S?bado, 09 de abril de 2011

ZENIT? publica la "lectio divina", meditaci?n sobre la Palabra de Dios, que ofreci? Benedicto XVI el 10 de marzo de 2011 en el encuentro que mantuvo con los p?rrocos y sacerdotes de la di?cesis de Roma.

Eminencia, excelencias y queridos hermanos:

Para m? es una gran alegr?a estar con vosotros -el clero de Roma- cada a?o, al inicio de la Cuaresma, y comenzar con vosotros el camino pascual de la Iglesia. Quiero dar las gracias a su eminencia por las hermosas palabras que me ha dirigido, agradeceros a todos el trabajo que realiz?is por esta Iglesia de Roma que -seg?n san Ignacio- preside en la caridad y deber?a ser siempre tambi?n ejemplar en su fe. Hagamos juntos todo lo posible para que esta Iglesia de Roma responda a su vocaci?n y para que nosotros, en esta "vi?a del Se?or", seamos obreros fieles.

Hemos escuchado el pasaje de los Hechos de los Ap?stoles (20, 17-38) en el que san Pablo habla a los presb?teros de ?feso, narrado expresamente por san Lucas como testamento del Ap?stol, como discurso destinado no s?lo a los presb?teros de ?feso sino tambi?n a los presb?teros de todos los tiempos. San Pablo no s?lo habla a quienes estaban presentes en aquel lugar, sino que tambi?n nos habla realmente a nosotros. Por tanto, tratemos de comprender lo que nos dice a nosotros en esta hora.

Comienzo: "Vosotros hab?is comprobado c?mo he procedido con vosotros todo el tiempo que he estado aqu?" (v. 18); y sobre su comportamiento durante todo el tiempo san Pablo dice, al final: "De d?a y de noche, no he cesado de aconsejar (...) a cada uno" (v. 31). Esto quiere decir que durante todo ese tiempo era anunciador, mensajero y embajador de Cristo para ellos; era sacerdote para ellos. En cierto sentido, se podr?a decir que era un sacerdote trabajador, porque -como dice tambi?n en este pasaje-, trabaj? con sus manos como tejedor de tiendas para no pesar sobre sus bienes, para ser libre, para dejarlos libres. Pero aunque trabajaba con las manos, durante todo este tiempo fue sacerdote, todo el tiempo aconsej?. En otras palabras, aunque exteriormente no estuvo todo el tiempo a disposici?n de la predicaci?n, su coraz?n y su alma estuvieron siempre presentes para ellos; estaba animado por la Palabra de Dios, por su misi?n. Me parece que este es un aspecto muy importante: no se es sacerdote s?lo por un tiempo; se es siempre, con toda el alma, con todo el coraz?n. Este ser con Cristo y ser embajador de Cristo, este ser para los dem?s, es una misi?n que penetra nuestro ser y debe penetrar cada vez m?s en la totalidad de nuestro ser.

San Pablo, adem?s, dice: "He servido al Se?or con toda humildad" (v. 19). "Servido" es una palabra clave de todo el Evangelio. Cristo mismo dice: no he venido a ser servido sino a servir (cf. Mt 20, 28). ?l es el Servidor de Dios, y Pablo y los Ap?stoles son tambi?n "servidores"; no se?ores de la fe, sino servidores de vuestra alegr?a, dice san Pablo en la segunda carta a los Corintios (cf. 1, 24). "Servir" debe ser determinante tambi?n para nosotros: somos servidores. Y "servir" quiere decir no hacer lo que yo me propongo, lo que para m? ser?a m?s agradable; "servir" quiere decir dejarme imponer el peso del Se?or, el yugo del Se?or; "servir" quiere decir no buscar mis preferencias, mis prioridades, sino realmente "ponerme al servicio del otro". Esto quiere decir que tambi?n nosotros a menudo debemos hacer cosas que no parecen inmediatamente espirituales y no responden siempre a nuestras elecciones. Todos, desde el Papa hasta el ?ltimo vicario parroquial, debemos realizar trabajos de administraci?n, trabajos temporales; sin embargo, los hacemos como servicio, como parte de lo que el Se?or nos impone en la Iglesia, y hacemos lo que la Iglesia nos dice y espera de nosotros. Es importante este aspecto concreto del servicio, porque no elegimos nosotros qu? hacer, sino que somos servidores de Cristo en la Iglesia y trabajamos como la Iglesia nos dice, donde la Iglesia nos llama, y tratamos de ser precisamente as?: servidores que no hacen su voluntad, sino la voluntad del Se?or. En la Iglesia somos realmente embajadores de Cristo y servidores del Evangelio.

"He servido al Se?or con toda humildad". Tambi?n "humildad" es una palabra clave del Evangelio, de todo el Nuevo Testamento. En la humildad nos precede el Se?or. En la carta a los Filipenses, san Pablo nos recuerda que Cristo, que estaba sobre todos nosotros, que era realmente divino en la gloria de Dios, se humill?, se despoj? de su rango haci?ndose hombre, aceptando toda la fragilidad del ser humano, llegando hasta la obediencia ?ltima de la cruz (cf. 2, 5-8). "Humildad" no quiere decir falsa modestia -agradecemos los dones que el Se?or nos ha concedido-, sino que indica que somos conscientes de que todo lo que podemos hacer es don de Dios, se nos concede para el reino de Dios. Trabajamos con esta "humildad", sin tratar de aparecer. No buscamos alabanzas, no buscamos que nos vean; para nosotros no es un criterio decisivo pensar qu? dir?n de nosotros en los diarios o en otros sitios, sino qu? dice Dios. Esta es la verdadera humildad: no aparecer ante los hombres, sino estar en la presencia de Dios y trabajar con humildad por Dios, y de esta manera servir realmente tambi?n a la humanidad y a los hombres.

"No he omitido por miedo nada de cuanto os pudiera aprovechar, predicando y ense?ando" (v. 20). San Pablo, despu?s de algunas frases, vuelve sobre este aspecto y afirma: "No tuve miedo de anunciaros enteramente el plan de Dios" (v. 27). Esto es importante: el Ap?stol no predica un cristianismo "a la carta", seg?n sus gustos; no predica un Evangelio seg?n sus ideas teol?gicas preferidas; no se sustrae al compromiso de anunciar toda la voluntad de Dios, tambi?n la voluntad inc?moda, incluidos los temas que personalmente no le agradan tanto. Nuestra misi?n es anunciar toda la voluntad de Dios, en su totalidad y sencillez ?ltima. Pero es importante el hecho de que debemos predicar y ense?ar -como dice san Pablo-, y proponer realmente toda la voluntad de Dios. Y pienso que si el mundo de hoy tiene curiosidad de conocer todo, mucho m?s nosotros deberemos tener la curiosidad de conocer la voluntad de Dios: ?qu? podr?a ser m?s interesante, m?s importante, m?s esencial para nosotros que conocer lo que Dios quiere, conocer la voluntad de Dios, el rostro de Dios? Esta curiosidad interior deber?a ser tambi?n nuestra curiosidad por conocer mejor, de modo m?s completo, la voluntad de Dios. Debemos responder y despertar esta curiosidad en los dem?s, curiosidad por conocer verdaderamente toda la voluntad de Dios, y as? conocer c?mo podemos y c?mo debemos vivir, cu?l es el camino de nuestra vida. As? pues, deber?amos dar a conocer y comprender -en la medida de lo posible- el contenido del Credo de la Iglesia, desde la creaci?n hasta la vuelta del Se?or, hasta el mundo nuevo. La doctrina, la liturgia, la moral y la oraci?n -las cuatro partes del Catecismo de la Iglesia cat?lica- indican esta totalidad de la voluntad de Dios.

Tambi?n es importante no perdernos en los detalles, no dar la idea de que el cristianismo es un paquete inmenso de cosas por aprender. En resumidas cuentas, es algo sencillo: Dios se ha revelado en Cristo. Pero entrar en esta sencillez -creo en Dios que se revela en Cristo y quiero ver y realizar su voluntad- tiene contenidos y, seg?n las situaciones, entramos en detalles o no, pero es esencial hacer comprender por una parte la sencillez ?ltima de la fe. Creer en Dios como se ha revelado en Cristo es tambi?n la riqueza interior de esta fe, las respuestas que da a nuestras preguntas, tambi?n las respuestas que en un primer momento no nos gustan y que, sin embargo, son el camino de la vida, el verdadero camino; en cuanto afrontamos estas cosas, aunque no nos resulten tan agradables, podemos comprender, comenzamos a comprender lo que es realmente la verdad. Y la verdad es bella. La voluntad de Dios es buena, es la bondad misma.

Despu?s, el Ap?stol afirma: "He predicado en p?blico y en privado, dando solemne testimonio tanto a jud?os como a griegos, para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Se?or Jesucristo" (v. 20-21). Aqu? hay una s?ntesis de lo esencial: conversi?n a Dios, fe en Jes?s. Pero fijemos por un momento la atenci?n en la palabra "conversi?n", que es la palabra central o una de las palabras centrales del Nuevo Testamento. Aqu?, para conocer las dimensiones de esta palabra, es interesante estar atentos a las diversas palabras b?blicas: en hebreo, "?ub" quiere decir "invertir la ruta", comenzar con una nueva direcci?n de vida; en griego, "met?noia", "cambio de manera de pensar"; en lat?n, "poenitentia", "acci?n m?a para dejarme transformar"; en italiano, "conversione", que coincide m?s bien con la palabra hebrea que significa "nueva direcci?n de la vida". Tal vez podemos ver de manera particular el porqu? de la palabra del Nuevo Testamento, la palabra griega "met?noia", "cambio de manera de pensar". En un primer momento el pensamiento parece t?picamente griego, pero, profundizando, vemos que expresa realmente lo esencial de lo que dicen tambi?n las otras lenguas: cambio de pensamiento, o sea, cambio real de nuestra visi?n de la realidad. Como hemos nacido en el pecado original, para nosotros "realidad" son las cosas que podemos tocar, el dinero, mi posici?n; son las cosas de todos los d?as que vemos en el telediario: esta es la realidad. Y las cosas espirituales se encuentran "detr?s" de la realidad: "Met?noia", cambio de manera de pensar, quiere decir invertir esta impresi?n. Lo esencial, la realidad, no son las cosas materiales, ni el dinero, ni el edificio, ni lo que puedo tener. La realidad de las realidades es Dios. Esta realidad invisible, aparentemente lejana de nosotros, es la realidad. Aprender esto, y as? invertir nuestro pensamiento, juzgar verdaderamente que lo real que debe orientar todo es Dios, son las palabras, la Palabra de Dios. Este es el criterio, el criterio de todo lo que hago: Dios. Esto es realmente conversi?n, si mi concepto de realidad ha cambiado, si mi pensamiento ha cambiado. Y esto debe impregnar luego todos los ?mbitos de mi vida: en el juicio sobre cada cosa debo tener como criterio lo que Dios dice sobre eso. Esto es lo esencial, no cu?nto obtengo ahora, no el beneficio o el perjuicio que obtendr?, sino la verdadera realidad, orientarnos hacia esta realidad. Me parece que en la Cuaresma, que es camino de conversi?n, debemos volver a realizar cada a?o esta inversi?n del concepto de realidad, es decir, que Dios es la realidad, Cristo es la realidad y el criterio de mi acci?n y de mi pensamiento; realizar esta nueva orientaci?n de nuestra vida. Y de igual modo la palabra latina "poenitentia", que nos parece algo demasiado exterior y quiz? una forma de activismo, se transforma en real: ejercitar esto quiere decir ejercitar el dominio de m? mismo, dejarme transformar, con toda mi vida, por la Palabra de Dios, por el pensamiento nuevo que viene del Se?or y me muestra la verdadera realidad. De este modo, no s?lo se trata de pensamiento, de intelecto, sino de la totalidad de mi ser, de mi visi?n de la realidad. Este cambio de pensamiento, que es conversi?n, llega a mi coraz?n y une intelecto y coraz?n, y pone fin a esta separaci?n entre intelecto y coraz?n, integra mi personalidad en el coraz?n, que es abierto por Dios y se abre a Dios. Y as? encuentro el camino, el pensamiento se convierte en fe, esto es, tener confianza en el Se?or, confiar en el Se?or, vivir con ?l y emprender su camino en un verdadero seguimiento de Cristo.

San Pablo contin?a: "Y ahora, mirad, me dirijo a Jerusal?n, encadenado por el Esp?ritu. No s? lo que me pasar? all?, salvo que el Esp?ritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones. Pero a m? no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recib? del Se?or Jes?s: ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios" (vv. 22-24). San Pablo sabe que probablemente este viaje a Jerusal?n le costar? la vida: ser? un viaje hacia el martirio. Aqu? debemos tener presente el porqu? de su viaje. Va a Jerusal?n para entregar a esa comunidad, a la Iglesia de Jerusal?n, la suma de dinero recogida para los pobres en el mundo de los gentiles. Por tanto, es un viaje de caridad, pero es algo m?s: es una expresi?n del reconocimiento de la unidad de la Iglesia entre jud?os y gentiles, un reconocimiento formal del primado de Jerusal?n en ese tiempo, del primado de los primeros Ap?stoles, un reconocimiento de la unidad y de la universalidad de la Iglesia. En este sentido, el viaje tiene un significado eclesiol?gico y tambi?n cristol?gico, porque as? tiene mucho valor para ?l este reconocimiento, esta expresi?n visible de la unicidad y de la universalidad de la Iglesia, que tiene en cuenta tambi?n el martirio. La unidad de la Iglesia vale el martirio. As? dice san Pablo: "Pero a m? no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recib? del Se?or" (v. 24). El mero sobrevivir biol?gico -dice san Pablo- no es el primer valor para m?; el primer valor para m? es consumar el ministerio; el primer valor para m? es estar con Cristo; vivir con Cristo es la verdadera vida. Aunque perdiera la vida biol?gica, no perder?a la verdadera vida. En cambio, si perdiera la comuni?n con Cristo para conservar la vida biol?gica, perder?a precisamente la vida misma, lo esencial de su ser. Tambi?n esto me parece importante: tener las prioridades justas. Ciertamente debemos estar atentos a nuestra salud, a trabajar con racionabilidad, pero tambi?n debemos saber que el valor ?ltimo es estar en comuni?n con Cristo; vivir nuestro servicio y perfeccionarlo lleva a completar la carrera. Tal vez podemos reflexionar un poco m?s sobre esta expresi?n: "completar mi carrera". Hasta el final el Ap?stol quiere ser servidor de Jes?s, embajador de Jes?s para el Evangelio de Dios. Es importante que tambi?n en la vejez, aunque pasen los a?os, no perdamos el celo, la alegr?a de haber sido llamados por el Se?or. Yo dir?a que, en cierto sentido, al inicio del camino sacerdotal es f?cil estar llenos de celo, de esperanza, de valor, de actividad, pero al ver c?mo van las cosas, al ver que el mundo sigue igual, al ver que el servicio se hace pesado, se puede perder f?cilmente un poco este entusiasmo. Volvamos siempre a la Palabra de Dios, a la oraci?n, a la comuni?n con Cristo en el Sacramento -esta intimidad con Cristo- y dej?monos renovar nuestra juventud espiritual, renovar el celo, la alegr?a de poder ir con Cristo hasta el final, de "completar la carrera", siempre con el entusiasmo de haber sido llamados por Cristo para este gran servicio, para el Evangelio de la gracia de Dios. Y esto es importante. Hemos hablado de humildad, de esta voluntad de Dios, que puede ser dura. Al final, el t?tulo de todo el Evangelio de la gracia de Dios es "Evangelio", es "Buena Nueva" que Dios nos conoce, que Dios me ama, y que el Evangelio, la voluntad ?ltima de Dios es gracia. Recordemos que la carrera del Evangelio comienza en Nazaret, en la habitaci?n de Mar?a, con las palabras "Dios te salve Mar?a", que en griego se dice: "Chaire kecharitomene": "Al?grate, porque est?s llena de gracia". Estas palabras constituyen el hilo conductor: el Evangelio es invitaci?n a la alegr?a porque estamos en la gracia, y la ?ltima palabra de Dios es la gracia.

A continuaci?n viene el pasaje sobre el martirio inminente. Aqu? hay una frase muy importante, que quiero meditar un poco con vosotros: "Velad por vosotros mismos y por todo el reba?o sobre el que el Esp?ritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que ?l se adquiri? con la sangre de su propio Hijo" (v. 28). Comienzo por la palabra "Velad". Hace algunos d?as tuve la catequesis sobre san Pedro Canisio, ap?stol de Alemania en la ?poca de la Reforma, y se me qued? grabada una palabra de este santo, una palabra que era para ?l un grito de angustia en su momento hist?rico. Dice: "Ved, Pedro duerme; Judas, en cambio, est? despierto". Esto nos hace pensar: la somnolencia de los buenos. El Papa P?o XI dijo: "El gran problema de nuestro tiempo no son las fuerzas negativas, sino la somnolencia de los buenos". "Velad": meditemos esto, y pensemos que el Se?or en el Huerto de los Olivos repite dos veces a sus disc?pulos: "Velad", y ellos duermen. "Velad", nos dice a nosotros; tratemos de no dormir en este tiempo, sino de estar realmente dispuestos para la voluntad de Dios y para la presencia de su Palabra, de su Reino.

"Velad por vosotros mismos" (v. 28): estas palabras tambi?n valen para los presb?teros de todos los tiempos. Hay un activismo con buenas intenciones, pero en el que uno descuida la propia alma, la propia vida espiritual, el propio estar con Cristo. San Carlos Borromeo, en la lectura del breviario de su memoria lit?rgica, nos dice cada a?o: no puedes ser un buen servidor de los dem?s si descuidas tu alma. "Velad por vosotros mismos": estemos atentos tambi?n a nuestra vida espiritual, a nuestro estar con Cristo. Como he dicho en muchas ocasiones: orar y meditar la Palabra de Dios no es tiempo perdido para la atenci?n a las almas, sino que es condici?n para que podamos estar realmente en contacto con el Se?or y as? hablar de primera mano del Se?or a los dem?s. "Velad por vosotros mismos y por todo el reba?o sobre el que el Esp?ritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios" (v. 28). Aqu? son importantes dos palabras. En primer lugar: "el Esp?ritu Santo os ha puesto"; es decir, el sacerdocio no es una realidad en la que uno encuentra una ocupaci?n, una profesi?n ?til, hermosa, que le agrada y se elige. ?No! Nos ha constituido el Esp?ritu Santo. S?lo Dios nos puede hacer sacerdotes; s?lo Dios puede elegir a sus sacerdotes; y, si somos elegidos, somos elegidos por ?l. Aqu? aparece claramente el car?cter sacramental del presbiterado y del sacerdocio, que no es una profesi?n que debe desempe?arse porque alguien debe administrar las cosas, y tambi?n debe predicar. No es algo que hagamos nosotros solamente. Es una elecci?n del Esp?ritu Santo, y en esta voluntad del Esp?ritu Santo, voluntad de Dios, vivimos y buscamos cada vez m?s dejarnos llevar de la mano por el Esp?ritu Santo, por el Se?or mismo. En segundo lugar: "os ha puesto como guardianes para pastorear". La palabra que el texto espa?ol traduce por "guardianes" en griego es "ep?skopos". San Pablo habla a los presb?teros, pero aqu? los llama "ep?skopoi". Podemos decir que, en la evoluci?n de la realidad de la Iglesia, los dos ministerios a?n no estaban divididos claramente, no eran distintos; evidentemente son el ?nico sacerdocio de Cristo y ellos, los presb?teros, son tambi?n "ep?skopoi". La palabra "presb?tero" viene sobre todo de la tradici?n jud?a, donde estaba vigente el sistema de los "ancianos", de los "presb?teros", mientras que la palabra "ep?skopos" fue creada -o encontrada- en el ?mbito de la Iglesia por los paganos, y proviene del lenguaje de la administraci?n romana. "Ep?skopoi" son los que vigilan, los que tienen una responsabilidad administrativa para vigilar c?mo van las cosas. Los cristianos eligieron esta palabra en el ?mbito pagano-cristiano para expresar el oficio del presb?tero, del sacerdote, pero como es obvio cambi? inmediatamente el significado de la palabra. La palabra "ep?skopoi" se identific? de inmediato con la palabra "pastores". O sea, vigilar es "apacentar", desempe?ar la misi?n de pastor: en realidad de inmediato se convirti? en "poimainein", "apacentar" a la Iglesia de Dios; est? pensado en el sentido de esta responsabilidad respecto de los dem?s, de este amor por el reba?o de Dios. Y no olvidemos que en el antiguo Oriente "pastor" era el t?tulo de los reyes: son los pastores del reba?o, que es el pueblo. Seguidamente, el rey-Cristo, al ser el verdadero rey, transforma interiormente este concepto. Es el Pastor que se hace cordero, el pastor que se deja matar por los dem?s, para defenderlos del lobo; el pastor cuyo primer significado es amar a este reba?o y as? dar vida, alimentar, proteger. Tal vez estos son los dos conceptos centrales para este oficio del "pastor": alimentar dando a conocer la Palabra de Dios, no s?lo con las palabras, sino testimoni?ndola por voluntad de Dios; y proteger con la oraci?n, con todo el compromiso de la propia vida. Pastores, el otro significado que percibieron los Padres en la palabra cristiana "ep?skopoi", es: quien vigila no como un bur?crata, sino como quien ve desde el punto de vista de Dios, camina hacia la altura de Dios y a la luz de Dios ve a esta peque?a comunidad de la Iglesia. Para un pastor de la Iglesia, para un sacerdote, un "ep?skopos", es importante tambi?n que vea desde el punto de vista de Dios, que trate de ver desde lo alto, con el criterio de Dios y no seg?n sus propias preferencias, sino como juzga Dios. Ver desde esta altura de Dios y as? amar con Dios y por Dios.

"Pastorear la Iglesia de Dios, que ?l se adquiri? con la sangre de su propio Hijo" (v. 28). Aqu? encontramos una palabra central sobre la Iglesia. La Iglesia no es una organizaci?n que se ha formado poco a poco; la Iglesia naci? en la cruz. El Hijo adquiri? la Iglesia en la cruz y no s?lo la Iglesia de ese momento, sino la Iglesia de todos los tiempos. Con su sangre adquiri? esta porci?n del pueblo, del mundo, para Dios. Y creo que esto nos debe hacer pensar. Cristo, Dios cre? la Iglesia, la nueva Eva, con su sangre. As? nos ama y nos ha amado, y esto es verdad en todo momento. Y esto nos debe llevar tambi?n a comprender que la Iglesia es un don, a sentirnos felices por haber sido llamados a ser Iglesia de Dios, a alegrarnos de pertenecer a la Iglesia. Ciertamente, siempre hay aspectos negativos, dif?ciles, pero en el fondo debe quedar esto: es un don bell?simo el poder vivir en la Iglesia de Dios, en la Iglesia que el Se?or se adquiri? con su sangre. Estar llamados a conocer realmente el rostro de Dios, conocer su voluntad, conocer su gracia, conocer este amor supremo, esta gracia que nos gu?a y nos lleva de la mano. Felicidad por ser Iglesia, alegr?a por ser Iglesia. Me parece que debemos volver a aprender esto. El miedo al triunfalismo tal vez nos ha hecho olvidar un poco que es hermoso estar en la Iglesia y que esto no es triunfalismo, sino humildad, agradecer el don del Se?or.?

Sigue inmediatamente que esta Iglesia no siempre es s?lo don de Dios y divina, sino tambi?n muy humana: "Se meter?n entre vosotros lobos feroces" (v. 29). La Iglesia siempre est? amenazada; siempre existe el peligro, la oposici?n del diablo, que no acepta que en la humanidad se encuentre presente este nuevo pueblo de Dios, que est? la presencia de Dios en una comunidad viva. As? pues, no debe sorprendernos que siempre haya dificultades, que siempre haya hierba mala en el campo de la Iglesia. Siempre ha sido as? y siempre ser? as?. Pero debemos ser conscientes, con alegr?a, de que la verdad es m?s fuerte que la mentira, de que el amor es m?s fuerte que el odio, de que Dios es m?s fuerte que todas las fuerzas contrarias a ?l. Y con esta alegr?a, con esta certeza interior emprendemos nuestro camino inter consolationes Dei et persecutiones mundi, dice el concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 8): entre las consolaciones de Dios y las persecuciones del mundo. Y ahora el pen?ltimo vers?culo. En este punto no deseo entrar en detalles: al final aparece un elemento importante de la Iglesia, del ser cristianos. "Siempre os he ense?ado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Se?or Jes?s, que dijo: "Hay m?s dicha en dar que en recibir"" (v. 35). La opci?n preferencial por los pobres, el amor por los d?biles es fundamental para la Iglesia, es fundamental para el servicio de cada uno de nosotros: estar atentos con gran amor a los d?biles, aunque tal vez no sean simp?ticos, sino dif?ciles. Pero ellos esperan nuestra caridad, nuestro amor, y Dios espera este amor nuestro. En comuni?n con Cristo estamos llamados a socorrer a los d?biles con nuestro amor, con nuestras obras.
Y el ?ltimo vers?culo: "Cuando termin? de hablar, se puso de rodillas y or? con todos ellos" (v. 36). Al final, el discurso se transforma en oraci?n y san Pablo se arrodilla. San Lucas nos recuerda que tambi?n el Se?or en el Huerto de los Olivos or? de rodillas, y nos dice que del mismo modo san Esteban, en el momento del martirio, se arrodill? para orar. Orar de rodillas quiere decir adorar la grandeza de Dios en nuestra debilidad, dando gracias al Se?or porque nos ama precisamente en nuestra debilidad. Detr?s de esto aparece la palabra de san Pablo en la carta a los Filipenses, que es la transformaci?n cristol?gica de una palabra del profeta Isa?as, el cual, en el cap?tulo 45, dice que todo el mundo, el cielo, la tierra y el abismo, se arrodillar? ante el Dios de Israel (cf. Is 45, 23). Y san Pablo precisa: Cristo baj? del cielo a la cruz, la obediencia ?ltima. Y en este momento se realiza esta palabra del Profeta: ante Cristo crucificado todo el cosmos, el cielo, la tierra y el abismo, se arrodilla (cf. Flp 2, 10-11). ?l es realmente expresi?n de la verdadera grandeza de Dios. La humildad de Dios, el amor hasta la cruz, nos demuestra qui?n es Dios. Ante ?l nos ponemos de rodillas, adorando. Estar de rodillas ya no es expresi?n de servidumbre, sino precisamente de la libertad que nos da el amor de Dios, la alegr?a de estar redimidos, de unirnos con el cielo y la tierra, con todo el cosmos, para adorar a Cristo, de estar unidos a Cristo y as? ser redimidos.?

El discurso de san Pablo termina con la oraci?n. Tambi?n nuestros discursos deben terminar con la oraci?n. Oremos al Se?or para que nos ayude a estar cada vez m?s impregnados de su Palabra, a ser cada vez m?s testigos y no s?lo maestros, a ser cada vez m?s sacerdotes, pastores, "ep?skopoi", es decir, los que ven con Dios y desempe?an el servicio del Evangelio de Dios, el servicio del Evangelio de la gracia.?

[Traducci?n del original italiano distribuida por la Santa Sede
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 15:46  | Habla el Papa
 | Enviar