Lunes, 04 de abril de 2011

ZENIT?nos ofrece el Mensaje que el Papa Benedicto XVI ha dirigido al Presidente de la Rep?blica Italiana, Giorgio Napolitano, con ocasi?n del 150 aniversario de la unificaci?n pol?tica de este pa?s, y que fue entregado?el mi?rcoles 16 de Marzo de 2011?personalmente por el secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone.

Ilustr?simo Se?or
Honorable GIORGIO NAPOLITANO
Presidente de la Rep?blica Italiana

El 150? aniversario de la unificaci?n pol?tica de Italia me ofrece la feliz ocasi?n de reflexionar sobre la historia de este amado pa?s, cuya capital es Roma, ciudad en la que la divina Providencia puso la sede del Sucesor del Ap?stol Pedro. Por tanto, al formularle a usted y a toda la naci?n, mis m?s fervientes votos augurales, me alegro de compartir con usted, en muestra de los profundos v?nculos de amistad y colaboraci?n que unen a Italia y a la Santa Sede, estas consideraciones m?as.

El proceso de unificaci?n que tuvo lugar en Italia durante el siglo XIX y que ha pasado a la historia con el nombre de Risorgimento, constituy? el desenlace natural de un desarrollo identitario nacional comenzado mucho tiempo antes. En efecto, la naci?n italiana, como comunidad de personas unidas por la lengua, por la cultura, por los sentimientos de una misma pertenencia, aunque en la pluralidad de comunidades pol?ticas articuladas en la pen?nsula, comienza a formarse en la Edad Media. El Cristianismo contribuy? de manera fundamental a la construcci?n de la identidad italiana a trav?s de la obra de la Iglesia, de sus instituciones educativas y asistenciales, fijando modelos de comportamiento, configuraciones institucionales, relaciones sociales, pero tambi?n mediante una riqu?sima actividad art?stica: la literatura, la pintura, la escultura, la arquitectura, la m?sica. Dante, Giotto, Petrarca, Miguel ?ngel, Rafael, Pierluigi de Palestrina, Caravaggio, Scarlatti, Bernini y Borromini son s?lo algunos nombres de una hilera de grandes artistas que, durante los siglos, dieron una aportaci?n fundamental a la formaci?n de la identidad italiana. Tambi?n las experiencias de santidad, que han constelado la historia de Italia, contribuyeron fuertemente a construir esta identidad, no s?lo bajo el perfil espec?fico de una realizaci?n peculiar del mensaje evang?lico, que ha marcado en el tiempo la experiencia religiosa y la espiritualidad de los italianos (pi?nsese en las grandes y m?ltiples expresiones de la piedad popular), sino tambi?n bajo un perfil cultural e incluso pol?tico. San Francisco de As?s, por ejemplo, se distingue tambi?n por su contribuci?n a forjar la lengua nacional; santa Catalina de Siena ofrece, a pesar de ser una simple plebeya, un est?mulo formidable a la elaboraci?n de un pensamiento pol?tico y jur?dico italiano. La aportaci?n de la Iglesia y de los creyentes al proceso de formaci?n y de consolidaci?n de la identidad nacional contin?a en la edad moderna y contempor?nea. Incluso cuando partes de la pen?nsula fueron sometidas a la soberan?a de potencias extranjeras, fue precisamente gracias a esta identidad clara y fuerte por la que, a pesar de la duraci?n en el tiempo de la fragmentaci?n geopol?tica, la naci?n italiana pudo seguir subsistiendo y siendo consciente de s? misma. Por ello, la unidad de Italia, llevada a cabo en la segunda mitad del siglo XIX, pudo tener lugar no como una construcci?n pol?tica artificiosa de identidades diversas, sino como el desenlace pol?tico natural de una identidad fuerte y arraigada, subsistente desde hac?a tiempo. La comunidad pol?tica unitaria que naci? como conclusi?n del ciclo del Risorgimento, tuvo, en definitiva, como nexo de uni?n que manten?a unidas las a?n subsistentes diferencias locales, precisamente la preexistente identidad nacional, a cuyo moldeamiento el cristianismo y la Iglesia dieron una contribuci?n fundamental.

Por razones hist?ricas, culturales y pol?ticas complejas, el Risorgimento pas? como un movimiento contrario a la Iglesia, al catolicismo, incluso contra la religi?n en general. Sin negar el papel de tradiciones de pensamiento diferentes, algunas marcadas por trazos jurisdiccionalistas o laicistas, no se puede callar la aportaci?n del pensamiento ? e incluso de la acci?n ? de los cat?licos en la formaci?n del Estado unitario. Desde el punto de vista del pensamiento pol?tico bastar?a recordar todas las vicisitudes del neog?elfismo, que tuvo en Vincenzo Gioberti un ilustre representante; o o pensar en las orientaciones cat?lico-liberales de Cesare Balbo, Massimo d?Azeglio, Raffaele Lambruschini. Por el pensamiento filos?fico, pol?tico y tambi?n jur?dico resalta la gran figura de Antonio Rosmini, cuya influencia se ha mantenido en el tiempo, hasta dar forma a puntos significativos de la Constituci?n italiana vigente. Y por esa literatura que tanto contribuy? a ?hacer a los italianos?, es decir, a darles un sentimiento de pertenencia a la nueva comunidad pol?tica que el proceso del Risorgimento estaba plasmando, c?mo no recordar a Alessandro Manzoni, fiel int?rprete de la fe y de la moral cat?lica; o Silvio Pellico, que con su obra autobiogr?fica sobre las dolorosas vicisitudes de un patriota supo testimoniar la conciliabilidad del amor a la Patria con una fe diamantina. Y tambi?n figuras de santos, como san Juan Bosco, impulsado por la preocupaci?n pedag?gica a componer manuales de historia patria, que model? la pertenencia al instituto por ?l fundado sobre un paradigma coherente con una sana concepci?n liberal: "ciudadanos frente al Estado y religiosos frente a la Iglesia".

La construcci?n pol?tico-institucional del Estado unitario implic? a diversas personalidades del mundo pol?tico, diplom?tico y militar, entre ellos algunos exponentes del mundo cat?lico. Este proceso, en cuanto que tuvo que medirse inevitablemente con el problema de la soberan?a temporal de los Papas (pero tambi?n porque llevaba a extender a los territorios adquiridos poco a poco una legislaci?n en materia eclesi?stica de orientaci?n fuertemente laicista), tuvo efectos desgarradores en la conciencia individual y colectiva de los cat?licos italianos, divididos por sentimientos opuestos de fidelidades nacientes de la ciudadan?a por un lado y de la pertenencia eclesial por el otro. Pero debe reconocerse que, si bien fue el proceso de unificaci?n pol?tico-institucional el que produjo ese conflicto entre Estado e Iglesia que ha pasado a la historia con el nombre de ?Cuesti?n Romana?, suscitando en consecuencia la expectativa de una ?Conciliaci?n? formal, no se comprob? ning?n conflicto en el cuerpo social, marcado por una profunda amistad entre comunidad civil y comunidad eclesial. La identidad nacional de los italianos, tan fuertemente arraigada en las tradiciones cat?licas, constituy? en verdad la base m?s s?lida de la unidad pol?tica conquistada. En definitiva, la Conciliaci?n deb?a llegar entre las instituciones, no en el cuerpo social, donde la fe y la ciudadan?a no estaban en conflicto. Incluso en los a?os de la aflicci?n, los cat?licos trabajaron por la unidad del pa?s. La abstenci?n de la vida pol?tica que sigui? al "non expedit", dirigi? a las realidades del mundo cat?lico hacia una gran asunci?n de responsabilidad en lo social: la educaci?n, la instrucci?n, la asistencia, la sanidad, la cooperaci?n, la econom?a social, fueron ?mbitos de compromiso que hicieron crecer una sociedad solidaria y fuertemente cohesionada. La controversia que se abri? entre Estado e Iglesia con la proclamaci?n de Roma como capital de Italia y con el fin del Estado Pontificio, era particularmente compleja. Se trataba sin duda de un caso totalmente italiano, en la medida en que s?lo Italia tiene la singularidad de hospedar a la sede del Papado. Por otra parte, la cuesti?n ten?a una indudable relevancia tambi?n internacional. Debe observarse que, terminado el poder temporal, la Santa Sede, a?n reclamando la m?s plena libertad y soberan?a que le corresponde en su orden, rechaz? siempre la posibilidad de una soluci?n de la ?Cuesti?n Romana" a trav?s de imposiciones desde el exterior, confiando en los sentimientos del pueblo italiano y en el sentido de responsabilidad y de justicia del Estado italiano. La firma de los Pactos Lateranenses, el 11 de febrero de 1929, marc? la soluci?n definitiva del problema. A prop?sito del final de los Estados Pontificios, en el recuerdo del beato Papa P?o IX y de sus Sucesores, retomo las palabras del cardenal Giovanni Battista Montini, en su discurso realizado en el Campidoglio el 10 de octubre de 1962: "El papado retom? con inusitado vigor sus funciones de maestro de vida y de testimonio del Evangelio, hasta llegar a gran altura en el gobierno espiritual de la Iglesia y en la irradiaci?n en el mundo, como nunca antes".

La aportaci?n fundamental de los cat?licos italianos a la elaboraci?n de la Constituci?n republicana de 1947 es bien conocida. Si el texto constitucional fue el fruto positivo de un encuentro y una colaboraci?n entre tradiciones de pensamiento, no hay ninguna duda de que s?lo los constituyentes cat?licos se presentaron en la hist?rica cita con un proyecto preciso sobre la ley fundamental del nuevo Estado italiano; un proyecto madurado dentro de la Acci?n Cat?lica, en particular de la FUCI y del Movimiento Laureati, y de la Universidad cat?lica del Sacro Cuore, y objeto de reflexi?n y de elaboraci?n en el C?digo de Camaldoli de 1945 y en la XIX Semana Social de los Cat?licos Italianos del mismo a?o, dedicada al tema "Constituci?n y Constituyente". De ah? parti? un compromiso muy significativo de los cat?licos italianos en la pol?tica, en la actividad sindical, en las instituciones p?blicas, en las realidades econ?micas, en las expresiones de la sociedad civil, ofreciendo as? una contribuci?n muy relevante al crecimiento del pa?s, con demostraciones de absoluta fidelidad al Estado y de dedicaci?n al bien com?n y colocando a Italia en proyecci?n europea. En los a?os dolorosos y oscuros del terrorismo, adem?s, los cat?licos dieron su testimonio de sangre: ?c?mo no recordar, entre las diversas figuras, las del honorable Aldo Moro y del profesor Vittorio Bachelet? Por su parte la Iglesia, gracias a la amplia libertad que le asegur? el Concordato lateranense de 1929, continu?, con sus propias instituciones y actividades, a proporcionar una contribuci?n de hecho al bien com?n, interviniendo en particular en apoyo de las personas m?s marginadas y sufrientes, y sobre todo prosiguiendo a alimentar el cuerpo social de esos valores morales que son esenciales para la vida de una sociedad democr?tica, justa, ordenada. El bien del pa?s, entendido en su integridad, siempre se ha perseguido y particularmente expresado en momentos de alta significaci?n, como el la ?gran oraci?n por Italia? convocada por el Venerable Juan Pablo II el 10 de enero de 1994.

La conclusi?n del Acuerdo de revisi?n del Concordato lateranense, firmado el 18 de febrero de 1984, marc? el paso a una nueva fase de las relaciones entre Iglesia y Estado en Italia. Este paso fue claramente advertido por mi Predecesor, el cual, en el discurso pronunciado el 3 de junio de 1985, en el acto de intercambio de instrumentos de ratificaci?n del Acuerdo, observaba que, como ?instrumento de concordia y colaboraci?n, el Concordato se sit?a ahora en una sociedad caracterizada por la libre competencia de las ideas y por la articulaci?n pluralista de los diversos componentes sociales: ?ste puede y debe constituir un factor de promoci?n y de crecimiento, favoreciendo la profunda unidad de ideales y de sentimientos, por la que todos los italianos se sienten hermanos en una misma patria?. Y a?ad?a que en el ejercicio de su diacon?a hacia el hombre, !la Iglesia pretende actuar en el pleno respeto de la autonom?a del orden pol?tico y de la soberan?a del Estado. Al mismo tiempo, ?sta est? atenta a la salvaguardia de la libertad de todos, condici?n indispensable a la construcci?n de un mundo digno del hombre, que solo en la libertad puede buscar con plenitud la verdad y adherirse sinceramente a ella, encontrando en la misma motivo e inspiraci?n para el compromiso solidario y unitario al bien com?n?. El Acuerdo, que ha contribuido largamente a delinear esa sana laicidad que denota al Estado italiano y a su ordenamiento jur?dico, ha puesto de manifiesto los dos principios supremos que est?n llamados a presidir las relaciones entre Iglesia y comunidad pol?tica: el de la distinci?n de ?mbitos y el de la colaboraci?n. Una colaboraci?n motivada por el hecho de que, como ense?? el Concilio Vaticano II, ambas, es decir, la Iglesia y la comunidad pol?tica, ?aunque por diverso t?tulo, est?n al servicio de la vocaci?n personal y social del hombre? (Const. Gaudium et spes, 76). La experiencia madurada en los a?os de vigencia de las nuevas disposiciones pactuarias, una vez m?s, la Iglesia y los cat?licos comprometidos de diversos modos en favor de esa ?promoci?n del hombre y del bien del pa?s? que, en el respeto de la independencia y soberan?a rec?procas, constituye un principio inspirador y orientador del Concordato en vigor (art. 1). La Iglesia es consciente no s?lo de la contribuci?n que ofrece a la sociedad civil para el bien com?n, sino tambi?n de lo que recibe de la sociedad civil, como afirma el Concilio Vaticano II: "todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida econ?mico-social, de la vida pol?tica, as? nacional como internacional, proporciona no peque?a ayuda, seg?n el plan divino, tambi?n a la comunidad eclesial, ya que ?sta depende asimismo de las realidades externas" (Const. Gaudium et spes, 44).

Al mirar al largo recorrido de la historia, hay que reconocer que la naci?n italiana ha advertido siempre la carga, pero al mismo tiempo el singular privilegio, dado por la situaci?n peculiar por la que en Italia, en Roma, est? la sede del sucesor de Pedro y por tanto el centro de la cristiandad. Y la comunidad nacional ha respondido siempre a esta conciencia expresando cercan?a afectiva, solidaridad, ayuda a la Sede Apost?lica para su libertad y para secundar la realizaci?n de las condiciones favorables al ejercicio del ministerio espiritual en el mundo por parte del sucesor de Pedro, que es obispo de Roma y Primado de Italia. Pasadas las turbulencias causadas por la ?cuesti?n romana", llegados a la augurada Conciliaci?n, tambi?n el Estado italiano ha ofrecido y sigue ofreciendo una colaboraci?n preciosa, de la que la Santa Sede goza y de la que est? conscientemente agradecida.

Al presentarle, Se?or Presidente, estas reflexiones, invoco de coraz?n sobre el pueblo italiano la abundancia de los dones celestiales, para que sea siempre guiado por la luz de la fe, fuente de esperanza y de compromiso perseverante por la libertad, la justicia y la paz.

En el Vaticano, 17 de marzo de 2011

BENEDICTUS PP. XVI

[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:07  | Habla el Papa
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