Domingo, 15 de mayo de 2011

Homil?a de monse?or Mart?n de Elizalde, obispo de Nueve de Julio, en la celebraci?n del Domingo de Ramos (Iglesia Catedral, 17 de abril de 2011). (AICA)

?RECIBIR AL SE?OR CADA D?A???????????????

Queridos hermanos y hermanas:

?Qu? significado tiene que nos hayamos encontrado esta ma?ana en la plaza, frente al templo, y desde all? ingres?ramos todos juntos en ?l, cantando con alegr?a y agitando los ramos en nuestras manos? ?Estamos reproduciendo un hecho del pasado, ?nico es verdad, con el cual queremos identificarnos, o m?s bien deseamos mostrarnos part?cipes, espiritualmente presentes en ese lugar y en ese tiempo, como lo estamos ahora en el nuestro? ?Somos conscientes, seriamente conscientes, de lo que significa cuanto estamos haciendo, que no es una mera representaci?n ni tampoco la entrega de los ramos bendecidos, solamente, para que los llevemos a nuestras casas, como una prenda de bienestar y de felicidad? En nuestra celebraci?n lit?rgica de hoy, en su mismo desarrollo y por los espl?ndidos textos que la Iglesia nos propone, podemos distinguir tres momentos, o pasos, que recorremos con fe. Ojal?, queridos hermanos, lo hagamos con la mayor atenci?n y dedicaci?n, para recibir su riqu?simo y tan necesario mensaje, la palabra que Dios nos dirige en esta ocasi?n a todos y a cada uno de nosotros.

Hemos comenzado congreg?ndonos en un punto central, como es la plaza y frente a la catedral, venidos de los cuatro horizontes de la ciudad. All? se bendijeron los ramos, primero, para que despu?s de la lectura del Evangelio que narra la entrada de Jes?s en Jerusal?n, ese signo de bienvenida y de gozo acompa?e la iniciaci?n del cumplimiento de las promesas mesi?nicas: Jes?s llega como Rey y Salvador, y nuestra acogida no es solamente para un encuentro humano o para recibir aquellos remedios y alivio que todos necesitamos. Los ramos benditos hablan de nuestra fe y de nuestro deseo de acoger al Se?or. Con ellos iniciamos la procesi?n; marchamos con Jes?s, nos identificamos con ?l, asumimos lo que ?l nos viene a traer, buscando ser c?mo ?l. El gesto de caminar encolumnados nos presenta a los ojos del mundo cubiertos con el manto de la fe que compartimos, del nombre de cristianos que llevamos, y haciendo este camino con ?l, nada de lo suyo podr? sernos ajeno. Nos disponemos a acompa?arlo, a tomar nuestra parte de cruz y entregar nuestro esfuerzo y nuestra sangre, como lo hizo ?l. Y al llegar junto al altar del sacrificio, ofrecemos la Eucarist?a, donde la Pasi?n, Muerte y Resurrecci?n de Jes?s son presentes y eficaces para borrar el pecado del mundo y abrirnos la puerta de la vida eterna. En este d?a tan grande, en el umbral de la Semana de Pascua, recibamos en el coraz?n el don que nos entrega el mismo Hijo de Dios, para alabanza del Padre, por la acci?n del Esp?ritu Santo. No reduzcamos esta celebraci?n al signo del ramo de olivo que llevamos a nuestra casa ? es solo un signo, que si no remite a la totalidad del acontecimiento salv?fico, nada significa, ni, en el otro extremo, separemos la bella y elocuente entrada procesional del sacrificio eucar?stico, como si busc?ramos el m?nimo de esfuerzo y de presencia, participando de la Misa sin encontrarnos entre quienes aclaman a Jes?s, y se unen a ?l con sinceridad.

Seguramente entre quienes salieron ese d?a a las calles de Jerusal?n hab?a diferentes actitudes y conductas. Estaban los curiosos, tal vez los m?s sabios seg?n la carne pero los m?s ignorantes acerca de los verdaderos caminos de Dios; estaban los sacerdotes y doctores, que ve?an con temor esta nueva predicaci?n que abr?a horizontes nuevos a la fe y a la pr?ctica religiosa; tambi?n estaban los que fueron testigos de sus milagros, hab?an experimentado su misericordia y su bondad, y quer?an conservarse cerca de la fuente de aquellos beneficios, tanto espirituales como tambi?n materiales. Y un grupo, seguramente reducido, de disc?pulos, preparados ya para ser testigos de la obra redentora, a?n en medio del temor y de la duda, y que reci?n con la efusi?n del Esp?ritu divino llegar?an a ser el fundamento de la Iglesia, trasmisores de la verdad del Evangelio y formadores de las conciencias. Por eso nuestra presencia aqu? exige la definici?n del amor de Dios, de la adhesi?n personal a Cristo y de la perseverante fidelidad al Esp?ritu Santo.

Desde esta perspectiva de fe la recepci?n de Jes?s por el creyente en este d?a de Ramos se despliega hasta cubrir la totalidad de la historia y tambi?n el conjunto de la vida de cada hombre y de cada mujer. Debemos recibir al Se?or como entonces lo hicieron aquellos jud?os presentes en Jerusal?n, que abrieron de verdad su coraz?n y reconoc?an el don que Dios les hac?a: el amor ofrecido desde el inicio del universo por el Padre Creador, expresado en el sacrificio que redime por la entrega del Hijo que obtiene para nosotros el perd?n. Por eso, la Semana Santa se abre con esta entrada, para que podamos expresar la acogida que hemos de tributar al Hijo de Dios. Recibirlo hoy, no como una simple representaci?n de algo que pas?, sino en el presente de la comuni?n y de la fidelidad: amor compartido con Jes?s y en la Iglesia, con todos los hermanos, en el signo sacramental de la Eucarist?a, con los lazos fraternos de la Iglesia, con el fermento del Pan de Vida y la saciedad espiritual del vino convertido en Sangre de Cristo, para desde all? vivir la unidad y lanzarnos a la misi?n. En fin, saber que nuestro encuentro de hoy con el Salvador que llega, manso y humilde, es para recibirlo siempre, y para siempre, desde ahora hasta la eternidad, para un encuentro que no ha de interrumpirse ni cesar: amor comprometido, en el cual los esfuerzos de este tiempo se convierten en semillas de eternidad, y son anticipo de lo que nos est? prometido en la vida del cielo, y se muestran en la fidelidad al Evangelio y en la santidad de la Iglesia.

Una simple consideraci?n final: ?Porqu? somos tantos hoy aqu? en este templo, y en los dem?s d?as de la Semana pascual, que son tan significativos como este, no nos reunimos con la misma fidelidad, con el mismo entusiasmo??Acaso apreciamos m?s la ramita de ?rbol que nos llevamos que la comuni?n al Cuerpo de Cristo, recordada el Jueves Santo, la adoraci?n de la cruz y el relato evang?lico de la Pasi?n, el Viernes, la manifestaci?n por el fuego, la luz y el agua, de los signos sacramentales que nos dan la vida, en la Vigilia pascual? Mar?a Sant?sima, que guardaba en su coraz?n virginal las palabras y los acontecimientos de la vida de su Hijo, que fue tal vez la ?nica capaz de comprender el significado cabal de la entrada en Jerusal?n del Mes?as, nos ayude a vivir con profundidad los misterios de estos d?as, y despierte a nuestras almas para que seamos constantes en la escucha del Verbo y en la aplicaci?n de sus ense?anzas, especialmente en estos d?as santos de la Pascua.?

Mons. Mart?n de Elizalde, obispo de Nueve de Julio?


Publicado por verdenaranja @ 19:10  | Homil?as
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