Martes, 08 de marzo de 2011

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La plata, en la misa de los educadores platenses al comienzo del a?o lectivo (Iglesia Catedral, 25 de febrero de 2011). (AICA)

MISI?N DE LA ESCUELA, MISI?N EN LA ESCUELA ?????

El encuentro en el que nos damos cita todos los a?os, poco antes de iniciar el ciclo escolar, coincide esta vez con la fiesta lit?rgica de la beata Mar?a Ludovica. Esta circunstancia providencial resulta significativa para nosotros, educadores. Sobre todo porque conocemos muy bien su figura, porque la queremos y estamos orgullosos de ella. Es aleccionador, tiene que causarnos asombro, recordar que una muchacha nacida en un pueblo de los Abruzzos, privada de toda cultura acad?mica, extra?a por su lengua y costumbres a nuestro medio rioplatense, lleg? a ser admirada un?nimemente y reconocida como ciudadana ilustre de esta capital provincial, centro administrativo y pol?tico de peso en el pa?s y c?lebre por su tradici?n universitaria. Este hecho nos mueve a alabar a Dios y a darle gracias.

Ludovica trajo consigo aquella visi?n del mundo y de la vida propia de la civilizaci?n campesina, enriquecida con s?lidas virtudes humanas y cristianas, iluminada con la claridad de una fe sin fisuras. Ella transmiti? esa visi?n m?s que con palabras con la natural sobrenaturalidad de su presencia y de su entrega en el trabajo cotidiano. Como superiora de su comunidad religiosa y como administradora del Hospital de Ni?os fue una educadora de la caridad. Con su ejemplo de desprendimiento y de disponibilidad total se hizo eco de la revelaci?n del amor que se manifest? en la entrega de Cristo por nosotros; comprendi? y vivi? con una coherencia heroica y una desconcertante sencillez el principio central del cristianismo expuesto por San Juan en el pasaje de su primera carta que hemos escuchado hace un momento: En esto hemos conocido el amor: en que ?l entreg? su vida por nosotros; por eso, tambi?n nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos (1 Jn. 3, 16). Su ejemplo desarmaba resistencias y reticencias, mov?a a la generosidad, resultaba contagioso, transformante, arrollador.

Insisto en su condici?n de educadora, que puede servirnos de modelo a quienes nos dedicamos a la educaci?n: en este campo estamos llamados a entregar la vida, no simplemente a ejercer una profesi?n; el secreto est? siempre en el amor. Una religiosa que vivi? catorce a?os junto a la Superiora Ludovica ofreci? este testimonio en el proceso de beatificaci?n: Nos dec?a a las hermanas: nosotras tenemos que obrar bien, no por nosotras, sino por Dios, por la Iglesia, porque nosotras somos Iglesia y representamos a nuestro Instituto; en nuestro comportamiento no debemos olvidar nunca que somos hijas de Dios; para ?l vivimos y para ?l tenemos que ser. Y repet?a: no se cansen nunca de hacer el bien; hermanas, no importan las cosas que pasen, siempre hagan el bien. La declaraci?n incluye tambi?n esta sentencia de la beata que lo explica todo: el amor m?s grande es el de estar siempre unida con Dios. Esa exhortaci?n simple y esencial, referida al trabajo hospitalario, cuadra perfectamente a las exigencias de la tarea escolar.

En esta Misa previa al comienzo del a?o lectivo encomendamos al Se?or nuestras intenciones y preocupaciones, invocamos la inspiraci?n y la fortaleza que tienen su fuente en el Esp?ritu Santo para hacer frente con lucidez y buen ?nimo a las dificultades de nuestra misi?n. Pero tambi?n se nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre alg?n aspecto de la educaci?n cristiana. Hoy quiero detenerme en la misi?n de la escuela, de la escuela cat?lica, la que le es intr?nsecamente propia, y que se identifica con la misi?n que la Iglesia debe desarrollar en la escuela y a trav?s de ella. Nuestra arquidi?cesis, a tono con el impulso renovado en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, quiere verificar seriamente su condici?n de Iglesia misionera, especialmente en la orientaci?n y el dinamismo de la pastoral ordinaria.

Esta decisi?n vale tambi?n ?no podr?a ser de otra manera? para la pastoral educativa que se debe desarrollar ordinariamente y con puntual continuidad en nuestras escuelas. Ahora bien, en ellas la pastoral educativa coincide con su espec?fica misi?n de educar en sentido integral y cristiano. En otras ocasiones me he referido a las caracter?sticas de una educaci?n que pueda reconocerse, en sentido genuinamente cat?lico, como formaci?n integral de la persona en su irreductible identidad femenina o varonil. Me permito ahora formular algunas observaciones sobre la dimensi?n misional de la educaci?n, especialmente en relaci?n a las dificultades que encuentra, en la actualidad, su plena realizaci?n.

En primer lugar recordemos que la escuela cat?lica, al cultivar y transmitir las diversas disciplinas curriculares en los distintos niveles, comenzando por los saberes elementales, cumple una misi?n al servicio de la Verdad. Lo que debe proponerse cultivar y transmitir es la cosmovisi?n cristiana, en la que letras, ciencias y arte se articulan armoniosamente en una s?ntesis sapiencial a la luz de la fe. Nuestros institutos de ense?anza no son sucursales de la iniciativa oficial o ?mbitos supletorios de la responsabilidad educativa del Estado en una especie de subsidiaridad invertida; tienen su propia identidad ?esencia, principios, fines, m?todos?? y constituyen, junto con otras instituciones privadas y con la vertiente estatal, un ?nico sistema p?blico de educaci?n. Nuestra identidad se refiere a la misi?n de la Iglesia, se inscribe en ella, y por lo tanto se remite a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (cf. Jn. 14, 6). La escuela cat?lica es la Iglesia en? funci?n de educar; su misionalidad se cumple primeramente en la transmisi?n de la Verdad.

Debemos prestar una atenci?n alerta y sanamente cr?tica a los dise?os curriculares para hacerlos objeto de un discernimiento imprescindible. ?sta es la mejor colaboraci?n que podemos ofrecer a las necesidades educativas de la Argentina de hoy. No es posible ignorar o disimular por una especie de tolerancia beata, o por temor, el sesgo ideol?gico que campea en varios de ellos, sobre todo en ?reas tales como Historia, Educaci?n sexual, Salud y adolescencia, Construcci?n de ciudadan?a, y ahora Pol?tica y ciudadan?a. Basta recorrer con la mirada la bibliograf?a propuesta para advertir la inspiraci?n que ha presidido el trazado de esos dise?os; no s?lo por los nombres emblem?ticos que figuran en la lista, sino tambi?n por los que lamentablemente han sido omitidos. Se dice que es responsabilidad del Estado formar ciudadanos, pero ?acaso pretende hacerlo adoctrinando a ni?os y adolescentes para domesticar as? a la sociedad con la vara del pensamiento ?nico? Cada tanto parece asomar nuevamente la ambici?n monop?lica del Estado en un ?mbito tan delicado como ?ste de la orientaci?n intelectual y del juicio sobre los acontecimientos hist?ricos y las realidades sociopol?ticas. El modelo de los reg?menes totalitarios es un ejemplo pernicioso del cual debemos cuidarnos. Los padres de familia tendr?an que estar m?s atentos a lo que se ense?a a sus hijos en la escuela ?pienso sobre todo en la de gesti?n estatal?. Nosotros, por nuestra parte, que tambi?n ejercemos la responsabilidad de formar ciudadanos,? tenemos el derecho y el deber de examinar los programas, corregirlos y completarlos a la luz de la antropolog?a cristiana y la doctrina social de la Iglesia. No es lo mismo formar buenos ciudadanos que peque?os te?ricos cr?ticos, politizados prematuramente y uniformados por una concepci?n pseudoprogresista del cambio social. Lo mismo hay que decir de la elecci?n de los textos; la disponibilidad de obras de referencia adecuadas es un campo en el cual a?n estamos en falta. El proyecto educativo de la escuela cat?lica queda en pura aspiraci?n ideal si no se concreta en una ratio studiorum y en los textos correspondientes.

Quiero de paso recordar amablemente a los representantes legales ?por si hiciera falta? que no representan al Estado, sino al arzobispado o a la congregaci?n religiosa titular del instituto en el que ejercen su dign?simo cargo; ellos y los directores deben obedecer antes a la Iglesia, al obispo, y luego, en lo que corresponda, al inspector o a la inspectora.

Otro obst?culo que la misi?n educativa tiene que afrontar es el ambiente cultural en el que vivimos, en el cual se advierte hasta qu? grado ha llegado el proceso de descristianizaci?n que afecta incluso a muchas personas que se consideran cat?licas, y lo son por el bautismo, pero que no piensan ni viven como tales. Hay que contar tambi?n con la fobia anticat?lica de peque?os cen?culos muy activos e influyentes, con la parcialidad opinativa y la degradaci?n cultural que destilan algunos medios de comunicaci?n. Ese clima deseducador influye desde fuera sobre la tarea educativa de la escuela y penetra por diversos canales en su interior. Sin exasperaci?n, con mucha paciencia, nos hacemos cargo de esta situaci?n y la asumimos como un desaf?o exaltante que la Providencia presenta a nuestra misi?n de educadores.

Un punto clave es la convicci?n y el testimonio de directivos, profesores, maestros y auxiliares, es decir, de toda la comunidad educativa. La primera misi?n a desarrollar se sit?a ad intra, se dirige a la actividad misma de la vida institucional. Para apelar a la bien conocida definici?n del cristiano propuesta por el Documento de Aparecida, digamos que cada miembro de la comunidad educativa tiene que perfilarse cada vez mejor y reconocerse como disc?pulo misionero de Jesucristo. Sabemos que, gracias a Dios, muchos docentes y preceptores, que diariamente est?n en contacto directo con los chicos, lo son y viven como tales ofreciendo un precioso testimonio. Pero el dinamismo misionero de una escuela que es una aut?ntica comunidad cristiana puede lograr, con el tiempo, que a?n aquellos que se integraron a ella con el respetable pero insuficiente prop?sito de obtener un empleo, descubran vitalmente a Cristo, renueven su fe e identificados plenamente con el proyecto educativo cat?lico asuman su trabajo como una misi?n. El papel del personal directivo es aqu? fundamental: de ellos depende la elecci?n de los docentes, la orientaci?n asidua, la supervisi?n y coordinaci?n de las tareas; tambi?n a ellos corresponde sostener el esp?ritu y animar continuamente la vocaci?n misional de la comunidad como servicio rendido a la Verdad.

Aunque el tema merecer?a un amplio desarrollo, quiero referirme, siquiera de modo alusivo, a la misi?n que la escuela debe cumplir respecto de los alumnos y sus familias. En este caso hablo de misi?n en el sentido m?s propio del t?rmino, seg?n el lenguaje pastoral que usamos habitualmente: dar a conocer a Jesucristo, favorecer y procurar la adhesi?n de fe a su persona y a su mensaje, invitar ?sobre todo a trav?s del ambiente de la comunidad educativa? a abrazar el ideal de la vida cristiana y la plena inserci?n en la vida eclesial. En muchos casos, los alumnos permanecen en una instituci?n desde la primera sala del nivel inicial hasta el ?ltimo a?o del secundario. ?Qu? relaci?n de conocimiento, de afecto, de mutua colaboraci?n entabla la comunidad educativa con las respectivas familias? A partir de una imprescindible y creciente vinculaci?n se debe proponer expl?citamente una misi?n en favor de ellas, para intentar comunicarles el mensaje del Evangelio o hacerles crecer en la alegr?a de la fe. Puede pensarse, por ejemplo, en una misi?n precisa y programada, a reiterar peri?dicamente, abarcando tiempos y fechas de particular significaci?n, o en la participaci?n de la escuela? en el tiempo de misi?n se?alado cada a?o por la arquidi?cesis y que debe cumplirse en todas las parroquias. ?No podr?amos asimismo proclamar una Gran Misi?n Escolar, convenientemente preparada, a desarrollar simult?neamente en todas las instituciones, como signo y a la vez como aliciente de nuestro compromiso apost?lico y del car?cter eminentemente pastoral de nuestro empe?o educativo?

Es competencia de la Junta Regional de Educaci?n Cat?lica, en coordinaci?n con otros organismos arquidiocesanos, promover la misionalidad de nuestras escuelas como un aspecto insoslayable de la animaci?n pastoral. Nuestra atenci?n y nuestros esfuerzos resultan a menudo absorbidos por las exigencias burocr?ticas oficiales, por los problemas pedag?gicos, administrativos o contables, y no nos queda tiempo, ?nimo, entusiasmo para afianzar la dimensi?n pastoral de nuestra tarea y proyectarla a las familias de los alumnos y al medio social en el que se inserta la escuela. En s?ntesis: reconozcamos que nuestras comunidades educativas han de ponerse en acto de misi?n; no pueden permanecer al margen del movimiento, del paso que adopta la Iglesia en la arquidi?cesis. Los p?rrocos o capellanes, los coordinadores de pastoral, los catequistas y profesores de religi?n tienen en este campo una responsabilidad y una incumbencia singulares.

Me permito una ?ltima observaci?n. La unidad del subsistema educativo eclesial, tanto en el nivel diocesano cuanto en el provincial y nacional es en cierto modo una realidad estructural existente, pero al mismo tiempo un ideal a alcanzar y perfeccionar incesantemente. El objetivo permanente es superar una posible dispersi?n. Cada instituci?n educativa goza de su propia identidad, pero todas las identidades han de referirse finalmente a un ideario com?n, definido por la fe cat?lica y caracterizado por la fidelidad a la doctrina de la Iglesia; del mismo modo, la eficacia misionera del conjunto depende de la armon?a de los criterios de acci?n y de la coordinaci?n de los esfuerzos.

Invito a todos a reflexionar sobre estas propuestas para hacerlas objeto de sus intenciones, de sus decisiones y de su oraci?n. Ahora, al ofrecer la Eucarist?a, podemos encomendarlas al Se?or invocando la intercesi?n de la Virgen Mar?a, dulc?sima educadora de Jes?s, y de la beata Ludovica, maestra de caridad.??

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 23:17  | Homil?as
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