Viernes, 06 de mayo de 2011

Ponencia de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisi?n para Am?rica Latina (Roma, 7 de abril de 2011). (AICA)

LA EVANGELIZACI?N DE LA RELIGIOSIDAD POPULAR???????????

En la exhortaci?n apost?lica Evangelii nuntiandi, Pablo VI recomendaba orientar la religiosidad popular mediante una pedagog?a de evangelizaci?n (n. 48). Teniendo en cuenta sus valores la llamaba gustosamente ?piedad popular?, es decir, religi?n del pueblo, m?s bien que religiosidad. Es ese nombre, piedad popular, el que se ha tornado preponderante en el magisterio reciente de la Iglesia. En el Directorio sobre piedad popular y liturgia, publicado en 2001 por la Congregaci?n para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, se expresa con claridad la distinci?n. Por piedad popular se entiende las diversas manifestaciones culturales, de car?cter privado o comunitario, que en el ?mbito de la fe cristiana se expresan principalmente, no con los modos de la sagrada liturgia, sino con las formas peculiares derivadas del genio de un pueblo o de una etnia y de su cultura (n. 9). Siguiendo a Juan Pablo II se la reconoce como un verdadero tesoro del pueblo de Dios. En cambio, la religiosidad popular es descrita como una experiencia universal: en el coraz?n de toda persona, como en la cultura de todo pueblo y en sus manifestaciones colectivas, est? siempre presente una dimensi?n religiosa. Se afirma, adem?s, que no tiene relaci?n, necesariamente, con la revelaci?n cristiana, aunque en las regiones en que la sociedad est? impregnada de algunos valores cristianos, da lugar a una especie de ?catolicismo popular? en el cual coexisten, m?s o menos arm?nicamente, elementos provenientes del sentido religioso de la vida, de la cultura propia de un pueblo, de la revelaci?n cristiana (n. 10). La distinci?n entre piedad popular y religiosidad popular es clara en el orden conceptual, pero el discernimiento de la vivencia de ambas realidades no carece de dificultades, y sin embargo resulta fundamental para poder ofrecer criterios y orientaciones pastorales ?tiles para la evangelizaci?n.

El encargo que se me ha asignado es precisamente proponer Criterios y orientaciones pastorales para reforzar la fe de los fieles cat?licos y la aut?ntica vivencia sacramental ante la irrupci?n de expresiones desviadas de religiosidad popular.??

La dial?ctica fe - religi?n

Notemos, ante todo, que la piedad popular ?seg?n el texto citado anteriormente? se verifica en el ?mbito de la fe cristiana; en cambio, la religiosidad popular no implica, de suyo, una relaci?n necesaria con la revelaci?n. Aqu? surge una problem?tica de car?cter teol?gico y pastoral: la vinculaci?n entre fe y religi?n. Las relaciones entre fe y religi?n constituyen una cuesti?n muy delicada y con larga historia en Occidente. En el siglo XX se han sucedido la vigencia de un fuerte secularismo y una nueva aparici?n de lo sagrado, manifestada en la difusi?n de sectas y diversos movimientos espiritualistas y pseudorreligiosos. As?, en los hechos, en los vaivenes culturales y sociales, se confirma una relaci?n dial?ctica entre fe y religi?n. La filosof?a iluminista del progreso con el prop?sito de edificar el Regnum hominis como si fuera el Reino de Dios en la tierra, proporcion? el aliento ideol?gico del secularismo; bajo su influjo la actitud religiosa queda sofocada o resulta absorbida en la indiferencia. La cultura secularista invita a organizar la vida personal, familiar y social como si Dios no existiera; bajo su imperio desaparecen los signos de la trascendencia. Pero hay que reconocer tambi?n que la mentalidad propia de la Ilustraci?n, caracter?stica de la cultura moderna, ha ido penetrando progresivamente en la Iglesia y ha conducido a una reducci?n de la dimensi?n sobrenatural del cristianismo, a un vaciamiento de su realidad mist?rica. Se difundi? ampliamente, hace unas d?cadas, la reducci?n ?tica y social de la salvaci?n cristiana, en clave horizontalista. En ?mbito anglosaj?n y protestante floreci? una teolog?a de la ciudad secular y de la muerte de Dios que propon?a un cristianismo sin religi?n; en esta postura pod?a reconocerse la elaboraci?n extrema de una dial?ctica de tipo luterano entre fe y religi?n y la afirmaci?n de una dependencia de la interpretaci?n del cristianismo respecto de los fen?menos culturales.

Cuando parec?a que, en la segunda mitad del siglo XX, los signos de lo sagrado se eclipsaban completamente en las conciencias y en las manifestaciones m?s imponentes de la cultura occidental, la naturaleza religiosa del hombre volvi? por sus fueros con la irrupci?n de una ola de espiritualismo que abrevaba en las fuentes m?s diversas: reminiscencia de antiguos paganismos, fascinaci?n ante las religiones del lejano oriente y una explosi?n de movimientos religiosos libres que ofrec?an una fuerte valoraci?n del contacto ?ntimo y directo con lo divino, su vivencia vibrante, emocional. En las grandes ciudades se extiende la mentalidad t?pica de la Nueva Era, movimiento cultural inclasificable, conglomerado de actitudes espirituales que incluye desde una nueva concepci?n del hombre y su relaci?n con el cosmos hasta los viejos errores del gnosticismo y del ocultismo, m?s los aportes orientales con sus t?cnicas de meditaci?n, las artes adivinatorias, elementos de la magia, la brujer?a y el esoterismo. En grupos minoritarios circula el inter?s por remedos de revelaci?n siempre al alcance de la industria humana como el channeling o canalizaci?n y otros estados alterados de conciencia, el espiritismo y el recurso supersticioso a la comunicaci?n con los ?ngeles. La nueva religiosidad, como se la llam? hace algunas d?cadas, est? fuertemente marcada por el subjetivismo; la relaci?n con Dios se reduce a la experiencia de sentirse salvado, y esta se identifica, muchas veces, con el mero ?sentirse bien?. Se configura as? una religi?n vaga, que responde a una especie de fe inmanentista sin contenidos precisos; de all? la posibilidad de combinaciones sincr?ticas que incorporan elementos propios de la fe y de la espiritualidad cristiana.?

El problema teol?gico y pastoral de la religi?n

En la teolog?a cat?lica del siglo XX se han desarrollado interesantes discusiones acerca de la virtud de religi?n. Algunos autores han reprochado a la tradici?n escol?stica haber recluido estrechamente a la religi?n en el esquema aristot?lico de las virtudes cardinales, haciendo de ella una parte potencial de la justicia y asimil?ndola a las otras actitudes morales que dicen una relaci?n ad alterum. Se propuso entonces considerarla una virtud moral distinta de las cuatro cardinales, cuyos actos ser?an sobrenaturalizados por el influjo permanente de la virtudes teologales. No falt? quien hiciera de la religi?n una cuarta virtud teologal, muy cercana a la fe. La doctrina de Santo Tom?s revaloriza el car?cter humano de la religi?n como la actitud que corresponde a la creatura en relaci?n con el creador; en r?gimen cristiano, la religi?n se muestra como el lugar humano en que se asienta la fe cristiana, como el sitio espiritual en el que se conectan el orden de la creaci?n y el de la redenci?n. Es impensable un cristianismo sin religi?n, pero la religi?n debe ajustarse a la fe y expresar en sus manifestaciones la vida teologal de comuni?n con Dios. Se puede afirmar que esta virtud constituye el v?rtice de la moral cristiana. Santo Tom?s le atribuye la nobleza que corresponde a una virtud general, que ejerce su influjo sobre la conducta total del cristiano: impera los actos de todas las virtudes y las orienta a la glorificaci?n de Dios. Pero al mismo tiempo requiere el ejercicio de las dem?s virtudes morales, que tutelan el aut?ntico bien humano; mediante esa interacci?n puede cumplirse la vocaci?n del hombre a la adoraci?n de Dios, seg?n la exhortaci?n del Ap?stol: ofrecerse ustedes mismos como una v?ctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer (Rom. 12, 1).

Desde la perspectiva que acabo de exponer puede advertirse el significado de un deslizamiento de la piedad popular del catolicismo hacia las formas m?s gen?ricas y ambiguas de religiosidad popular, como tambi?n el de la mezcla de ambas realidades en expresiones que ponen a prueba la agudeza del discernimiento pastoral. Se?alo brevemente las posibles deficiencias que enturbian la autenticidad de la actitud religiosa y de las pr?cticas consiguientes; ellas pueden verificarse respectivamente en relaci?n a la fe y en relaci?n a la vida moral. El verdadero culto de Dios tiene por alma la fe; cuando esta no reluce con la nitidez que corresponde, las expresiones religiosas penetran en el cono de penumbra de la superstici?n. Este concepto no se reduce al caso de la idolatr?a; tambi?n designa el falso culto del Dios verdadero, o el de sus santos, especialmente cuando se desplaza la centralidad salv?fica de Jesucristo y la dimensi?n escatol?gica de la salvaci?n cristiana. En la medida en que las expresiones religiosas adquieren un matiz supersticioso, o caen groseramente en la superstici?n, se ensombrece la fe; la superstici?n es una caricatura o un suced?neo de la verdadera fe. En el ?mbito de la religiosidad popular se registra, con frecuencia, la mezcla de formas tradicionales de piedad cat?lica con el recurso a la astrolog?a, la vana observancia, la adivinaci?n y otras alteraciones pseudorreligiosas. El credere Deo del cristiano queda afectado cuando el sentimiento religioso no es orientado por los misterios de la fe sino por el gusto individual, la inclinaci?n a lo maravilloso, las revelaciones privadas y las apariciones dudosas. La religiosidad popular, y sus expresiones perif?ricas, en cuanto se constituye en pr?ctica alternativa del culto lit?rgico y de la vida sacramental, implica un menoscabo del credere Deum. La desviaci?n de las expresiones religiosas hacia la b?squeda preponderante y aun exclusiva del bienestar temporal y de favores materiales coarta objetivamente el dinamismo del credere in Deum por el cual la fe crece como entrega al Se?or y aspiraci?n a la santidad y a la vida eterna.

En relaci?n a la vida moral, puede observarse que, sobre todo por la falta de arraigo vital en la oraci?n lit?rgica, la piedad popular pierde identidad y fuerza y no solo se expone m?s f?cilmente a la contaminaci?n supersticiosa, sino que tambi?n se desglosa de la totalidad de la existencia cristiana para dar cabida a la incoherencia entre la fe y la conducta. Puede as? convertirse en un campo religioso-cultural ambiguo que cubre la decadencia moral. El subjetivismo religioso, inclinaci?n preponderante en nuestra ?poca, hace posible un tipo de vivencia espiritual compatible con el secularismo. Este reina en los criterios de vida de aquellas personas que practican formas sincr?ticas de religiosidad o de los bautizados que conservan vestigios de la piedad popular del catolicismo. Hay que reconocer que muchas personas que se consideran cat?licas tienen aletargada su conciencia de la relaci?n con Dios y viven sumergidos en el materialismo y hasta en el ate?smo pr?ctico. No han elaborado, a pesar de su participaci?n en algunas pr?cticas devocionales peri?dicas, su sentido de Dios; su fe es quiz? una lejana referencia te?rica a algunas verdades cat?licas, pero la falta de una experiencia vivida del Esp?ritu y de la gracia sacramental hace de su religiosidad la cobertura de una manera secularista de enfocar la vida.

Antes de trazar algunas orientaciones pastorales me permito deslizar una observaci?n general. Actualmente nadie desconoce el valor de la religiosidad popular. Estimo que en Am?rica Latina hemos superado aquellos planteos reticentes de origen franco-belga que se difundieron ampliamente a fines de los a?os cincuenta y a lo largo de la d?cada de los sesenta del siglo pasado y que gozaron de considerable aceptaci?n en el clero cat?lico. Sin embargo, me pregunto si nos hemos hecho cargo seriamente de la exhortaci?n de Pablo VI a orientar la piedad popular mediante una pedagog?a de evangelizaci?n. Ser?a penoso que despu?s de haber superado el error por defecto vayamos a caer ahora en el error por exceso. Si prevalece una inspiraci?n populista de la pastoral, se puede promover imprudentemente la devoci?n a algunos santos con criterio exitista y multiplicar los santuarios en los que se les rinde culto sin la debida iluminaci?n de la fe; asimismo, la divergencia entre religiosidad popular e inserci?n en la vida lit?rgica puede inducir la tentaci?n de superarla alentando la recepci?n ocasional de los sacramentos en situaciones irregulares y contrariando la disciplina de la Iglesia. Una especie de ?hegelianismo pastoral? invita a reconocer en ciertas devociones masivas, a veces suscitadas artificialmente, una manifestaci?n del Esp?ritu divino; este error de juicio, aun siendo desinteresado ?ojal? siempre lo sea, y no ideol?gico? puede hacer de la religi?n del pueblo, siquiera inadvertidamente, objeto de manipulaci?n.?

La formaci?n integral de los fieles

Para presentar algunas sugerencias pastorales asumo como referencia la descripci?n que los Hechos de los Ap?stoles nos ofrecen de la primera comunidad cristiana: los fieles perseveraban asiduamente en la ense?anza de los ap?stoles, en la comuni?n, en la fracci?n del pan y en las oraciones (Hech. 2, 42).

En la perspectiva de la nueva evangelizaci?n, la piedad popular es una riqueza de la tradici?n cat?lica que puede seguir representando un medio adecuado para la transmisi?n del cristianismo; para que este prop?sito se cumpla es preciso reconocer como condici?n la revitalizaci?n de la fe en su identidad y fervor y su arraigo en la cultura de los pueblos. La afirmaci?n de la fe, fundamento de la inteligencia cristiana y de su cosmovisi?n, proporciona una respuesta al problema de la verdad y a la b?squeda de sentido que angustian al hombre posmoderno. A la vez, la afirmaci?n de la fe es el fundamento objetivo de la experiencia cristiana, de una triple experiencia: experiencia de la gracia, que plasma la personalidad cristiana y acrecienta la santidad de la Iglesia en la vida lit?rgica y sacramental; en ella se manifiesta la dimensi?n sobrenatural del cristianismo; experiencia de la praxis cristiana, a saber, el ejercicio de la libertad como obediencia de amor a la voluntad de Dios y respuesta a su amor primero seg?n el doble precepto de la caridad; en la praxis cristiana son rescatados y cobran solidez y relieve los valores propios de la naturaleza humana; experiencia de la intimidad con Dios, de la relaci?n personal con el Dios Trino, sin pante?smos pseudom?sticos ni quietismos alienantes, verdadera coronaci?n de la aspiraci?n religiosa del hombre.

Esta propuesta evoca la estructura del Catecismo de la Iglesia Cat?lica, en la que se reflejan las dimensiones de la fe, de la vida cristiana y de la espiritualidad concebidas como una totalidad, m?s all? de cualquier posible reduccionismo. La profesi?n de fe tiene, indudablemente, una dimensi?n dogm?tica, doctrinal; ofrece el fundamento firme de la verdad. El cristianismo es, por cierto, una doctrina, aunque no se puede reducir exclusivamente a ella, a una teor?a, a un conjunto armonioso y coherente de ideas verdaderas. Pero es necesario, superando un cierto desprecio de lo nocional en el conocimiento de fe, reforzar la formaci?n de nuestros fieles en los contenidos de la fe, para que puedan distinguir lo que pertenece a la religi?n cat?lica y lo que no pertenece a ella, para que adquieran una serena seguridad en la fe que profesan y sepan dar raz?n de la esperanza que la acompa?a.

La fuente de la gracia es la liturgia sacramental como celebraci?n del misterio de Cristo; en ella es asumida toda la realidad simb?lica de lo humano y se la pone en contacto con la vida de Dios seg?n el misterio te?ndrico del Verbo hecho hombre. La piedad popular es otra expresi?n leg?tima del culto cristiano, pero no es homologable a la liturgia y no se debe oponer ni equiparar a ella. Aqu? conviene recordar que el cristianismo es una religi?n, pero no una mera pr?ctica de ritos religiosos.

Asimismo hay que decir que el cristianismo no es primeramente una moral, pero incluye sin duda una dimensi?n moral. Los criterios de vida que necesita el hombre desconcertado de nuestro tiempo, sus reclamos ?ticos muchas veces parcializados, fragmentarios, han de encontrar respuesta en el Dec?logo y en el Serm?n de la Monta?a. La ley de Dios muestra el camino para obtener la satisfacci?n de las leg?timas apetencias de justicia y rectitud que suelen expresarse de modo inconcreto en nuestra sociedad.

Por fin, hay que decir que el cristianismo no es primera o exclusivamente una m?stica, pero que ciertamente tambi?n lo es. Ense?ar a orar, introducir a los fieles en la intimidad del Dios viviente, proponer la genuina m?stica cat?lica, es parte fundamental de la misi?n de la Iglesia y grave incumbencia suya hoy d?a, cuando pululan tantas espiritualidades subalternas y descaminadas. Nuestras parroquias, por ejemplo, deber?an ser escuelas de oraci?n.

La afirmaci?n de la fe y la triple experiencia de la gracia, de la praxis cristiana y de la intimidad con Dios; la totalidad cat?lica expresada en la estructura cuatripartita del Catecismo, subrayan el car?cter sapiencial del cristianismo. El cristianismo que presenta la Iglesia en la nueva evangelizaci?n es una sabidur?a, el Evangelio del cual somos disc?pulos y maestros es una sabidur?a, el Cristo que predicamos, nuestro amor y nuestro gozo, es la sabidur?a: Ipse sapientia Christus.?

Religiosidad popular y Eucarist?a

A partir de las orientaciones conciliares (cf. Sacrosanctum Concilium, 12 s.) la Iglesia ha procurado que entre el culto lit?rgico y las pr?cticas de piedad del pueblo cristiano se establezca una mutua y fecunda relaci?n. El Directorio sobre piedad popular y liturgia ha encarado ampliamente ese problema. Ahora me ocupo del mismo desde un ?ngulo espec?fico: la escasa participaci?n eucar?stica y la deserci?n de la misa dominical de multitudes de fieles que expresan su fe con la pr?ctica m?s o menos frecuente de diversas formas de religiosidad popular. Este fen?meno es bastante com?n en toda Am?rica Latina. Nuestra Pontificia Comisi?n dedic? la Reuni?n Plenaria de 2005 a La misa dominical, centro de la vida cristiana. En la vig?simosexta de las recomendaciones pastorales publicadas como conclusi?n de aquella asamblea, se dec?a discretamente: Es necesario valorar la pr?ctica de tantos fieles que asisten a las grandes fiestas y peregrinaciones, y procurar que la Sagrada Eucarist?a ocupe en ellas un lugar central, as? como aprovechar dichas ocasiones para fomentar una mayor y m?s viva participaci?n en las misas dominicales. Por mi parte, me baso en lo que ocurre en el extremo sur del continente, pero considero que el fen?meno se verifica pr?cticamente, aunque en diverso grado, en todas las naciones latinoamericanas. Yo suelo proponer una definici?n extravagante de la Argentina. El m?o es un pa?s en el que los bautizados en la Iglesia Cat?lica no van a misa. No se trata de un defecto reciente provocado por la ola de secularizaci?n que nos ha sumergido, sino que tiene ra?ces muy antiguas. Una cuesti?n de m?ximo inter?s es la relativa al origen de esta situaci?n; las causas probablemente son m?ltiples, pero sugiero una hip?tesis a indagar: desde la primera evangelizaci?n no cobr? vigencia entre nosotros una cultura coral, una cultura lit?rgica, lo cual se manifiesta tambi?n en la dificultad de arraigo que encontraron siempre en nuestras tierras las experiencias de vida mon?stica. Lo cierto es que en la mentalidad religiosa del argentino no aparece reflejada la centralidad de la Eucarist?a y la vivencia del domingo; actualmente se lo ha tragado el fin de semana, el week-end, y cuando es largo, peor.

Lo que se?alo no es el incumplimiento de un precepto eclesi?stico, sino un vac?o cultural que se une en relaci?n causal con una percepci?n incorrecta de la realidad de la Iglesia. A causa de esta carencia, de este vac?o, de la deserci?n eucar?stica, la Iglesia no es entendida y vivida plenamente como ?mbito de una creaci?n integral y de una transmisi?n de cultura cristiana. Dicho en otros t?rminos: no funciona el v?nculo entre el culto y la cultura, o funciona de un modo imperfecto, parcial, limitado a peque?os sectores o a tiempos hist?ricos acotados; no se verifica como un fen?meno popular. Algunos momentos importantes de renovaci?n eclesial con proyecciones culturales significativas han estado se?alados por el redescubrimiento del valor operativo de la simbolog?a lit?rgica en orden a la configuraci?n de la personalidad cristiana. Esta constataci?n confirma el diagn?stico.

Sin una referencia neta e intensa a la liturgia como despliegue operativo, contemplativo y est?tico del orden sacramental, la piedad popular tiende a perder su identidad m?s propiamente cat?lica y a deslizarse al nivel de una religiosidad popular no exenta de ambig?edades. En este campo queda mucho por hacer: reforzar la catequesis lit?rgica de modo que los fieles puedan descubrir y vivir las celebraciones como aut?nticos momentos de vida religiosa; destacar la realidad sacrificial de la misa, para que no cedan a la seducci?n de plegarse a otros sacrificios, como los ofrecidos en los cultos umbanda o en ritos de impronta sat?nica; mostrarles c?mo todas las devociones deben conducir a Cristo, nuestro ?nico Salvador presente en la Eucarist?a, e inducirlos a la frecuente adoraci?n de ese inefable misterio. Podemos alegar que la ausencia de una cultura lit?rgica y eucar?stica ha sido y es llenada por la pr?ctica generalizada, en nuestro pueblo, de formas m?s o menos tradicionales de piedad popular. Pero me parece que este ser?a un magro y enga?oso consuelo.

El Directorio citado anteriormente establece que la liturgia y la piedad popular no deben sustituirse entre s?, ni mezclarse. No se favorece la arm?nica y fecunda relaci?n entre ambas realidades eclesiales cuando la liturgia menoscaba su dignidad ritual y se banaliza asumiendo la fenomenolog?a de lo cotidiano, cuando se torna un hecho de entrecasa; la celebraci?n eucar?stica ?sobre todo esta cumbre del culto cristiano? no puede asemejarse a un tumultoso encuentro pentecostal, a una funci?n de circo para ni?os o a una divertida sesi?n de adolescentes floggers. La fidelidad a las fuentes de la renovaci?n lit?rgica posconciliar reclama que se ayude a los fieles, mediante un adecuado itinerario mistag?gico, para que puedan incorporarse a las celebraciones y participar de ellas consciente, activa y fructuosamente (Sacrosanctum Concilium, 11).

Por otra parte, en Am?rica Latina existe una valiosa tradici?n de expresiones populares de la fe que deben ser rescatadas y fomentadas: procesiones, bendiciones, autos sacramentales, pesebres vivientes y teatralizaciones del Camino de la Cruz. Hay que cuidarse de no menospreciar la dimensi?n sensible, corporal, simb?lica de la espiritualidad cat?lica, precisamente cuando incluso algunas sectas adoptan varios de nuestros sacramentales.?

La pertenencia a la Iglesia

Uno de los valores de la piedad popular subrayado por la reflexi?n pastoral de los ?ltimos a?os es su espont?nea identificaci?n con la Iglesia. Es esta una constataci?n correcta; sin embargo, la deficiente vinculaci?n con la Eucarist?a y la misa dominical, en la medida en que se verifica realmente, menoscaba la conciencia eclesial del pueblo de Dios. La pr?ctica de las formas m?s difundidas de piedad popular es una manera de expresar la pertenencia cat?lica, pero hay que procurar que esos fieles lleguen a sentirse m?s plenamente unidos a la Iglesia, que la amen m?s y le brinden toda su confianza para aceptar y acoger sin reservas toda la verdad que ella nos transmite de parte del Se?or.

Muchas veces los miembros de la Iglesia no experimentan que efectivamente lo son. No se trata de encarecer el simple ?sentirse? miembros de ella con una percepci?n superficial; parece, no obstante, que en muchos casos esa pertenencia a la Iglesia es vivida de un modo muy d?bil y gen?rico. En realidad, podr?amos establecer c?rculos conc?ntricos que se?alen distintos grados de pertenecer, de experimentar y expresar esa pertenencia; grados que van desde la conciencia clara y el compromiso m?s cercano, hasta la marginalidad o la casi marginalidad. Sin embargo, corresponde a la esencia de la Iglesia que ella se represente y sea percibida como casa de todos, como morada y familia que acoge cordialmente a todos sus hijos, como madre que puede ocuparse sol?citamente de ellos. A este prop?sito hemos de reconocer como fundamental el testimonio de la unidad en el amor, la fraternidad del agape; en definitiva ese valor testimonial ser? el que permita a todos los miembros de la Iglesia, m?s cercanos a m?s lejanos, experimentar la maternidad de la Catholica. El prop?sito de hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comuni?n (Novo millennio ineunte, 43) se concreta en tareas precisas para fortalecer la vida comunitaria de las parroquias, que son la ?ltima localizaci?n de la Iglesia, para que puedan incorporar a esa misma vida a los que llegan ocasionalmente y a los bautizados que habitan en la respectiva jurisdicci?n, de manera que no se sientan necesitados de buscar otras pertenencias socio-religiosas, como por ejemplo la adhesi?n a las sectas y a sus caricaturas de la aut?ntica comunidad cristiana.

Una ?ltima indicaci?n. Ser? muy oportuno reflexionar sobre un dato en el que se refleja una de las caracter?sticas m?s notorias de la cultura vigente: la tendencia al individualismo que invade tambi?n la dimensi?n religiosa de la existencia. La cr?tica dirigida a la instituci?n eclesial por sectores determinados de la sociedad, de la que se hacen eco los medios de comunicaci?n para incentivarla, viene a reforzar una cierta problematicidad de la mediaci?n de la Iglesia en la relaci?n del hombre ?del cristiano? con Dios. La religiosidad en su impostaci?n moderna ?herencia protestante, de la Ilustraci?n y del romanticismo? y tambi?n en el contexto de atomizaci?n cultural propio de la posmodernidad, es reacia a la institucionalizaci?n de la experiencia de Dios. La experiencia religiosa libre no acepta ajustarse a moldes comunitarios; el protagonista es el yo solitario en busca de la divinidad y de la identificaci?n con ella. Estos sentimientos pueden colorear tambi?n el ?nimo de los fieles y disminuir en ellos el afecto de la comuni?n eclesial. La Iglesia no debe hablar demasiado de s? misma, pero s? mostrar, con el testimonio de la verdad y la vivencia de la caridad, la continuidad real de ella con Cristo, como Cuerpo misterioso suyo. Uno de los principales desaf?os que se impone a los pastores de la Iglesia en la nueva evangelizaci?n es recuperar para la plena y activa vida eclesial a una multitud de bautizados que por la gracia de la iniciaci?n cristiana est?n llamados a ser disc?pulos y misioneros de Jesucristo.?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 23:25  | Hablan los obispos
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