Jueves, 17 de febrero de 2011

ZENIT??nos ofrece la homil?a que el Papa Benedicto XVI pronunci? el?s?bado 5 de febrero? de 2011, con motivo de la ordenaci?n episcopal de cinco prelados de la Curia Romana, en la Bas?lica de San Pedro,

?Queridos hermanos y hermanas!

Saludo con afecto a estos cinco Hermanos Presb?teros que dentro de poco recibir?n la Ordenaci?n Episcopal: monse?or Savio Hon Tai-Fai, monse?or Marcello Bartolucci, monse?or Celso Morga Iruzubieta, monse?or Antonio Guido Filipazzi y monse?or Edgar Pe?a Parra. Deseo expresarles mi gratitud y la de la Iglesia por el servicio llevado a cabo hasta ahora con generosidad y dedicaci?n y formular la invitaci?n a acompa?arles con la oraci?n en el ministerio al que son llamados en la Curia Romana y en las Representaciones Pontificias como Sucesores de los Ap?stoles, para que sean siempre iluminados y guiados por el Esp?ritu Santo en la mies del Se?or.

?La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al due?o de los sembrados que env?e trabajadores para la cosecha? (Lc 10, 2). Esta palabra del Evangelio de la Misa de hoy nos toca particularmente de cerca en este momento. Es la hora de la misi?n: el Se?or os manda, queridos amigos, a su mies. Deb?is cooperar en ese encargo de que habla el profeta Isa?as en la primera lectura: ?El me envi? a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos? (Is 61, 1). Este es el trabajo por la mies en el campo de Dios, en el campo de la historia humana: llevar a los hombres la luz de la verdad, liberarlos de la pobreza de verdad, que es la verdadera tristeza y la verdadera pobreza del hombre. Llevarles el alegre anuncio que no es solo palabra, sino acontecimiento: Dios, ?l mismo, ha venido entre nosotros. El nos toma de la mano, nos lleva hacia lo alto, hacia s? mismo, y as? el coraz?n destrozado es curado. Demos gracias al Se?or porque manda trabajadores a la mies de la historia del mundo. Le damos gracias porque os manda a vosotros, porque hab?is dicho que s? y porque ahora pronunciar?is nuevamente vuestro ?s? a ser trabajadores del Se?or para los hombres.

?La mies es abundante? - tambi?n hoy, precisamente hoy. Aunque pueda parecer que grandes partes del mundo moderno, de los hombres de hoy, vuelven las espaldas a Dios y consideren la fe una cosa del pasado ? existe a?n el anhelo de que finalmente se restablezcan la justicia, el amor, la paz, que la pobreza y el sufrimiento sean superados, que los hombres encuentren la alegr?a. Todo este anhelo est? presente en el mundo de hoy, el anhelo hacia lo que es grande, hacia lo que es bueno. Es la nostalgia del Redentor, de Dios mismo, incluso all? donde es negado. Precisamente en este momento el trabajo en el campo de Dios es particularmente urgente y precisamente en este momento sentimos de manera particularmente dolorosa la verdad de la palabra de Jes?s: ?los trabajadores son pocos?. Al mismo tiempo el Salvador nos da a entender que no podemos ser simplemente nosotros solos quienes mandemos obreros a la mies; que no es una cuesti?n de management, de nuestra capacidad organizativa. Los obreros para el campo de su mies los puede mandar Dios mismo. Pero ?l los quiere mandar a trav?s de la puerta de nuestra oraci?n. Nosotros podemos cooperar para la llegada de los obreros, pero podemos hacerlo solo cooperando con Dios. As? esta hora del agradecimiento por la realizaci?n de un env?o en misi?n es, de modo particular, tambi?n la hora de la oraci?n: Se?or, ?manda obreros a tu mies! ?Abre los corazones a tu llamada! ?No permitas que nuestra s?plica sea en vano!

La liturgia de la jornada de hoy nos da por tanto dos definiciones de vuestra misi?n de obispos, de sacerdotes de Jesucristo: ser obreros en la mies de la historia del mundo con la tarea de curar abriendo las puertas del mundo al se?or?o de Dios, para que se haga la voluntad de Dios as? en la tierra como en el cielo. Y adem?s vuestro ministerio es descrito como cooperaci?n a la misi?n de Jesucristo, como participaci?n en el don del Esp?ritu Santo, dado a ?l en cuanto Mes?as, el Hijo ungido por Dios. La Carta a los Hebreos ? la segunda lectura ? completa tambi?n esto a partir de la imagen del sumo sacerdote Melquisedec, que remite misteriosamente a Cristo, el verdadero Sumo Sacerdote, el Rey de paz y de justicia.

Pero quisiera decir tambi?n algo sobre c?mo esta gran tarea debe llevarse a cabo en la pr?ctica ? sobre qu? exige concretamente de nosotros. Para la Semana de Oraci?n por la Unidad de los Cristianos, las comunidades cristianas de Jerusal?n hab?an elegido este a?o las palabras de los hechos de los Ap?stoles, en las que san Lucas quiere ilustrar de modo normativo cu?les son los elementos fundamentales de la existencia cristiana en la comuni?n de la Iglesia de Jesucristo. Se expresa as?: ?Todos se reun?an asiduamente para escuchar la ense?anza de los Ap?stoles y participar en la vida com?n, en la fracci?n del pan y en las oraciones? (Hch 2, 42). En estos cuatro elementos b?sicos del ser Iglesia se describe al mismo tiempo tambi?n la tarea esencial de sus Pastores. Los cuatro elementos se mantienen juntos mediante la expresi?n ?se reun?an asiduamente? ? eran perseverantes: la Biblia latina traduce as? la expresi?n griega προσκαρτερέω: la perseverancia, la asiduidad, pertenece a la esencia del ser cristianos y es fundamental para la tarea de los Pastores, de los trabajadores en la mies del Se?or. El Pastor no debe ser una ca?a de pantano que se dobla seg?n sopla el viento, un siervo del esp?ritu del tiempo. El ser intr?pido, el valor de oponerse a las corrientes del momento pertenece de modo esencial al deber del Pastor. No debe ser una ca?a de pantano, sino m?s bien ? seg?n la imagen del salmo 1 ? debe ser como un ?rbol que tiene las ra?ces profundas, en las que est? firme y bien fundado. Esto no tiene nada que ver con la rigidez o con la inflexibilidad. S?lo donde hay estabilidad hay tambi?n crecimiento. El cardenal Newman, cuyo camino fue marcado por tres conversiones, dice que vivir es transformarse. Pero sus tres conversiones y las transformaciones que tuvieron lugar en ellas son sin embargo un ?nico camino coherente: el camino de la obediencia hacia la verdad, hacia Dios: el camino de la verdadera continuidad que precisamente as? hace progresar.

?Perseverar en la ense?anza de los Ap?stoles? ? la fe tiene un contenido concreto. No es una espiritualidad indeterminada, una sensaci?n indefinible para la trascendencia. Dios ha actuado y precisamente ?l ha hablado. Ha hecho realmente algo y ha dicho realmente algo. Ciertamente, la fe es, en primer lugar, un confiarse a Dios, una relaci?n viva con ?l. Pero el Dios el que nos confiamos tiene un rostro y nos ha dado su Palabra. Podemos contar con la estabilidad de su Palabra. La Iglesia antigua resumi? el n?cleo esencial de la ense?anza de los Ap?stoles en la llamada Regula fidei, que sustancialmente es id?ntica a las Profesiones de Fe. Este es el fundamento confiable, sobre el que los cristianos nos basamos tambi?n hoy. Es la base segura sobre la que podemos construir la casa de nuestra fe, de nuestra vida (cfr. Mt 7, 24ss). Y de nuevo, la estabilidad y la definitividad de lo que creemos no significan rigidez. Juan de la Cruz compar? el mundo de la fe a una mina en la que descubrimos cada vez nuevos tesoros ? tesoros en los que se desarrolla la ?nica fe, la profesi?n del Dios que se manifiesta en Cristo. Como Pastores de la Iglesia vivimos de esta fe y as? podemos tambi?n anunciarla como el alegre anuncio que nos hace seguros del amor de Dios y del ser nosotros amados por ?l.

El segundo pilar de la existencia eclesial. San Lucas lo llama κοινωνία - communio. Tras el Concilio Vaticano II, este t?rmino se ha convertido en una palabra central de la teolog?a y del anuncio, porque en ?l, de hecho, se expresan todas las dimensiones del ser cristianos y de la vida eclesial. Lo que Lucas quer?a expresar precisamente con esa palabra en este texto, no lo sabemos. Podemos por tanto comprenderla tranquilamente en base al contexto global del Nuevo Testamento y de la Tradici?n apost?lica. Una primera gran definici?n de communio la dio san Juan al principio de su Primera Carta: Lo que hemos visto y o?do, lo que nuestras manos han tocado, os lo anunciamos, para que esteis en communio con nosotros. Y nuestra communio es comuni?n con el Padre y con su Hijo, Jesucristo (cfr. 1 Jn 1, 1-4). Dios por nosotros se hizo visible y tocable y as? cre? una comuni?n real consigo mismo. Entramos en esa comuni?n a trav?s de creer y vivir junto con aquellos que Lo tocaron. Con ellos y a trav?s de ellos, nosotros mismos ciertamente Lo vemos, y tocamos al Dios que se ha hecho cercano. As? la dimensi?n horizontal y la vertical est?n aqu? inseparablemente entretejidas una con otra. Estando en comuni?n con los Ap?stoles, permaneciendo en su fe, nosotros mismos estamos en contacto con el Dios vivo. Queridos amigos, a este fin sirve el ministerio de los obispos: que esta cadena de comuni?n no se interrumpa. Esta es la esencia de la Sucesi?n apost?lica: conservar la comuni?n con aquellos que han encontrado al Se?or de modo visible y tangible y as? tener abierto el Cielo, la presencia de Dios en medio de nosotros. Solo mediante la comuni?n con los Sucesores de los Ap?stoles estamos tambi?n en contacto con el Dios encarnado. Pero vale tambi?n a la inversa: solo gracias a la comuni?n con Dios, solo gracias a la comuni?n con Jesucristo esta cadena de los testigos permanece unida. Obispos no se es nunca solos, nos dice el Vaticano II, sino siempre solo en el colegio de los obispos. Esto, adem?s, no puede encerrarse en el tiempo de la propia generaci?n. A la colegialidad pertenece en entramado de todas las generaciones, la Iglesia viviente de todos los tiempos. Vosotros, queridos Hermanos, ten?is la misi?n de conservar esta comuni?n cat?lica. Sabed que el Se?or ha encargado a san Pedro y a sus sucesores ser el centro de esta comuni?n, los garantes del estar en la totalidad de la comuni?n apost?lica y de su fe. Ofreced vuestra ayuda para que permanezca viva la alegr?a por la gran unidad de la Iglesia, por la comuni?n de todos los lugares y tiempos, por la comuni?n de la fe que abraza el cielo y la tierra. Vivid la communio, y vivid con el coraz?n, d?a a d?a, su centro m?s profundo en ese momento sagrado en el que el Se?or mismo se entrega en la santa Comuni?n.

Con ello llegamos ya al elemento sucesivo fundamental de la existencia eclesial, mencionado por san Lucas: la fracci?n del pan. La mirada del Evangelista, en este punto, vuelve atr?s a los disc?pulos de Ema?s, que reconocieron al Se?or por el gesto del partir el pan. Y desde all?, la mirada vuelve a?n m?s atr?s, al momento de la ?ltima Cena, en el que Jes?s, al partir el pan, de distribuy? a s? mismo, se hizo pan por nosotros y anticip? su muerte y su resurrecci?n. Partir el pan ? la santa Eucarist?a es el centro de la Iglesia y debe ser el centro de nuestro ser cristianos y de nuestra vida sacerdotal. El Se?or se nos da. El Resucitado entra en mi intimidad y quiere transformarme para hacerme entrar en una profunda comuni?n con ?l. As? me abre tambi?n a todos los dem?s: nosotros, los muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, dice san Pablo (cfr. 1 Cor 10, 17). Intentemos celebrar la Eucarist?a con una dedicaci?n, un fervor cada vez m?s profundo, intentemos plantearnos los d?as seg?n su medida, intentemos dejarnos plasmar por ella. Partir el pan ? con ello se expresa al mismo tiempo tambi?n el compartir, el transmitir nuestro amor a los dem?s. La dimensi?n social, el compartir no es un ap?ndice moral que se a?ade a la Eucarist?a, sino que es parte de ella. Esto resulta claro precisamente del vers?culo que en los Hechos de los Ap?stoles sigue al citado hace poco: ?Todos los creyentes ? pon?an lo suyo en com?n?, dice Lucas (2, 44). Estemos atentos a que la fe se exprese siempre en el amor y la justicia de unos hacia otros y que nuestra praxis social sea inspirada por la fe; que la fe sea vivida en el amor.

Como ?ltimo pilar de la existencia eclesial, Lucas menciona ?las oraciones?. Habla en plural: oraciones. ?Qu? quiere decir con esto? Probablemente piensa en la participaci?n de la primera comunidad de Jerusal?n en las oraciones en el templo, en los ordenamientos comunes en la oraci?n. As? ilumina una cosa importante. La oraci?n, por una parte, debe ser muy personal, un unirme en lo m?s profundo a Dios. Debe ser mi lucha con ?l, mi b?squeda de ?l, mi acci?n de gracias para ?l y mi alegr?a en ?l. Con todo, nunca es solamente algo privado de mi ?yo? individual, que no tiene que ver con los dem?s. Orar es esencialmente siempre tambi?n un rezar en el ?nosotros? de los hijos de Dios. Solo en este ?nosotros? somos hijos de nuestro Padre, que el Se?or nos ense?? a rezar. S?lo este ?nosotros? nos abre el acceso al Padre. Por una parte, nuestra oraci?n debe ser cada vez m?s personal, tocar y penetrar cada vez m?s profundamente en el n?cleo de nuestro ?yo?. Por la otra, debe nutrirse siempre de la comuni?n de los orantes, de la unidad del Cuerpo de Cristo, para plasmarme verdaderamente a partir del amor de Dios. As? rezar, en ?ltima instancia, no es una actividad entre las dem?s, un cierto rinc?n de mi tiempo. Rezar es la respuesta al imperativo que est? en el Canon en la Celebraci?n eucar?stica: Sursum corda ? levantad vuestros corazones. Es el ascender de mi existencia hasta la altura de Dios. En san Gregorio Magno se encuentra una bella palabra al respecto. ?l recuerda que Jes?s llama a Juan Bautista una ?l?mpara que arde y resplandece? (Jn 5, 35) y continua: ?ardiente por el deseo celeste, resplandeciente por la palabra. Por tanto, para que se conserve la veracidad del anuncio, debe ser conservada la altura de la vida? (Hom. in Ez. 1, 11, 7 ccl 142, 134). La altura, la medida alta de la vida, que precisamente hoy es esencial para el testimonio en favor de Jesucristo, la podemos encontrar solo si en la oraci?n nos dejamos atraer continuamente por ?l hacia su altura.

Duc in altum (Lc 5, 4) ? Rema mar adentro y echa las redes para la pesca. Esto dijo Jes?s a Pedro y a sus compa?eros cuando los llam? a ser ?pescadores de hombres?. Duc in altum ? el papa Juan Pablo II, en sus ?ltimos a?os, retom? con fuerza esta palabra y la proclam? en voz alta a los disc?pulos del Se?or hoy. Duc in altum ? os dice el Se?or en este momento. Hab?is sido llamados a cargos que implican a la Iglesia universal. Sois llamados a echar la red del Evangelio en el mar agitado de este tiempo para obtener la adhesi?n de los hombres a Cristo; para sacarlos, por as? decirlos, de las aguas salinas de la muerte y de la oscuridad en la que la luz del cielo no penetra. Deb?is llevarles a la tierra de la vida, a la comuni?n con Jesucristo.

En un pasaje del primer libro de su obra sobre la Sant?sima Trinidad, san Hilario de Poitiers prorrumpe de repente en una oraci?n: por esto rezo ?para que hinches las velas desplegadas de nuestra fe y de nuestra profesi?n con el soplo de Tu Esp?ritu y me empuje adelante en la traves?a de mi anuncio? (i 37 ccl 62, 35s). S?, para esto rezamos ahora por vosotros, queridos amigos. Desplegad por tanto las velas de vuestras almas, las velas de la fe, de la esperanza, del amor, para que el Esp?ritu Santo pueda hincharlas y concederos un bendito viaje como pescadores de hombres en el oc?ano de nuestro tiempo. Am?n.

[Traducci?n del italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:22  | Habla el Papa
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