Mi?rcoles, 19 de enero de 2011

ZENIT? publica la homil?a que pronunci? Benedicto XVI en la Misa del Gallo de la Nochebuena 2010, que presidi? en la Bas?lica de San Pedro del Vaticano.

Queridos hermanos y hermanas

"T? eres mi hijo, yo te he engendrado hoy". La Iglesia comienza la liturgia del Noche Santa con estas palabras del?Salmo?segundo. Ella sabe que estas palabras pertenec?an originariamente al rito de la coronaci?n de los reyes de Israel. El rey, que de por s? es un ser humano como los dem?s hombres, se convierte en "hijo de Dios" mediante la llamada y la toma de posesi?n de su cargo: es una especie de adopci?n por parte de Dios, un acto de decisi?n, por el que confiere a ese hombre una nueva existencia, lo atrae en su propio ser. La lectura tomada del profeta Isa?as, que acabamos de escuchar, presenta de manera todav?a m?s clara el mismo proceso en una situaci?n de turbaci?n y amenaza para Israel: "Un hijo se nos ha dado: lleva sobre sus hombros el principado" (9,5). La toma de posesi?n de la funci?n de rey es como un nuevo nacimiento. Precisamente como reci?n nacido por decisi?n personal de Dios, como ni?o procedente de Dios, el rey constituye una esperanza. El futuro recae sobre sus hombros. ?l es el portador de la promesa de paz. En la noche de Bel?n, esta palabra prof?tica se ha hecho realidad de un modo que habr?a sido todav?a inimaginable en tiempos de Isa?as. S?, ahora es realmente un ni?o el que lleva sobre sus hombros el poder. En ?l aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo. Este ni?o ha nacido realmente de Dios. Es la Palabra eterna de Dios, que une la humanidad y la divinidad. Para este ni?o valen los t?tulos de dignidad que el c?ntico de coronaci?n de Isa?as le atribuye: Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Pr?ncipe de la paz (9,5). S?, este rey no necesita consejeros provenientes de los sabios del mundo. ?l lleva en s? mismo la sabidur?a y el consejo de Dios. Precisamente en la debilidad como ni?o ?l es el Dios fuerte, y nos muestra as?, frente a los poderes presuntuosos del mundo, la fortaleza propia de Dios.

A decir verdad, las palabras del rito de coronaci?n en Israel eran siempre s?lo ritos de esperanza, que preve?an a lo lejos un futuro que ser?a otorgado por Dios. Ninguno de los reyes saludados de este modo se correspond?a con lo sublime de dichas palabras. En ellos, todas las palabras sobre la filiaci?n de Dios, sobre su designaci?n como heredero de las naciones, sobre el dominio de las tierras lejanas (Sal?2,8), quedaron s?lo como referencia a un futuro; casi como carteles que se?alan la esperanza, indicaciones que gu?an hacia un futuro, que en aquel entonces era todav?a inconcebible. Por eso, el cumplimiento de la palabra que da comienzo en la noche de Bel?n es a la vez inmensamente m?s grande y -desde el punto de vista del mundo- m?s humilde que lo que la palabra prof?tica permit?a intuir. Es m?s grande, porque este ni?o es realmente Hijo de Dios, verdaderamente "Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre". Ha quedado superada la distancia infinita entre Dios y el hombre. Dios no solamente se ha inclinado hacia abajo, como dicen los Salmos; ?l ha "descendido" realmente, ha entrado en el mundo, haci?ndose uno de nosotros para atraernos a todos a s?. Este ni?o es verdaderamente el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Su reino se extiende realmente hasta los confines de la tierra. En la magnitud universal de la santa Eucarist?a, ?l ha hecho surgir realmente islas de paz. En cualquier lugar que se celebra hay una isla de paz, de esa paz que es propia de Dios. Este ni?o ha encendido en los hombres la luz de la bondad y les ha dado la fuerza de resistir a la tiran?a del poder. ?l construye su reino desde dentro, partiendo del coraz?n, en cada generaci?n. Pero tambi?n es cierto que no se ha roto la "vara del opresor". Tambi?n hoy siguen marchando con estruendo las botas de los soldados y todav?a hoy, una y otra vez, queda la "t?nica empapada de sangre" (Is?9,3s). As?, forma parte de esta noche la alegr?a por la cercan?a de Dios. Damos gracias porque el Dios ni?o se pone en nuestras manos, mendiga, por decirlo as?, nuestro amor, infunde su paz en nuestro coraz?n. Esta alegr?a, sin embargo, es tambi?n una oraci?n: Se?or, cumple por entero tu promesa. Quiebra las varas de los opresores. Quema las botas resonantes. Haz que termine el tiempo de las t?nicas ensangrentadas. Cumple la promesa: "La paz no tendr? fin" (Is?9,6). Te damos gracias por tu bondad, pero tambi?n te pedimos: Muestra tu poder. Erige en el mundo el dominio de tu verdad, de tu amor; el "reino de justicia, de amor y de paz".

"Mar?a dio a la luz a su hijo primog?nito" (Lc?2,7). San Lucas describe con esta frase, sin ?nfasis alguno, el gran acontecimiento que hab?an vislumbrado con antelaci?n las palabras prof?ticas en la historia de Israel. Designa al ni?o como "primog?nito". En el lenguaje que se hab?a ido formando en la Sagrada Escritura de la Antigua Alianza, "primog?nito" no significa el primero de otros hijos. "Primog?nito" es un t?tulo de honor, independientemente de que despu?s sigan o no otros hermanos y hermanas. As?, en el Libro del??xodo?(Ex?4,22), Dios llama a Israel "mi hijo primog?nito", expresando de este modo su elecci?n, su dignidad ?nica, el amor particular de Dios Padre. La Iglesia naciente sab?a que esta palabra hab?a recibido una nueva profundidad en Jes?s; que en ?l se resumen las promesas hechas a Israel. As?, la?Carta a los Hebreos?llama a Jes?s simplemente "el primog?nito", para identificarlo como el Hijo que Dios env?a al mundo despu?s de los preparativos en el Antiguo Testamento (cf.?Hb?1,5-7). El primog?nito pertenece de modo particular a Dios, y por eso -como en muchas religiones- deb?a ser entregado de manera especial a Dios y ser rescatado mediante un sacrificio sustitutivo, como relata san Lucas en el episodio de la presentaci?n de Jes?s en templo. El primog?nito pertenece a Dios de modo particular; est? destinado al sacrificio, por decirlo as?. El destino del primog?nito se cumple de modo ?nico en el sacrificio de Jes?s en la cruz. ?l ofrece en s? mismo la humanidad a Dios, y une al hombre y a Dios de tal modo que Dios sea todo en todos. San Pablo ha ampliado y profundizado la idea de Jes?s como primog?nito en las?Cartas a los Colosenses?y?a los Efesios: Jes?s, nos dicen estas Cartas, es el Primog?nito de la creaci?n: el verdadero arquetipo del hombre, seg?n el cual Dios ha formado la criatura hombre. El hombre puede ser imagen de Dios, porque Jes?s es Dios y Hombre, la verdadera imagen de Dios y el Hombre. ?l es el primog?nito de los muertos, nos dicen adem?s estas Cartas. En la Resurrecci?n, ?l ha desfondado el muro de la muerte para todos nosotros. Ha abierto al hombre la dimensi?n de la vida eterna en la comuni?n con Dios. Finalmente, se nos dice: ?l es el primog?nito de muchos hermanos. S?, con todo, ?l es ahora el primero de m?s hermanos, es decir, el primero que inaugura para nosotros el estar en comuni?n con Dios. Crea la verdadera hermandad: no la hermandad deteriorada por el pecado, la de Ca?n y Abel, de R?mulo y Remo, sino la hermandad nueva en la que somos de la misma familia de Dios. Esta nueva familia de Dios comienza en el momento en el que Mar?a envuelve en pa?ales al "primog?nito" y lo acuesta en el pesebre. Pid?mosle: Se?or Jes?s, t? que has querido nacer como el primero de muchos hermanos, danos la verdadera hermandad. Ay?danos para que nos parezcamos a ti. Ay?danos a reconocer tu rostro en el otro que me necesita, en los que sufren o est?n desamparados, en todos los hombres, y a vivir junto a ti como hermanos y hermanas, para convertirnos en una familia, tu familia.

El Evangelio de Navidad nos relata al final que una multitud de ?ngeles del ej?rcito celestial alababa a Dios diciendo: "Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama" (Lc2,14). La Iglesia ha amplificado en el Gloria esta alabanza, que los ?ngeles entonaron ante el acontecimiento de la Noche Santa, haci?ndola un himno de alegr?a sobre la gloria de Dios. "Por tu gloria inmensa, te damos gracias". Te damos gracias por la belleza, por la grandeza, por tu bondad, que en esta noche se nos manifiestan. La aparici?n de la belleza, de lo hermoso, nos hace alegres sin tener que preguntarnos por su utilidad. La gloria de Dios, de la que proviene toda belleza, hace saltar en nosotros el asombro y la alegr?a. Quien vislumbra a Dios siente alegr?a, y en esta noche vemos algo de su luz. Pero el mensaje de los ?ngeles en la Noche Santa habla tambi?n de los hombres: "Paz a los hombres que Dios ama". La traducci?n latina de estas palabras, que usamos en la liturgia y que se remonta a Jer?nimo, suena de otra manera: "Paz a los hombres de buena voluntad". La expresi?n "hombres de buena voluntad" ha entrado en el vocabulario de la Iglesia de un modo particular precisamente en los ?ltimos decenios. Pero, ?cu?l es la traducci?n correcta? Debemos leer ambos textos juntos; s?lo as? entenderemos la palabra de los ?ngeles del modo justo. Ser?a equivocada una interpretaci?n que reconociera solamente el obrar exclusivo de Dios, como si ?l no hubiera llamado al hombre a una libre respuesta de amor. Pero ser?a tambi?n err?nea una interpretaci?n moralizadora, seg?n la cual, por decirlo as?, el hombre podr?a con su buena voluntad redimirse a s? mismo. Ambas cosas van juntas: gracia y libertad; el amor de Dios, que nos precede, y sin el cual no podr?amos amarlo, y nuestra respuesta, que ?l espera y que incluso nos ruega en el nacimiento de su Hijo. El entramado de gracia y libertad, de llamada y respuesta, no lo podemos dividir en partes separadas una de otra. Las dos est?n indisolublemente entretejidas entre s?. As?, esta palabra es promesa y llamada a la vez. Dios nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada. No deja de buscarnos, de levantarnos cada vez que lo necesitamos. No abandona a la oveja extraviada en el desierto en que se ha perdido. Dios no se deja confundir por nuestro pecado. ?l siempre vuelve a comenzar con nosotros. No obstante, espera que amemos con ?l. ?l nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con ?l y as? haya paz en la tierra.

Lucas no dice que los ?ngeles cantaran. ?l escribe muy sobriamente: el ej?rcito celestial alababa a Dios diciendo: "Gloria a Dios en el cielo... " (Lc?2,13s). Pero los hombres siempre han sabido que el hablar de los ?ngeles es diferente al de los hombres; que precisamente esta noche del mensaje gozoso ha sido un canto en el que ha brillado la gloria sublime de Dios. Por eso, este canto de los ?ngeles ha sido percibido desde el principio como m?sica que viene de Dios, m?s a?n, como invitaci?n a unirse al canto, a la alegr?a del coraz?n por ser amados por Dios.?Cantare amantis est, dice san Agust?n: cantar es propio de quien ama.?As?, a lo largo de los siglos, el canto de los ?ngeles se ha convertido siempre en un nuevo canto de amor y alegr?a, un canto de los que aman. En esta hora, nosotros nos asociamos llenos de gratitud a este cantar de todos los siglos, que une cielo y tierra, ?ngeles y hombres. S?, te damos gracias por tu gloria inmensa. Te damos gracias por tu amor. Haz que seamos cada vez m?s personas que aman contigo y, por tanto, personas de paz. Am?n.


[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
? Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 21:41  | Habla el Papa
 | Enviar