S?bado, 05 de febrero de 2011

ZENIT ?Por su indudable inter?s, nos ofrece por entregas durante esta semana, hasta el pr?ximo jueves 3 de febrero, la intervenci?n del cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregaci?n para el Clero, pronunciada el lunes 24 de enero de 2011 en las Jornadas Sacerdotales celebradas en Ars (Francia) sobre el celibato sacerdotal.

La intervenci?n del cardenal Piacenza, realizada desde Roma en conexi?n en directo con el encuentro, lleva por t?tulo: ?El celibato sacerdotal: fundamentos, alegr?as, desaf?os... Las ense?anzas del Papa sobre el tema: de P?o XI a Benedicto XVI?.

Venerados hermanos en el Episcopado,
Querid?simos sacerdotes y amigos todos,

Estoy muy contento de intervenir en vuestro Coloquio utilizando las m?s modernas tecnolog?as de la comunicaci?n. Esta intervenci?n pretende expresar ante todo la m?s profunda estima y mi aliento personal y el de la Congregaci?n para el Clero hacia los organizadores del Coloquio, por el tema que se ha elegido, de lo m?s oportuno, y sobre todo porque ?ste tiene lugar en el lugar que vio la obra de san Juan Maria Vianney, modelo acabado de Sacerdocio ministerial e imagen de continua referencia tambi?n para los sacerdotes de nuestro tiempo.

El tema que se me ha asignado es muy espec?fico y se refiere a las ense?anzas de los Papas sobre el Celibato sacerdotal, desde P?o XI a Benedicto XVI. Desarrollar? la presente intervencion examinando algunos de los documentos m?s significativos de estos Pont?fices, mostrando la actualidad de sus ense?anzas y trazando algunas l?neas de s?ntesis que espero sean ?tiles para transfundir, de hecho, en la formaci?n eclesi?stica.

La ense?anza de los Pont?fices desde Pio XI a Benedicto XVI

Para mantenerme en los tiempos que me han asignado, he decidido examinar s?lo los documentos m?s significativos de los Pont?fices y, especialmente, algunas Enc?clicas, que, al respecto, resultan particularmente relevantes.

1. P?o XI y la Enc?clica Ad Catholici Sacerdotii

Est? hist?ricamente demostrada la verdadera y aut?ntica pasi?n del Santo Padre P?o XI por las vocaciones sacerdotales y su incansable actuaci?n para la edificaci?n de Seminariosm en todo el orbe cat?lico, en los que pudiesen recibir una formaci?n adecuada los j?venes que se preparaban al ministerio sacerdotal.

Dentro de este marco debe comprenderse adecuadamente la Enc?clica Ad Catholici Sacerdotii del 20 de diciembre de 1935, promulgada con ocasi?n del 56? Aniversario de la Ordenaci?n sacerdotal de ese Pont?fice. La Enc?clica se compone de cuatro partes, las dos primeras dedicadas m?s espec?ficamente a los fundamentos, desde el t?tulo 1. ?La sublime dignidad: Alter Christus? y 2. ?Brillante ornamento?, mientras que la tercera y la cuarta son de car?cter m?s normativo-disciplinar y concentran su atenci?n en la preparaci?n de los j?venes al Sacerdocio y en algunas caracter?sticas de su espiritualidad.

De particular inter?s para nuestro tema es la segunda parte de la Enc?clica, que dedica un p?rrafo entero a la castidad. Este adem?s se coloca, en la segunda parte, despu?s del p?rrafo que habla del sacerdote como ?imitador de Cristo? y el dedicado a la ?piedad sacertotal?, mostrando de este modo c?mo la concepci?n de P?o XI era ? como la Iglesia ha considerado siempre ? la de car?cter ontol?gico-sacramental. De ella deriva la exigencia de la imitaci?n de Cristo y de la excelencia de la vida sacerdotal, sobre todo en orden a la santidad. Afirma de hecho la Enc?clica: ??el sacrificio eucar?stico, en el que se inmola la V?ctima inmaculada que quita los pecados del mundo, muy particularmente requiere en el sacerdote vida santa y sin mancilla, con que se haga lo menos indigno posible ante el Se?or, a quien cada d?a ofrece aquella V?ctima adorable, no otra que el Verbo mismo de Dios hecho hombre por amor nuestro?, y tambi?n ?puesto que el sacerdote es embajador en nombre de Cristo (cf. 2Cor 5,20), ha de vivir de modo que pueda con verdad decir con el Ap?stol: 'Sed imitadores m?os como yo lo soy de Cristo' (cf. 1Cor4,16;11,1), ha de vivir como otro Cristo, que con el resplandor de sus virtudes alumbr? y sigue alumbrando al mundo?.

Inmediatamente antes de hablar de la castidad, casi como subrayando su v?nculo inseparable, P?o XI pone de manifiesto la importancia de la piedad sacerdotal, afirmando: ?Nos hablamos de piedad s?lida: de aquella que, independientemente de las continuas fluctuaciones del sentimiento, est? fundada en los m?s firmes principios doctrinales, y consiguientemente formada por convicciones profundas que resisten a las acometidas y halagos de la tentaci?n?. De estas afirmaciones se ve con claridad que la comprensi?n misma del Sagrado Celibato est? en estrecha y profunda relaci?n con una buena formaci?n doctrinal, fiel a la Sagrada Escritura, a la Tradici?n y al ininterrumpido Magisterio eclesial, y a un ejercicio aut?ntico de la piedad, que nosotros llamamos hoy ?vida espiritual intensa?, resguardandola tanto de las desviaciones sentimentales, que a menudo degeneran en el subjetivismo, como de las racionalistas, tambi?n muy difundidas, que producen un criticismo esc?ptico, muy alejado de un sentido cr?tico inteligente y constructivo.

La castidad, en la Enc?clica Ad Catholici Sacerdotii, est? definida como ??nt?mamente unida con la piedad, de la cual le ha de venir su hermosura y aun la misma firmeza?. De la misma hay un intento de justificaci?n racional, seg?n el derecho natural, en la afirmaci?n: ?Aun con la simple luz de la raz?n se entrev? cierta conexi?n entre esta virtud y el ministerio sacerdotal. Siendo verdad que Dios es esp?ritu, bien se ve cu?nto conviene que la persona dedicada y consagrada a su servicio en cierta manera se despoje de su cuerpo?. A esta primera afirmaci?n, que a nuestros ojos hoy resulta m?s bien fr?gil, y que, en todo caso, vincula la castidad a la pureza ritual y, en consecuencia, excluir?a su permanencia, lig?ndola a los tiempos de los ritos del Culto, hace a continuaci?n el reconocimiento de la superioridad del sacerdocio cristiano respecto tanto del sacerdocio del Antiguo Testamento, como a la instituci?n sacerdotal natural propria de cualquier tradici?n religiosa.

La Enc?clica, en este punto, pone en el centro de la reflexi?n la propia experiencia del Se?or Jes?s, entendida como protot?pica para todo sacerdote. Afirma de hecho: ?El gran aprecio en que el divino Maestro mostr? tener la castidad, exalt?ndola como algo superior a las fuerzas ordinarias, [?] era casi imposible que no hiciera sentir a los sacerdotes de la Nueva Alianza el celestial encanto de esta virtud privilegiada, aspirar a ser del n?mero de aquellos que son capaces de entender esta palabra (cf. Mt 19,11)?.

Es posible, en estas afirmaciones de la Enc?clica,notar una cierta complementariedad entre la intenci?n de fundar la castidad sacerdotal en la exigencia de pureza cultual, y la m?s amplia, y hoy mayormente comprendida, exigencia de presentarla como imitatio Christi, v?a privilegiada para imitar al Maestro, que vivi? ejemplarmente de manera pobre, casta y obediente.

P?o XI no descuida, por otro lado, citar los pronunciamientos dogm?ticos que se refieren a la obligaci?n de la castidad, y en particular el Concilio de Elvira y el segundo Concilio de Cartago, que, aunque en el siglo IV, atestiguan con obviedad una pr?xis muy anterior, consolidada, y que por tanto puede ser traducida en ley.

Con un acento extraordinariamente moderno, en el sentido de inmediatamente accesible a nuestra mentalidad, la Enc?clica habla de la libertad, con la que se acoge el don de la castidad, afirmando: ?Por su libre voluntad hemos dicho: como quiera que, si despu?s de la ordenaci?n ya no la tienen para contraer nupcias terrenales, pero las ?rdenes mismas las reciben no forzados ni por ley alguna ni por persona alguna, sino por su propia y espont?nea resoluci?n personal?. Podr?amos deducir, en respuesta a algunas objeciones contempor?neas, sobre una presunta obstinaci?n de la Iglesia en imponer a los j?venes el Celibato, que el Magisterio autorizado de P?o XI, lo indicaba como resultado de la libre acogida de un carisma sobrenatural, que nadie impone, ni podr?a imponer. Al contrario la norma eclesi?stica se entiende como la decisi?n de la Iglesia de admitir al sacerdocio s?lo a aquellos que han recibido el carisma del Celibato y que, libremente, lo han acogido.

Si bien es leg?timo sostener que, seg?n el clima de la ?poca, el fundamento del Celibato eclesiastico en la Enc?clica Ad Catholici Sacerdotii de P?o XI se pone en razones, aunque v?lidas, de pureza ritual, no menos es posible reconocer en el mismo texto una importante dimensi?n ejemplar tanto del Celibato de Cristo, como de Su libertad, que es la misma a la que son llamados los sacerdotes.

[Traducci?n del italiano por Inma ?lvarez]


Publicado por verdenaranja @ 23:03  | Hablan los obispos
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