Domingo, 06 de marzo de 2011

Reflexi?n teol?gico-pastoral para el d?a del seminario 2011 recibida con los materiales para su celebraci?n, eleborada por la Comisi?n Episcopal?de Seminarios y Universidades de la CEE.

REFLEXI?N TEOL?GICO-PASTORAL

?El sacerdote es un don del coraz?n de Cristo: un don para la Iglesia y para el mundo? (Benedicto XVI, ?ngelus 13.06.10).

El d?a en que Benedicto XVI exhortaba con estas palabras tras el rezo del ?ngelus a la multitud congregada en la plaza de san Pedro, Roma era un hervidero de sacerdotes venidos de todas partes del mundo. El motivo de esta concentraci?n de culturas, lenguas y geograf?as diversas, expresi?n de una fraternidad presbiteral que no conoce fronteras, era la conclusi?n del A?o Sacerdotal que el Santo Padre hab?a convocado un a?o antes para conmemorar el centenario de la muerte de san Juan Mar?a Vianney. No obstante la pl?yade de voces alzadas en convenios teol?gicos, publicaciones y alocuciones diversas a prop?sito de este evento, pocas palabras como las proferidas por el Papa aquella ma?ana logran iluminar con igual sencillez y clarividencia la esencia del sacerdocio ministerial.

?El sacerdote, regalo de Dios para el mundo?. Este es el lema que, parafraseando la frase de Benedicto XVI, anima la jornada del D?a del Seminario de este a?o. El eslogan puede resultar algo manido, dado por descontado; una obviedad sobre la que no merece la pena detenerse. No obstante la posibilidad de esta inmediata impresi?n, quiz? sea hoy m?s que nunca necesario afirmar que el sacerdote representa para el mundo una acci?n de Dios en la que se refleja su predilecci?n amorosa por los hombres. Esta verdad, llamada a animar el ejercicio del ministerio e interiorizarse ?en quienes se preparan para recibir el sacramento del orden, exige su proclamaci?n constante, sobre todo en un mundo que ni parece necesitar ni solicita este ?regalo?.

1.?Un mundo ?de-sacerdotalizado?

En efecto, no parece que ni la sociedad ni la cultura contempor?nea contemplen en la figura del sacerdote un bien necesario para el funcionamiento del tejido social. Hoy en d?a, el presb?tero es considerado por una mayor?a de bautizados no practicantes como una especie de ?funcionario? cualificado, que presta un servicio religioso en momentos cruciales de la vida como el nacimiento, el matrimonio o la muerte. Para un n?mero creciente de ciudadanos que se manifiestan indiferentes en materia de religi?n, el sacerdote carece de significaci?n p?blica alguna. Los miembros de otras religiones lo consideran un representante oficial de la Iglesia. Por ?ltimo, para un n?mero no desde?able de cristianos practicantes, con diversos grados de compromiso, el sacerdote se muestra como gu?a espiritual, mediador del encuentro sacramental entre Dios y el hombre, animador de la comunidad, de los ministerios y carismas que la constituyen. El sacerdote preside la Eucarist?a, momento festivo y gozoso en el que se hace actual la salvaci?n acaecida en la muerte y resurrecci?n de Cristo, y visibiliza el rostro misericordioso del Padre en el sacramento de la penitencia.

Esta fragmentaci?n de significado social, cultural y religioso de la figura del sacerdote constituye un fen?meno relativamente reciente que discurre a la par del proceso de secularizaci?n en el que estamos inmersos. Si hasta hace poco el sacerdote era captado con unos rasgos un?vocos que permit?an incluso delinear personajes literarios emblem?ticos, hoy asistimos al surgir de una generaci?n que al leer San Manuel Bueno y M?rtir, El poder y la gloria o Diario de un cura rural, no logran simpatizar con el drama interno que asola a sus protagonistas, sacerdotes atenazados por la duda, la responsabilidad ante el pueblo cristiano y un reverencial temor de Dios. Esta ausencia de empat?a refleja el desvanecimiento de un ?mundo? familiarizado con la cosmovisi?n cristiana y sus elementos constituyentes, situaci?n que conlleva un ?extra?amiento? creciente ante la figura del sacerdote.

El ?mundo? dise?ado en Occidente durante el siglo xx, marcado por las guerras mundiales y el delicado equilibrio entre las grandes potencias, es un mundo labrado a partir de un pu?ado de ideas que portan en s? el legado de una larga incubaci?n filos?fica y teol?gica. Principios como la emancipaci?n, la lucha o la liberaci?n, con sus variados adjetivos o genitivos ?lucha obrera, emancipaci?n de la mujer, liberaci?n sexual?, han guiado la actividad humana y la b?squeda espiritual del hombre del ?ltimo siglo. En los albores del tercer milenio, una idea sobresale como herencia de este devenir cultural entre los nuevos mitos que sustentan el contrato social: la idea de ?progreso?.

La idea de progreso constituye uno de los elementos basilares de la cultura en la era de la t?cnica y es, en gran medida, consecuencia de ella. El papa Benedicto XVI se ha hecho eco en repetidas ocasiones de la visi?n del mundo emergente de una ?ideolog?a del progreso?, versi?n secular de la esperanza escatol?gica, y de las dificultades que esta estaci?n cultural genera para la vivencia de la fe cristiana, que se ve sustituida por una ?fe en el progreso?1. El ?mundo? que emerge de esta visi?n se ve privado de un horizonte escatol?gico, de la confianza radical en la promesa del Padre que ha sido cumplida definitivamente en Cristo y que aguarda su recapitulaci?n ?ltima. En un mundo as?, el sacerdote, puente tradicional entre la orilla del ?mundo? y la del Reino, deviene innecesario y prescindible.

Sin embargo, la fe en el progreso se demuestra incapaz de generar sentido. En el panorama de increencia generalizado, proliferan experiencias de diverso g?nero que tienen en com?n la b?squeda (?desesperada?) del sentido. Las corrientes afines a la New Age, la meditaci?n trascendental, el yoga, etc. toman el puesto de las tradicionales pr?cticas cristianas, ofreciendo una v?a para afrontar la ?tragedia? de una existencia humana regida por la mera necesidad2. El sacerdote es sustituido, en cierto modo, por el gur?, el maestro de relajaci?n o el personal-trainer.

2.??Un sacerdocio ?de-mundanizado??

La situaci?n esbozada en las l?neas precedentes es susceptible de m?ltiples interpretaciones. El Concilio Vaticano II ha marcado, sin embargo, una orientaci?n fundamental en la comprensi?n de la relaci?n de la Iglesia con la comunidad humana, expresada en la constituci?n Gaudium et Spes. Esta orientaci?n de apertura y di?logo nace de la natural vocaci?n de la Iglesia a anunciar a todos los hombres la Palabra de la salvaci?n acontecida en Cristo, lo que nos obligar a considerar como tentaci?n el impulso hacia el repliegue que nace de la constataci?n de un ?mundo? sordo ante la Palabra de Dios.

La tentaci?n del repliegue hacia el interior afecta sobremanera a los sacerdotes, quienes han sido objeto de un progresivo exilio de los ?mbitos de la cultura y de la incidencia p?blica. Una funesta consecuencia del ?anticlericalismo? ?actuado en diversos ?mbitos y con intensidad variada?, ha sido no solo la difusi?n, sino tambi?n la interiorizaci?n en no pocos ministros, de un errado convencimiento seg?n el cual el sacerdote no debe sostener discurso alguno en la construcci?n del espacio p?blico3. Su ?mbito de acci?n se limita a la esfera de lo privado y de lo confesional. Este arrinconamiento no procede de una voluntad directa, sino que es la consecuencia de una organizaci?n del mundo basada en la ideolog?a del progreso. El espacio p?blico es ocupado por el libre mercado, los valores econ?micos y la carrera desenfrenada por el poder. El encuentro con Cristo y el amor son acontecimientos de la vida humana que quedan fuera de la organizaci?n c?vica. Y, sin embargo, son los eventos fundadores de una existencia aut?ntica, de los que el sacerdote se hace eco con su propia vida entregada a la causa del Reino.

La existencia sacerdotal est? sostenida por una paradoja de no f?cil gesti?n. Por un lado, el presb?tero est? llamado a guiar a una comunidad eclesial concreta, para que esta sea precisamente ?voz? en el mundo de la Buena Nueva. El presb?tero es un hombre fundamentalmente dedicado a su comunidad, en la que preside la Eucarist?a y perdona los pecados, proclama la Palabra y anima los ministerios y carismas. El sacerdote es, en este sentido, un ?hombre de Iglesia?, que representa visiblemente la instituci?n eclesial. Pero por otro lado, la evangelizaci?n y el apostolado constituyen un aspecto esencial de su identidad ministerial, que adquieren una especial relevancia en un contexto marcado por la secularizaci?n y la increencia.

La gesti?n de esta tensi?n inherente al sacerdocio da lugar a no pocas incertidumbres sobre el modo concreto de llevarla a cabo. Una articulaci?n posible de la misi?n de la Iglesia consiste en la ?funcionalizaci?n? de las tareas: mientras que a los laicos les compete el anuncio de la palabra en el ?mundo?, de los sacerdotes se espera la proclamaci?n de esta misma Palabra en el seno de la comunidad eclesial. Este modo de vislumbrar la actividad misionera de la Iglesia, sin embargo, parece en cierta medida preso de una ?l?gica de la eficiencia? que ha de ser juzgada teol?gicamente. En una visi?n del g?nero se produce un riesgo considerable de de-mundanizar el ministerio sacerdotal, esto es, de apagar el originario dinamismo apost?lico de la vocaci?n presbiteral en beneficio de una concentraci?n en las tareas t?picamente eclesiales.

La historia de la Iglesia brinda una dilatada n?mina de figuras sacerdotales que, explorando esta originaria dimensi?n apost?lica, han contribuido a forjar s?ntesis y visiones de vida que permanecen como un tesoro inmaterial de la humanidad: san Ambrosio, san Agust?n, santo Tom?s de Aquino, Bartolom? de las Casas, Erasmo de Rotterdam, el beato John Henry Newman, etc. Estos y otros tantos nombres fueron sacerdotes que, en los momentos cr?ticos de la historia, esto es, cuando se gestaba una nueva estaci?n del esp?ritu humano, realizaron contribuciones originales e imprescindibles de las cuales a?n hoy se alimenta nuestra experiencia espiritual y cultural. Reivindicar su memoria como sacerdotes que entendieron su ministerio como servicio a la Verdad, y en consecuencia como servicio al ?mundo?, es un acicate para explorar nuevas v?as de expresi?n de esta dimensi?n apost?lica del ministerio sacerdotal.

3.?El sacerdote, un don para el mundo hoy

En tiempos de incertidumbre, se antoja m?s necesario que nunca prolongar la estela de tantos sacerdotes que han sido claves para la renovaci?n espiritual y social del ?mundo? en distintas ?pocas y geograf?as. La proclamaci?n del Evangelio m?s all? de los confines de la Iglesia ?la nueva evangelizaci?n? constituye esencialmente al sacerdocio ministerial. No se trata de una dimensi?n accesoria o prescindible, sino de un impulso constitutivo de la identidad presbiteral que encuentra su mejor expresi?n en la ?caridad pastoral?, que ?los pone en la iglesia (a los sacerdotes) como servidores autorizados del anuncio del Evangelio a toda criatura y como servidores de la plenitud de la vida cristiana de todos los bautizados?4.

La postura de Jes?s ante el ?mundo?, de cuya caridad pastoral participan los presb?teros5, esclarece el sentido y el modo de la donaci?n del sacerdote al mundo. El Evangelio de Juan presenta una teolog?a sobre la relaci?n de la Iglesia con el mundo, en el que se describe un modo de situarse ante las realidades terrenas desde la fe en Jes?s y la esperanza en el Reino venidero. ?Mi reino no es de este mundo? (Jn 18, 36), afirma Jes?s ante Pilatos. La l?gica del Reino de Dios que ?l ha proclamado y la l?gica del mundo no se confunden. La Iglesia, prolongando la misi?n de Cristo, ha tratado de mediar, aunque no pocas veces oscureciendo el brillo del Evangelio, la relaci?n entre el mundo y el Reino de Dios al que la humanidad entera ha sido convocada. La Iglesia, que constituye ya en la tierra ?el germen y el principio de este reino?6, contin?a su peregrinaje hasta que ?todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra? sean reconciliadas con Cristo (Col 1, 20).

Al sacerdote le compete hoy seguir convocando a todos los hombres a descubrir la promesa de Dios y suscitar la esperanza en el advenimiento definitivo del Reino. Esta funci?n, que brota del impulso apost?lico que anima su vocaci?n presbiteral, requiere una sensibilidad evang?lica que colorea tanto su presencia en el mundo como su relaci?n con las realidades terrenas. Sobre el modo de articular concretamente este tipo de presencia, sugerimos algunas v?as concretas.

El sacerdote puede ser hoy un verdadero ?regalo? de Dios al mundo si se atreve a desvelar su l?gica aplastante, guiada por la auto-afirmaci?n y el poder. Lo expresa de un modo sobrecogedor Fiedrich, el personaje de la pel??cula La ca?da de los dioses7, cuando en su af?n de poder y enriquecimiento se ve ?obligado? a asesinar a su socio: ?He aceptado una l?gica despiadada de la que jam?s podr? liberarme?. El ?mundo? de hoy, que conf?a ciegamente en la idea del progreso, cae preso de una l?gica deshumanizante en la que el dinero, el poder sobre los otros, la auto-afirmaci?n, devienen principios rectores de la existencia. El sacerdote ha de tener el coraje de poner de ma?nifiesto las nuevas idolatr?as, no con un fin reprobatorio e incriminador, sino con un inter?s soteriol?gico que nace del convencimiento de que todo hom?bre ha sido llamado a degustar la salvaci?n definitiva acaecida en Cristo. Solo despu?s de este desenmascaramiento, el sacerdote deber? proponer la l?gi?ca de Jes?s, basada en el servicio humilde y en el amor desinteresado, como principio rector de una existencia verdaderamente humana8.

El ejercicio de este servicio al mundo requiere de un esfuerzo constante por reavivar la dimensi?n prof?tica y po?tica de la existencia sacerdotal9. El don del Esp?ritu recibido en la ordenaci?n exige la puesta en juego de todas las potencialidades y capacidades personales. Los presb?teros y los candidatos al sacerdocio, como reiteran los documentos del Magisterio que abordan la formaci?n presbiteral, han de cultivar una sensibilidad cultural, intelectual y espiritual que les permita escudri?ar los signos de los tiempos. El ejercicio de esta funci?n prof?tica conlleva un inter?s verdadero por la literatura, las artes, el cine, etc., esto es, por todas las creaciones donde cristalizan el esp?ritu y los s?mbolos de la cultura de nuestro tiempo, que portan propuestas de sentido en ocasiones ajenas a cualquier significaci?n trascendente. Conlleva tambi?n un conocimiento de las leyes econ?micas y de las estrategias pol?ticas, del funcionamiento de los medios, el ?cuarto poder?, y del modo en que la as? llamada ?opini?n p?blica? es generada y difundida. Conlleva, en definitiva, una destreza m?nima para circular en el alambicado circuito de la post-modernidad, donde no existen reglas fijas ni metas predefinidas.

El sacerdote es ?regalo? de Dios al mundo tambi?n cuando se empe?a en las actividades t?picamente eclesiales, esto, es cuando edifica y acompa?a a la comunidad eclesial. Los hombres y mujeres que constituyen esta comunidad tambi?n viven en el tiempo presente, con problem?ticas y desaf?os id?nticos al resto de individuos que componen la sociedad en la que se hace presente la Iglesia. Es responsabilidad del ministro ordenado conducir a la comunidad cristiana de tal modo que esta llegue a ser verdadera ?luz del mundo? (Mt 5, 16). En no pocas ocasiones se alzan lamentos entre el pueblo de Dios ante la superficialidad y escasa preparaci?n de muchas homil?as. Qu? distinto ser?a si el sacerdote que las proclama se hiciese siempre consciente de que los destinatarios de sus palabras viven y est?n ?en el mundo?, atenazados por preocupaciones y proyectos que ocupan al conjunto de los ciudadanos.

El sacerdote es ?regalo? de Dios al mundo cuando a trav?s de su existencia concreta, su estilo de vida, sus gestos y palabras, contribuye a desvelar el rostro trinitario de Dios; cuando su ?mundo personal? rezuma misericordia, hospitalidad, entrega. La antropolog?a dominante est? profundamente marcada por la idea de subjetividad personal. Cada uno construye su propio ?mundo?, su personal visi?n de la existencia, a partir de las experiencias hechas, de las decisiones tomadas y de las acciones emprendidas. No existe un solo ?mundo?, esto es, una cosmovisi?n dominante, sino una pluralidad de mundos, de modos de ubicarse en la existencia, de maneras de vivir la propia vida. Al sacerdote se le abre un precioso campo de acci?n: el acompa?amiento a los j?venes en la creaci?n del propio mundo, en la gestaci?n de la propia identidad, que tiene que ver con el descubrimiento y asimilaci?n de la vocaci?n personal a la que cada uno ha sido llamado.

El sacerdote es, por ?ltimo, ?regalo? de Dios al mundo cuando reza por ?l, cuando hace memoria en su oraci?n de la conflictividad inherente al mundo, de las v?ctimas de las guerras, del injusto reparto de los bienes, de los desastres naturales, etc. Las palabras de Jes?s sostienen el impulso apost?lico del presb?tero, consciente de que este af?n, como nos recuerda Benedicto XVI, nace del coraz?n de Cristo: ?Como t? me enviaste al mundo, as? yo los env?o tambi?n al mundo. Y por ellos yo me santifico a m? mismo, para que tambi?n ellos sean santificados en la verdad. No solo por ellos ruego, sino tambi?n para los que crean en m? por la palabra de ellos? (Jn 17, 18-20).?

1 Cf. Benedicto XVI, Spe Salvi 17. Al aludir a esta ?nueva fe? viene a la mente el t?tulo del primer disco de Micah P. Hinson ?Micah P. Hinson and the Gospel of Progress?, un t?tulo elocuente y sugestivo de cuanto venimos diciendo.
2 Cf. F. Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, Madrid 2007.
3 El tema es sobremanera complejo. Las ra?ces y las expresiones del anti-clericalismo son variadas y de diversa coloraci?n e intensidad. El fen?meno del anti-clericalismo se observa en las presentes l?neas en la medida que conlleva un desaf?o para la definici?n del papel del sacerdocio en el ?mundo?.
4 Pastores dabo vobis 15.
5 Cf. Pastores dabo vobis 22-23.
6 Lumen gentium 6.
7 El t?tulo del film de L. Visconti no es casual. Cuando Dios desaparece del horizonte humano, el mundo queda abandonado a su suerte, guiado por una l?gica absurda de la que ?ning?n dios nos puede salvar?.
8 Cf. Gaudium et spes 22: ?El misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado?.
9 Cf. K. Rahner, ?Existencia sacerdotal?, Escritos de teolog?a III, Madrid 2002, 251-274; Id., ?Sacerdote y poeta?, Escritos de teolog?a III, 307-328.


Publicado por verdenaranja @ 19:57  | Espiritualidad
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