Mi?rcoles, 18 de mayo de 2011

ZENIT? nos ofrece el Mensaje 2011 del Jueves Santo del cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregaci?n para el Clero, a todos los sacerdotes del mundo.

Es para m? un motivo de gran alegr?a dirigirme a los sacerdotes en el d?a del Jueves Santo. D?a maravilloso, en el que, por el dise?o imprescindible de la divina Providencia, nuestro Se?or instituy? conjuntamente el Sacramento del Santo Sacerdocio y el de la Sant?sima Eucarist?a. Esta instituci?n conjunta postula su absoluta indisolubilidad: donde est? el Sacerdocio cat?lico, all? est? la Eucarist?a, y donde est? la Eucarist?a, celebrada y adorada, florecen las Vocaciones al Sacerdocio.

Eucarist?a y Sacerdocio, despu?s, unidos, generan la Iglesia, en la que y por la que, a su vez, son celebrados en esta misteriosa y radical reciprocidad, que convierte el Cuerpo -la Iglesia- inseparable de sus gestos, los Sacramentos.

Introduzc?monos en el Gran Misterio del Jueves Santo, poniendo el coraz?n en la escucha de aquel suave mandamiento del Se?or: ?Haced esto en memoria m?a?. Desde hace dos mil a?os, toda la Iglesia, y en ella particularmente los sacerdotes, acoge el mandato del Se?or, reconociendo en ?l la descripci?n continua de la propia historia y sobre todo, de la identidad propia.

La Iglesia es el ?haced esto en memoria de ?l?, la Iglesia se identifica con la obediencia al mandato del Se?or y con la celebraci?n de la Eucarist?a, que ella ve nacer en su seno y de la cual, sin embargo, depende totalmente.

La santidad y la centralidad del Misterio Eucar?stico vuelven ahora m?s estridentes las palabras evang?licas en las que, en el mismo momento en el que Jes?s realizaba la ?ltima Cena con Sus disc?pulos, se habla de una traici?n; de la traici?n m?s grande de la historia: ?la de Judas!, ?M?s le valiese no haber nacido?.

La traici?n se consuma por un dram?tico error de valoraci?n, en el que se manifiesta la total incomprensi?n, por parte del traidor, de la identidad y de la verdad del Se?or: ??Qu? est?is dispuestos a darme, si os lo entrego??. Esta pregunta se repite todav?a hoy en toda traici?n al Se?or, en todo gesto de los hombres, que cambian a Dios con lo que no es Dios; ?en toda profanaci?n, falta de respeto y banalizaci?n de la Sant?sima Eucarist?a!: ??Qu? est?is dispuestos a darme, si os lo entrego??.

Cada vez que la Eucarist?a no es tomada en su justa consideraci?n, Que no se le da su lugar en la Iglesia, es decir el principal, cada vez que la adoraci?n debida a la Eucarist?a no se da, o que no son introducidos y educados los fieles, podemos ver como se pronuncian de nuevo, las palabras del traidor: ??Qu? est?is dispuestos a darme, si os lo entrego??.

Si la traici?n es siempre un acto personal, del que responde personalmente quien lo realiza, nos deja consternados cuando leemos el Evangelio seg?n san Mateo que narra como los Doce ?profundamente entristecidos, se pusieron a preguntarle uno detr?s de otro: '?soy yo acaso, Se?or?'?.

Frente a la profec?a segura del Maestro: ?Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar?, ninguno de los Doce se siente seguro, pero -afirma el texto- ?se pusieron a preguntarle uno detr?s de otro?.

La verdadera fe no puede ser separada de la humildad aut?ntica y profunda. Cuanto m?s profunda es la humildad m?s consciente es de que cualquier atisbo de fidelidad a Dios nace de Su gracia y est? alimentada, sostenida y nutrida, imprescindiblemente por la Sant?sima Eucarist?a.

El disc?pulo, tambi?n el llamado a la tremenda y sublime responsabilidad del Sacerdocio, es decir de consagrar el Cuerpo y la Sangre del Se?or y de absolver a los hermanos de sus pecados, se reconoce continuamente necesitado de la Misericordia del Se?or y del apoyo imprescindible de Su gracia. El disc?pulo, por esto, est? llamado a renovar continuamente el propio ?s?, a sentirse parte de este Cuerpo, la Iglesia, que desde hace dos mil a?os realiza los gesto de su Cabeza, Cristo y, en ellos y a trav?s de ellos, ofrece a la humanidad la Salvaci?n que ?l ha ganado.

La oraci?n por la santificaci?n de los Sacerdotes es muy ?til y necesaria en todas las ?pocas de la Iglesia, porque a ellos esta misteriosamente confiada la memoria y la presencia del Resucitado a trav?s del Memorial del Sant?simo Sacrificio de la Misa. La conciencia de esta alt?sima Vocaci?n hace profundamente agradecido al Pueblo santo de Dios; agradecido por el don de los Sacerdotes, agradecido por el don de la Eucarist?a, Presencia del Resucitado en medio de Su Pueblo, y agradecido por el don de las Vocaciones sacerdotales, por el ?s? libre y exultante de todos los que acogen la Llamada divina.

La profunda unidad entre memoria y presencia constituye el presupuesto teol?gico imprescindible de la adoraci?n eucar?stica. Aunque parecen totalmente superadas las pol?micas de las pasadas d?cadas que quer?an la prevalencia de la celebraci?n sobre la adoraci?n, sin embargo, hay todav?a mucho por recorrer para dar el paso posterior, fundamental paso que nuestra fe y las circunstancias nos exige.

No es suficiente la recuperaci?n de la adoraci?n junto a la celebraci?n de la Eucarist?a -que tambi?n es una cosa apropiada y recomendable-, pero es necesario que para todos, sean sacerdotes, sean fieles laicos, la misma celebraci?n Eucar?stica se convierta en adoraci?n.

En el respeto de la distinci?n del momento de la celebraci?n del de la adoraci?n -que tambi?n a nivel lit?rgico son regulados por diferentes textos-, parece evidente, como ?nico modo para evitar que la adoraci?n eucar?stica se reduzca a momentos de espiritualidad subjetiva, expuestos a las derivas sentimentales posibles, que la misma celebraci?n Eucar?stica comunitaria, es decir de la Iglesia, se comprenda y se viva como culto de adoraci?n a Dios.

Por lo dem?s, bien lo sabemos, la celebraci?n Eucar?stica es el culto perfecto, porque en Ella, Cristo mismo alaba al Padre, y el Sacerdote, que act?a en la Persona de Cristo Cabeza, es atra?do a este acto de alabanza te?ndrico, que abraza, en virtud de la communio sanctorum bautismal, a todo el pueblo de Dios.

Celebrar y adorar la Eucarist?a no son dos modos distintos de vivir el ?culto eucar?stico?, pero deben, de un modo progresivo y aut?ntico, coincidir tendencialmente. ?Se celebra la Eucarist?a, ador?ndola, y se la adora celebr?ndola!

Alejando, de este modo, de la misma celebraci?n o adoraci?n, cada actitud que pueda ser s?lo antropoc?ntrica: que pone el hombre al centro, en el lugar de Dios.

Tal precioso camino de unidad teol?gica y espiritualidad, entre celebraci?n y adoraci?n de la Sant?sima Eucarist?a, exige la multiplicaci?n, como florecimiento, en todo lugar, de verdaderos y propios ?Cen?culos de Oraci?n?, en los que son reeducados por Cristo mismo en la relaci?n con ?l y tambi?n en la escucha de Su palabra y de Su voluntad y sobre todo cuando esta no exige seguilo en la radicalidad de la apostolica vivendi forma, en la forma de vivir de los Ap?stoles.

Entramos as? en el Templo m?s santo de todo el A?o Lit?rgico, agradeciendo a la Santa Medre Iglesia, que en su tierna y eficaz pedagog?a, nos conduce todos los a?os a revivir los Misterios de nuestra fe. Misterios que, en toda celebraci?n Eucar?stica, se renuevan, representados al Pueblo como una aut?ntica y ?nica v?a de Salvaci?n. Sent?monos en la mesa con Jes?s en el Jueves Santo y adoramos su Divina Presencia; subamos con ?l al Calvario, uni?ndonos a la perfecci?n de Su ofrenda, imitando la disponibilidad al sacrificio vivido por ?l: ?Ofrec? mi espalda a los que golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retir? mi rostro cuando me ultrajaban y escup?an?, (Is 50,5), esperemos con la fe de Mar?a, en el silencio del S?bado Santo y, con Mar?a, exultemos, el Domingo en la alegr?a del Resucitado, ?que ha derrotado para siempre a la muerte y al pecado!

Del mismo evento de la Resurrecci?n, de la superaci?n de los l?mites espacio-temporales del Verbo encarnado, depende la posibilidad misma de su Presencia real en la Eucarist?a: El que est? presente en la Sant?sima Eucarist?a, celebrada y adorada, ?es exactamente el Resucitado!. No s?lo el Verbo encarnado, sino el Verbo encarnado y Resucitado.

Celebrando y adorando la Eucarist?a, entonces, ?nosotros celebramos y adoramos al Resucitado!Podemos decir, con los ojos de la fe, que vemos a Cristo Resucitado, y que ?l nos atrae a S?, hasta hacernos part?cipes de la intimidad de su Vida divina trinitaria, a trav?s de la Santa Comuni?n.

Imploremos a la Divina Misericordia que, en nuestra humilde vida, nada, nunca, por ninguna raz?n, pueda ser comparado con la grandeza y la sublimidad de la Eucarist?a, y pedimos a la Beata Virgen Mar?a, que acogi? en su Seno al Verbo hecho carne y que, como sugiere la tradici?n oriental fue la primera en ver a Cristo Resucitado, que nos sostenga y nos acompa?e para que nuestra existencia terrena sea toda eucar?stica y cristificada; a?n m?s, ?cristificada porque es eucar?stica y eucar?stica porque es cristificada!

[Traducci?n del italiano por Carmen ?lvarez]


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