S?bado, 07 de mayo de 2011

ZENIT? publica la segunda meditaci?n de Cuaresma 2011 que predic? este viernes el padre Raniero Cantalamessa OFM cap, predicador de la Casa Pontificia, ante Benedicto XVI y la Curia Romana, sobre ?Que la caridad sea sin fingimiento?

Predicador del Papa: ?La caridad, sin fingimiento?
Tercera meditaci?n del padre Raniero Cantalamessa ante el Papa y la Curia Romana
P. Raniero Cantalamessa

QUE LA CARIDAD SEA SIN FINGIMIENTO

?1. Amar?s al, pr?jimo como a ti mismo

Se ha observado un hecho. El r?o Jord?n, en su curso, forma dos mares: el mar de Galilea y el mar Muerto, pero mientras que el mar de Galilea es un mar bullente de vida, entre las aguas con m?s pesca de la tierra, el mar Muerto es precisamente un mar ?muerto?, no hay traza de vida en ?l ni a su alrededor, s?lo salinas. Y sin embargo se trata de la misma agua del Jord?n. La explicaci?n, al menos en parte, es esta: el mar de Galilea recibe las aguas del Jord?n, pero no las retiene para s?, las hace volver a fluir de manera que puedan irrigar todo el valle del Jord?n.

El mar Muerto recibe las aguas y las retiene para s?, no tiene desaguaderos, de ?l no sale una gota de agua. Es un s?mbolo. Para recibir amor de Dios, debemos darlo a los hermanos, y cuanto m?s lo damos, m?s lo recibimos. Sobre esto queremos reflexionar en esta meditaci?n.

Tras haber reflexionado en las primeras dos meditaciones sobre el amor de Dios como don, ha llegado el momento de meditar tambi?n sobre el deber de amar, y en particular en el deber de amar al pr?jimo. El v?nculo entre los dos amores se expresa de forma program?tica por la palabra de Dios: ?Si Dios nos am? tanto, tambi?n nosotros debemos amarnos los unos a los otros. ? (1 Jn 4,11).

?Amar?s a tu pr?jimo como a ti mismo? era un mandamiento antiguo, escrito en la ley de Mois?s (Lv 19,18) y Jes?s mismo lo cita como tal (Lc 10, 27). ?C?mo entonces Jes?s lo llama ?su? mandamiento y el mandamiento ?nuevo?? La respuesta es que con ?l han cambiado el objeto, el sujeto y el motivo del amor al pr?jimo.

Ha cambiado ante todo el objeto, es decir, el pr?jimo a quien amar. Este ya no es s?lo el compatriota, o como mucho el hu?sped que vive con el pueblo, sino todo hombre, incluso el extranjero (?el Samaritano!), incluso el enemigo. Es verdad que la segunda parte de la frase ?Amar?s a tu pr?jimo y odiar?s a tu enemigo? no se encuentra literalmente en el Antiguo Testamento, pero resume su orientaci?n general, expresada en la ley del tali?n: ?ojo por ojo, diente por diente? (Lv 24,20), sobre todo si se compara con lo que Jes?s exige de los suyos:

?Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rogad por sus perseguidores; as? ser?is hijos del Padre que est? en el cielo, porque ?l hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si am?is solamente a quienes os aman, ?qu? recompensa merec?is? ?No hacen lo mismo los publicanos? Y si salud?is solamente a vuestros hermanos, ?qu? hac?is de extraordinario? ?No hacen lo mismo los paganos?? (Mt 5, 44-47).

Ha cambiado tambi?n el sujeto del amor al pr?jimo, es decir, el significado de la palabra pr?jimo. Este no es el otro; soy yo, no es el que est? cercano, sino el que se hace cercano. Con la par?bola del buen samaritano Jes?s demuestra que no hay que esperar pasivamente a que el pr?jimo aparezca en mi camino, con muchas se?ales luminosas, con las sirenas desplegadas. El pr?jimo eres tu, es decir, el que tu puedes llegar a ser. El pr?jimo no existe de partida, sino que se tendr? un pr?jimo s?lo el que se haga pr?ximo a alguien.

Ha cambiado sobre todo el modelo o la medida del amor al pr?jimo. Hasta Jes?s, el modelo era el amor de uno mismo: ?como a ti mismo?. Se dijo que Dios no pod?a asegurar el amor al pr?jimo a un ?perno? m?s seguro que este; no habr?a obtenido el mismo objetivo ni siquiera su hubiese dicho: ??Amar?s a tu pr?jimo como a tu Dios!?, porque sobre el amor a Dios ? es decir, sobre qu? es amar a Dios ? el hombre todav?a puede hacer trampa , pero sobre el amor a s? mismo no. El hombre sabe muy bien qu? significa, en toda circunstancia, amarse a s? mismo; es un espejo que tiene siempre ante s?, no tiene escapatoria1.

Y sin embargo deja una escapatoria, y es por ello que Jes?s lo sustituye por otro modelo y otra medida: ?Este es mi mandamiento: que os am?is unos a otros, como yo os he amado? (Jn 15,12). El hombre puede amarse a s? mismo de forma equivocada, es decir, desear el mal, no el bien, amar el vicio, no la virtud. Si un hombre semejante ama a los dem?s como a s? mismo, ?pobrecita la persona que sea amada as?! Sabemos en cambio a d?nde nos lleva el amor de Jes?s: a la verdad, al bien, al Padre. Quien le sigue ?no camina en las tinieblas?. ?l nos am? dando la vida por nosotros, cuando ?ramos pecadores, es decir, enemigos (Rm 5, 6 ss).

Se entiende de este modo qu? quiere decir el evangelista Juan con su afirmaci?n aparentemente contradictoria: ?Queridos m?os, no os doy un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, el que aprendisteis desde el principio: este mandamiento antiguo es la palabra que o?steis. Sin embargo, el mandamiento que os doy es nuevo? (1 Jn 2, 7-8). El mandamiento del amor al pr?jimo es ?antiguo? en la letra, pero ?nuevo? por la novedad misma del evangelio. Nuevo ? explica el Papa en un cap?tulo de su nuevo libro sobre Jes?s ? porque no es ya solo ?ley?, sino tambi?n, e incluso antes, ?gracia?. Se funda en la comuni?n con Cristo, hecha posible por el don del Esp?ritu.2

Con Jes?s se pasa de la ley del contrapeso, o entre dos actores: ?Lo que el otro te hace, h?zselo tu a ?l?, a la ley del traspaso, o a tres actores: ?Lo que Dios te ha hecho a ti, hazlo tu al otro?, o, partiendo de la direcci?n opuesta: ?Lo que tu hayas hecho al otro, es lo que Dios har? contigo?. Son incontables las palabras de Jes?s y de los ap?stoles que repiten este concepto: ?Como Dios os ha perdonado, perdonaos unos a otros?: ?Si no perdon?is de coraz?n a vuestros enemigos, tampoco vuestro padre os perdonar?. Se corta la excusa de ra?z: ?Pero ?l no me ama, me ofende...?. Esto le compete a ?l, no a ti. A ti te tiene que importar s?lo lo que haces al otro y c?mo te comportas frente a lo que el otro te hace a ti.

Queda pendiente la pregunta principal: ?por qu? este singular cambio de rumbo del amor de Dios al pr?jimo? ?No ser?a m?s l?gico esperarse: ?Como yo os he amado, amadme as? a mi??, en lugar de: ?Como yo os he amado, amaos as? unos a otros?? Aqu? est? la diferencia entre el amor puramente de eros y el amor de eros y agape unidos. El amor puramente er?tico es de circuito cerrado: ??mame, Alfredo, ?mame como yo te amo?: as? canta Violeta en la Traviata de Verdi: yo te amo, tu me amas. El amor de agape es de circuito abierto: viene de Dios y vuelve a ?l, pero pasando por el pr?jimo. Jes?s inaugur? ?l mismo este nuevo tipo de amor: ?Como el Padre me ha amado, as? tambi?n os he amado yo? (Jn 15, 9).

Santa Catalina de Siena dio, del motivo de ello, la explicaci?n m?s sencilla y convincente. Ella hace decir a Dios:

?Yo os pido que me am?is con el mismo amor con que yo os amo. Esto no me lo pod?is hacer a mi, porque yo os am? sin ser amado. Todo el amor que ten?is por m? es un amor de deuda, no de gracia, porque est?is obligados a hacerlo, mientras que yo os amo con un amor de gracia, no de deuda. Por ello, vosotros no pod?is darme el amor que yo requiero. Por esto os he puesto al lado a vuestro pr?jimo: para que hag?is a este lo que no pod?is hacerme a mi, es decir, amarlo sin consideraciones de m?rito y sin esperaron utilidad alguna. Y yo considero que me hac?is a mi lo que le hac?is a ?l?3.

2. Amaos de verdadero coraz?n

Tras estas reflexiones generales sobre el mandamiento del amor al pr?jimo, ha llegado el momento de hablar de la cualidad que debe revestir este amor. ?stas son fundamentalmente dos: debe ser un amor sincero y un amor de los hechos, un amor del coraz?n y un amor, por as? decirlo, de las manos. Esta vez nos detendremos en la primera cualidad, y lo hacemos dej?ndonos guiar por el gran cantor de la caridad que es Pablo.

La segunda parte de la Carta a los Romanos es toda una sucesi?n de recomendaciones sobre el amor mutuo dentro de la comunidad cristiana: ?Que vuestra caridad sea sin fingimiento[...]; amaos unos a otros con afecto fraterno, competid en estimaros mutuamente...? (Rm 12, 9 ss). ?Que la ?nica deuda con los dem?s sea la del amor mutuo: el que ama al pr?jimo ya cumpli? toda la Ley? (Rm 13, 8).

Para captar el esp?ritu que unifica todas estas recomendaciones, la idea de fondo, o mejor, el ?sentimiento? que Pablo tiene de la caridad, debe partirse de esa palabra inicial: ?Que la caridad sea sin fingimiento?. Esta no es una de las muchas exhortaciones, sino la matriz de la que deriva todas las dem?s. Contiene el secreto de la caridad. Intentemos captar, con la ayuda del Esp?ritu, este secreto.

El t?rmino original usado por san Pablo y que se traduce como ?sin fingimiento?, es anhyp?kritos, es decir, sin hipocres?a. Este t?rmino es una especie de ?chivato?; es, de hecho, un t?rmino raro que encontramos empleado, en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente para definir el amor cristiano. La expresi?n ?amor sincero? (anhyp?kritos) vuelve ahora en 2 Corintios 6, 6 y en 1 Pedro 1, 22. Este ?ltimo texto permite captar, con toda certeza, el significado del t?rmino en cuesti?n, porque lo explica con una per?frasis; el amor sincero ? dice ? consiste en amarse intensamente ?de verdadero coraz?n?.

San Pablo, por tanto, con esa sencilla afirmaci?n: ?que la caridad sea sin fingimiento?, lleva el discurso a la ra?z misma de la caridad, al coraz?n. Lo que se exige del amor es que sea verdadero, aut?ntico, no fingido. Como el vino, para ser ?sincero?, debe ser exprimido de la uva, as? el amor del coraz?n. Tambi?n en ello el Ap?stol es el eco fiel del pensamiento de Jes?s; ?l, de hecho, hab?a indicado, repetidamente y con fuerza, al coraz?n, como el ?lugar? en el que se decide el valor de lo que el hombre hace, lo que es puro, o impuro, en la vida de una persona (Mt 15, 19).

Podemos hablar de una intuici?n paulina, respecto de la caridad; ?sta consiste en revelar, tras el universo visible y exterior de la caridad, hecho de obras y de palabras, otro universo totalmente interior, que es, respecto al primero, lo que el alma es para el cuerpo. Volvemos a encontrar esta intuici?n en el otro gran texto sobre la caridad que es 1 Corintios 13. Lo que san Pablo dice all?, bien mirado, se refiere totalmente a esta caridad interior, a las disposiciones y a los sentimientos de caridad: la caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no se irrita, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera... No hay nada que se refiera, directamente de por s?, a hacer el bien, u obras de caridad, sino que todo se reconduce a la ra?z del querer bien. La benevolencia viene antes que la beneficencia.

Es el Ap?stol mismo el que explicita la diferencia entre las dos esferas de la caridad, diciendo que el mayor acto de caridad exterior ? el distribuir a los pobres todos los bienes ? no servir?a de nada sin la caridad interior (cf. 1 Cor 13, 3). Ser?a lo opuesto de la caridad ?sincera?. La caridad hip?crita, de hecho, es precisamente la que hace el bien, sin querer bien, que muestra exteriormente algo que no tiene una correspondencia en el coraz?n. En este caso, se tiene una falta de caridad, que puede, incluso, esconder ego?smo, b?squeda de s?, instrumentalizaci?n del hermano, o incluso simple remordimiento de conciencia.

Ser?a un error fatal contraponer entre s? caridad del coraz?n y caridad de los hechos, o refugiarse en la caridad interior, para encontrar en ella una especie de coartada a la falta de caridad de los hechos. Por lo dem?s, decir que, sin la caridad, ?de nada me aprovecha? siquiera el dar todo a los pobres, no significa decir que esto no le sirve a nadie y que es in?til; significa m?s bien decir que no me aprovecha ?a m?, mientras que puede aprovechar al pobre que la recibe. No se trata, por tanto, de atenuar la importancia de las obras de caridad (lo veremos, dec?a, la pr?xima vez), sino de asegurarles un fundamento seguro contra el ego?smo y sus infinitas astucias. San Pablo quiere que los cristianos est?n ?arraigados y fundados en la caridad? (Ef 3, 17), es decir, que el amor sea la ra?z y el fundamento de todo.

Amar sinceramente significa amar a esta profundidad, all? donde no se puede mentir, porque est?s solo ante ti mismo, solo ante el espejo de tu conciencia, bajo la mirada de Dios. ?Ama a su hermano ? escribe Agust?n ? el que, ante Dios, all? donde ?l solo ve, afirma su coraz?n y se pregunta ?ntimamente si verdaderamente act?a as? por amor al hermano; y ese ojo que penetra en el coraz?n, all? adonde el hombre no puede llegar, le da testimonio?4. Era amor sincero por ello el de Pablo por los jud?os si pod?a decir: ??Digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Esp?ritu Santo. Siento una gran tristeza y un dolor constante en mi coraz?n. Yo mismo desear?a ser maldito, separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi propia raza? (Rom 9,1-3).

Para ser genuina, la caridad cristiana debe, por tanto, partir desde el interior, desde el coraz?n; las obras de misericordia de las ?entra?as de misericordia? (Col 3, 12). Con todo, debemos precisar en seguida que aqu? se trata de algo mucho m?s radical que la simple ?interiorizaci?n?, es decir, de un poner el acento de la pr?ctica exterior de la caridad a la pr?ctica interior. Este es solo el primer paso. ?La interiorizaci?n apunta a la divinizaci?n! El cristiano ? dec?a san Pedro ? es aquel que ama ?de verdadero coraz?n?: ?pero con qu? coraz?n? ?Con ?el coraz?n nuevo y el Esp?ritu nuevo? recibido en el bautismo!

Cuando un cristiano ama as?, es Dios el que ama a trav?s de ?l; ?l se convierte en un canal del amor de Dios. Sucede como con el consuelo, que no es otra cosa sino una modalidad del amor: ?Dios nos consuela en cada una de nuestras tribulaciones para que podamos tambi?n nosotros consolar a quienes se encuentran en todo tipo de aflicci?n con el consuelo con el que nosotros mismos somos consolados por Dios? (2 Cor 1, 4). Nosotros consolamos con el consuelo con el que somos consolados por Dios, amamos con el amor con el que somos amados por Dios. No con uno diverso. Esto explica el eco, aparentemente desproporcionado, que tiene a veces un sencill?simo acto de amor, a menudo escondido, la esperanza y la luz que crea alrededor.

3. La caridad edifica

Cuando se habla de la caridad en los escritos apost?licos, no se habla de ella nunca en abstracto, de modo gen?rico. El trasfondo es siempre la edificaci?n de la comunidad cristiana. En otras palabras, el primer ?mbito de ejercicio de la caridad debe ser la Iglesia, y m?s concretamente a?n la comunidad en la que se vive, las personas con las que se mantienen relaciones cotidianas. As? debe suceder tambi?n hoy, en particular en el coraz?n de la Iglesia, entre aquellos que trabajan en estrecho contacto con el Sumo Pont?fice.

Durante un cierto tiempo en la antig?edad se quiso designar con el t?rmino caridad, agape, no s?lo la comida fraterna que los cristianos tomaban juntos, sino tambi?n a toda la Iglesia5. El m?rtir san Ignacio de Antioqu?a saluda a la Iglesia de Roma como la que ?preside en la caridad (agape)?, es decir, en la ?fraternidad cristiana?, el conjunto de todas las iglesias6. Esta frase no afirma s?lo el hecho del primado, sino tambi?n su naturaleza, o el modo de ejercerlo: es decir, en la caridad.

La Iglesia tiene necesidad urgente de una llamarada de caridad que cure sus fracturas. En un discurso suyo, Pablo VI dec?a: ?La Iglesia necesita sentir refluir por todas sus facultades humanas la ola del amor, de ese amor que se llama caridad, y que precisamente ha sido difundida en nuestros corazones precisamente por el Esp?ritu Santo que se nos ha dado? 7. S?lo el amor cura. Es el ?leo del samaritano. Oleo tambi?n porque debe flotar por encima de todo, como hace precisamente el aceite respecto a los l?quidos. ?Que por encima de todo est? la caridad, que es el v?nculo de la perfecci?n? (Col 3, 14). Por encima de todo, super omnia! Por tanto tambi?n de la fe y de la esperanza, de la disciplina, de la autoridad, aunque, evidentemente, la propia disciplina y autoridad puede ser una expresi?n de la caridad. No hay unidad sin la caridad y, si la hubiese, ser?a s?lo una unidad de poco valor para Dios.

Un ?mbito importante sobre el que trabajar es el de los juicios rec?procos. Pablo escrib?a a los Romanos: ?Entonces, ?Con qu? derecho juzgas a tu hermano? ?Por qu? lo desprecias? ... Dejemos entonces de juzgarnos mutuamente? (Rm 14, 10.13). Antes de ?l Jes?s hab?a dicho: ?No juzgu?is y no ser?is juzgados [...] ?Por qu? te fijas en la paja que est? en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que est? en el tuyo?? (Mt 7, 1-3). Compara el pecado del pr?jimo (el pecado juzgado), cualquiera que sea, con una pajita, frente al pecado de quien juzga (el pecado de juzgar) que es una viga. La viga es el hecho mismo de juzgar, tan grave es eso a los ojos de Dios.

El discurso sobre los juicios es ciertamente delicado y complejo y no se puede dejar a medias, sin que aparezca en seguida poco realista. ?C?mo se puede, de hecho, vivir del todo sin juzgar? El juicio est? dentro de nosotros incluso en una mirada. No podemos observar, escuchar, vivir, sin dar valoraciones, es decir, sin juzgar. Un padre, un superior, un confesor, un juez, quien tenga una responsabilidad sobre los dem?s, debe juzgar. Es m?s, a veces, como es el caso de muchos aqu? en la Curia, el juzgar es, precisamente, el tipo de servicio que uno est? llamado a prestar a la sociedad o a la Iglesia.

De hecho, no es tanto el juicio el que se debe quitar de nuestro coraz?n, ?sino m?s bien el veneno de nuestro juicio! Es decir, el hast?o, la condena. En el relato de Lucas, el mandato de Jes?s: ?No juzgu?is y no ser?is juzgados? es seguido inmediatamente, como para explicitar el sentido de estas palabras, por el mandato: ?No conden?is y no ser?is condenados? (Lc 6, 37). De por s?, el juzgar es una acci?n neutral, el juicio puede terminar tanto en condena como en absoluci?n y justificaci?n. Son los prejuicios negativos los que son recogidos y prohibidos por la palabra de Dios, los que junto con el pecado condenan tambi?n al pecador, los que miran m?s al castigo que a la correcci?n del hermano.

Otro punto cualificador de la caridad sincera es la estima: ?competid en estimaros mutuamente? (Rm 12, 10). Para estimar al hermano, es necesario no estimarse uno mismo demasiado; es necesario ? dice el Ap?stol ? ?no hacerse una idea demasiado alta de s? mismos? (Rm 12, 3). Quien tiene una idea demasiado alta de s? mismo es como un hombre que, de noche, tiene ante los ojos una fuente de luz intensa: no consigue ver otra cosa m?s all? de ella; no consigue ver las luces de los hermanos, sus virtudes y sus valores.

?Minimizar? debe ser nuestro verbo preferido, en las relaciones con los dem?s: minimizar nuestras virtudes y los defectos de los dem?s. ?No minimizar nuestros defectos y las virtudes de los dem?s, como en cambio hacemos a menudo, que es la cosa diametralmente opuesta! Hay una f?bula de Esopo al respecto; en la reelaboraci?n que hace de ella La Fontaine suena as?:

?Cuando viene a este valle

cada uno lleva encima

una doble alforja.

Dentro de la parte de delante

de buen grado todos

echamos los defectos ajenos,

y en la de atr?s, los propios?8.

Deber?amos sencillamente dar la vuelta a las cosas: poner nuestros defectos en la parte de delante y los defectos ajenos en la de detr?s. Santiago advierte: ?No habl?is mal unos de otros? (St 4,11). El chisme ha cambiado de nombre, se llama comentario [gossip, n.d.t.] y parece haberse convertido en algo inocente, en cambio es una de las cosas que m?s contaminan el vivir juntos. No basta con no hablar mal de los dem?s; es necesario adem?s impedir que otros lo hagan en nuestra presencia, hacerles entender, quiz?s silenciosamente, que no se est? de acuerdo. ?Qu? aire distinto se respira en un ambiente de trabajo y en una comunidad cuando se toma en serio la advertencia de Santiago! En muchos locales p?blicos una vez se pon?a: ?Aqu? no se fuma?, o tambi?n, ?Aqu? no se blasfema?. No estar?a mal sustituirlas, en algunos casos, con el escrito: ??Aqu? no se hacen chismes!?

Terminemos escuchando como dirigida a nosotros la exhortaci?n del Ap?stol a la comunidad de Filipos, tan querida por ?l: ?Os ruego que hagais perfecta mi alegr?a, permaneciendo bien unidos. Tened un mismo amor, un mismo coraz?n, un mismo pensamiento. No hag?is nada por esp?ritu de discordia o de vanidad, y que la humildad os lleve a estimar a los otros como superiores a vosotros mismos. Que cada uno busque no solamente su propio inter?s, sino tambi?n el de los dem?s? (Fil 2, 2-5).

1 Cf. S. Kierkegaard, Gli atti dell?amore, Mil?n, Rusconi, 1983, p. 163.
2 Benedicto XVI, Ges? di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana 2011, pp. 76 s.
3 S. Catalina de Siena, Dialogo 64.
4 S. Agust?n, Comentario a la primera carta de Juan, 6,2 (PL 35, 2020).
5 Lampe, A Patristic Greek Lexicon, Oxford 1961, p. 8
6 S. Ignacio de Antioqu?a, Carta a los Romanos, saludo inicial.
7 Discurso en la audiencia general del 29 de noviembre de 1972 (Insegnamenti di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, X, pp. 1210s.).
8 J. de La Fontaine, F?bulas, I, 7

[Traducci?n del italiano por Inma ?lvarez]


Publicado por verdenaranja @ 23:07  | Espiritualidad
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