Mi?rcoles, 06 de abril de 2011

ZENIT? publica el mensaje que ha escrito monse?or Jos? Ignacio Munilla, obispo de San Sebasti?n, en esta Cuaresma de 2011 sobre el "arrepentimiento y perd?n".

En este tiempo de Cuaresma la Iglesia reitera la llamada de Jesucristo en el inicio de su ministerio en Galilea: "Convert?os y creed en el Evangelio" (cf. Mc 1, 15). Afortunadamente, en nuestros d?as el concepto de "conversi?n" goza de una notable salud, en la medida en que es entendido como una reorientaci?n positiva de nuestras opciones personales. Por el contrario, existe una indisimulada alergia hacia el concepto de "arrepentimiento", por cuanto la autoinculpaci?n suele ser percibida como un retroceso al pasado, contradictorio con la mirada al futuro, incluso como una humillaci?n.

Ahora bien, ?es posible la "conversi?n" sin el "arrepentimiento" del mal cometido? La pregunta podr?a parecer superflua, ya que la respuesta negativa es obvia. Sin embargo, cuando la Iglesia ha predicado la importancia del arrepentimiento por la violencia generada en nuestro pasado reciente, hemos escuchado con perplejidad algunas voces que afirman que en el Evangelio, el perd?n de Jesucristo en ning?n caso est? condicionado al arrepentimiento del pecador. Se trata de una devaluada interpretaci?n del Evangelio, seg?n la cual el anuncio del amor de Dios a todos -buenos y malos-, as? como el mandamiento de Cristo de perdonar a nuestros enemigos, habr?a que entenderlos en el sentido de una declaraci?n de indulto colectivo, independiente de todo posible arrepentimiento o cambio de vida.

En primer lugar, es muy importante leer el Evangelio en su integridad, sin caer en la tentaci?n de seleccionar las palabras de Jesucristo seg?n nuestra conveniencia. En efecto, el mismo Jes?s que dijo "amad a vuestros enemigos" (Mt 5, 44), afirm? igualmente: "Si no os convert?s, todos perecer?is" (Lc 13, 3). La par?bola de la higuera est?ril, en la que se plantea la cuesti?n de si se debe arrancar la higuera que no da fruto, concluye integrando la misericordia y la justicia de Dios: "Se?or, d?jala todav?a este a?o; yo cavar? alrededor y le echar? esti?rcol, a ver si da fruto. Si no, el a?o que viene la cortar?s" (Lc 13, 8-9).

Por lo tanto, no es cierto que el perd?n no est? condicionado al arrepentimiento. Una cosa es el amor incondicional de Dios anunciado por Cristo; y otra muy distinta, que ese amor sea acogido o rechazado por cada uno de nosotros, seg?n la propia conversi?n u obstinaci?n. Dicho de otra forma: el arrepentimiento es la apertura del hombre al perd?n de Dios. Por el contrario, la falta de arrepentimiento es el rechazo del perd?n de Dios.

La presentaci?n del amor incondicional de Dios, a modo de un indulto general indiscriminado, no solamente choca con los abundantes pasajes evang?licos que hablan de la posibilidad real de la perdici?n del hombre (cf. Mt 25, 31ss); sino que tampoco se compagina con la imagen de un Dios que respeta la libertad y la dignidad del hombre. Dec?a San Agust?n: "El que te cre? sin ti, no te salvar? sin ti". Es decir, siendo cierto que la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven, sin embargo, para ello es necesario que cada uno coopere libremente, abri?ndose a la gracia de la conversi?n. No olvidemos que Cristo crucificado ofrece su perd?n incondicional a los dos ladrones que compart?an su suplicio; pero mientras uno de ellos acoge su misericordia con un profundo arrepentimiento, el otro la rechaza reafirm?ndose en su obstinaci?n, (bien entendido que a nosotros no nos corresponde juzgar el destino eterno de aquel ladr?n).

El error teol?gico del que estamos tratando, tiene a mi juicio una cierta influencia protestante. Mientras que Lutero subrayaba que la salvaci?n se alcanzaba por la "sola fides" (es decir, exclusivamente a trav?s de la fe), el Concilio de Trento le respond?a afirmando que la justificaci?n del hombre requiere de la fe y de las buenas obras. Es muy ilustrativo el ejemplo que utiliz? Lutero para explicar la justificaci?n del hombre ante Dios: "De la misma forma en que la nieve cubre de blanco el mont?n de esti?rcol que est? en medio del campo, as? tambi?n la misericordia de Dios cubre la muchedumbre de nuestros pecados con su manto...". Sin embargo, los cat?licos creemos que la gracia de Dios no se limita a "tapar" el esti?rcol, sino que produce el milagro de la sanaci?n y santificaci?n de nuestra condici?n pecadora. (Cabe matizar que en los ?ltimos a?os se han dado grandes avances en esta cuesti?n, dentro del di?logo ecum?nico con los protestantes).

Pero vamos a ser claros, porque todos somos conscientes de que si hoy estamos debatiendo esta cuesti?n, desgraciadamente no es porque hayamos entrado en la Cuaresma, sino por la aplicaci?n pol?tica que se pretende extraer de la disociaci?n entre perd?n y arrepentimiento. La Iglesia no tiene ninguna intenci?n de entrar en el terreno reservado a la leg?tima pluralidad pol?tica; pero tampoco puede permanecer callada cuando el Evangelio es deformado y puesto al servicio de las diferentes ideolog?as.

Me limito a a?adir que la llamada al arrepentimiento para poder acoger el perd?n, no es solamente una doctrina espec?fica de los cristianos, sino que tambi?n est? fundada en una ?tica natural, aplicable a todo ser humano. La pr?ctica totalidad de los sistema judiciales, supeditan la aplicaci?n de determinadas medidas de gracia a las muestras de arrepentimiento de los delincuentes. Lo contrario no ser?a ni justo, ni evang?lico. De hecho, cuando aceptamos que las penas privativas de la libertad en un estado de derecho no deben tener una finalidad meramente punitiva, sino que tambi?n han de estar orientadas a la reeducaci?n y a la reinserci?n social, estamos reconociendo impl?citamente este principio.

Tampoco debemos olvidar que aunque la conversi?n cristiana requiere del arrepentimiento, lo supera ampliamente: La conversi?n conlleva la apertura al don de la misericordia, la cual nos permite amar a todos -incluso a nuestros enemigos- con el mismo amor de Cristo. ?Qu? gran ocasi?n tenemos esta Cuaresma de abrirnos a la gracia de la conversi?n en el sacramento de la Penitencia! Es ah? donde recibimos el don de "nacer de nuevo" (cf. Jn 3).


Publicado por verdenaranja @ 22:53  | Hablan los obispos
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