S?bado, 05 de febrero de 2011

ZENIT Publica el texto de la homil?a pronunciada?el martes, 25 de Enero de 2011,?por la tarde por el Papa Benedicto XVI en la Bas?lica romana de San Pablo Extramuros, con ocasi?n de la celebraci?n conclusiva de la Semana de Oraci?n por la Unidad de los Cristianos.

Queridos hermanos y hermanas,

Siguiendo el ejemplo de Jes?s, que en la vigilia de su pasi?n or? al Padre por sus disc?pulos ?para que todos sean una sola cosa? (Jn 17,21), los cristianos siguen invocando incesantemente de Dios el don de la unidad. Esta petici?n se hace m?s intensa durante la Semana de Oraci?n que hoy concluye, cuando las Iglesias y comunidades eclesiales meditan y rezan juntos por la unidad de todos los cristianos.

Este a?o el tema ofrecido a nuestra meditaci?n ha sido propuesto por las comunidades cristianas de Jerusal?n, a las que quisiera expresar mi vivo agradecimiento, acompa?ado por la seguridad del afecto y de la oraci?n tanto por mi parte como de la de toda la Iglesia. Los cristianos de la Ciudad Santa nos invitan a renovar y reforzar nuestro compromiso por el restablecimiento de la unidad plena meditando sobre el modelo de vida de los primeros disc?pulos de Cristo reunidos en Jerusal?n: ?stos ? leemos en los Hechos de los Ap?stoles (y lo hemos escuchado ahora) ?se reun?an asiduamente para escuchar la ense?anza de los Ap?stoles y participar en la vida com?n, en la fracci?n del pan y en las oraciones? (Hch 2,42). ?ste es el retrato de la primera comunidad, nacida en Jerusal?n el mismo d?a de Pentecost?s, suscitada por la predicaci?n que el Ap?stol Pedro, lleno del Esp?ritu Santo, dirige a todos aquellos que hab?an llegado a la Ciudad Santa para la fiesta. Una comunidad no cerrada en s? misma, sino, desde su nacimiento, cat?lica, universal, capaz de abrazar lenguas y culturas distintas, como el mismo libro de los Hechos de los Ap?stoles nos atestigua. Una comunidad no fundada sobre un pacto entre sus miembros, ni de la simple participaci?n en un proyecto o un ideal, sino de la comuni?n profunda con Dios, que se ha revelado en su Hijo, por el encuentro con el Cristo muerto y resucitado.

En un breve sumario, que concluye el cap?tulo iniciado con la narraci?n del descendimiento del Esp?ritu Santo en el d?a de Pentecost?s, el evangelista Lucas presenta de modo sint?tico la vida de esta primera comunidad: cuantos hab?an acogido la palabra predicada por Pedro y hab?an sido bautizados, escuchaban la Palabra de Dios, transmitida por los Ap?stoles; estaban juntos de buen grado, haci?ndose cargo de los servicios necesarios y compartiendo libre y generosamente los bienes materiales; celebraban el sacrificio de Cristo sobre la Cruz, su misterio de muerte y resurrecci?n, en la Eucarist?a, repitiendo el gesto del partir el pan; alababan y daban gracias continuamente al Se?or, invocando su ayuda en las dificultades. Esta descripci?n, sin embargo, no es simplemente un recuerdo del pasado ni tampoco la presentaci?n de un ejemplo a imitar o de una meta ideal que alcanzar. Esta es en m?s bien la afirmaci?n de la presencia y de la acci?n del Esp?ritu Santo en la vida de la Iglesia. Es una comprobaci?n, llena de confianza, de que el Esp?ritu Santo, uniendo a todos en Cristo, es el principio de la unidad de la Iglesia y hace de los fieles creyentes una sola cosa.

La ense?anza de los Ap?stoles, la comuni?n fraterna, el partir el pan y la oraci?n son las formas concretas de vida de la primera comunidad cristiana de Jerusal?n reunida por la acci?n del Esp?ritu Santo, pero al mismo tiempo constituyen los rasgos esenciales de todas las comunidades cristianas, de todo tiempo y de todo lugar. En otras palabras, podr?amos decir que representan tambi?n las dimensiones fundamentales de la unidad del Cuerpo visible de la Iglesia.

Debemos reconocer que, en el curso de las ?ltimas d?cadas, el movimiento ecum?nico, ?surgido por el impulso de la gracia del Esp?ritu Santo? (Unitatis redintegratio, 1), ha dado significativos pasos adelante, que han hecho posible alcanzar convergencias alentadoras y consensos sobre diversos puntos, desarrollando entre las Iglesias y las Comunidades eclesiales relaciones de estima y respeto rec?procos, como tambi?n de colaboraci?n concreta frente a los desaf?os del mundo contempor?neo. Sabemos bien, con todo, que estamos a?n lejos de esa unidad por la que Cristo rez?, y que encontramos reflejada en el retrato de la primera comunidad de Jerusal?n. La unidad a la que Cristo, mediante su Esp?ritu, llama a la Iglesia, no se lleva a cabo s?lo en el plano de las estructuras organizativas, sino que se configura, en un nivel mucho m?s profundo, como unidad expresada ?en la confesi?n de una sola fe, en la celebraci?n com?n del culto divino y en la concordia fraterna de la familia de Dios? (ibid., 2). La b?squeda del restablecimiento de la unidad entre los cristianos divididos no puede reducirse por tanto a un reconocimiento de las diferencias rec?procas y a la consecuci?n de una convivencia pac?fica: lo que anhelamos es esa unidad por la que Cristo mismo rez? y que por su naturaleza de manifiesta en la comuni?n de la fe, de los sacramentos, del ministerio. El camino hacia esta unidad debe ser advertido como imperativo moral, respuesta a una llamada precisa del Se?or. Por esto es necesario vencer la tentaci?n de la resignaci?n y del pesimismo, que es falta de confianza en el poder del Esp?ritu Santo. Nuestro deber es proseguir con pasi?n el camino hacia esta meta con un di?logo serio y riguroso para profundizar en el com?n patrimonio teol?gico, lit?rgico y espiritual; con el conocimiento rec?proco; con la formaci?n ecum?nica de las nuevas generaciones y, sobre todo, con la conversi?n del coraz?n y con la oraci?n. De hecho, declar? el Concilio Vaticano II, el ?santo prop?sito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de una sola y ?nica Iglesia de Cristo, supera las fuerzas y las capacidades humanas? y, por ello, nuestra esperanza debe ponerse en primer lugar ?en la oraci?n de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre por nosotros y en el poder del Esp?ritu Santo? (ibid., 24).

En este camino de b?squeda de la unidad plena visible entre todos los cristianos nos acompa?a y nos sostiene el Ap?stol Pablo, de quien hoy celebramos solemnemente la Fiesta de la Conversi?n. ?l, antes de que se le apareciese el Resucitado en el camino de Damasco dici?ndole: ??Yo soy Jes?s, a quien t? persigues!? (Hch 9,5), era uno de los m?s encarnizados adversarios de las primeras comunidades cristianas. El evangelista Lucas describe a Saulo entre aquellos que aprobaron la muerte de Esteban, en los d?as en que estall? una violenta persecuci?n contra los cristianos de Jerusal?n (cfr Hch 8,1). De la Ciudad Santa Saulo parti? para extender la persecuci?n de los cristianos hasta Siria y, despu?s de su conversi?n, volvi? all? para ser presentado ante los Ap?stoles por Bernab?, el cual se hizo garante de la autenticidad de su encuentro con el Se?or. Desde entonces Pablo fue admitido, no solo como miembro de la Iglesia, sino tambi?n como predicador del Evangelio junto con los dem?s Ap?stoles, habiendo recibido, como ellos, la manifestaci?n del Se?or Resucitado y la llamada especial a ser ?instrumento elegido? para llevar su nombre ante los pueblos (cfr Hch 9,15). En sus largos viajes misioneros Pablo, peregrinando por ciudades y regiones diversas, no olvid? nunca el v?nculo de comuni?n con la Iglesia de Jerusal?n. La colecta en favor de los cristianos de esa comunidad, los cuales, muy pronto, tuvieron necesidad de ser socorridos (cfr 1Cor 16,1), ocup? pronto un lugar importante en las preocupaciones de Pablo, que la consideraba no s?lo una obra de caridad, sino el signo y la garant?a de la unidad y de la comuni?n entre las Iglesias fundadas por ?l y la primitiva comunidad de la Ciudad Santa, como signo de la ?nica Iglesia de Cristo..

En este clima de intensa oraci?n, deseo dirigir mi cordial saludo a todos los presentes: al cardenal Francesco Monterisi, arcipreste de esta Bas?lica, al cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo Pontificio para la Promoci?n de la Unidad de los Cristianos, y a los dem?s cardenales, a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, al Abad y a los monjes benedictinos de esta antigua comunidad, a los religiosos, a las religiosas, a los laicos que representan a toda la comunidad diocesana de Roma. De modo especial quisiera saludar a los hermanos y las hermanas de las dem?s Iglesias y Comunidades eclesiales aqu? representadas esta tarde. Entre ellos me es particularmente grato dirigir mi saludo a los miembros de la Comisi?n Mixta Internacional para el di?logo teol?gico entre la Iglesia cat?lica y las Antiguas Iglesias Orientales, cuya reuni?n tendr? lugar aqu? en Roma en los pr?ximos d?as. Confiamos al Se?or el buen desarrollo de vuestro encuentro, para que pueda representar un paso adelante hacia la tan deseada unidad.

[En alem?n]

Quisiera dirigir un saludo particular tambi?n a los representantes de la Iglesia Evang?lica Luterana Unita en Alemania, que han llegado a Roma guiados por el Obispo de la Iglesia de Baviera.

[En italiano]

Queridos hermanos y hermanas, confiados en la intercesi?n de la Virgen Mar?a, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, invoquemos, por tanto, el don de la unidad. Unidos a Mar?a, que el d?a de Pentecost?s estaba presente en el Cen?culo junto a los Ap?stoles, nos dirigimos a Dios fuente de todo bien para que se renueve para nosotros hoy el milagro de Pentecost?s, y, guiados por el Esp?ritu Santo, todos los cristianos restablezcan la unidad plena en Cristo. Amen.

[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:41  | Habla el Papa
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