Domingo, 24 de abril de 2011

ZENIT? nos ofrece la homil?a que el Papa Benedicto XVI pronunci?el 17 de Abril de 2011?durante la Misa del Domingo de Ramos y de la Pasi?n del Se?or, celebrada en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas,
queridos j?venes:

Como cada a?o, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jes?s al monte, al santuario, acompa?arlo en su acenso. En este d?a, por toda la faz de la tierra y a trav?s de todos los siglos, j?venes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: "?Hosanna al Hijo de David! ?Bendito el que viene en nombre del Se?or!?.

Pero, ?qu? hacemos realmente cuando nos unimos a la procesi?n, al cortejo de aquellos que junto con Jes?s sub?an a Jerusal?n y lo aclamaban como rey de Israel? ?Es algo m?s que una ceremonia, que una bella tradici?n? ?Tiene quiz?s algo que ver con la verdadera realidad de nuestra vida, de nuestro mundo? Para encontrar la respuesta, debemos clarificar ante todo qu? es lo que en realidad ha querido y ha hecho Jes?s mismo. Tras la profesi?n de fe, que Pedro hab?a realizado en Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la Tierra Santa, Jes?s se hab?a dirigido como peregrino hacia Jerusal?n para la fiesta de la Pascua. Es un camino hacia el templo en la Ciudad Santa, hacia aquel lugar que aseguraba de modo particular a Israel la cercan?a de Dios a su pueblo. Es un camino hacia la fiesta com?n de la Pascua, memorial de la liberaci?n de Egipto y signo de la esperanza en la liberaci?n definitiva. ?l sabe que le espera una nueva Pascua, y que ?l mismo ocupar? el lugar de los corderos inmolados, ofreci?ndose as? mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregar? para siempre a los suyos, les abrir? la puerta hacia un nuevo camino de liberaci?n, hacia la comuni?n con el Dios vivo. Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin ?ltimo de su peregrinaci?n es la altura de Dios mismo, a la cual ?l quiere elevar al ser humano.

Nuestra procesi?n de hoy por tanto quiere ser imagen de algo m?s profundo, imagen del hecho que, junto con Jes?s, comenzamos la peregrinaci?n: por el camino elevado hacia el Dios vivo. Se trata de esta subida. Es el camino al que Jes?s nos invita. Pero, ?c?mo podemos mantener el paso en esta subida? ?No sobrepasa quiz?s nuestras fuerzas? S?, est? por encima de nuestras posibilidades. Desde siempre los hombres est?n llenos ? y hoy m?s que nunca ? del deseo de "ser como Dios", de alcanzar esa misma altura de Dios. En todos los descubrimientos del esp?ritu humano se busca en ?ltimo t?rmino obtener alas, para poderse elevar a la altura del Ser, para ser independiente, totalmente libre, como lo es Dios. Son tantas las cosas que ha podido llevar a cabo la humanidad: tenemos la capacidad de volar. Podemos vernos, escucharnos y hablar de un extremo al otro del mundo. Sin embargo, la fuerza de gravedad que nos tira hac?a abajo es poderosa. Junto con nuestras capacidades, no ha crecido solamente el bien. Tambi?n han aumentado las posibilidades del mal que se presentan como tempestades amenazadoras sobre la historia. Tambi?n permanecen nuestros l?mites: basta pensar en las cat?strofes que en estos meses han afligido y siguen afligiendo a la humanidad.

Los Santos Padres han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersecci?n entre dos campos de gravedad. Ante todo, est? la fuerza que le atrae hacia abajo ? hac?a el ego?smo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, est? la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto. El hombre se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace aut?nticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad.

Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegar?a eucar?stica durante la cual el Se?or entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitaci?n: "Sursum corda? levantemos el coraz?n". Seg?n la concepci?n b?blica y la visi?n de los Santos Padres, el coraz?n es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el esp?ritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace esp?ritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por ?l. Este "coraz?n" debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado d?biles para elevar nuestro coraz?n hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenz? en la cruz. ?l ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia ?l, hacia el Dios vivo. Se ha hecho humilde, dice hoy la segunda lectura. Solamente as? nuestra soberbia pod?a ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto.

El salmo procesional 23, que la Iglesia nos propone como "canto de subida" para la liturgia de hoy, indica algunos elementos concretos que forman parte de nuestra subida, y sin los cuales no podemos ser levantados: las manos inocentes, el coraz?n puro, el rechazo de la mentira, la b?squeda del rostro de Dios. Las grandes conquistas de la t?cnica nos hacen libres y son elementos del progreso de la humanidad s?lo si est?n unidas a estas actitudes; si nuestras manos se hacen inocentes y nuestro coraz?n puro; si estamos en b?sca de la verdad, en busca de Dios mismo, y nos dejamos tocar e interpelar por su amor. Todos estos elementos de la subida son eficaces s?lo si reconocemos humildemente que debemos ser atra?dos hacia lo alto; si abandonamos la soberbia de querer hacernos Dios a nosotros mismos. Le necesitamos. ?l nos atrae hacia lo alto, sosteni?ndonos en sus manos ? es decir, en la fe ? nos da la justa orientaci?n y la fuerza interior que nos eleva. Tenemos necesidad de la humildad de la fe que busca el rostro de Dios y se conf?a a la verdad de su amor.

La cuesti?n de c?mo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente ?l mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los fil?sofos plat?nicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era c?mo encontrar medios de purificaci?n, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agust?n, en su b?squeda del camino recto, busc? por alg?n tiempo apoyo en aquellas filosof?as. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus m?todos no habr?a alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habr?a perdido la esperanza en s? mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.

Subimos con el Se?or en peregrinaci?n. Buscamos el coraz?n puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Se?or nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ?Ll?vanos T? hacia lo alto! ?Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generaci?n que busca a Dios, "que busca tu rostro, Dios de Jacob" (Sal 23, 6). Am?n.

[Copyright 2011 - ?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 21:02  | Habla el Papa
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