Lunes, 14 de febrero de 2011

?Desde la oficina de Prensa del obispado de Tenerife nos remiten la primera conferencia pronunciada por monse?or Fisichella el 6 de Febrero de 2011, como? presidente del nuevo Consejo Pontificio para la Nueva Evangelizaci?n.

"SALUDO CORDIAL. Les adjunto, por su inter?s, la Primera conferencia de monse?or Fisichella en Am?rica Latina, el 6 de febrero de 2011, como presidente del nuevo Consejo Pontificio para la Promoci?n de la Nueva Evangelizaci?n".

La nueva evangelizaci?n?

Primera conferencia de monse?or Fisichella en Am?rica Latina, el 6 de febrero de 2011, como presidente del nuevo Consejo Pontificio para la Promoci?n de la Nueva Evangelizaci?n.?

Jes?s de Nazaret ha querido la Iglesia para que fuera la continuaci?n viva de su presencia en medio del mundo. En los dos mil a?os transcurridos desde aquel mandato de ir por el mundo entero para anunciar el Evangelio y hacer disc?pulos a todos los pueblos de la tierra, la Iglesia nunca abandon? esta obligaci?n tan esencial para su propia vida. Ella ha nacido con la misi?n de evangelizar, y si renunciase a esta tarea, empobrecer?a su propia naturaleza. Anunciar el evangelio de Jes?s no nos hace mejores que los otros, pero ciertamente nos impulsa a ser m?s responsables. Esta es una misi?n que se manifiesta sobre todo en un momento de crisis como el que estamos atravesando.? Estamos al final de una ?poca que, para bien o para mal, ha marcado la historia de estos ?ltimos siglos; estamos por entrar en una nueva era del mundo todav?a incierta en sus primeros pasos y que parece vacilar por la debilidad del pensamiento. Por este motivo, el rol de los cat?licos adquiere mayor importancia por la riqueza de la tradici?n que supimos construir en el pasado. De hecho, los disc?pulos del Se?or estamos llamados a ser "sal" y "luz" para dar sabor a la vida e iluminar a quienes est?n a la b?squeda de sentido. Si disminuyese esta responsabilidad, el mundo no tendr?a una palabra de esperanza y nosotros nos convertir?amos en insignificantes.?

El papa Benedicto XVI ha instituido el 21 de setiembre, fiesta lit?rgica de san Mateo Ap?stol y Evangelista, el Pontificio Consejo para la Promoci?n de la Nueva Evangelizaci?n. Una intuici?n que considero verdaderamente "prof?tica", porque atiende a nuestro presente con la intenci?n de dar una respuesta significativa a los grandes desaf?os que tenemos por delante; y al mismo tiempo, con clarividencia nos obliga a mirar el futuro, para comprender de qu? manera, la Iglesia deber? desempe?ar su ministerio en un mundo sometido a grandes transformaciones culturales que determinan el inicio de una nueva ?poca de la humanidad. Con este pensamiento prof?tico, el Papa quiere dar nuevamente fuerza al esp?ritu misionero de la Iglesia, sobre todo en aquellos lugares donde la fe pareciera debilitarse por la presi?n del secularismo. Es tarea de todos nosotros fortalecer la fe.? No es opcional el dar raz?n de nuestro creer, sino un empe?o que nos debemos en primer lugar a nosotros mismos, para mostrar la libertad de nuestra decisi?n. Recuperar el esp?ritu misionero con el cual estamos llamados a llevar el Evangelio a toda persona que encontramos en nuestro camino es una consecuencia inevitable a causa del deseo de compartir con otros la misma alegr?a reencontrada en la fe. El ap?stol Pedro en su primera carta nos recuerda que debemos estar siempre listos para "dar raz?n de la esperanza que tenemos" (1 Pe. 3,15). M?s a?n en un momento como el actual, somos invitados a ser misioneros con la fuerza de la raz?n. Mostrar que ella y sus conquistas no se contraponen a los contenidos de la fe, porque la b?squeda de la verdad es com?n, y no se puede aislar en uno s?lo de sus componentes; esto es tal vez lo que nuestros contempor?neos esperan.? El Ap?stol, adem?s, indica una metodolog?a que los cristianos estamos invitados a seguir: que el anuncio "sea hecho con dulzura, con respeto y con recta conciencia". He aqu? un programa que los cristianos estamos invitados a realizar con esfuerzo y con constancia en la obra de la nueva evangelizaci?n.

No ser? in?til, entonces, partir del concepto mismo de "nueva evangelizaci?n", del cual debemos estudiar el sentido, producir una sistem?tica comprensi?n y explicaci?n, sobre todo en el magisterio de los ?ltimos Pont?fices, para que no aparezca como una f?rmula abstracta, y sobre todo para que no se piense que en el pasado reciente la Iglesia se hubiese apartado de lo que constituye su esencia. El Se?or Jes?s ha querido su Iglesia para transmitir de manera viva su Evangelio de generaci?n en generaci?n, sin tener en cuenta ninguna frontera territorial ni temporal. La Iglesia vive por la misi?n encomendada por su Maestro, de llevar al mundo la hermosa noticia que se realiza en el misterio de la Encarnaci?n. Obedeciendo siempre a este mandato, desde la primera comunidad de disc?pulos hasta la multiforme presencia de la Iglesia en el mundo contempor?neo hemos llevado el anuncio de la semilla de vida eterna, que es salvaci?n realizada en el misterio de la muerte y resurrecci?n del Se?or. En estos veinti?n siglos, la Iglesia se ha inserto en la pluralidad de las culturas de los diversos pueblos para que puedan surgir en ellas aquellas tensiones de verdad que lleva a reconocer la revelaci?n de Jesucristo como momento ?ltimo y definitivo del proceso de la religi?n en nuestra marcha hacia el absoluto. La obra de la evangelizaci?n entra directamente en contacto con la cultura, la plasma y transforma as? como ella viene determinada en su lenguaje y expresividad. Una cosa se puede verificaren los dos mil a?os de cristianismo: la atenci?n permanente que la comunidad cristiana ha tenido en relaci?n al tiempo en que viv?a y al contexto cultural en el que se insertaba.? Una lectura de los textos de los apologetas, de los Padres de la Iglesia, y de los varios maestros y santos que se han sucedido en el transcurso de estos dos mil a?os demuestra f?cilmente la atenci?n al mundo circundante y el deseo de insertarse en ?l para comprenderlo y orientarlo a la verdad del Evangelio. En la base de esta atenci?n se encuentra la convicci?n de que ninguna forma de evangelizaci?n ser?a eficaz si la Palabra de Dios no entrase en la vida de las personas, en su modo de pensar y de obrar para llamarlas a la conversi?n.? Esto ha sido siempre lo que hoy llamamos "nueva evangelizaci?n". No es diferente en nuestro tiempo; podemos usar una expresi?n diversa, pero la sustancia permanece id?ntica. Somos llamados a anunciar el Evangelio de manera eficaz; esto requiere en primer lugar el trato frecuente de la Palabra de Dios, que permite a quienes? nos escuchan verificar no s?lo nuestro? conocimiento del Evangelio, sino sobre todo nuestra credibilidad? que se expresa en un coherente testimonio de vida. Al respecto vale la pena recordar lo que afirma el Documento final de Aparecida: "Encontramos a Jes?s en la Sagrada Escritura le?da en la Iglesia. La Sagrada Escritura Palabra de Dios escrita por inspiraci?n del Esp?ritu Santo (DV9) es, con la Tradici?n, fuente de vida para la Iglesia y alma de su acci?n evangelizadora. Desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo y renunciar a anunciarlo (n. 247)" y m?s adelante: "Por esto, la importancia de una pastoral b?blica, entendida como animaci?n b?blica de la pastoral, que sea escuela de interpretaci?n o conocimiento de la Palabra, de comuni?n con Jes?s u oraci?n con la Palabra, y de evangelizaci?n inculturada o de proclamaci?n de la Palabra (n. 248)". No se excluye en este proceso la atenci?n permanente a lo que se vive y se piensa a nuestro alrededor; en una palabra, la "cultura" de nuestro tiempo.

La misma acci?n lit?rgica en la pluralidad de sus ritos muestra con evidencia c?mo se puede expresar la centralidad? unicidad del misterio en maneras diversas, sin disminuir por ello la particularidad del lenguaje evocativo propio de la lex credendi. En este contexto vale la pena referir algunas palabras sobre el valor que la liturgia posee en orden a la nueva evangelizaci?n. "Encontramos a Jesucristo de modo admirable en la Sagrada Liturgia. Al vivirla, celebrando el misterio pascual, los disc?pulos de Cristo penetran m?s en los misterios del Reino y expresan de modo sacramental su vocaci?n de disc?pulos y misioneros"[1]. La liturgia es la acci?n principal mediante la cual la Iglesia expresa en el mundo su car?cter de mediadora de la revelaci?n de Jesucristo. Desde sus or?genes la vida de la Iglesia ha estado caracterizada por la acci?n lit?rgica. Todo lo que la comunidad predicaba, anunciando el Evangelio de salvaci?n, lo hac?a despu?s presente y vivo en la oraci?n lit?rgica que se transformaba en el signo visible y eficaz de la salvaci?n. Esta no era s?lo anuncio de hombres voluntariosos, sino la acci?n misma que Esp?ritu realizaba por la presencia de Cristo mismo en medio de la comunidad creyente. Separar estos dos momentos significar?a no comprender la Iglesia. Ella vive de la acci?n lit?rgica como linfa indispensable para el anuncia y ?ste a su vez retorna a la liturgia como su complemento eficaz.? La lex credendi y la lex orandi forman un todo donde resulta dif?cil encontrar el fin de uno y el comienzo del otro. La nueva evangelizaci?n deber? ser capaz de hacer de la liturgia su espacio vital para que el anuncio realizado alcance su pleno cumplimiento. Si del horizonte especulativo se pasa al plano pastoral, se comprende todav?a m?s directamente la importancia de esta relaci?n y su extraordinaria eficacia en un mundo sediento de signos que lo introduzcan en el misterio. Es suficiente pensar en el valor que de modo particular asume hoy la celebraci?n de algunos sacramentos y sacramentales. Del bautismo al funeral, advertimos cu?nta potencialidad tienen en s? mismos para comunicar un mensaje que de otra manera no ser?a escuchado. ?Cu?ntas personas "indiferentes" al fen?meno religioso se acercan a estas celebraciones y cu?ntas personas a menudo en busca de una genuina espiritualidad est?n presentes! La palabra del sacerdote en estas circunstancias deber?a ser capaz de provocar la pregunta por el sentido de la vida propiamente a partir de la celebraci?n en acto.? Lo que celebramos,en fin, no es un mero rito extra?o a la cotidianeidad del hombre, sino que est? dirigido propiamente a su pregunta por el sentido, que espera una respuesta tantas veces perseguida en vano. En la celebraci?n nuestra predicaci?n y nuestros signos lit?rgicos est?n llenos de un significado que va m?s all? de nosotros mismos y de nuestra persona; aqu? realmente podemos permitir aferrarse a la acci?n del Esp?ritu que transforma el coraz?n con su gracia y los modela para disponerlos a captar el momento de la salvaci?n.

La Iglesia existe para llevar en todo tiempo el Evangelio a toda persona, donde sea que se encuentre. El mandato de Jes?s es de tal modo cristalino que no permite malos entendidos de ninguna naturaleza. Cu?ntos creen en su palabra son enviados a las calles del mundo para anunciar que la salvaci?n prometida ahora ha llegado a ser realidad. El anuncio debe conjugarse con un estilo de vida que permita reconocer a los disc?pulos del Se?or all? donde est?n. De alguna manera, la evangelizaci?n se resume en este estilo que distingue a cuantos emprenden el seguimiento de Cristo. La caridad como norma de vida no es otra cosa que el descubrimiento de aquello que da sentido a la existencia, porque la atraviesa hasta en sus recovecos m?s ?ntimos de todo lo que el Hijo de Dios hecho hombre ha vivido en primera persona.? Como se puede observar, la nueva evangelizaci?n se ubica en la sinton?a de siempre. Ella quiere fundarse sobre la l?gica de la fe que se articula en el creer en el anuncio, en la liturgia y en el testimonio de la caridad.

Se podr? discutir largamente sobre el sentido de la expresi?n "nueva evangelizaci?n".? Preguntarse si el adjetivo determina al t?rmino no carece de racionalidad, pero tampoco agota la cuesti?n. El hecho de que se la llame "nueva" no pretende cualificar los contenidos de la evangelizaci?n que permanecen iguales, pero con la condici?n y la modalidad en la cual viene realizada. Benedicto XVI en la Carta Apost?lica Ubicumque et semper subraya con raz?n que considera oportuno "ofrecer respuestas adecuadas para que la Iglesia entera se presente al mundo contempor?neo con una arrojo misionero capaz de promover una nueva evangelizaci?n". Alguno podr?a insinuar que decidirse por una nueva evangelizaci?n equivale a juzgar la acci?n pastoral desarrollada precedentemente por la Iglesia como fracasada por la negligencia puesta o por la poca credibilidad de sus hombres.? Incluso esta consideraci?n no carece de plausibilidad, s?lo que se detiene en el aspecto sociol?gico en su fragmentariedad sin considerar que la Iglesia en el mundo presenta rasgos de santidad constante y de testimonios cre?bles que todav?a hoy son sellados con la entrega de la vida. Efectivamente, el martirio de tantos cristianos no es distinto del ofrecido en el transcurso de nuestra multisecular historia, y sin embargo es verdaderamente nuevo porque lleva a los hombres de nuestro tiempo, a menudo indiferentes, a reflexionar sobre el sentido de la vida y el don de la fe. Cuando desaparece la b?squeda del genuino sentido de la existencia, cuando se lo substituye por senderos que asemejan una selva de propuestas ef?meras, sin que se comprenda el peligro que esto significa, entonces es justo hablar de nueva evangelizaci?n. Ella se transforma en una verdadera provocaci?n a tomar en serio la vida para orientarla hacia un sentido completo y definitivo que encuentra su verdadera garant?a en Jes?s de Nazaret. El, manifestaci?n del Padre y su revelaci?n hist?rica, es el Evangelio que todav?a hoy anunciamos como respuesta al interrogante? que inquieta al hombre desde siempre. Ponerse al servicio del hombre para comprender el ansia que lo mueve y proponer un camino de salida que le brinde serenidad y alegr?a es lo que se resume en la bella noticia que la Iglesia anuncia. Por tanto, nueva evangelizaci?n, porque nuevo es el contexto en que viven nuestros contempor?neos, frecuentemente agredidos aqu? y all? por teor?as e ideolog?as trasnochadas. Lo recuerda el Santo Padre al delinear el destinatario de nuestra misi?n: "Existen regiones del mundo que todav?a esperan una primera evangelizaci?n; otras que la han recibido, pero necesitan de un trabajo m?s profundo; otras finalmente, en las que el Evangelio ha echado ra?ces desde hace largo tiempo, dando lugar a una verdadera tradici?n cristiana, pero donde en los ?ltimos siglos -por din?micas complejas- el proceso de secularizaci?n ha producido una grave crisis del sentido de la fe cristiana y de la pertenencia a la Iglesia"[2]. Luego continua diciendo que nuestra tarea particular deber? ser "promover una renovada evangelizaci?n en los pa?ses donde ya ha resonado el primer anuncio de la fe y est?n presentes Iglesias de antigua fundaci?n, pero que est?n viviendo una progresiva secularizaci?n de la sociedad y un especie de "eclipse del sentido de Dios" que constituye un desaf?o a encontrar medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo"[3].?

La secularizaci?n

Como se observa, aparece en el horizonte el gran tema de la secularizaci?n, que quisiera exponer brevemente en sus rasgos m?s caracter?sticos. Ya ha pasado medio siglo desde cuando ve?a la luz el "manifiesto" de la secularizaci?n moderna propuesto y modificado sobre ls ideas iniciales de D. Bonhoeffer. La ciudad secular del profesor H. Cox de la Iglesia Bautista estadounidense, y Dios no existe del obispo anglicano de Woolwich, J. A. T. Robinson, daban a conocer al gran p?blico las ideas madres de un movimiento que ten?a un horizonte m?s amplio y ra?ces mucho m?s profundas de cuanto conocemos por la influencia en la teolog?a y a nivel eclesial. El programa se concentraba en torno a la expresi?n que se ha convertido en tecnicismo: vivir y construir un mundo etsi Deus non daretur. El desaf?o ven?a a ponerse, en aquella ?poca, sobre un terreno sumamente f?rtil y encontraba r?pidamente un entusiasmo y receptividad? que hoy, con el paso de los a?os, lleva a preguntarse con cu?nto esp?ritu cr?tico fue recibido y acompa?ado. La Iglesia hab?a terminado recientemente su segundo Concilio Vaticano y al horizonte ya se dejaban entrever los s?ntomas de una crisis que llegar?a a cautivar a muchos creyentes; mientras el Occidente terminaba de vivir la gran contestaci?n juvenil del '68. En una palabra, muchos parec?an encontrar en la idea de la secularizaci?n la clave para darle al mundo su autonom?a y a la Iglesia la posibilidad de descubrir la simplicidad de los or?genes. Sin embargo, no todo lo que reluc?a era oro.

Etiamsi daremus non esse Deum. La expresi?n de Grocio aparec?a a la luz. Mirando bien, las interpretaciones iban m?s all? de la intenci?n del jusnaturalista holand?s. Para el fil?sofo, en relaidad, lo que importaba demostrar era el fundamento del derecho natural que conservaba todo su valor en s? mismo al punto de poder sobrevivir sin la demostraci?n de la existencia de Dios. Sin embargo, progresivamente, de la simple enunciaci?n de un principio te?rico la secularizaci?n se infiltr? en las instituciones hasta llegar a ser en nuestros d?as, cultura y comportamiento de masa, al punto que no podemos percibir sus l?mites objetivos. Como todo fen?meno, tambi?n la secularizaci?n esta sometido a la ambig?edad y a la pluralidad de las interpretaciones. Dif?cil precisar el verdadero rol que Bonhoeffer desempe?? en este movimiento; mucho m?s complejo a?n el tratar de individuar el verdadero sentido de su manifiesto en la Carta: "Se impone reconocer honestamente el deber de vivir en el mundo como si no existiese alg?n Dios, y esto es realmente lo que reconocemos plenamente delante de Dios! Dios mismo nos conduce a esta conciencia: nos hace saber que debemos vivir como hombres que pueden arregl?rselas sin El. El Dios que est? con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc.15, 34)! Estamos continuamente en presencia del Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hip?tesis de Dios"[4]

Frente a movimientos de pensamiento que se apoyan sobre conceptos as? gen?ricos y a menudo ut?picos, los equ?vocos y los extremismos no tardan en aparecer; de diversas maneras, la secularizaci?n degener? en secularismo con sus consecuencias negativas sobre todo en el horizonte de la comprensi?n de la existencia personal. Secularismo, de hecho, dice distancia de la religi?n cristiana; ?sta no tiene y no puede tener ninguna voz en el momento en que se habla de vida privada, p?blica o social. La existencia personal se construye prescindiendo del horizonte religioso que queda relegado a un mero sector privado que no debe incidir en la vida de las relaciones interpersonales, sociales o civiles. Por otra parte, en el horizonte privado, la religi?n tiene un puesto bien delimitado; de hecho ella s?lo interviene en parte y marginalmente en el juicio ?tico y en los comportamientos.A este punto, decir que la secularizaci?n es un fen?meno religiosamente neutro, significa no captar las consecuencias que se manifiestan en estos decenios y que tienen sus ra?ces en el secularismo. De cualquier manera que se quiera juzgar la autonom?a del hombre, ella nunca podr? ser separada de su vinculaci?n original con? el creador; cortar el cord?n umbilical no puede significar otra cosa que rechazar al que nos ha engendrado. Una autonom?a creatural, en todo caso, debe tener como base la experiencia de la gratuidad sin la cual es imposible una comprensi?n coherente de la identidad personal. En fin, reducir todo el proceso de la secularizaci?n a una cr?tica del fanatismo religiosos o de la intolerancia, significa perder de vista la globalidad del movimiento y sus diversos rostros con los cuales se ha presentado. Pasado el entusiasmo que en los a?os '60 hab?a contagiado a muchos, se debe concluir que el proceso de secularizaci?n y secularismo han identificado demasiado apresuradamente a Dios como una funci?n suced?nea de la vida. En el horizonte contempor?neo, sin embargo, en el que la cultura de la muerte parece superar a la vida misma, todav?a queda por demostrar la tesis de fondo del secularismo seg?n la cual este mundo ha llegado a ser "adulto" y consecuentemente, no tiene m?s necesidad de Dios.

Uno de los primeros datos que emerge como proyecto del secularismo es el tentativo espasm?dico de obtener la plena autonom?a. El hombre contempor?neo est? fuertemente caracterizado por el celo de la propia autonom?a y la responsabilidad de vivir a su manera. Olvidando toda relaci?n con la trascendencia, se ha vuelto al?rgico a todo pensamiento especulativo y se limita al simple momento hist?rico, al instante, creyendo ilusoriamente que es verdad s?lo lo que es fruto de la verificaci?n cient?fica. Perdido el v?nculo con lo trascendente y rechazada toda contemplaci?n espiritual, se precipita en una suerte de empirismo pragm?tico que lo lleva a apreciar los hechos y no las ideas. Sin resistencia cambia velozmente su modo de pensar y de vivir y parece cada vez m?s como un sujeto en movimiento, siempre listo a experimentar, deseoso de participar en cualquier juego a?n cuando lo supere, sobre todo si lo arrebata en aquel narcisismo en absoluto velado que lo enga?a acerca de la esencia de la vida. En fin, el proceso del secularismo ha generado una explosi?n de reivindicaciones de libertades individuales que llegan a la esfera de la vida sexual, de las relaciones interpersonales y familiares, de la actividad del tiempo libre as? como del trabajo, tambi?n a la educaci?n y a la comunicaci?n arriba fatalmente y todo el ?mbito de la vida viene modificado. Por parad?jico que pueda parecer, las reivindicaciones sociales siempre se realizan en nombre de la justicia y de la igualdad, pero en el fondo siempre se encuentra el deseo de vivir m?s libremente a nivel individual; se toleran y soportan mucho m?s las injusticias? y desigualdades sociales antes que las prohibiciones en la esfera privada. En suma, se ha creado una situaci?n completamente nueva en la que los antiguos valores -expresados sobre todo por el cristianismo- se ven substituidos. En un horizonte como este, en que el hombre viene a ocupar el lugar central, criterio de toda forma de existencia, Dios se convierte en una hip?tesis in?til y en un competidor que no s?lo hay que evitar, sino en lo posible eliminar. La revoluci?n antropol?gica se act?a de manera relativamente f?cil, c?mplice de una teolog?a d?bil y de una religiosidad a menudo fundada s?lo sobre el sentimiento e incapaz de mostrar el verdadero horizonte de la fe.

Dios, entonces, pierde su lugar central; la consecuencia que se derive, sin embargo, es que el hombre mismo viene a perder tambi?n el suyo. El "eclipse" del sentido de la vida hace que el hombre no sepa m?s como colocarse, que no encuentra m?s su lugar en la creaci?n y en la sociedad. De alguna manera cae en la tentaci?n prometeica de pensar ilusoriamente que es ?l el se?or de la vida y de la muerte, porque puede decidir el cu?ndo y el c?mo. Una cultura que tiende a idolatrar la perfecci?n del cuerpo, que discrimina las relaciones interpersonales de acuerdo con la belleza o la perfecci?n f?sica,? termina por olvidar lo esencial. Se cae as? en una suerte de narcisismo constante que impide fundar la vida sobre valores permanentes y s?lidos, para quedarse s?lo al nivel de lo ef?mero. Nadie, sin embargo, denuncia esta situaci?n como tr?gica porque no existe m?s el ejercicio aut?ntico de la libertad. El hombre, de hecho, perdida la relaci?n con Dios, pierde consecuentemente la referencia a la creaci?n.? No es m?s el centro de la creaci?n, sino una parte cualquiera del mundo. Por un lado se exalta al hombre a costa de Dios y contra Dios; por otro, se lo destruye convirti?ndolo en un simple fragmento de la naturaleza. Rota la armon?a con la naturaleza para dar lugar al primado de la t?cnica, se ha venido a encontrar frente a un poder que ha violentado la naturaleza misma.

Otro conflicto al que se asiste es la p?rdida del sentido de responsabilidad. Este horizonte viene simb?licamente encontrado en la pregunta que Dios dirige a Ca?n: "?D?nde est? tu hermano?". Por parad?gico que pueda parecer, el secularismo nacido a la sombra de? la responsabilidad plena delante a s? mismo con el rechazo de la autoridad de Dios, acaba con la destrucci?n del objetivo que se propon?a. Cerrado en s? mismo, en un individualismo exasperado, el hombre de hoy a perdido de vista tambi?n al otro. Una l?cida expresi?n de esta situaci?n se encuentra en la f?rmula sartreana les autres son l'enfer. La ambigua concepci?n de la libertad, el fuerte subjetivismo que ya no sabe reconocer el valor de la verdad perenne y, sobre todo, el eclipse del sentido de Dios, han llevado a olvidar el valor de la vida y al desinter?s por el hermano al punto de comprobar con horror que una sociedad que se proclama civilizada y evolucionada est? cada vez m?s? cerrada en el c?rculo de la muerte. En suma, una? cultura secularizada que se pretende aut?noma de Dios, termina con la p?rdida del sentido mismo de la vida.

Aqu? por tanto se pone el gran desaf?o que mira al futuro. Quien quiere la libertad de vivir como si Dios no existiera lo puede hacer, pero debe saber lo? que le espera; debe tener conciencia de que esta elecci?n no es premisa de libertad ni de autonom?a. Limitarse a disponer de la propia vida nunca podr? satisfacer la exigencia de libertad; silenciar forzosamente el deseo de Dios que est? radicado en la interioridad m?s profunda, nunca podr? arribar a la autonom?a. El enigma de la existencia personal no se resuelve rechazando el misterio, sino eligiendo sumergirse en ?l (GS 22). Este es el sendero a recorrer; todo atajo corre el riesgo de perderse en los laberintos selv?ticos, donde es imposible ver tanto la salida como la meta a alcanzar.?

Nueva evangelizaci?n

?"El punto crucial de la cuesti?n es este: si un hombre, empapado de la civilizaci?n moderna, un europeo,puede todav?a creer; creer propiamente en la divinidad del Hijo de Dios Cristo Jes?s. En esto, de hecho, est? toda la fe". Son palabras cargadas de provocaci?n que provienen de uno de los escritores m?s significativos del siglo pasado: Dostoewskj.? Preguntarse si el hombre de hoy est? todav?a dispuesto a creer en Jes?s como Hijo de Dios comporta necesariamente la cuesti?n conexa: si el hombre de hoy siente todav?a la necesidad de la salvaci?n. Aqu? est? todo el problema para nosotros creyentes, para nuestra credibilidad en el mundo de hoy; pero tambi?n el problema para cuantos no creen y desean darle un significado pleno a su vida. No encuentro otra posibilidad fuera de esta cuesti?n, que impulsa a buscar una respuesta. Delante a la posibilidad de Jesucristo no se puede permanecer neutral; se debe dar una respuesta si se quiere dar un sentido a la propia vida. Seg?n algunos, aqu? se concentran las grandes cuestiones que nos tocan a cada uno de nosotros y la simple respuesta que la Iglesia ofrece anunciando, como si el tiempo nunca hubiesa pasado, el mismo contenido de los primeros a?os de nuestra existencia como cristianos: Jes?s, crucificado y resucitado; El que ha pasado en medio a nosotros, anunciando el reino de Dios y haciendo el bien a cuantos se dirig?an a ?l.

Sabemos que estamos en medio a una profunda crisis que se ha convertido en crisis de Dios. Esquem?ticamente se podr?a decir: la religi?n s?, pero Dios no. En d?nde este "no", en todo caso, no debe entenderse en el sentido categ?rico de los grandes ate?smos. No existen m?s, perm?taseme repetir, grandes ate?smos. El ate?smo de hoy en realidad puede nuevamente hablar de Dios sin entenderlo realmente. En s?ntesis, la crisis actual est? determinada del poder y saber hablar de Dios; el tema no puede dejarnos indiferentes despu?s de casi cincuenta a?os del Concilio Vaticano II, que tuvo entre sus principales objetivos el hablar de Dios al hombre de hoy de manera comprensible. La crisis que vivimos, entonces, se podr?a resumir de manera a?n m?s sint?tica: Dios hoy no es negado, sino desconocido. Por parte del hombre contempor?neo hay algo de verdadero, probablemente, en este modo de plantearse el problema en torno a el nombre de "Dios". En alg?n sentido se podr?a decir que se ha pasado de la hip?tesis in?til a la buena posibilidad ofrecida al hombre. Con respecto a esta perspectiva deber?amos ser capaces de? agitar las aguas a menudo demasiado tranquilas de dos lagos artificiales: el de la indiferencia, que frecuentemente domina el contexto cultural referido a esta problem?tica; y el de la obviedad, que evidencia cu?nta ignorancia, a menudo supina, existe acerca de los contenidos religiosos. Indiferencia e ignorancia, lamentablemente, se encuentran en la base del sentido com?n religioso todav?a presente, haciendo siempre m?s d?bil la pregunta religiosa y, especialmente, la decisi?n consciente y libre. Retorna inmediatamente la escena tan familiar de Pablo en las calles de Atenas (Hch. 17, 16-34). No ha cambiado tanto desde entonces. Las calles de nuestra ciudad est?n repletas de nuevos ?dolos. El inter?s hacia un muy gen?rico sentido religioso parecer?a tomarse una especie de revancha; expresiones religiosas se multiplican y frecuentemente est?n vac?as de espesor racional. En algunos casos se sigue el soplo de la emotividad, en otros, al contrario, diversas formas de fundamentalismo; ambos no indican otra cosa que la ausencia de espesor intelectual. Por ?ltimo, aparecen de nuevo en el horizonte mes?as de la ?ltima hora, predicando el inminente fin del mundo. En este contexto hay que preguntarse qui?nes son los nuevos Pablo de Tarso conscientes de ser portadores de una hermosas novedad que entra en el are?pago de nuestro peque?o mundo con la convicci?n y la certeza de querer anunciar al "Dios desconocido".

"Dios": el t?rmino est? entre los m?s usados del lenguaje mundial, y sin embargo, cu?ntos sentidos, diferentes y tantas veces, contrarios entre s? al punto de oponerse mutuamente. Debemos preguntarnos si Dios existe y qu? cosa sea, o qui?n sea Dios. Preguntas inevitables que no pueden permanecer sin respuesta. El Dios del que hablamos, no s?lo se ha hecho escuchar, sino que se ha hecho uno de nosotros. Y consigo trae a nuestra vida la respuesta a la pregunta fundamental por el sentido: "con la encarnaci?n el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre. Ha trabajado con manos de hombres, ha pensado con mente de hombre, ha actuado con voluntad de hombre, ha amado con coraz?n de hombre. Naciendo de Mar?a Virgen, ?l verdaderamente se ha hecho uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado" (GS 22). Ning?n pretexto de parte nuestra. ?l ha experimentado en todo nuestra condici?n humana, sobre todo all? cuando ella significa dolor, sufrimiento, enfermedad, muerte. La nueva evangelizaci?n requiere, entonces, la capacidad de saber dar raz?n de la propia fe, mostrando a Jesucristo, el Hijo de Dios, ?nico salvador de la humanidad. En la medida en que seamos capaces de esto, podremos ofrecer al mundo contempor?neo la respuesta que espera o que debemos provocar en ?l. Como dec?a Benedicto XVI el d?a antes de ser elegido Papa: "En estos momentos de la historia tenemos verdadera necesidad de hombres que, a trav?s de una fe iluminada y vivida, hagan a Dios cre?ble en el mundo...Tenemos necesidad de hombres que tengan la mirada dirigida a Dios, aprendiendo de ?l la verdadera humanidad. Tenemos necesidad de hombres cuyo intelecto sea iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el coraz?n, de modo que su intelecto pueda hablar al intelecto de los otros y su coraz?n pueda abrir el coraz?n de los otros. Solamente a trav?s de hombres tocados por Dios, Dios puede retornar a los hombres". La nueva evangelizaci?n, por tanto, parte de aqu?: de la credibilidad de nuestra vida de creyentes y de nuestra convicci?n de que la gracia act?a y transforma hasta el punto de convertir el coraz?n. El mundo de hoy tiene necesidad profunda de amor, porque conoce desgraciadamente s?lo sus grandes fracasos. Aqu? probablemente nace la paradoja que se despliega nuestros ojos y que empuja a la mente a reflexionar sobre el sentido de una tal acci?n.?

La imagen de la nueva evangelizaci?n

Una imagen con la que el nuevo dicasterio pretende identificarse, se encuentra en la Sagrada Familia de Gaud?. Quien la observa en su gravidez arquitect?nica encuentra las voces de ayer y de hoy. A nadie escapa que es una iglesia, espacio sagrado que no puede ser confundido con ninguna otra construcci?n. Sus agujas se dibujan hacia lo alto, obligando a mirar el cielo. Sus pilares no tienen capiteles j?nicos ni corintios y, sin embargo, los reclaman a?n cuando se permiten de andar m?s all? para recorrer un espacio de arcos que hace pensar en una foresta donde el misterio lo invade a uno, sin suprimirlo, llen?ndolo de serenidad. La belleza de la SagradaFamilia sabe hablar al hombre de hoy, conservando al mismo tiempo los rasgos fundamentales del arte antiguo. Su presencia pareciera contrastar con la ciudad hecha de palacios y calles que al recorrerlas muestran la modernidad a la que somos enviados. Las dos realidades conviven y no desentonan, al contrario, parecen hechas la una para la otra; la iglesia para la ciudad y viceversa. Aparece evidente, entonces, que la ciudad sin la iglesia estar?a privada de algo sustancial, manifestar?a un vac?o que no puede ser colmado por cualquier otra construcci?n, sino por algo m?s vital que empuja a mirar a lo alto sin apura y en el silencio de la contemplaci?n.

Mirar al futuro con la certeza de la esperanza verdadera es lo que nos permite no permanecer recluidos en una suerte de romanticismo que mira s?lo al pasado, ni caer en un horizonte de utop?a, amarrados a hip?tesis que carecen e garant?as. La fe? compromete en el hoy en que vivimos, por lo que no corresponder ser?a ignorancia o miedo; y a nosotros cristianos, no nos est? permitido ni lo uno ni lo otro. Permanecer recluidos en nuestras iglesias podr?a darnos cierta consolaci?n pero tornar?a vano el? d?a de Pentecost?s. Es tiempo de abrir de par en par las puertas y retornar al anuncio de la resurrecci?n de Cristo de la que somos testigos. Seg?n las palabras del santo Obispo Ignacio en los albores del cristianismo: "No alcanza con ser llamados cristianos, es necesario serlo de veras" (a los Magnesios, I,1). Si alguno quiere reconocer a los cristianos, deber?a poder hacerlo por su compromiso de fe y no por sus intenciones.??

?NOTAS

Aparecida, 250.
Benedicto XVI, homil?a de las primeras v?speras en la solemnidad de ss. Pedro y Panlo, 28 de junio de 2010.
Ibidem
Resistenza e Resa. Lettere dal carcere, Milano 1969, 278-279; Sobre Bonhoeffer siempre permanece v?lida la obra de I. Mancini, Bonhoeffer, Firenze 1969; sobre este aspecto, cf. pp 329-438.


Publicado por verdenaranja @ 20:45  | Hablan los obispos
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