Viernes, 06 de mayo de 2011

Homil?a de monse?or. Hugo Nicol?s Barbaro, obispo de San Roque de Presidencia Roque S?enz Pe?a para la Solemnidad de la Anunciaci?n de la Virgen (25 de marzo de 2011). (AICA)

SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACI?N DE LA VIRGEN???????????????

Celebramos con gran cari?o esta Solemnidad de la Anunciaci?n de la Sant?sima Virgen. La mirada se vuelca con agradecimiento a Dios Nuestro Se?or por aquella intervenci?n divina que marc? un hito fundamental en la historia de la humanidad: Dios que asumi? en ese momento nuestra naturaleza humana en las entra?as pur?simas de la Santa Mar?a Virgen. El Creador de todas las cosas, Infinito, Omnipotente, se acerc? de un modo sorprendente a nosotros; sin dejar de ser Dios se hizo Hombre para arrancarnos de una vida sujeta a la debilidad y al mal, sin otras perspectivas que lo que puede darnos lo de ac? abajo. Se hizo Hombre para morir por nosotros, de manera que podamos vivir una vida en Dios, una vida con Dios, la propia de hijos del Se?or del Cielo y de la tierra. No somos una pieza m?s en la Creaci?n; hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios, nos ama infinitamente a cada uno, nos llama a una vida santa, a una vida purificada y distinta, empapada del Bien Infinito que es Dios, y nos invita a caminar decididamente hacia nuestro destino eterno en el Cielo.

Nuestra mirada su vuelca con especial agradecimiento en esta Solemnidad a la m?s santa de las criaturas, la Sant?sima Virgen Mar?a. Ella fue preparada por Dios para un papel ?nico en la Historia: ser Madre de Dios hecho Hombre. No conoci? el pecado, jam?s cedi? m?nimamente al mal, y en su alt?sima intimidad con Dios hab?a asumido el prop?sito de guardar perpetuamente su virginidad, opci?n extra?a en una chica de su ?poca y m?s a?n en una descendiente? del Rey David, de cuya familia nacer?a el Redentor. Muchos Padres de la Iglesia y otros Santos, leyendo los Evangelios, consideran que San Jos? fue llamado a compartir y proteger esa llamada de la Virgen Sant?sima.

Una llamada de la envergadura de la Encarnaci?n del Hijo de Dios exigi? un emisario muy especial: el Arc?ngel San Gabriel. Los vers?culos del Evangelio que acabamos de o?r son de una especial belleza y de mucho contenido (cfr. Lc 1, 26-38); nos transmiten con especial fuerza la profunda y maravillosa actitud de sujeci?n a Dios de la Sant?sima Virgen, su disponibilidad y entrega a los planes del Creador. Pregunta lo que no entiende, y su reacci?n es clara y r?pida: Ella es la Esclava del Se?or, ?que se haga en mi seg?n tu Palabra? (Lc 1,38).?? Desde ese momento, sin intervenci?n de var?n, comienza a desarrollarse dentro suyo una Vida nueva, la del Hijo de Dios; una Persona distinta a la suya, la Persona Divina de Jesucristo que viene a salvarnos, a abrirnos el camino del Cielo. Una vez m?s Dios nos pone ante realidades que exceden nuestra experiencia.

Le toca a Ella, con la ayuda de San Jos?, proteger esa Vida, hacerla crecer, custodiarla, dar todo lo suyo por ese Ser tan especial que tiene dentro. Esa Vida, como toda vida, era un don de Dios: Ella, tampoco San Jos?, era merecedora ni due?a del regalo inmenso que ten?a en sus entra?as, no pod?a disponer de ?l, solo agradecerlo y cuidarlo, colaborar a su crecimiento.

Toda vida humana procede y es propiedad de Dios, no solo porque fuimos creados por ?l al principio de la Creaci?n, sino porque en la g?nesis de cada uno hubo una especial intervenci?n del Creador. En el caso de la multiplicaci?n de las plantas o de los animales, hay una virtualidad en la propia naturaleza que conforme a unas reglas da lugar a nuevas plantas o a nuevos animales de la misma especie. En el caso de los seres humanos, Dios cuenta con lo biol?gico porque tenemos cuerpo, pero la materia que los padres aportan no tiene capacidad de dar lugar a un esp?ritu que entiende y ama, propiedades espec?ficas del ser humano que son de otro orden, exceden a las operaciones propias de la materia que aportan los padres. Cada vida humana exige entonces una especial intervenci?n de Dios que aporta lo propio de una existencia humana: el alma, principio de vida que trasciende la materia; ni podemos traerla a la existencia ni la podemos destruir.

Una simple observaci?n nos hace entender que en el caso de las plantas o de los animales estamos frente a simples fen?menos reproductivos; pero cualquier madre o cualquier padre, por m?s sencilla que sea su cultura, advierte que el hijo que se anuncia es en cierto modo un misterio, que en esa vida hay algo que no han aportado ellos, que no se da por divisi?n celular; se anuncia la gestaci?n de una criatura que lleva en potencia la capacidad de entender y amar; ellos no pueden transmitir esas potencialidades propias de la naturaleza espiritual de Dios. La reacci?n natural de quienes reciben la noticia de que ser?n padres es la del respeto, la admiraci?n hacia esa vida que viene.

Toda madre, todo padre, sabe que ese regalo que se anuncia no es una planta o un animal; saben que desde el primer momento de la concepci?n se est? desarrollando un hijo, una hija que les ha sido dado; un ser que ya es humano, que exige cuidado, cari?o y protecci?n, quiz?s m?s que el que necesitar? cuando tenga ya un mes o un a?o de vida. ?C?mo proteger?an la Sant?sima Virgen y San Jos? esa Vida de Dios? ?C?mo manifestar?an amor a ese misterio tan maravilloso?

No quiero prolongarme hablando del contexto de amor que exige el comienzo de la vida humana: amor de los padres, amor a ese fruto que se custodia y se ayuda a crecer.

La Virgen Sant?sima no era due?a de esa Vida. Ninguna madre, ning?n padre es due?o de esa vida distinta a la de ellos y que se les pide amar, custodiar. Lamentablemente vivimos en un contexto cultural en el que se ha ofuscado el entendimiento de muchas personas; la capacidad de colaborar en la transmisi?n de la vida ha sido reducida a un juego gratificante y ego?sta, a pautas reproductivas propias del reino meramente animal; se olvidaron que las vidas humanas reclaman un contexto de amor, de entrega, y por tanto una actitud sincera de maternidad y paternidad que defiende con decisi?n el don que se les concede para amar y custodiar.

Las pautas culturales que desprecian la vida humana suponen una fuerte degradaci?n. Somos testigos de historias tristes, en las que la irresponsabilidad inmadura de quienes destruyen la vida humana o aconsejan destruirla, no solo lleva a pecados abominables a los ojos de Dios; esas madres y esos padres no podr?n arrancar jam?s de sus vidas una herida profunda de remordimiento y de tristeza, con consecuencias psicol?gicas muy graves en especial en las madres. Muchas, quiz?s por desesperaci?n, han permitido que se destruya esa vida incipiente que llevaban dentro. Podr?n tranquilizar moment?neamente sus conciencias ?como con un anest?sico- con los argumentos materialistas faltos de verdad y de humanidad que algunos repiten, pero no dejar?n de aflorar en su interior esos remordimientos y esa tristeza: son la voz de la propia naturaleza que reclama desde lo m?s profundo del alma por la vida de ese hijo que se elimin?.

Con gran coraz?n y comprensi?n, en su Enc?clica Evangelium Vitae (n. 99), el futuro Beato Juan Pablo II se refer?a a estas madres diciendo: Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo no os dej?is vencer por el des?nimo y no perd?is la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si a?n no lo hab?is hecho, abr?os con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda Misericordia os espera para ofreceros su perd?n y su paz en el Sacramento de la Reconciliaci?n. Os dar?is cuenta de que nada est? perdido y pod?is pedir perd?n tambi?n a vuestro hijo que? ahora vive en el Se?or. Con la ayuda del consejo y la cercan?a de personas amigas y competentes podr?is estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores m?s elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado posiblemente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atenci?n hacia quien est? m?s necesitado de cercan?a, ser?is art?fices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.

La primera Lectura nos muestra a un Rey, Ajaz (cfr. Is 7,10-14 y 8,10), que se cierra al misterio, no le interesa, pero Dios se lo manifiesta igual: una virgen dar? a luz un hijo. Nos toca vivir en un mundo en el que el hombre quiere dominarlo todo, ser autosuficiente, se?alar cu?les son las reglas de juego. Pero existe una naturaleza y una vida que no nos hemos dado a nosotros mismos, que tiene unas reglas sin las cuales no nos es posible ser felices ni alcanzar la plenitud. La realidad no acaba donde llega nuestra experiencia o en lo que se?alan nuestros gustos ego?stas; la realidad nos excede, y ese horizonte m?s amplio abarca lo sobrenatural, a Dios sosteniendo el don inviolable de la vida de los hombres, queriendo arrancar el mal de nuestros corazones, buscando nuestra salvaci?n eterna.

Una sociedad que destruye la vida es una sociedad muy enferma. Vamos a implorar al Se?or en este d?a de modo muy particular a trav?s de la Sant?sima Virgen Mar?a, que cure las mentes y los corazones de tantas mujeres y de tantos hombres para que se supere esta grave corrupci?n que atenta contra la vida: la del a?n no nacido,? la del reci?n nacido, la del ni?o, la del enfermo, la del anciano que necesita amor y protecci?n y tantas veces se busca ego?stamente que no moleste y el modo de destruirlo. Una sociedad que pierde el amor a la vida ha ca?do en un abismo terrible, se autodestruye.

No estamos rogando a Dios por ?un asunto meramente religioso. El respeto a la vida, a la naturaleza, no es un tema religioso, es un tema humano, como es humano el respeto a la libertad, a la dignidad de la mujer, a las diversas razas, etc. El Se?or nos pide ser luz del mundo para intentar que tantas mujeres y tantos hombres recuperen la raz?n perdida, fuertemente oscurecida, y que purifiquen su coraz?n ego?sta e incapaz de amar. Nos pide ser la sal de la tierra para preservar al mundo de tan grave corrupci?n; tenemos que ayudar a superar esa visi?n tan limitada, biol?gica de la vida; somos capaces de un orden de vida m?s elevado, estamos llamados a mucho m?s.

Tenemos que rezar mucho m?s por la conversi?n de tantos corazones; nuestra oraci?n tiene que arrancar milagros de Dios en este a?o dedicado en nuestro pa?s a la vida. Podemos hacer tambi?n mucho m?s: que cada uno procure una s?lida formaci?n en temas de la vida, investigando, estudiando, interes?ndose por lo que dicen tantos Documentos de la Iglesia; necesitamos afianzar principios s?lidos con ?nimo de ser voz que se alza para defender a la humanidad del flagelo que la azota, no podemos quedarnos indiferentes. Tenemos la importante responsabilidad de llevar la verdad y el bien a los dem?s, no solo por nuestra condici?n de cristianos, sino porque somos ciudadanos de este mundo.

Queremos ser eco de la voz de esos ni?os que no han podido defenderse, de todos los que son v?ctima de la avalancha que vivimos en contra de la vida. Que la Virgen Sant?sima, feliz con el don esa Vida recibida en su interior, nos consiga a cada uno y a toda la sociedad un amor m?s profundo y una actitud de respeto delicad?simo por el gran don de la vida que ostentamos. As? sea.??

Mons. Hugo Nicol?s Barbaro, obispo de San Roque de Presidencia Roque S?enz Pe?a?


Publicado por verdenaranja @ 23:12  | Homil?as
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