S?bado, 02 de abril de 2011

ZENIT publica la segunda meditaci?n de Cuaresma que predic?el viernes 1 de Abril de 2011?el padre Raniero Cantalamessa OFM cap, predicador de la Casa Pontificia, ante Benedicto XVI y la Curia Romana, sobre ?Dios es amor?

Segunda Predicaci?n de Cuaresma
P. Raniero Cantalamessa

Dios es amor?

El primer y fundamental anuncio que la Iglesia est? encargada de llevara al mundo y que el mundo espera de la Iglesia es el del amor de Dios. Pero para que los evangelizadores sean capaces de transmitir esta certeza, es necesario que ellos sean ?ntimamente permeados por ella, que ?sta sea luz de sus vidas. A este fin quisiera servir, al menos m?nimamente, la presente meditaci?n.

La expresi?n ?amor de Dios? tiene dos acepciones muy diversas entre s?: una en la que Dios es objeto y la otra en la que Dios es sujeto; una que indica nuestro amor por Dios y la otra que indica el amor de Dios por nosotros. El hombre, m?s inclinado por naturaleza a ser activo que pasivo, m?s a ser acreedor que a ser deudor, ha dado siempre la precedencia al primer significado, a lo que hacemos nosotros por Dios. Tambi?n la predicaci?n cristiana ha seguido este camino, hablando, en ciertas ?pocas, casi solo del ?deber? de amar a Dios (De diligendo Deo).

Pero la revelaci?n b?blica da la precedencia al segundo significado: al amor ?de? Dios, no al amor ?por? Dios. Arist?teles dec?a que Dios mueve el mundo ?en cuanto es amado?, es decir, en cuanto que es objeto de amor y causa final de todas las criaturas [1]. Pero la Biblia dice exactamente lo contrario, es decir, que Dios crea y mueve el mundo en cuanto que ama al mundo. Lo m?s importante, a prop?sito del amor de Dios, no es por tanto que el hombre ama a Dios, sino que Dios ama al hombre y que le ama ?primero?: ?Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que ?l nos am? primero? (1 Jn 4, 10). De esto depende todo lo dem?s, inclu?da nuestra propia posibilidad de amar a Dios: ?Nosotros amamos porque Dios nos am? primero? (1 Jn 4, 19).

1. El amor de Dios en la eternidad

Juan es el hombre de los grandes saltos. Al reconstruir la historia terrena de Cristo, los dem?s se deten?an en su nacimiento de Mar?a, ?l da el gran salto hacia atr?s, del tiempo a la eternidad: ?Al principio estaba la Palabra?. Lo mismo hace a prop?sito del amor. Todos los dem?s, incluido Pablo, hablan del amor de Dios manifestado en la historia y culminado en la muerte de Cristo; ?l se remonta a m?s all? de la historia. No nos presenta a un Dios que ama, sino a un Dios que es amor. ?Al principio estaba el amor, y el amor estaba junto a Dios, y el amor era Dios?: as? podemos descomponer su afirmaci?n: ?Dios es amor? (1Jn 4,10).

De ella Agust?n escribi?: ?Aunque no hubiese, en toda esta Carta y en todas las p?ginas de la Escritura, otro elogio del amor fuera de esta ?nica palabra, es decir, que Dios es amor, no deber?amos pedir m?s?[2]. Toda la Biblia no hace sino ?narrar el amor de Dios? [3]. Esta es la noticia que sostiene y explica todas las dem?s. Se discute sin fin, y no s?lo desde ahora, si Dios existe; pero yo creo que lo m?s importante no es saber si Dios existe, sino si es amor [4]. Si, por hip?tesis, ?l existiese pero no fuese amor, habr?a que temer m?s que alegrarse de su existencia, como de hecho ha sucedido en diversos pueblos y civilizaciones. La fe cristiana nos reafirma precisamente en esto: ?Dios existe y es amor!

El punto de partida de nuestro viaje es la Trinidad. ?Por qu? los cristianos creen en la Trinidad? La respuesta es: porque creen que Dios es amor. All? donde Dios es concebido como Ley suprema o Poder supremo no hay, evidentemente, necesidad de una pluralidad de personas, y por esto no se entiende la Trinidad. El derecho y el poder pueden ser ejercidos por una sola persona, el amor no.

No hay amor que no sea amor a algo o a alguien, como ? dice el fil?sofo Husserl ? no hay conocimiento que no sea conocimiento de algo. ?A quien ama Dios para ser definido amor? ?A la humanidad? Pero los hombres existen s?lo desde hace algunos millones de a?os; antes de entonces, ?a qui?n amaba Dios para ser definido amor? No puede haber comenzado a ser amor en un cierto momento del tiempo, porque Dios no puede cambiar su esencia. ?El cosmos? Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de a?os; antes, ?a qui?n amaba Dios para poderse definir como amor? No podemos decir: se amaba a s? mismo, porque amarse a s? mismo no es amor, sino ego?smo o, como dicen los psic?logos, narcisismo.

He aqu? la respuesta de la revelaci?n cristiana que la Iglesia recogi? de Cristo y que explicit? en su Credo. Dios es amor en s? mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en s? mismo un Hijo, el Verbo, que ama de un amor infinito que es el Esp?ritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que les une.

2. El amor de Dios en la creaci?n

Cuando este amor fontal se extiende en el tiempo, tenemos la historia de la salvaci?n. La primera etapa de ella es la creaci?n. El amor es, por su naturaleza, ?diffusivum sui?, es decir, ?tiende a comunicarse?. Dado que ?el actuar sigue al ser?, siendo amor, Dios crea por amor. ??Por qu? nos ha creado Dios??: as? sonaba la segunda pregunta del catecismo de hace tiempo, y la respuesta era: ?Para conocerle, amarle y servirle en esta vida y gozarlo despu?s en la otra en el para?so?. Respuesta impecable, pero parcial. Esta responde a la pregunta sobre la causa final: ?con qu? objetivo, con que fin nos ha creado Dios?; no responde a la pregunta sobre la causa causante: ?por qu? nos cre?, qu? le empuj? a crearnos?. A esta pregunta no se debe responder: ?para que lo am?semos?, sino ?porque nos amaba?.

Seg?n la teolog?a rab?nica, hecha propia por el Santo Padre en su ?ltimo libro sobre Jes?s, ?el cosmos fue creado no para que haya m?ltiples astros y muchas otras cosas, sino para que haya un espacio para la 'alianza', el 's?' del amor entre Dios y el hombre que le responde? [5]. La creaci?n existe de cara al di?logo de amor de Dios con sus criaturas.

?Qu? lejos est?, en este punto, la visi?n cristiana del origen del universo de la del cientificismo ateo recordado en Adviento! Uno de los sufrimientos m?s profundos para un joven o una chica es descubrir un d?a que est? en el mundo por casualidad, no querido, no esperado, incluso por un error de sus padres. Un cierto cientificismo ateo parece empe?ado en infligir este tipo de sufrimiento a la humanidad entera. Nadie sabr?a convencernos del hecho de que nosotros hemos sido creados por amor, mejor de como lo hace santa Catalina de Siena en una fogosa oraci?n suya a la Trinidad:

??C?mo creaste, por tanto, oh Padre eterno, a esta criatura tuya? [?]. El fuego te oblig?. Oh amor inefable, a pesar de que en tu luz ve?as todas las iniquidades que tu criatura deb?a cometer contra tu infinita bondad, tu hiciste como si no las vieras, sino que detuviste tus ojos en la belleza de tu criatura, de la que tu, como loco y ebrio de amor, te enamoraste y por amor la engendraste de ti, d?ndole el ser a tu imagen y semejanza. T?, verdad eterna, me declaraste a m? tu verdad, es decir, que el amor te oblig? a crearla?.

Esto no es solo agape, amor de misericordia, de donaci?n y de descendimiento; es tambi?n eros y en estado puro; es atracci?n hacia el objeto del proprio amor, estima y fascinaci?n por su belleza.

3. El amor de Dios en la revelaci?n

La segunda etapa del amor de Dios es la revelaci?n, la Escritura. Dios nos habla de su amor sobre todo en los profetas. Dice en Oseas: ?Cuando Israel era ni?o, yo lo am? [?] ?Yo hab?a ense?ado a caminar a Efra?m, lo tomaba por los brazos! [?] Yo los atra?a con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia ?l y le daba de comer [?] ?C?mo voy a abandonarte, Efra?m? [?] Mi coraz?n se subleva contra m? y se enciende toda mi ternura? (Os 11, 1-4).

Encontramos este mismo lenguaje en Isa?as: ??Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entra?as?? (Is 49, 15) y en Jerem?as: ??Es para m? Efra?m un hijo querido o un ni?o mimado, para que cada vez que hablo de ?l, todav?a lo recuerde vivamente? Por eso mis entra?as se estremecen por ?l, no puedo menos que compadecerme de ?l? (Jr 31, 20).

En estos or?culos, el amor de Dios se expresa al mismo tiempo como amor paterno y materno. El amor paterno est? hecho de est?mulo y de solicitud; el padre quiere hacer crecer al hijo y llevarle a la madurez plena. Por esto le corrige y dif?cilmente lo alaba en su presencia, por miedo a que crea que ha llegado y ya no progrese m?s. El amor materno en cambio est? hecho de acogida y de ternura; es un amor ?visceral?; parte de las profundas fibras del ser de la madre, all? donde se form? la criatura, y de all? afirma toda su persona haci?ndola ?temblar de compasi?n?.

En el ?mbito humano, estos dos tipos de amor ? viril y materno ? est?n siempre repartidos, m?s o menos claramente. El fil?sofo S?neca dec?a: ??No ves c?mo es distinta la manera de querer de los padres y de las madres? Los padres despiertan pronto a sus hijos para que se pongan a estudiar, no les permiten quedarse ociosos y les hacen gotear de sudor y a veces tambi?n de l?grimas. Las madres en cambio los miman en su seno y se los quedan cerca y evitan contrariarles, hacerles llorar y hacerles cansarse?[6]. Pero mientras el Dios del fil?sofo pagano tiene hacia los hombres s?lo ?el ?nimo de un padre que ama sin debilidad? (son palabras suyas), el Dios b?blico tiene tambi?n el ?nimo de una madre que ama ?con debilidad?.

El hombre conoce por experiendia otro tipo de amor, aquel del que se dice que es ?fuerte como la muerte y que sus llamas son llamas de fuego? (cf Ct 8, 6), y tambi?n a este tipo de amor recurre Dios, en la Biblia, para darnos una idea de su apasionado amor por nosotros. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal son evocadas y utilizadas con este fin: el encanto del amor en estado naciente del noviazgo (cf Jr 2, 2); la plenitus de la alegr?a del d?a de las bodas (cf Is 62, 5); el drama de la ruptura (cf Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo v?nculo (cf Os 2, 16; Is 54, 8).

El amor esponsal es, fundamentalmente, un amor de deseo y de elecci?n. ?Si es verdad, por ello, que el hombre desea a Dios, es verdad, misteriosamente, tambi?n lo contrario, es decir, que Dios desea al hombre, quiere y estima su amor, se alegra por ?l ?como se alegra el esposo por la esposa? (Is 62,5)!

Como observa el Santo Padre en la ?Deus caritas est?, la met?fora nupcial que atraviesa casi toda la Biblia e inspira el lenguaje de la ?alianza?, es la mejor muestra de que tambi?n el amor de Dios por nosotros es eros y agape, es dar y buscar al mismo tiempo. No se le puede reducir a sola misericordia, a un ?hacer caridad? al hombre, en el sentido m?s restringido del t?rmino.

4. El amor de Dios en la encarnaci?n

Llegamos as? a la etapa culminante del amor de Dios, la encarnaci?n: ?Dios am? tanto al mundo, que entreg? a su Hijo ?nico? (Jn 3,16). Frente a la encarnaci?n se plantea la misma pregunta que nos planteamos para la encarnaci?n. ?Por qu? Dios se hizo hombre? Cur Deus homo? Durante mucho tiempo la respuesta fue: para redimirnos del pecado. Duns Scoto profundiz? esta respuesta, haciendo del amor el motivo fundamental de la encarnaci?n, como de todas las dem?s obras ad extra de la Trinidad.

Dios, dice Scoto, en primer lugar, se ama a s? mismo; en segundo lugar, quiere que haya otros seres que lo aman (?secundo vult alios habere condiligentes?). Si decide la encarnaci?n es para que haya otro ser que le ama con el amor m?s grande posible fuera de ?l [7]. La encarnaci?n habr?a tenido lugar por tanto aunque Ad?n no hubiese pecado. Cristo es el primer pensado y el primer querido, el ?primog?nito de la creaci?n? (Col 1,15), no la soluci?n a un problema creado a ra?z del pecado de Ad?n.

Pero tambi?n la respuesta de Scoto es parcial y debe completarse en base a lo que dice la Escritura del amor de Dios. Dios quiso la encarnaci?n del Hijo, no s?lo para tener a alguien fuera de s? que le amase de modo digno de s?, sino tambi?n y sobre todo para tener a alguien fuera de s? a quien amar de manera digna de s?. Y este es el Hijo hecho hombre, en el que el Padre pone ?toda su complacencia? y con ?l a todos nosotros hechos ?hijos en el Hijo?.

Cristo es la prueba suprema del amor de Dios por el hombre no s?lo en sentido objetivo, a la manera de una prenda de amor inanimada que se da a alguien; lo es en sentido tambi?n subjetivo. En otras palabras, no es solo la prueba del amor de Dios, sino que es el amor mismo de Dios que ha asumido una forma humana para poder amar y ser amado desde nuestra situaci?n. En el principio exist?a el amor, y ?el amor se hizo carne?: as? parafraseaba un antiqu?simo escrito cristiano las palabras del Pr?logo de Juan [8].

San Pablo acu?a una expresi?n adrede para esta nueva modalidad del amor de Dios, lo llama ?el amor de Dios que est? en Cristo Jes?s? (Rom 8, 39). Si, como se dec?a la otra vez, todo nuestro amor por Dios debe ahora expresar concretamente en amor hacia Cristo, es porque todo el amor de Dios por nosotros, antes, se expres? y recogi? en Cristo.

5. El amor de Dios infundido en los corazones

La historia del amor de Dios no termina con la Pascua de Cristo, sino que se prolonga en Pentecost?s, que hace presente y operante ?el amor de Dios en Cristo Jes?s? hasta el fin del mundo. No estamos obligados, por ello, a vivir s?lo del recuerdo del amor de Dios, como de algo pasado. ?El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Esp?ritu Santo, que nos ha sido dado? (Rom 5,5).

?Pero qu? es este amor que ha sido derramado en nuestro coraz?n en el bautismo? ?Es un sentimiento de Dios por nosotros? ?Una disposici?n ben?vola suya respecto a nosotros? ?Una inclinaci?? ?Es decir, algo intencional? Es mucho m?s; es algo real. Es, literalmente, el amor de Dios, es decir, el amor que circula en la Trinidad entre Padre e Hijo y que en la encarnaci?n asumi? una forma humana, y que ahora se nos participa bajo la forma de ?inhabitaci?n?. ?Mi Padre lo amar?; iremos a ?l y habitaremos en ?l? (Jn 14, 23).

Nosotros nos hacemos ?part?cipes de la naturaleza divina? (2 Pe 1, 4), es decir, part?cipes del amor divino. Nos encontramos por gracia, explica san Juan de la Cruz, dentro de la vor?gine de amor que pasa desde siempre, en la Trinidad, entre el Padre y el Hijo [9]. Mejor a?n: entre la vor?gine de amor que pasa ahora, en el cielo, entre el Padre y su Hijo Jesucristo, resucitado de la muerte, del que somos sus miembros.

6. ?Nosotros hemos cre?do en el amor de Dios!

Esta, Venerables padres, hermanos y hermanas, que he trazado pobremente aqu? es la revelaci?n objetiva del amor de Dios en la historia. Ahora vayamos a nosotros: ?qu? haremos, qu? diremos tras haber escuchado cu?nto nos ama Dios? Una primera respuesta es: ?amar a Dios! ?No es este, el primero y m?s grande mandamiento de la ley? S?, pero viene despu?s. Otra respuesta posible: ?amarnos entre nosotros como Dios nos ha amado! ?No dice el evangelista Juan que si Dios nos ha amado, ?tambi?n nosotros debemos amarnos los unos a los otros? (1Jn 4, 11)? Tambi?n esto viene despu?s; antes hay otra cosa que hacer. ?Creer en el amor de Dios! Tras haber dicho que ?Dios es amor?, el evangelista Juan exclama: ?Nosotros hemos cre?do en el amor que Dios tiene por nosotros? (1 Jn 4,16).

La fe, por tanto. Pero aqu? se trata de una fe especial: la fe-estupor, la fe incr?dula (una paradoja, lo s?, ?pero cierta!), la fe que no sabe comprender lo que cree, aunque lo cree. ?C?mo es posible que Dios, sumamente feliz en su tranquila eternidad, tuviese el deseo no s?lo de crearnos, sino tambi?n de venir personalmente a sufrir entre nosotros? ?C?mo es posible esto? Esta es la fe-estupor, la fe que nos hace felices.

El gran convertido y apologeta de la fe Clive Staples Lewis (el autor, dicho sea de paso, del ciclo narrativo de Narnia, llevado recientemente a la pantalla) escribi? una novela singular titulada ?Cartas del diablo a su sobrino?. Son cartas que un diablo anciano escribe a un diablillo joven e inexperto que est? empe?ado en la tierra en seducir a un joven londinense apenas vuelto a la pr?ctica cristiana. El objetivo es instruirlo sobre los pasos a dar para tener ?xito en el intento. Se trata de un moderno, fin?simo tratado de moral y de asc?tica, que hay que leer al rev?s, es decir, haciendo exactamente lo contrario de lo que se sugiere.

En un momento el autor nos hace asistir a una especie de discusi?n que tiene lugar entre los demonios, Estos no pueden comprender que el Enemigo (as? llaman a Dios) ame verdaderamente ?a los gusanos humanos y desee su libertad?. Est?n seguros de que no puede ser. Debe haber por fuerza un enga?o, un truco. Lo estamos investigando, dicen, desde el d?a en que ?Nuestro Padre? (As? llaman a Lucifer), precisamente por este motivo, se alej? de ?l; a?n no lo hemos descubierto, pero un d?a llegaremos [10]. El amor de Dios por sus criaturas es, para ellos, el misterio de los misterios. Y yo creo que, al menos en esto, los demonios tienen raz?n.

Parecer?a una fe f?cil y agradable; en cambio, es quiz?s lo m?s dif?cil que hay tambi?n para nosotros, criaturas humanas. ?Creemos nosotros verdaderamente que Dios nos ama? ?No nos lo creemos verdaderamente, o al menos, no nos lo creemos bastante! Porque si nos lo crey?semos, en seguida la vida, nosotros mismos, las cosas, los acontecimientos, el mismo dolor, todo se transfigurar?a ante nuestros ojos. Hoy mismo estar?amos con ?l en el para?so, porque el para?so no es sino esto: gozar en plenitud del amor de Dios.

El mundo ha hecho cada vez m?s dif?cil creer en el amor. Quien ha sido traicionado o herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado, porque sabe cu?nto duele sentirse enga?ado. As?, se va engrosando cada vez m?s la multitud de los que no consiguen creer en el amor de Dios; es m?s, en ning?n amor. El desencanto y el cinismo es la marca de nuestra cultura secularizada. En el plano personal est? tambi?n la experiencia de nuestra pobreza y miseria que nos hace decir: ?S?, este amor de Dios es hermoso, pero no es para m?. Yo no soy digno...?.

Los hombres necesitan saber que Dios les ama, y nadie mejor que los disc?pulos de Cristo es capaz de llevarles esta buena noticia. Otros, en el mundo, comparten con los cristianos el temor de Dios, la preocupaci?n por la justicia social y el respeto del hombre, por la paz y la tolerancia; pero nadie ? digo nadie ? entre los fil?sofos ni entre las religiones, dice al hombre que Dios le ama, lo ama primero, y lo ama con amor de misericordia y de deseo: con eros y agape.

San Pablo nos sugiere un m?todo para aplicar a nuestra existencia concreta la luz del amor de Dios. Escribe: ??Qui?n podr? entonces separarnos del amor de Cristo? ?Las tribulaciones, las angustias, la persecuci?n, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos am? (Rom 8, 35-37). Los peligros y los enemigos del amor de Dios que enumera son los que, de hecho, los que ?l experiment? en su vida: la angustia, la persecuci?n, la espada... (cf 2 Cor 11, 23 ss). ?l los repasa en su mente y constata que ninguno de ellos es tan fuerte que se mantenga comparado con el pensamiento del amor de Dios.

Se nos invita a hacer como ?l: a mirar nuestra vida, tal como ?sta se presenta, a sacar a la luz los miedos que se esconden all?, el dolor, las amenazas,los complejos, ese defecto f?sico o moral, ese recuerdo penoso que nos humilla, y a exponerlo todo a la luz del pensamiento de que Dios me ama.

Desde su vida personal, el Ap?stol extiende la mirada sobre el mundo que le rodea. ?Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ?ngeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podr? separarnos jam?s del amor de Dios, manifestado en Cristo Jes?s, nuestro Se?or? (Rm 8, 37-39). Observa ?su? mundo, con los poderes que lo hac?an amenazador: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, las potencias astrales o las infernales que infund?an tanto terror al hombre antiguo.

Nosotros podemos hacer lo mismo: mirar el mundo que nos rodea y que nos da miedo. La ?altura? y la ?profundidad?, son para nosotros ahora lo infinitamente grande a lo alto y lo infinitamente peque?o abajo, el universo y el ?tomo. Todo est? dispuesto a aplastarnos; el hombre es d?bil y est? solo, en un universo mucho m?s grande que ?l y convertido, adem?s, en a?n m?s amenazador a ra?z de los descubrimientos cient?ficos que ha hecho y que no consigue dominar, como nos est? demostrando dram?ticamente el caso de los reactores at?micos de Fukushima.

Todo puede ser cuestionado, todas las seguridades pueden llegar a faltarnos, pero nunca esta: que Dios nos ama y que es m?s fuerte que todo. ?Nuestro auxilio es el nombre del Se?or, que hizo el cielo y la tierra?.

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[1] Arist?teles, Metaf?sica, XII, 7, 1072b.

[2] S. Agust?n, Tratados sobre la Primera Carta de Juan, 7, 4.

[3] S. Agust?n, De catechizandis rudibus, I, 8, 4: PL 40, 319.

[4] Cf. S. Kierkegaard, Disursos edificantes en diverso esp?ritu, 3: El Evangelio del sufrimiento, IV.

[5] Benedicto XVI, Ges? di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana, 2011, p. 93.

[6] S?neca, De Providentia, 2, 5 s.

[7] Duns Scoto, Opus Oxoniense, I,d.17, q.3, n.31; Rep., II, d.27, q. un., n.3

[8] Evangelium veritatis (de los C?digos de Nag-Hammadi).

[9] Cf. S. Juan de la Cruz, C?ntico espiritual A, estrofa 38.

[10] C.S. Lewis, The Screwtape Letters, 1942, cap. XIX; trad. it. Le lettere di Berlicche, Mil?n, Mondadori, 1998

[Traducci?n del italiano por Inma ?lvarez]


Publicado por verdenaranja @ 12:28  | Espiritualidad
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