Domingo, 24 de abril de 2011

ZENIT nos ofrece la homil?a que el Papa Benedicto XVI pronunci?el jueves 21 de Abril de 2011?durante la Misa Crismal, celebrada a las 9,30 h de la ma?ana en la Bas?lica de San Pedro, con los cardenales, obispos y sacerdotes presentes en Roma.

Queridos hermanos:

En el centro de la liturgia de esta ma?ana est? la bendici?n de los santos ?leos, el ?leo para la unci?n de los catec?menos, el de la unci?n de los enfermos y el crisma para los grandes sacramentos que confieren el Esp?ritu Santo: Confirmaci?n, Ordenaci?n sacerdotal y Ordenaci?n episcopal. En los sacramentos, el Se?or nos toca por medio de los elementos de la creaci?n. La unidad entre creaci?n y redenci?n se hace visible. Los sacramentos son expresi?n de la corporeidad de nuestra fe, que abraza cuerpo y alma, al hombre entero. El pan y el vino son frutos de la tierra y del trabajo del hombre. El Se?or los ha elegido como portadores de su presencia. El aceite es s?mbolo del Esp?ritu Santo y, al mismo tiempo, nos recuerda a Cristo: la palabra "Cristo" (Mes?as) significa "el Ungido". La humanidad de Jes?s est? insertada, mediante la unidad del Hijo con el Padre, en la comuni?n con el Esp?ritu Santo y, as?, es "ungida" de una manera ?nica, y penetrada por el Esp?ritu Santo. Lo que hab?a sucedido en los reyes y sacerdotes del Antiguo Testamento de modo simb?lico en la unci?n con aceite, con la que se les establec?a en su ministerio, sucede en Jes?s en toda su realidad: su humanidad es penetrada por la fuerza del Esp?ritu Santo. Cuanto m?s nos unimos a Cristo, m?s somos colmados por su Esp?ritu, por el Esp?ritu Santo. Nos llamamos "cristianos", "ungidos", personas que pertenecen a Cristo y por eso participan en su unci?n, son tocadas por su Esp?ritu. No quiero s?lo llamarme cristiano, sino que quiero serlo, dec?a san Ignacio de Antioqu?a. Dejemos que precisamente estos santos ?leos, que ahora son consagrados, nos recuerden esta tarea inherente a la palabra "cristiano", y pidamos al Se?or para que no s?lo nos llamemos cristianos, sino que lo seamos verdaderamente cada vez m?s.

En la liturgia de este d?a se bendicen, como hemos dicho, tres ?leos. En esta triada se expresan tres dimensiones esenciales de la existencia cristiana, sobre las que ahora queremos reflexionar. Tenemos en primer lugar el ?leo de los catec?menos. Este ?leo muestra como un primer modo de ser tocados por Cristo y por su Esp?ritu, un toque interior con el cual el Se?or atrae a las personas junto a ?l. Mediante esta unci?n, que se recibe antes incluso del Bautismo, nuestra mirada se dirige por tanto a las personas que se ponen en camino hacia Cristo ? a las personas que est?n buscando la fe, buscando a Dios. El ?leo de los catec?menos nos dice: no s?lo los hombres buscan a Dios. Dios mismo se ha puesto a buscarnos. El que ?l mismo se haya hecho hombre y haya bajado a los abismos de la existencia humana, hasta la noche de la muerte, nos muestra lo mucho que Dios ama al hombre, su criatura. Impulsado por su amor, Dios se ha encaminado hacia nosotros. "Busc?ndome te sentaste cansado? que tanto esfuerzo no sea en vano", rezamos en el Dies irae. Dios est? busc?ndome. ?Quiero reconocerlo? ?Quiero que me conozca, que me encuentre? Dios ama a los hombres. Sale al encuentro de la inquietud de nuestro coraz?n, de la inquietud de nuestro preguntar y buscar, con la inquietud de su mismo coraz?n, que lo induce a cumplir por nosotros el gesto extremo. No se debe apagar en nosotros la inquietud en relaci?n con Dios, el estar en camino hacia ?l, para conocerlo mejor, para amarlo mejor. En este sentido, deber?amos permanecer siempre catec?menos. "Buscad siempre su rostro", dice un salmo (105,4). Sobre esto, Agust?n comenta: Dios es tan grande que supera siempre infinitamente todo nuestro conocimiento y todo nuestro ser. El conocer a Dios no se acaba nunca. Por toda la eternidad podemos, con una alegr?a creciente, continuar a buscarlo, para conocerlo cada vez m?s y amarlo cada vez m?s. "Nuestro coraz?n est? inquieto, hasta que descanse en ti", dice Agust?n al inicio de sus?Confesiones. S?, el hombre est? inquieto, porque todo lo que es temporal es demasiado poco. Pero ?es aut?ntica nuestra inquietud por ?l? ?No nos hemos resignado, tal vez, a su ausencia y tratamos de ser autosuficientes? No permitamos semejante reduccionismo de nuestro ser humanos. Permanezcamos continuamente en camino hacia ?l, en su a?oranza, en la acogida siempre nueva de conocimiento y de amor.

Despu?s est? el ?leo de los enfermos. Tenemos ante nosotros la multitud de las personas que sufren: los hambrientos y los sedientos, las v?ctimas de la violencia en todos los continentes, los enfermos con todos sus dolores, sus esperanzas y desalientos, los perseguidos y los oprimidos, las personas con el coraz?n desgarrado. A prop?sito de los primeros disc?pulos enviados por Jes?s, san Lucas nos dice: "Los envi? a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos" (9, 2). El curar es un encargo primordial que Jes?s ha confiado a la Iglesia, seg?n el ejemplo que ?l mismo nos ha dado, al ir por los caminos sanando a los enfermos. Cierto, la tarea principal de la Iglesia es el anuncio del Reino de Dios. Pero precisamente este mismo anuncio debe ser un proceso de curaci?n: "?para curar los corazones desgarrados", nos dice hoy la primera lectura del profeta Isa?as (61,1). El anuncio del Reino de Dios, de la infinita bondad de Dios, debe suscitar ante todo esto: curar el coraz?n herido de los hombres. El hombre por su misma esencia es un ser en relaci?n. Pero, si se trastorna la relaci?n fundamental, la relaci?n con Dios, tambi?n se trastorna todo lo dem?s. Si se deteriora nuestra relaci?n con Dios, si la orientaci?n fundamental de nuestro ser est? equivocada, tampoco podemos curarnos de verdad ni en el cuerpo ni en el alma. Por eso, la primera y fundamental curaci?n sucede en el encuentro con Cristo que nos reconcilia con Dios y sana nuestro coraz?n desgarrado. Pero adem?s de esta tarea central, tambi?n forma parte de la misi?n esencial de la Iglesia la curaci?n concreta de la enfermedad y del sufrimiento. El ?leo para la Unci?n de los enfermos es expresi?n sacramental visible de esta misi?n. Desde los inicios madur? en la Iglesia la llamada a curar, madur? el amor cuidadoso a quien est? afligido en el cuerpo y en el alma. ?sta es tambi?n una ocasi?n para agradecer al menos una vez a las hermanas y hermanos que llevan este amor curativo a los hombres por todo el mundo, sin mirar a su condici?n o confesi?n religiosa. Desde Isabel de Turingia, Vicente de Pa?l, Luisa de Marillac, Camilo de Lellis hasta la Madre Teresa ?por recordar s?lo algunos nombres? atraviesa el mundo una estela luminosa de personas, que tiene origen en el amor de Jes?s por los que sufren y los enfermos. Demos gracias ahora por esto al Se?or. Demos gracias por esto a todos aquellos que, en virtud de la fe y del amor, se ponen al lado de los que sufren, dando as?, en definitiva, un testimonio de la bondad de Dios. El ?leo para la Unci?n de los enfermos es signo de este ?leo de la bondad del coraz?n, que estas personas ?junto con su competencia profesional? llevan a los que sufren. Sin hablar de Cristo, lo manifiestan.

En tercer lugar, tenemos finalmente el m?s noble de los ?leos eclesiales, el crisma, una mezcla de aceite de oliva y de perfumes vegetales. Es el ?leo de la unci?n sacerdotal y regia, unci?n que enlaza con las grandes tradiciones de las unciones del Antiguo Testamento. En la Iglesia, este ?leo sirve sobre todo para la unci?n en la Confirmaci?n y en las sagradas ?rdenes. La liturgia de hoy vincula con este ?leo las palabras de promesa del profeta Isa?as: "Vosotros os llamar?is ?sacerdotes del Se?or?, dir?n de vosotros: ?Ministros de nuestro Dios?" (61, 6). El profeta retoma con esto la gran palabra de tarea y de promesa que Dios hab?a dirigido a Israel en el Sina?: "Ser?is para m? un reino de sacerdotes y una naci?n santa" (Ex?19, 6). En el mundo entero y para todo ?l, que en gran parte no conoc?a a Dios, Israel deb?a ser como un santuario de Dios para la totalidad, deb?a ejercitar una funci?n sacerdotal para el mundo. Deb?a llevar el mundo hacia Dios, abrirlo a ?l. San Pedro, en su gran catequesis bautismal, ha aplicado dicho privilegio y cometido de Israel a toda la comunidad de los bautizados, proclamando: "Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una naci?n santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunci?is las proezas del que os llam? de las tinieblas a su luz maravillosa. Los que antes erais?no-pueblo,?ahora?sois pueblo de Dios, los que antes?erais no compadecidos. ahora?sois objeto de compasi?n." (1 P?2, 9-10). El Bautismo y la Confirmaci?n constituyen el ingreso en el Pueblo de Dios, que abraza todo el mundo; la unci?n en el Bautismo y en la Confirmaci?n es una unci?n que introduce en ese ministerio sacerdotal para la humanidad. Los cristianos son un pueblo sacerdotal para el mundo. Deber?an hacer visible en el mundo al Dios vivo, testimoniarlo y llevarle a ?l. Cuando hablamos de nuestra tarea com?n, como bautizados, no hay raz?n para alardear. Eso es m?s bien una cuesti?n que nos alegra y, al mismo tiempo, nos inquieta: ?Somos verdaderamente el santuario de Dios en el mundo y para el mundo? ?Abrimos a los hombres el acceso a Dios o, por el contrario, se lo escondemos? Nosotros ?el Pueblo de Dios? ?acaso no nos hemos convertido en un pueblo de incredulidad y de lejan?a de Dios? ?No es verdad que el Occidente, que los pa?ses centrales del cristianismo est?n cansados de su fe y, aburridos de su propia historia y cultura, ya no quieren conocer la fe en Jesucristo? Tenemos motivos para gritar en esta hora a Dios: "No permitas que nos convirtamos en?no-pueblo.?Haz que te reconozcamos de nuevo. S?, nos has ungido con tu amor, has infundido tu Esp?ritu Santo sobre nosotros. Haz que la fuerza de tu Esp?ritu se haga nuevamente eficaz en nosotros, para que demos testimonio de tu mensaje con alegr?a.

No obstante toda la verg?enza por nuestros errores, no debemos olvidar que tambi?n hoy existen ejemplos luminosos de fe; que tambi?n hoy hay personas que, mediante su fe y su amor, dan esperanza al mundo. Cuando sea beatificado, el pr?ximo uno de mayo, el Papa Juan Pablo II, pensaremos en ?l llenos de gratitud como un gran testigo de Dios y de Jesucristo en nuestro tiempo, como un hombre lleno del Esp?ritu Santo. Junto a ?l pensemos al gran n?mero de aquellos que ?l ha beatificado y canonizado, y que nos dan la certeza de que tambi?n hoy la promesa de Dios y su encomienda no caen en saco roto.

Me dirijo finalmente a vosotros, queridos hermanos en el ministerio sacerdotal. El Jueves Santo es nuestro d?a de un modo particular. En la hora de la ?ltima Cena el Se?or ha instituido el sacerdocio de la Nueva Alianza. "Santif?calos en la verdad" (Jn 17, 17), ha pedido al Padre para los Ap?stoles y para los sacerdotes de todos los tiempos. Con enorme gratitud por la vocaci?n y con humildad por nuestras insuficiencias, dirijamos en esta hora nuestro "s?" a la llamada del Se?or: S?, quiero unirme ?ntimamente al Se?or Jes?s, renunciando a m? mismo? impulsado por el amor de Cristo. Am?n

[?Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 21:15  | Habla el Papa
 | Enviar