nica luminosa y radiante de seda blanca y un manto guarnecido de piedras preciosas. En los pies calzaba zapatos de ?nice. Pero su rostro estaba embadurnado de polvo; su vestido, por el lado derecho, estaba desgarrado. Tambi?n el manto hab?a perdido su belleza singular, y sus zapatos estaban ensuciados por encima. Con voz alta y dolorida, la mujer grit? hacia el cielo: '?Escucha, oh cielo, mi rostro est? manchado! ?Afl?gete, oh tierra: mi vestido est? desgarrado! ?Tiembla, oh abismo: mis zapatos est?n ensuciados!?

Y prosigui?: ?Estaba escondida en el coraz?n del Padre, hasta que el Hijo del hombre, concebido y dado a luz en la virginidad, derram? su sangre. Con esta sangre, como dote suya, me tom? como su esposa.

Los estigmas de mi esposo permanecen frescos y abiertos, mientras est?n abiertas las heridas de los pecados de los hombres. Precisamente el que sigan abiertas las heridas de Cristo es por culpa de los sacerdotes. Estos desgarran mi t?nica porque son transgresores de la Ley, del Evangelio y de su deber sacerdotal. Quitan el esplendor a mi manto, porque descuidan totalmente los preceptos que se les impusieron. Ensucian mis zapatos, porque no caminan por sendas rectas, es decir, en las duras y severas de la justicia, y tampoco dan buen ejemplo a sus s?bditos. Con todo, encuentro en algunos el esplendor de la verdad?.

Y escuch? una voz del cielo que dec?a: 'Esta imagen representa a la Iglesia. Por esto, oh ser humano que ves todo esto y que escuchas las palabras de lamento, an?ncialo a los sacerdotes que est?n destinados a la gu?a y a la instrucci?n del pueblo de Dios y a los cuales, como a los ap?stoles, se ha dicho: Id a todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda criatura? (Mc 16,15)" (Carta a Werner von Kirchheim y a su comunidad sacerdotal: PL 197, 269ss).

En la visi?n de santa Hildegarda, el rostro de la Iglesia est? cubierto de polvo, y es as? como lo hemos visto nosotros. Su vestido est? desgarrado ? por culpa de los sacerdotes. As? como ella lo vio y expres?, lo hemos vivido este a?o. Debemos aceptar esta humillaci?n como una exhortaci?n a la verdad y una llamada a la renovaci?n. S?lo la verdad salva. Debemos preguntarnos qu? podemos hacer para reparar lo m?s posible la injusticia cometida. Debemos preguntarnos qu? era equivocado en nuestro anuncio, en toda nuestra forma de configurar el ser cristiano, de manera que una cosa semejante pudiera suceder. Debemos encontrar una nueva determinaci?n en la fe y en el bien. Debemos ser capaces de penitencia. Debemos esforzarnos en intentar todo lo posible, en la preparaci?n al sacerdocio, para que una cosa semejante no pueda volver a suceder. ?ste es tambi?n el lugar para agradecer de coraz?n a todos aquellos que se han empe?ado en ayudar a las v?ctimas y en devolverles la confianza en la Iglesia, la capacidad de creer en su mensaje. En mis encuentros con las v?ctimas de este pecado, siempre he encontrado a personas que, con gran dedicaci?n, est?n al lado de quienes sufren y han sufrido da?o. ?sta es la ocasi?n tambi?n para dar las gracias tambi?n a tantos buenos sacerdotes que transmiten en humildad y fidelidad la bondad del Se?or y que, en medio de las devastaciones, son testigos de la belleza no perdida del sacerdocio.

Somos conscientes de la particular gravedad de este pecado cometido por sacerdotes y de nuestra correspondiente responsabilidad. Pero no podemos tampoco callar sobre el contexto de nuestro tiempo en el que hemos tenido que ver estos acontecimientos. Existe un mercado de la pornograf?a que afecta a los ni?os, que de alguna forma parece ser considerado por la sociedad cada vez m?s como algo normal. La destrucci?n psicol?gica de ni?os, cuyas personas son reducidas a art?culo de mercado, es un espantoso signo de los tiempos. Escucho de los obispos de pa?ses del Tercer Mundo una y otra vez que el turismo sexual amenaza a una generaci?n entera y la da?a en su libertad y en su dignidad humana. El Apocalipsis de san Juan enumera entre los grandes pecados de Babilonia ? s?mbolo de las grandes ciudades irreligiosas del mundo ? el hecho de practicar el comercio de los cuerpos y de las almas y de hacer de ellos una mercanc?a (cfrAp 18,13). En este contexto, se plantea tambi?n el problema de la droga, que con fuerza creciente extiende sus tent?culos de pulpo en todo el globo terrestre ? expresi?n elocuente de la dictadura de Mamm?n que pervierte al hombre. Todo placer resulta insuficiente y el exceso en el enga?o de la embriaguez se convierte en una violencia que destruye regiones enteras, y esto en nombre de un malentendido fatal de la libertad en el que precisamente la libertad del hombre es minada y al final anulada del todo.

Para oponernos a estas fuerzas debemos echar una mirada a sus fundamentos ideol?gicos. En los a?os 70, la pedofilia fue teorizada como algo totalmente conforme al hombre y tambi?n al ni?o. Esto, sin embargo, formaba parte de una perversi?n de fondo del concepto de ethos. Se afirmaba ? incluso en el ?mbito de la teolog?a cat?lica ? que no exist?an ni el mal en s? ni el bien en s?. Existir?an s?lo un ?mejor que? y un ?peor que?. Nada ser?a de por s? bueno o malo. Todo depender?a de las circunstancias y del fin pretendido. Seg?n los fines y las circunstancias, todo podr?a ser bueno o tambi?n malo. La moral se sustituy? por un c?lculo de las consecuencias y con ello dej? de existir. Los efectos de tales teor?as son hoy evidentes. Contra ellas el papa Juan Pablo II, en su enc?clica Veritatis splendor de 1993, indic? con fuerza prof?tica en la gran tradici?n del ethos cristiano las bases esenciales de la actuaci?n moral. Este texto debe ser puesto hoy nuevamente en el centro como camino en la formaci?n de la conciencia. Es responsabilidad nuestra hacer nuevamente audibles y comprensibles entre los hombres estos criterios como v?as de la verdadera humanidad, en el contexto de la preocupaci?n por el hombre, en la que estamos inmersos.

Como segundo punto quisiera decir algo sobre el S?nodo de las Iglesias de Oriente Medio. Este comenz? con mi viaje a Chipre donde pude entregar el Instrumentum laboris para el S?nodo a los obispos de esos pa?ses all? reunidos. Permanece inolvidable la hospitalidad de la Iglesia ortodoxa que pudimos experimentar con gran gratitud. Aunque la comuni?n plena no nos ha sido dada a?n, constatamos con alegr?a, con todo, que la forma b?sica de la Iglesia antigua nos une profundamente unos a otros; el ministerio sacramental de los Obispos como portadores de la tradici?n apost?lica, la lectura de la Escritura seg?n la hermen?utica de la Regula fidei, la comprensi?n de la Escritura en la unidad multiforme centrada en Cristo y desarrollada gracias a la inspiraci?n de Dios y, finalmente, la fe en la centralidad de la Eucarist?a en la vida de la Iglesia. As? hemos encontrado de modo vivo la riqueza de los ritos de la Iglesia antigua tambi?n dentro de la Iglesia cat?lica. Tuvimos liturgias con maronitas y con melquitas, celebramos en rito latino y tuvimos momentos de oraci?n ecum?nica con los ortodoxos y, en manifestaciones imponentes, pudimos ver la rica cultura cristiana del Oriente cristiano. Pero vimos tambi?n el problema del pa?s dividido. Se hac?an visibles las culpas del pasado y las profundas heridas, pero tambi?n el deseo de paz y de comuni?n como exist?an antes. Todos son conscientes del hecho de que la violencia no lleva a ning?n progreso ? ?sta, de hecho, ha creado la situaci?n actual. S?lo en el compromiso y en la comprensi?n mutua puede restablecerse una unidad. Preparar a la gente a esta actitud de paz es una tarea esencial de la pastoral.

En el S?nodo la mirada se extendi? tambi?n a todo Oriente Medio, donde conviven los fieles pertenecientes a religiones distintas y tambi?n a m?ltiples tradiciones y ritos distintos. En lo que respecta a los cristianos, hay Iglesias precalcedonenses y calcedonenses; Iglesias en comuni?n con Roma y otras que est?n fuera de esta comuni?n, y en ambas existen, uno junto a otro, m?ltiples ritos. En los des?rdenes de los ?ltimos a?os ha sido turbada la historia de convivencia, las tensiones y las divisiones han crecido, de modo que cada vez m?s con temor somos testigos de actos de violencia en los que ya no se respeta lo que para el otro es sagrado, sino que al contrario, se derrumban las reglas m?s elementales de la humanidad. En la situaci?n actual, los cristianos son la minor?a m?s oprimida y atormentada. Durante siglos vivieron pac?ficamente junto con sus vecinos jud?os y musulmanes. En el S?nodo escuchamos las sabias palabras del Consejo del Mufti de la Rep?blica del L?bano contra los actos de violencia contra los cristianos. ?l dec?a: hiriendo a los cristianos nos herimos a nosotros mismos. Por desgracia, ?sta y otras voces an?logas de la raz?n, por las que estamos profundamente agradecidos, son demasiado d?biles. Tambi?n aqu? el obst?culo es la uni?n entre la avidez de lucro y la ceguera ideol?gica. Sobre la base del esp?ritu de la fe y de su racionabilidad, el S?nodo ha desarrollado un gran concepto de di?logo, de perd?n y de mutua acogida, un concepto que queremos ahora gritar al mundo. El ser humano es uno solo y la humanidad es una sola. Lo que en cualquier lugar se haga contra un hombre al final da?a a todos. As? las palabras y las ideas del S?nodo deben ser un fuerte grito dirigido a todas las personas con responsabilidad pol?tica o religiosa para que detengan la cristianofobia; para que se levanten en defensa de los pr?fugos y de los que sufren y revitalicen el esp?ritu de la reconciliaci?n. En ?ltimo an?lisis, la curaci?n podr? venir s?lo de una fe profunda en el amor reconciliador de Dios. Dar fuerza a esta fe, nutrirla y hacerla resplandecer es la tarea principal de la Iglesia en esta hora.

Me gustar?a hablar detalladamente del inolvidable viaje al Reino Unido, pero quiero limitarme a dos puntos que est?n relacionados con el tema de la responsabilidad de los cristianos en este tiempo y con la tarea de la Iglesia de anunciar el Evangelio. El pensamiento sale ante todo al encuentro con el mundo de la cultura en la Westminster Hall, un encuentro en el que la conciencia de la responsabilidad com?n en este momento hist?rico cre? una gran atenci?n, que, en el fondo, se dirige a la cuesti?n sobre la verdad y la propia fe. Que en este debate la Iglesia debe dar su propia contribuci?n, era evidente para todos. Alexis de Tocqueville, en su ?poca, hab?a observado que en Am?rica la democracia hab?a sido posible y hab?a funcionado porque exist?a un consenso moral de base que, yendo m?s all? de las denominaciones individuales, un?a a todos. S?lo si existe un consenso semejante sobre lo esencial, las constituciones y el derecho pueden funcionar. Este consenso de fondo procedente del patrimonio cristiano est? en peligro all? donde en su lugar, en lugar de la raz?n moral, se coloca la mera racionalidad finalista de la que he hablado hace un momento. Esto supone en realidad una ceguera de la raz?n hacia lo que es esencial. Combatir contra esta ceguera de la raz?n y conservar su capacidad de ver lo esencial, de ver a Dios y al hombre, lo que es bueno y lo que es verdadero, es el inter?s com?n que debe unir a todos los hombres de buena voluntad. Est? en juego el futuro del mundo.

Finalmente, quisiera recordar una vez m?s la beatificaci?n del cardenal John Henry Newman. ?Por qu? ha sido beatificado? ?Qu? tiene que decirnos? A estas preguntas se pueden dar muchas respuestas, que ya se han desarrollado en el contexto de la beatificaci?n. Quisiera poner de manifiesto solamente dos aspectos que van unidos y que, a fin de cuentas, expresan lo mismo. El primero es que debemos hablar de las tres conversiones de Newman, porque son los pasos de un camino espiritual que nos interesa a todos. Quisiera subrayar aqu? s?lo la primera conversi?n: la conversi?n a la fe en el Dios vivo. Hasta aquel momento, Newman pensaba como la mayor?a de los hombres de su tiempo y como la mayor?a de los hombres de hoy, que no excluyen simplemente la existencia de Dios, pero que la consideran como algo inseguro, que no tiene un papel esencial en la propia vida. Lo que a ?l le parec?a verdaderamente real, como a los hombres de su tiempo, era lo emp?rico, lo que es materialmente perceptible. ?sta es la ?realidad? seg?n la cual se orientaba. Lo ?real? es lo que es aprehensible, son las cosas que se pueden calcular y tomar en la mano. En su conversi?n Newman reconoce que las cosas son precisamente al contrario: que Dios y el alma, el ser mismo del hombre a nivel espiritual, constituyen lo que es verdaderamente real, lo que cuenta. Son mucho m?s reales que los objetos perceptibles. Esta conversi?n constituye un giro copernicano. Lo que hasta entonces le hab?a parecido como irreal y secundario se revela como lo verdaderamente decisivo. Donde una conversi?n semejante tiene lugar, no cambia simplemente una teor?a, sino que cambia la forma fundamental de la vida. Todos nosotros tenemos siempre necesidad de esta conversi?n: entonces estamos en el buen camino.

La fuerza motriz que le empujaba en el camino de la conversi?n, en Newman, era la conciencia. ?Pero qu? se entiende con ello? En el pensamiento moderno, la palabra "conciencia" significa que en materia de moral y de religi?n, la dimensi?n subjetiva, el individuo, constituye la ?ltima instancia de la decisi?n. El mundo se divide en los ?mbitos de lo objetivo y de lo subjetivo. A lo objetivo pertenecen las cosas que se pueden calcular y comprobar mediante el experimento. La religi?n y la moral se sustraen a estos m?todos y por ello se consideran en el ?mbito de lo subjetivo. Aqu? no existir?an, en ?ltimo an?lisis, criterios objetivos. La ?ltima instancia que puede decidir aqu? ser?a por tanto s?lo el sujeto, y con la palabra ?conciencia? se expresa precisamente esto: en este ?mbito puede decidir s?lo el individuo con sus intuiciones y experiencias. La concepci?n que Newman tiene de la conciencia es diametralmente opuesta. Para ?l ?conciencia? significa la capacidad de verdad del hombre: la capacidad de reconocer precisamente en los ?mbitos decisivos de su existencia ? religi?n y moral ? una verdad, la verdad. La conciencia, la capacidad del hombre de reconocer la verdad, le impone con ello, al mismo tiempo, el deber de encaminarse hacia la verdad, de buscarla y de someterse a ella all? donde la encuentra. Conciencia y capacidad de verdad y de obediencia a la verdad, que se muestra al hombre que busca con coraz?n abierto. El camino de las conversiones de Newman es un camino de la conciencia ? un camino no de la subjetividad que se afirma, sino, precisamente al contrario, de la obediencia a la verdad que paso a paso se abr?a a ?l. Su tercera conversi?n, al Catolicismo, exig?a de ?l abandonar casi todo lo que le era precioso: sus bienes y su profesi?n, su grado acad?mico, los v?nculos familiares y muchos amigos. La renuncia que la obediencia a la verdad, su conciencia, le ped?a, iba m?s all?. Newman hab?a sido siempre consciente de tener una misi?n hacia Inglaterra. Pero en la teolog?a cat?lica de su tiempo, su voz apenas pod?a o?rse. Era demasiado extra?a respecto a la forma dominante del pensamiento teol?gico y tambi?n de la piedad. En enero de 1863 escribi? en su diario estas frases conmovedoras: ?Como protestante, mi religi?n me parec?a m?sera, pero no mi vida. Y ahora, como cat?lico, mi vida es m?sera, pero no mi religi?n". No hab?a llegado a?n la hora de su eficacia. En la humildad y en la oscuridad de la obediencia, tuvo que esperar hasta que su mensaje fuera utilizado y comprendido. Para poder afirmar la identidad entre el concepto que Newman ten?a de la conciencia y la moderna comprensi?n subjetiva de la conciencia, se hace referencia a su palabra seg?n la cual ?l ? si hubiera tenido que hacer un brindis ? habr?a brindado por la conciencia y despu?s por el Papa. Pero en esta afirmaci?n, ?conciencia? no significa la ?ltima obligatoriedad de la intuici?n subjetiva. Es la expresi?n de la accesibilidad y de la fuerza vinculante de la verdad: en ello se funda su primado. Al Papa se le puede dedicar el segundo brindis, porque su tarea es exigir la obediencia a la verdad.

Tengo que renunciar a hablar de los viajes tan significativos a Malta, a Portugal y a Espa?a. En ellos se ha hecho nuevamente visible que la fe no es algo del pasado, sino un encuentro con Dios que vive y act?a ahora. ?l nos desaf?a y se opone a nuestra pereza, pero precisamente as? nos abre el camino hacia la felicidad verdadera.

"Excita, Domine, potentiam tuam, et veni!". Hemos partido de la invocaci?n de la presencia y del poder de Dios en nuestro tiempo y de la experiencia de su aparente ausencia. Si abrimos nuestros ojos, precisamente en la retrospectiva del a?o que llega a su fin, puede hacerse visible que el poder y la bondad de Dios est?n presentes de muchas maneras tambi?n hoy. As? todos tenemos motivos para darle gracias. Con el agradecimiento al Se?or renuevo mi agradecimiento a todos los colaboradores. Quiera Dios concedernos a todos una Santa Navidad y acompa?arnos con su bondad en el pr?ximo a?o.

Conf?o estos deseos a la intercesi?n de la Virgen santa, Madre del Redentor, y a todos vosotros y a la gran familia de la Curia Romana imparto de coraz?n la Bendici?n Apost?lica. ?Feliz Navidad!

[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:56  | Habla el Papa
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