S?bado, 26 de marzo de 2011

Nota de los obispos de la subcomisi?n para la familia y defensa de la vida de la Conferencia Episcopal Espa?ola con motivo de Jornada Por la Vida 2011 con el lema ?Siempre hay una raz?n para vivir?, reibida con? los materiales para su celebraci?n.

NOTA DE LOS OBISPOS DE LA SUBCOMISI?N
PARA LA FAMILIA Y DEFENSA DE LA VIDA CON
MOTIVO DE LA JORNADA POR LA VIDA
(25 de Marzo de 2011)

?Siempre hay una raz?n para vivir?

La vida de cada ser humano es sagrada: tiene su origen en el amor eterno de Dios que ha querido que cada persona sea imagen de su gloria y participe de la misma filiaci?n de su Hijo. Por eso la vida es un bien y cuidar la vida un deber.

Sin embargo, existe en la actualidad una oscuridad que lleva a no apreciar la grandeza y belleza de cada vida humana amada eternamente por Dios. Esta falta de luz afecta en primer lugar al reconocimiento de la dignidad personal del ser humano desde el instante de su concepci?n, tal y como hemos podido comprobar nuevamente con la reciente aprobaci?n de la ?ltima ley del aborto que hace de este crimen un derecho.

Pero esta oscuridad sobre el origen sagrado y la dignidad absoluta de la vida humana se extiende a otros momentos de la existencia de las personas en los que se muestra y experimenta la fragilidad. Son muchos los que no descubren que la vida es un bien cuando viene acompa?ada por enfermedades graves, minusval?as ps?quicas o f?sicas, momentos de pobreza, de soledad, de la debilidad que acompa?a? el paso de los a?os o en el momento del ocaso de la propia vida.

Por ello, y con motivo de la pr?xima Jornada por la Vida, los obispos de la subcomisi?n queremos anunciar la esperanza cristiana manifestando que ?siempre hay una raz?n para vivir?.

1. Llamados a ser hijos en Cristo

Dios nuestro Padre ?nos eligi? en Cristo antes de la fundaci?n del mundo para que fu?semos santos e intachables ante ?l por el amor. ?l nos ha destinado por medio de Jesucristo seg?n el benepl?cito de su voluntad a ser sus hijos? (Ef 1, 4-5).

La asombrosa revelaci?n de que existe una vocaci?n personal, un proyecto divino dirigido a cada ser humano, nos hace descubrir el sentido que orienta la vida, la raz?n por la cual merece la pena ser vivida, siempre y en toda circunstancia. La elecci?n eterna de Dios en Cristo para ser sus hijos y responder a su amor es la luz que ilumina la existencia concreta de cada persona, le hace descubrir su propia dignidad y le aporta la certeza de que est? llamado en todo momento a dar fruto que permanece (cf. Jn 15, 16).

Existe una raz?n para vivir porque se nos ha ofrecido un amor mayor que nosotros mismos, que nos permite construir nuestra historia personal y que nos salva, d?ndonos la posibilidad de realizar plenamente nuestra vida en el amor siendo sus hijos, aunque est? marcada por el dolor.

Este amor incondicional del Padre se ha manifestado en plenitud en el env?o de su propio Hijo, revelando as? la grandeza y belleza de todo hombre cuya dignidad se mide no por lo que tiene o consigue, sino por el precio de la misma sangre de Cristo con la que ha sido rescatado (cf. 1 Pe 1, 18-19). Es esta misi?n del Hijo, por la que ?se ha unido en cierto modo con todo hombre?1, la que manifiesta ?el valor incomparable de cada persona humana?2.

Esta dignidad permanece inalterada en todos los momentos y fases de la vida.

Siempre somos hijos y en todo momento podemos vivir en comuni?n con Jesucristo, que acompa?a a cada persona en todo momento y de un modo particular cuando la vida est? marcada por el dolor o la pobreza (cf. Mt 25, 31-46). Por eso la enfermedad no es motivo de un abandono desesperado a la muerte, sino a la confianza en Aquel que nos ama y llena el sufrimiento de esperanza.

Este amor hasta el extremo manifestado en Cristo constituye la raz?n para vivir con sentido en aquellos momentos en los que aparentemente parece que no hay nada m?s que esperar: ?solo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto est?n custodiadas por el poder indestructible del Amor (?) puede en ese caso dar todav?a ?nimo para actuar? y continuar?3.

2. Llamados a ser santos en el amor

2.1. El amor transfigura el sufrimiento

Para muchos, inmersos en una mentalidad materialista y utilitarista que valora el fruto de la vida seg?n una medida cuantificable de ?xitos, placer, salud, triunfos, etc., es dif?cil encontrar la raz?n para vivir en los momentos en los que, a causa de las limitaciones, parece no servir para casi nada o se padece el sufrimiento con especial intensidad. Sin embargo, ?la vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega?4. Por eso la existencia de cada persona no es valiosa ni fecunda por la ponderaci?n de ciertos bienes logrados, sino por el don de la propia vida por amor: si el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho? fruto (cf. Jn 12, 24).

Y aqu? radica la maravillosa posibilidad de encontrar un sentido a la vida incluso cuando est? marcada por la fragilidad. La uni?n con Cristo en la cruz permite que el ?sufrimiento quede traspasado por la luz del amor?5, descubriendo la fecundidad de entregar la propia vida en la ancianidad, la enfermedad u otras circunstancias.

Es Cristo quien nos da la posibilidad de vivir la vocaci?n con dignidad en el momento de la cruz aceptando, madurando y dando un sentido al dolor que se transforma en fuente de salvaci?n cuando se une al amor crucificado de Cristo6.

Por eso, frecuentemente nos encontramos con personas que aportan una gran luz en medio de su sufrimiento, creando a su alrededor un clima de amor que mueve a la correspondencia en familiares o amigos.

2.2. La Iglesia, hogar de compasi?n

?Para poder decir a alguien: ?Tu vida es buena, aunque yo no conozca tu futuro?, hacen falta una autoridad y una credibilidad superiores a lo que el individuo puede darse por s? solo. El cristiano sabe que esta autoridad es conferida a la familia m?s amplia, que Dios, a trav?s de su Hijo Jesucristo y del don del Esp?ritu Santo, ha creado en la historia de los hombres, es decir, a la Iglesia. Reconoce que en ella act?a aquel amor eterno e indestructible que asegura a la vida de cada uno de nosotros un sentido permanente, aunque no conozcamos el futuro?7.

Anunciar y hacer presente ese amor indestructible que aporta luz y sentido a la vida de cada ser humano constituye el coraz?n de la misi?n de la Iglesia.

Conscientes de la dignidad de cada persona y movidos por la caridad que genera el Esp?ritu Santo en el coraz?n de los creyentes, los cristianos estamos llamados a ser ?santos en el amor? con la medida de la compasi?n de Cristo.

Cuando la sociedad no sabe dar sentido al dolor o a la fragilidad humana y abandona a las personas a su soledad, los miembros de la Iglesia nos sentimos urgidos para responder con el amor de Cristo y engendrar esperanza en personas que, al sentirse queridas y acompa?adas en su sufrimiento o soledad, pueden superar? enga?os y dolores; es decir, pueden encontrar la raz?n para vivir.

En este sentido, es ingente la labor maternal de la Iglesia que siempre acoge a todo hombre, especialmente cuando sufre, reconociendo en su dolor al mismo Cristo crucificado. No podemos sino agradecer e impulsar el trabajo de tantos hermanos nuestros en el acompa?amiento de la vida naciente y de las familias; en residencias de menores y de ancianos sin recursos; en hogares para ni?os con discapacidades f?sicas o ps?quicas; en residencias para enfermos mentales o centros de recuperaci?n de drogadictos; en centros de acogida y atenci?n a enfermos de

SIDA; en comedores y albergues para los que no tienen techo; en hospitales o cl?nicas promovidas por la Iglesia para mostrar el amor de Cristo con el enfermo; en la inmensa red de C?ritas o en los innumerables proyectos realizados por multitud de consagrados y laicos comprometidos con los m?s pobres.

Esta enorme fecundidad eclesial es el testimonio sin palabras que reconoce la grandeza y dignidad sagradas del ser humano y manifiesta la certeza de que el? amor de Dios abraza, cuida y comparte cada vida.

Conclusi?n

La vocaci?n divina que ilumina todos los momentos de la historia de los hombres culmina en la vida eterna. A pesar de los dolores, enfermedades o pobrezas, la propia historia personal esconde una asombrosa promesa de eternidad en la vida que Cristo nos ha alcanzado: ?yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante? (Jn 10, 10).

Por eso descubrimos la dignidad y la esperanza de la existencia humana no solo en la debilidad o el sufrimiento, sino tambi?n en el momento de la muerte, cuando confiamos el fin de nuestra vida terrena al Alt?simo y nos abrimos al don de la bienaventuranza.

Encomendamos los frutos de la pr?xima Jornada por la Vida a nuestra Madre, fuente de consuelo que permanece al pie de la cruz de su Hijo y de cada hijo que sufre. Que Ella nos haga testigos infatigables del Evangelio de la vida anunciado que en Cristo siempre hay una raz?n para vivir.

Los Obispos de la Subcomisi?n para la Familia y Defensa de la Vida

Nota de los Obispos?

1 Constituci?n pastoral Gaudium et spes, 22.

2 JUAN PABLO II, Carta enc?clica Evangelium vitae, 2.

3 BENEDICTO XVI, Carta enc?clica Spe salvi, 35.

4 JUAN PABLO II, Carta enc?clica Evangelium vitae, 51.

5 BENEDICTO XVI, Carta enc?clica Spe salvi, 38.

6 Cf. Ib?d., 37.

7 BENEDICTO XVI, Discurso de apertura de la Asamblea eclesial de la di?cesis de Roma (6-VI-2005).


Publicado por verdenaranja @ 16:46  | Hablan los obispos
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